miércoles, 17 de agosto de 2016

lunes, 8 de agosto de 2016

Coyoacán la bella



Coyoacán la bella.

¿Cómo no hablar de una experiencia que te ha dejado una marca de por vida? ¿Cómo no hablar de algo que te ha tocado con tal primor las cuerdas de la emoción,  afinándolas a tal punto,  que te prepara para un  mejor placer de nuevos momentos  de arrobo, de descubrimiento, de sorpresa, de embeleso?

Es que a veces  hay una complicidad deliciosa entre lo que encuentras y lo que necesitas; entre lo que buscas y lo  que te sale al paso, o entre lo que sueñas y lo que, de repente, tienes.

Llegar al Jardín Centenario de Coyoacán fue para mí como beber agua fresca, después de un largo peregrinar bajo un ardiente mediodía  de días que no acaban.  Este sitio es un reposo, un descanso, un oasis; un paraje donde el tiempo corre con lenta dulzura, en apacible fluir, casi, deteniéndose, lleno de  una  límpida intemporalidad que retrata siglos.

Fue tanta mi emoción, que pedí detener el paso para buscar una de sus verdes bancas y sentarme, con las manos en la cara, a sollozar; como quien por fin, corona una meta, cruza un límite; como quien alcanza una cima,  o descubre  un tesoro personal  que se creía  perdido.  Es que su silencio, su brisa, su pulcritud, su edad; es que el caminar pausado de aquel hombre con sus globos de colores como pompas de jabón al mediodía; es que la música de aquel organillero que gira sin cesar la manivela  de ese instrumento que conozco, ¡al fin! por vez primera;  es que ese estar en calma de la gente sentada en estas bancas, reivindicando con su gesto  el derecho de cualquier persona  al descanso y al solaz, al reposo y al ocio, ya sea  yendo o viniendo de sus propios quehaceres, para en un momento cualquiera, sentarse y observar el ritmo que aquí, tiene el mundo.  Es que esos jóvenes alegres que ríen y se abrazan junto a esa  fuente  que  canta y salpica, mientras baña a esos dos  coyotes  de negro metal, con chispeante agua fresca y clarísima luz; es que las lustrosas hojas, los amplios senderos, la fachada de esa iglesia que resguarda un breve y hermoso jardín colmado de profusas macetas y frescura; es que todo aquello,  todo eso , todo esto,  junto y por separado, crean un ambiente donde un hombre, cansado de la vana ostentación de las ciudades que nacen o crecen destruyendo su pasado, encuentra una dicha, que aunque breve, le restituye  la convicción  de que es posible alguna vez encontrar un terruño,  aunque sea temporal, aunque sea distinto, del que alguna vez, le estaba destinado. 

Coyoacán la bella no esconde su pasado y su presente. En su sombra encontraron acomodo gentes de mil estirpes y orígenes, de distintas utopías y destinos, todos, todas, coincidiendo en  la amabilidad de este lugar.  Ayer fue  el bosque frondoso donde Hernán Cortez fundó su casa de descanso, hasta llegar a albergar con el paso de los siglos a los genios queridos del cine, el teatro,  la pintura y  las letras; a los revolucionarios, a los pensadores, y a las dichosas gentes que la escogen por su encanto.

Hoy en sus calles se repiten  los pequeños y simpáticos  zaguanes, las agradables puertas, los breves y  acogedores  jardines de las entradas; campean  las fachadas  de vivos colores, las calles con sus nomenclaturas que abarcan  capitales del mundo, nombres de caudillos criollos, de emperadores aztecas, de países, ¡toda una mezcla de historia,  una mixtura de tiempo y espacios!


Pero sobre todo, Coyoacán es un lugar para caminar, para pulsar y medir con los pasos la vida, la historia y el tiempo;  es que por algo Sergio Pitol la cambió por Praga y Diego Rivera, como Octavio Paz, por Paris. 

martes, 2 de agosto de 2016

La casa de León Trotsky



La casa de León Trotsky


Pasé de largo la casa de Diego Rivera y Frida Kahlo, con un sentimiento ambiguo  de acometer un acto iconoclasta y la  convicción de saberme disculpado. Allí estaba esa casa pintada de un vivo azul celeste, a cuya puerta  y paredes se arrimaba una larga fila de medio centenar de personas, y que parecía decirme: “Y tú pa dónde vas, no ves que estoy aquí”. Mientras yo creía responderle:”Te veo horita, voy a ver a tu antiguo huésped”… sabiendo que quizás no volvería.

