sábado, 16 de julio de 2016

Los dos libros de Rulfo



Los dos libros de Rulfo.

Entré a la librería Gandhi que está al frente de El Palacio de Bellas Artes, sobre la concurrida avenida Juárez, de la Ciudad de México,  con la excitación y la convicción de poder descubrir  en sus estantes cualquier obra que me propusiera adquirir. No obstante, al finalizar de subir el sexto escalón que de la calle lleva a su entrada principal, supe que debía nada más, por el momento, recoger lo que me estaba esperando desde hacía décadas: las obras de Juan Rulfo.

Le dije a la amable persona que me atendía que sólo deseaba los dos libros de Rulfo. Mientras luchaba por no sumergirme en ese océano de libros, y leía con fingido desinterés la contraportada de la  única traducción al español de El fin del homo sovieticus,  de Svetlana Aleksiévich, -hecha por esa sobresaliente editorial que es  Acantilado-,  las obras de Rulfo llegaban  a mis manos.

Sabiendo que volvería, pagué los seis dólares de costo de cada libro, corrí escaleras abajo buscando la calle y el café más cercano, para con alegría acariciar esas páginas y dar por cumplido ese rito que me había prometido: cuando regrese a México, lo primero que he de comprar serán los libros de Rulfo.

Comencé a leer sus cuentos al fondo de un patio rodeado de plantas, sentado junto a un nopal al que le había germinado una flor, en una tarde de cielo gris y viento frio, llevado por el recuerdo que desde hace años he llevado en mi memoria, de la imagen de aquel hombre que se tambaleaba al caminar, cargando a su hijo a sus espaldas; rememorando esa conversación – o monólogo-fantástica, dolorosa, trágica y profunda, que resume la esencia misma de una tragedia humana universal; que dibuja el perdón, la piedad, la fidelidad y la honradez; el remordimiento, el arrepentimiento, quizás el amor y la manera en que en el corazón humano se aprietan  el bien y el mal, la fatalidad y la esperanza.

Terminado el libro, un silencio persigue al lector, quizás de por vida. Ese silencio que rodea una convicción, un temor o una certidumbre: el de haber agregado un universo más al infinito mundo de la vida. 

Pero… ¡¿qué puedo yo agregar o comentar de la obra de Juan Rulfo?! ¡Qué voy yo a mencionar de esa brevedad maravillosa que iluminara a García Márquez, tanto como a  Jorge Luis Borges! Hay obras que hablan solas.

Al final de su vida, en su recelo, su parquedad y su tristeza, sumergido a veces por la sombra del dolor de su niñez,  Rulfo nos demuestra que un escritor, que una escritora, es al final, su obra.


lunes, 4 de julio de 2016

Vengo de un lugar muy transparente.

Vengo de un lugar muy transparente.


Hay cosas que con los años uno ha dejado de ver. Cosas ya olvidadas para una generación - a la que pertenezco-, y para esas otras jóvenes personas que nos han sucedido en el tiempo. Hablo de una manera de vida y convivencia que la violencia, el terror y la muerte han borrado de los paisajes urbanos de una ciudad como San Salvador.

Cuando uno las vuelve a vivir en otra parte, reconquista su valor, su dulzura. Se recobra el sentido de aquellas costumbres que un día formaban parte cotidiana de la vida; delineaban nuestro horario, nuestros hábitos y nuestras formas de ser y estar en ese lugar imaginario que hoy se ha disipado.

Después de una larga espera de treinta y dos años vuelvo a la Ciudad de México –antiguo DF-, y caen sobre mí como gotas de lluvia mansa de sus tardes, no sólo los recuerdos de mi primer visita a este valle, siendo aún adolescente, sino, la manera simple de la vida, el encanto nuevo de la rutina, eso que Javier Marías llama “la agradable repetición de las cosas”: caminar, jugar, conversar, comer, observar, descubrir.

