viernes, 26 de mayo de 2017

Jazz y Fado




Fado y Jazz


Nuevamente, un comentario de Antonio Muños Molina, me lleva a un gran descubrimiento: Julio Resende. Un exquisito pianista a la misma altura -como anota Muños Molina- que el Keith Jarret que tanto nos impresiona.

Es que, lo que Chucho o Bebo hacen con el bolero, o Jarret con los Standards lo hace Resende con ese canto bello y triste que es el Fado.


Una vez más, el Jazz reina sobre todas las cosas...




miércoles, 17 de mayo de 2017

El Nobel para Claribel






¡El Nobel para Claribel!

Siempre me he detenido de gritar ese anhelo que personalmente guardo, de que un día, Claribel Alegría sea honrada con el Premio Nobel de Literatura.

Hoy que se anuncia que ha sido galardonada con el premio Reina Sofía de Poesía, se reaviva en mí esa inquietud. A sus 93 años, Claribel es un tesoro viviente de literatura centroamericana y nada refleja mejor su espacio y su tiempo, que llamarla no nicaragüense, no salvadoreña, sino universalmente centroamericana.

Alumna de Juan Ramón Jiménez; amiga dulce de Julio Cortázar y Robert Grapes; anfitriona feliz de Roque Dalton; interlocutora inteligente de Carlos Fuentes, Claribel es literatura, diálogo, poesía plena y amistad.

No hay en Centroamérica escritor o escritora, que enarbole una vida entera de literatura como élla, y no hay ahora, quien dude, que Claribel merece ser hoy más que nunca reconocida con lo que ella merece. 






lunes, 15 de mayo de 2017

Clases de literatura





Clases de literatura.

Vengo de unas clases de literatura. Las imparte ese señor altísimo y delgado, de voz pausada y tranquila, que tenemos el gusto de escuchar en estas tardes cortas del otoño, acá en Berkeley, de este año ochenta tan convulso en que vivimos.

¡Nos ha hablado de tantas cosas!, pero, sobre todo, de esa relación que, en la literatura latinoamericana, se da entre la realidad y la fantasía, mejor, entre la realidad y lo fantástico. De cómo la realidad en el relato- y en la vida- es invadida por lo fantástico; de cómo lo fantástico forma parte de la realidad y de qué manera, eso que él llama lo fantástico, se manifiesta, es decir: como juegos del tiempo, del espacio, o como las múltiples formas de la fatalidad.

Nos lee sus cuentos, con mesura y timidez, sin nada de soberbia o falsa modestia; como un buen panadero muestra su pan, un buen campesino, sus cosechas, o un carpintero, una ventana. Como un trabajo realizado en el que se ha puesto el mejor esfuerzo, y del que uno se siente orgulloso y satisfecho. Nada más. Como un placer y una responsabilidad. 

Me he reído a carcajadas con el cuento del señor Gómez y su metro cuadrado de tierra, con ése que te cuenta cómo subir unas gradas; y he pensado mucho en ese cuento de los carros parados en el tráfico de una carretera…

Nos ha hablado de muchas personas, de viajes y de anécdotas. De Solentiname, de San José, de Buenos Aires, de París. De lo que pasa en El Salvador, de lo que hace Ernesto Cardenal, del asesinato de Monseñor Oscar Romero, y de la muerte de Roque Dalton. De esa noche en que, en la madrugada de La Habana, este hombre “delgado y no muy alto”, al que tanto aprecia, conversaba con pasión y con ahínco, argumentaba con movimientos y demostraciones físicas, intentando así convencer a ese interlocutor, no menos terco, “no tan delgado y muy alto”, que no se quedaba atrás en sus propios argumentos, acostumbrado como está, a cinco o seis horas de monólogo y discursos.  

Nos ha hablado de música, pero sobre todo de jazz, que es tema apasionante para él; y de ese cuento, que dice, es quizás, el más significativo suyo, donde habla de la vida de Charlie Parker.

Le gusta que le hagamos preguntas, mientras el sostiene su mentón de barba gruesa, en esa actitud atenta, siempre preparando una respuesta sincera, clara y bien pensada. Se diría que ha pasado miles de horas conversando, debatiendo, argumentando con calma, sobre todos los temas del arte, de la escritura, de la política, de la historia…

Bueno, veremos qué pasa el otro jueves. Por el momento, me detengo a descansar en este parque, en la banca de siempre, a la espera de que alguien me sorprenda por la espalda, y me encuentre con este libro entre mis manos, mientras una larga sombra se proyecta frente a mí, sobre la grama.