Caminé entonces las cinco cuadras que separan  aquella casa azul del lugar que era mi  destino, cruzando la calle Londres, luego la Berlín, para encontrarme, como un preludio inesperado,  con un sitio que también buscaba, -motivado por el titulo de una de las obras de Sergio Pitol: El mago de Viena-. Es que allí, en esa misma calle Viena a la que había llegado, allí donde ella se junta con la calle Morelos,  encontré esa otra casa de muros ya envejecidos de un color  verde pálido, y que  delata, por su desgaste de mil lluvias, que otrora quizá fue blanca y luminosa, cuando estuvo en medio de un bosque ya perdido donde abundaban los coyotes, y que ahora es la bella Coyoacán. Sobre el muro de aquella esquina, pude ver una placa circular, bien conservada y adornada en su circunferencia por motivos azules, como un plato de fina talavera poblana, que rezaba: Casa León Trotsky.  

Se entra a la casa, no por donde solían hacerlo sus antiguos residentes a finales de la década de los años treinta, sino, por el lado que da a la Avenida Rio Churubusco, que en esa época era un rio-. A esta casa, con el correr de aquellos años, se le fueron añadiendo muros, para tapar ventanas; paredes, para cubrir cercas, y a sus esquinas, pequeñas atalayas, que le fueron dando la apariencia de un viejo castillo medieval.

La primera impresión que causa una vez se está adentro, es el de una amena serenidad.  Sus muros parecen partir el exterior y el interior de manera rotunda, y uno tiene la sensación que ha quedado encerrado en un mundo aparte, lleno de silencio y detenido en no sé qué tiempo.  

Se accede a ella por el área de los antiguos gallineros y jaulas de conejos, animales a los que el antiguo residente de la casa cuidaba con afán. Allí están esas jaulas verdes, vacías de vida, como un recuerdo hueco; más allá, los cuartos de los guardias, separados físicamente de la residencia principal; y luego, el gran jardín, que se ubica al centro, con breves callecitas que comunican hacia los diferentes partes de toda la vivienda. Predomina por doquier el verde profuso de la grama, los helechos y las hiedras sobre las paredes. ¡Que linda ha de ser la lluvia cuando cae en esta casa!

Adentro, aun los objetos más sencillos han quedado congelados, detenidos en su rutina domestica en un día ya  olvidado, que vuelve momentáneamente a la vida al contacto de la mirada: tasas, platos, manteles, camas hechas, una tina de metal, ollas, plumas, antiguas maquinas de escribir, radios, teléfonos, vasijas…

La sala de trabajo o el estudio -muy bien equipado- alberga  tres escritorios, donde  uno se imagina a asiduos secretarios que sobre ruidosas teclas, acaban cartas, editan artículos, escriben notas o reseñas  y toman dictados. En una esquina de ese estudio hay un radio, modernísimo para su época, donde el revolucionario ruso escuchaba las noticias del mundo, y más acá, enfrente de la puerta que ve al jardín, un estante de libros escritos en francés, ruso e inglés, tres de los seis idiomas que León Trotsky dominaba.

En el interior de la casa, destaca por sobre todo lo demás una habitación que da al comedor, donde se halla el escritorio de trabajo del famoso camarada de Lenin. La mesa es amplia, ordenada y limpia con un mapa de México empotrado a espaldas y bañada de luz por una ventana lateral, que no da a la calle, sino a un sector del jardín.  Frente al escritorio, a unos cuantos pasos,  hay una sencilla cama, y uno cree escuchar los tres pasos de un hombre sexagenario que en la madrugada, después de arrojar sus lentes sobre la superficie de la mesa, se deja caer vencido por el sueño.

