jueves, 19 de octubre de 2017

jueves, 5 de octubre de 2017

Beegie Adair Trio toca Autummn Leaves



Cuántas versiones de esta pieza... de Evans, Getz, Jarret, Desmond, y tantos otros. Y ahora, para embellecerla más aún, esta versión.


México. Las cúpulas del sol.


Me despedí de México la última vez, por el mismo lugar por donde entré nuevamente a la gran ciudad, después de treinta y dos años de ausencia: La estación de Bellas Artes. Bajé las gradas que van hacia el subsuelo, mirando con tristeza, pero también con esperanza de volver a volver, las cúpulas doradas de sol de aquel blanco palacio que recordaba de antaño con confusión y entusiasmo.
En ese año ochenta y cuatro lo había recorrido maravillado, mudo. Había visto por primera vez esos murales y me veía tan pequeño frente a su imponente altura y su universal grandeza. Miré, miré y miré, sin abarcarlos, dejándome llevar por esa primorosa curiosidad y sorpresa con las que se vive cada experiencia nueva de la vida en esos años infinitos de la más que primera juventud.

Esta vez, a punto de cumplir mis cincuenta años, de la mano de mi hijo, irrumpí en la sala principal de Bellas Artes con el corazón en la otra mano. Me olvidé de pagar la entrada. Regresé a la ventanilla desesperado. Pagué y comencé a subir esos escalones que iba recordando con los segundos. Viendo al frente, atisbé los lienzos que se habían perdido a lo largo de mis sueños y que estaban convertidos en sutiles destellos, imágenes incompletas, recuerdos difusos. Trepaba sin soltar la pequeña mano de mi niño con la vista al frente y hacia arriba, desnudando en cada grada un trozo de mural y de pasado.

Al alcanzar la primera planta una voz me sorprendió. “No puede pasar” me dijo. Sin comprender me detuve y observé a aquel hombre uniformado al que no había visto. Muy confuso, no recuerdo que le dije, pero sí escuché que me explicaba que era lunes, y que ese día el paso al primer y segundo pisos estaba cerrado. Inmediatamente le repliqué: He esperado treinta y dos años para venir acá y no me va a detener. Le di la espalda y ascendí hasta un punto donde podía ver más todo el conjunto, y me detuve. El hombre me miró con seriedad, pero llegué hasta donde su dura flexibilidad permitió, y hasta donde mi sentido común me alertó de que estaba en casa ajena, que hay reglas que cumplir y no debía dar paso a un incidente que involucrara la seguridad de aquel sitio.

Desde ese punto limite, en medio de la primera y la por ahora inaccesible segunda planta, le señalé a mi hijo las paredes, los lienzos, los murales, el techo. Acordando volver el otro día, lo cual cumplí sin sobresaltos.

Fuimos a la soberbia catedral, a la cual también volvía. Su patio, su atrio, sus pasillos, sus altares. Y el tiempo se enredó. Tres décadas se enrollaron en si mismas. Presente y pasado, como en aquella gran ciudad, se mezclaron, se revolvieron haciéndose simplemente lo que eran: Eternidad, Continuidad, Memoria.

Cuando por televisión vi en aquel año ochenta y cinco las pirámides de escombros, supe de la ciudad y su tragedia. Sentí que ese lugar no era como otros que uno escucha nombrar. México tenía ya para mí, rostro, cuerpo y sombra sobre mi vida de adolescente. Hoy, en este día, a un año de mi regreso de aquel reencuentro, la ciudad para mí no solo tiene rostro, cuerpo y sombre, también alma, también… un misterioso sentimiento que nos une.

Quiero creer que la vida me da la oportunidad de apreciar y querer un lugar, sin saber, como pasa en otras dimensiones del vivir, lo que depara el futuro. Que el misterio de la propia vida me regala retornos alegrísimos, como se los ha regalado a ese pueblo a lo largo de los siglos, aunque estemos, sin saberlo, ellos, nosotros, todos, caminando sobre el sendero desconocido que una vez condujo a Tehuacán y de allí, nos ha ido llevando hacia el futuro, hacia lo incierto, desde donde ya sabemos, eso sí, que hemos siempre de volver, todos, a empezar, una y otra, y otra vez.



viernes, 26 de mayo de 2017

Jazz y Fado




Fado y Jazz


Nuevamente, un comentario de Antonio Muños Molina, me lleva a un gran descubrimiento: Julio Resende. Un exquisito pianista a la misma altura -como anota Muños Molina- que el Keith Jarret que tanto nos impresiona.