No recuerdo la última vez que he caminado por un barrio de puertas y ventanas abiertas, de fluir de gentes y de voces, con un andar confiado y sin prisa, como el que he vivido en los suburbios de la Ciudad de México. Me hospedé en una casa ubicada en un barrio a las afueras de la capital, llamado Naucalpan. A treinta minutos en vehículo del gran Zócalo, cuando aun las calles están vacías de tráfico, tiempo que puede triplicarse si se viaja en “combi”, autobús o Metro, Naucalpan es un barrio de casas apiñadas una sobre de otra- literalmente-, sobre antiguos cerros y colinas del noroeste de la capital.

De este barrio procede Ana Gabriel, la famosa cantante, y El Santo, el famoso luchador de los años setenta. Y entre  sus subidas y bajadas empinadísimas, reté, el primer día, la altitud sobre el nivel del mar de esta urbe, cargado de la bolsa del mercado, dándome por vencido en el primer intento de escalar una de sus cuestas. De lado a lado, un abigarramiento de casas multicolores, hechas al capricho de los vaivenes de la vida, me observaba. En cada casa, una o varias familias comparten diferentes niveles de una misma vivienda, que puede alcanzar hasta cuatro pisos habitables.

Hay un hermoso detalle en cada casa: la profusión de plantas en cualquier espacio disponible de la entrada, los muros, las gradas, los pilares o los aleros. Existe un ímpetu evidente de decoración de cada pequeño espacio con plantas diversas sembradas en macetas de barro o usando recipientes de distinta procedencia. 

Lo destaco por su énfasis; lo destaco por ser una manera pronunciada del espacio y del espíritu de vida en este barrio. Barrio popular, donde abundan a su vez las taquerías, talleres, panaderías, tortillerías, tianguis o mercados permanentes o estacionarios; las pequeñas tiendas de abarrotes, las ventas de tamales en las esquinas  o los puestos de pan en las cunetas.

Naucalpan es un pueblo vivo que despierta y te despierta muy temprano. El ruido de motores, de bocinas, de gritos desconocidos de vendedores ambulantes pone un alto al sueño más celoso o más profundo. Y así empieza un día donde el tiempo, tiene otro tiempo, que va del saludo, al agua del café, al disfrute del café en compañía. Una hora es un tiempo muy largo, un día son muchísimas horas.

Pero quiero destacar en esta parte de mi historia, la vivencia y  el quehacer de este lugar al caer la noche.
Me propuse para ello, acompañar todos los días a mi anfitrión a recoger a su hija a la salida de la escuela. Es esta una preparatoria o bachillerato, que en su turno vespertino, termina su horario ¡a las nueve de la noche!

De esa escuela, cientos de muchachos uniformados salían y formaban grupos de amigos por las calles aledañas; unos para conversar mientras caminaban; otros para fumar juntos, y los de más allá, iban al encuentro con su enamorada o su novio, para luego, en ese caminar lento del noviazgo, sin mayor prisa que la de demorarse lo más posible, irse quedando en las esquinas.

Mientras caminábamos de regreso, observaba las ventanas abiertas de las casa, su luz doméstica. Vi personas a la mesa, o viendo televisión. Presencié tiendas abiertas muy iluminadas donde los transeúntes se detenían a comprar sin apuros.  Me asombré al ver a dos policías “taquiando” en una esquina, de espaldas al flujo de personas. Observé ventas de ropa y de juguetes con un enérgico movimiento de clientes; gentes sentadas comiendo una torta, una hamburguesa, un pollo frito; sobre todo, vi niños caminando solos por la calle.

Dejando el área comercial, volví a ver algo perdido en mi memoria: pasajes estrechos donde muchachos jugaban al futbol por la noche. En derredor suyo, amigas, novias, hermanas o primas conversaban y la gente adulta, recostada en los umbrales de las puertas abiertas, tomaba el aire fresquísimo de esta tan sólo inusual hora, para este desconocido que miraba.   

¡¿Qué encanto tenía todo esto?! ¿Por qué me trae nostalgia y añoranza, alegría y bienestar? Quizás porque los salvadoreños hemos dejado atrás hace mucho tiempo esa vivencia a la luz de los faroles.  Quizás, porque pese a la misma estrechez, la misma lucha y la misma pobreza, México todavía tiene o conserva algo, que nosotros hemos perdido para siempre.