Los libros en esta habitación se mantienen pulcros y ordenados en una larga librera, protegidos del tiempo con un cristal, y llama mi curiosidad la existencia, entre otras, de las obras de Jean Paul Sartre, que me crea una confusión de fechas. Al indagar su procedencia me informan que la casa continuó siendo habitada por el nieto de Trotsky hasta la década de los años setenta, lo que explica que haya habido en el cuarto del gran refugiado ucraniano, obras posteriores a su muerte.

Afuera, en medio del jardín, descubrí de súbito, el intensísimo color rojo de una bandera atada a su asta, pero que se ha dejado caer ella misma sobre el lado derecho de un mausoleo; una bandera yacente sobre un nombre propio y ese antiguo escudo, labrado en el concreto de este rectángulo erguido: una hoz y un martillo, impresos en la piedra gris, marcando un vacio, como si un día hubiesen sido arrancadas de sus moldes sendas piezas, para luego, desaparecer por el mundo como fantasmas… quizás, sin dejar rastro. 

  


Nota: El diario El País de España, en el suplemento El país semanal, recientemente ha publicado un más que interesante reportaje, con la última persona que vio vivo a León Trotsky, su nieto Esteban Volkov. 

sábado, 16 de julio de 2016

Los dos libros de Rulfo



Los dos libros de Rulfo.

Entré a la librería Gandhi que está al frente de El Palacio de Bellas Artes, sobre la concurrida avenida Juárez, de la Ciudad de México,  con la excitación y la convicción de poder descubrir  en sus estantes cualquier obra que me propusiera adquirir. No obstante, al finalizar de subir el sexto escalón que de la calle lleva a su entrada principal, supe que debía nada más, por el momento, recoger lo que me estaba esperando desde hacía décadas: las obras de Juan Rulfo.

Le dije a la amable persona que me atendía que sólo deseaba los dos libros de Rulfo. Mientras luchaba por no sumergirme en ese océano de libros, y leía con fingido desinterés la contraportada de la  única traducción al español de El fin del homo sovieticus,  de Svetlana Aleksiévich, -hecha por esa sobresaliente editorial que es  Acantilado-,  las obras de Rulfo llegaban  a mis manos.

Sabiendo que volvería, pagué los seis dólares de costo de cada libro, corrí escaleras abajo buscando la calle y el café más cercano, para con alegría acariciar esas páginas y dar por cumplido ese rito que me había prometido: cuando regrese a México, lo primero que he de comprar serán los libros de Rulfo.

Comencé a leer sus cuentos al fondo de un patio rodeado de plantas, sentado junto a un nopal al que le había germinado una flor, en una tarde de cielo gris y viento frio, llevado por el recuerdo que desde hace años he llevado en mi memoria, de la imagen de aquel hombre que se tambaleaba al caminar, cargando a su hijo a sus espaldas; rememorando esa conversación – o monólogo-fantástica, dolorosa, trágica y profunda, que resume la esencia misma de una tragedia humana universal; que dibuja el perdón, la piedad, la fidelidad y la honradez; el remordimiento, el arrepentimiento, quizás el amor y la manera en que en el corazón humano se aprietan  el bien y el mal, la fatalidad y la esperanza.

Terminado el libro, un silencio persigue al lector, quizás de por vida. Ese silencio que rodea una convicción, un temor o una certidumbre: el de haber agregado un universo más al infinito mundo de la vida. 

Pero… ¡¿qué puedo yo agregar o comentar de la obra de Juan Rulfo?! ¡Qué voy yo a mencionar de esa brevedad maravillosa que iluminara a García Márquez, tanto como a  Jorge Luis Borges! Hay obras que hablan solas.

Al final de su vida, en su recelo, su parquedad y su tristeza, sumergido a veces por la sombra del dolor de su niñez,  Rulfo nos demuestra que un escritor, que una escritora, es al final, su obra.


lunes, 4 de julio de 2016

Vengo de un lugar muy transparente.

Vengo de un lugar muy transparente.


Hay cosas que con los años uno ha dejado de ver. Cosas ya olvidadas para una generación - a la que pertenezco-, y para esas otras jóvenes personas que nos han sucedido en el tiempo. Hablo de una manera de vida y convivencia que la violencia, el terror y la muerte han borrado de los paisajes urbanos de una ciudad como San Salvador.