Es que, lo que Chucho o Bebo hacen con el bolero, o Jarret con los Standards lo hace Resende con ese canto bello y triste que es el Fado.


Una vez más, el Jazz reina sobre todas las cosas...




miércoles, 17 de mayo de 2017

El Nobel para Claribel






¡El Nobel para Claribel!

Siempre me he detenido de gritar ese anhelo que personalmente guardo, de que un día, Claribel Alegría sea honrada con el Premio Nobel de Literatura.

Hoy que se anuncia que ha sido galardonada con el premio Reina Sofía de Poesía, se reaviva en mí esa inquietud. A sus 93 años, Claribel es un tesoro viviente de literatura centroamericana y nada refleja mejor su espacio y su tiempo, que llamarla no nicaragüense, no salvadoreña, sino universalmente centroamericana.

Alumna de Juan Ramón Jiménez; amiga dulce de Julio Cortázar y Robert Grapes; anfitriona feliz de Roque Dalton; interlocutora inteligente de Carlos Fuentes, Claribel es literatura, diálogo, poesía plena y amistad.

No hay en Centroamérica escritor o escritora, que enarbole una vida entera de literatura como élla, y no hay ahora, quien dude, que Claribel merece ser hoy más que nunca reconocida con lo que ella merece. 






lunes, 15 de mayo de 2017

Clases de literatura





Clases de literatura.

Vengo de unas clases de literatura. Las imparte ese señor altísimo y delgado, de voz pausada y tranquila, que tenemos el gusto de escuchar en estas tardes cortas del otoño, acá en Berkeley, de este año ochenta tan convulso en que vivimos.

¡Nos ha hablado de tantas cosas!, pero, sobre todo, de esa relación que, en la literatura latinoamericana, se da entre la realidad y la fantasía, mejor, entre la realidad y lo fantástico. De cómo la realidad en el relato- y en la vida- es invadida por lo fantástico; de cómo lo fantástico forma parte de la realidad y de qué manera, eso que él llama lo fantástico, se manifiesta, es decir: como juegos del tiempo, del espacio, o como las múltiples formas de la fatalidad.

Nos lee sus cuentos, con mesura y timidez, sin nada de soberbia o falsa modestia; como un buen panadero muestra su pan, un buen campesino, sus cosechas, o un carpintero, una ventana. Como un trabajo realizado en el que se ha puesto el mejor esfuerzo, y del que uno se siente orgulloso y satisfecho. Nada más. Como un placer y una responsabilidad. 

Me he reído a carcajadas con el cuento del señor Gómez y su metro cuadrado de tierra, con ése que te cuenta cómo subir unas gradas; y he pensado mucho en ese cuento de los carros parados en el tráfico de una carretera…

Nos ha hablado de muchas personas, de viajes y de anécdotas. De Solentiname, de San José, de Buenos Aires, de París. De lo que pasa en El Salvador, de lo que hace Ernesto Cardenal, del asesinato de Monseñor Oscar Romero, y de la muerte de Roque Dalton. De esa noche en que, en la madrugada de La Habana, este hombre “delgado y no muy alto”, al que tanto aprecia, conversaba con pasión y con ahínco, argumentaba con movimientos y demostraciones físicas, intentando así convencer a ese interlocutor, no menos terco, “no tan delgado y muy alto”, que no se quedaba atrás en sus propios argumentos, acostumbrado como está, a cinco o seis horas de monólogo y discursos.  

Nos ha hablado de música, pero sobre todo de jazz, que es tema apasionante para él; y de ese cuento, que dice, es quizás, el más significativo suyo, donde habla de la vida de Charlie Parker.

Le gusta que le hagamos preguntas, mientras el sostiene su mentón de barba gruesa, en esa actitud atenta, siempre preparando una respuesta sincera, clara y bien pensada. Se diría que ha pasado miles de horas conversando, debatiendo, argumentando con calma, sobre todos los temas del arte, de la escritura, de la política, de la historia…

Bueno, veremos qué pasa el otro jueves. Por el momento, me detengo a descansar en este parque, en la banca de siempre, a la espera de que alguien me sorprenda por la espalda, y me encuentre con este libro entre mis manos, mientras una larga sombra se proyecta frente a mí, sobre la grama.