Cuando uno las vuelve a vivir en otra parte, reconquista su valor, su dulzura. Se recobra el sentido de aquellas costumbres que un día formaban parte cotidiana de la vida; delineaban nuestro horario, nuestros hábitos y nuestras formas de ser y estar en ese lugar imaginario que hoy se ha disipado.

Después de una larga espera de treinta y dos años vuelvo a la Ciudad de México –antiguo DF-, y caen sobre mí como gotas de lluvia mansa de sus tardes, no sólo los recuerdos de mi primer visita a este valle, siendo aún adolescente, sino, la manera simple de la vida, el encanto nuevo de la rutina, eso que Javier Marías llama “la agradable repetición de las cosas”: caminar, jugar, conversar, comer, observar, descubrir.

No recuerdo la última vez que he caminado por un barrio de puertas y ventanas abiertas, de fluir de gentes y de voces, con un andar confiado y sin prisa, como el que he vivido en los suburbios de la Ciudad de México. Me hospedé en una casa ubicada en un barrio a las afueras de la capital, llamado Naucalpan. A treinta minutos en vehículo del gran Zócalo, cuando aun las calles están vacías de tráfico, tiempo que puede triplicarse si se viaja en “combi”, autobús o Metro, Naucalpan es un barrio de casas apiñadas una sobre de otra- literalmente-, sobre antiguos cerros y colinas del noroeste de la capital.

De este barrio procede Ana Gabriel, la famosa cantante, y El Santo, el famoso luchador de los años setenta. Y entre  sus subidas y bajadas empinadísimas, reté, el primer día, la altitud sobre el nivel del mar de esta urbe, cargado de la bolsa del mercado, dándome por vencido en el primer intento de escalar una de sus cuestas. De lado a lado, un abigarramiento de casas multicolores, hechas al capricho de los vaivenes de la vida, me observaba. En cada casa, una o varias familias comparten diferentes niveles de una misma vivienda, que puede alcanzar hasta cuatro pisos habitables.

Hay un hermoso detalle en cada casa: la profusión de plantas en cualquier espacio disponible de la entrada, los muros, las gradas, los pilares o los aleros. Existe un ímpetu evidente de decoración de cada pequeño espacio con plantas diversas sembradas en macetas de barro o usando recipientes de distinta procedencia. 

Lo destaco por su énfasis; lo destaco por ser una manera pronunciada del espacio y del espíritu de vida en este barrio. Barrio popular, donde abundan a su vez las taquerías, talleres, panaderías, tortillerías, tianguis o mercados permanentes o estacionarios; las pequeñas tiendas de abarrotes, las ventas de tamales en las esquinas  o los puestos de pan en las cunetas.

Naucalpan es un pueblo vivo que despierta y te despierta muy temprano. El ruido de motores, de bocinas, de gritos desconocidos de vendedores ambulantes pone un alto al sueño más celoso o más profundo. Y así empieza un día donde el tiempo, tiene otro tiempo, que va del saludo, al agua del café, al disfrute del café en compañía. Una hora es un tiempo muy largo, un día son muchísimas horas.

Pero quiero destacar en esta parte de mi historia, la vivencia y  el quehacer de este lugar al caer la noche.
Me propuse para ello, acompañar todos los días a mi anfitrión a recoger a su hija a la salida de la escuela. Es esta una preparatoria o bachillerato, que en su turno vespertino, termina su horario ¡a las nueve de la noche!

De esa escuela, cientos de muchachos uniformados salían y formaban grupos de amigos por las calles aledañas; unos para conversar mientras caminaban; otros para fumar juntos, y los de más allá, iban al encuentro con su enamorada o su novio, para luego, en ese caminar lento del noviazgo, sin mayor prisa que la de demorarse lo más posible, irse quedando en las esquinas.

Mientras caminábamos de regreso, observaba las ventanas abiertas de las casa, su luz doméstica. Vi personas a la mesa, o viendo televisión. Presencié tiendas abiertas muy iluminadas donde los transeúntes se detenían a comprar sin apuros.  Me asombré al ver a dos policías “taquiando” en una esquina, de espaldas al flujo de personas. Observé ventas de ropa y de juguetes con un enérgico movimiento de clientes; gentes sentadas comiendo una torta, una hamburguesa, un pollo frito; sobre todo, vi niños caminando solos por la calle.

Dejando el área comercial, volví a ver algo perdido en mi memoria: pasajes estrechos donde muchachos jugaban al futbol por la noche. En derredor suyo, amigas, novias, hermanas o primas conversaban y la gente adulta, recostada en los umbrales de las puertas abiertas, tomaba el aire fresquísimo de esta tan sólo inusual hora, para este desconocido que miraba.   

¡¿Qué encanto tenía todo esto?! ¿Por qué me trae nostalgia y añoranza, alegría y bienestar? Quizás porque los salvadoreños hemos dejado atrás hace mucho tiempo esa vivencia a la luz de los faroles.  Quizás, porque pese a la misma estrechez, la misma lucha y la misma pobreza, México todavía tiene o conserva algo, que nosotros hemos perdido para siempre.


  




sábado, 7 de mayo de 2016

Declaración de un ladrón enamorado.






Declaración de un ladrón enamorado.

A veces me despierto con las ganas de ser un ladrón. Si, un ladrón de verdad, de los de antes. Es decir, me quiero explicar: yo quiero ser un ladrón bueno y feliz;  portar antifaz negro en la cara, y deslizarme por la noche ahí donde hayan cosas de más, donde sobre, donde se desperdicie, donde se haya olvidado algo hermoso que a nadie importe ya.  

Quiero robar caballerescamente: ser furtivo, galante, respetuoso y sutil. Quizás, si de una doncella se trata, dejar una rosa en su almohada -como lo sugería Alberto Cortez-, por si  acaso me llego a enamorar durante esas horas laborales.

 Que nadie me vea al entrar o al salir de alguna casa. Llegar cuando nadie esté,  cuando duermen, cuando anden de viaje los residentes, o simplemente cuando se hallen trabajando. No forzar puertas ni ventanas, usar ganchos de pelo, llaves maestras, y en las cajas fuertes, usar alguna lógica de los números  y el sonido de la perilla al girar, para abrir sus puertas.

Mi regla será infligir al mundo que cada cual tenga sólo lo que necesita su cuerpo, su corazón y su espíritu; sus sueños o sus esperanzas. Nada que esté de más será ignorado por mis manos. Nunca robar un buen libro con notas personales y cartas de amor resguardadas; un anillo escondido, un pañuelo perfumado, un retrato detrás de la pared, una carta lejana de distancia o de tiempo. Nunca tocar un juguete preferido, ni el sillón donde dos se sientan por la tarde. Tampoco aquella mecedora donde   sapiencia y cariño dormiten en silencio los recuerdos más queridos. 

Excluido  un reloj que ha ido de padre a hijo; la pulsera que a su vez pasó de madre a hija; y todas esas herencias que se hacen en vida como alianzas familiares.  Excluidas de mi mano las sábanas que se guardan con cariño, donde se arrullaron y cuidaron las dolencias de los hijos. Excluidos los espejos, tan íntimos, tan privados, que encuentre empotrados en un rincón prohibido para extraños. No se consideran las viejas chanclas, los sombreros, los machetes,  los jarrones remendados para conservarse, por ser símbolos de la amena rutina del solaz y del trabajo.   

Robar lo que me han robado quiero: mi casa de la niñez, mi parque, mi ciudad, mi país. Traerlos del pasado y volver a construirlos, inaugurarlos, pintarlos, arreglarlos. Sembrarles flores, ponerles  cuadros; plantarles  árboles,  crearles jardines. Devolverles nubes,  volcanes, mares y ríos, que hoy ya dejaron de existir, de brillar, de rugir, de saltar, de conmoverse… de sus antiguas auroras y sus viejos atardeceres.  

Robaría, sobre todo, y más que nada, cosas imposibles que no fueron ni serán, para que hayan sido de otra forma: consolar a mi madre cuando huyó de su casa siendo niña; darle albergue, alivio y amor. Acompañar a mi hermano en esos momentos que no estuve y en los cuales, se fue muriendo el cariño entre los dos. 

Devolverme, en ese hurto fantástico e inaudito, ese gran pedazo de niñez de mis hijos,  que yo no vi, sentí, ni disfruté, y que se perdió para siempre en el pasado.  Robarme, esos momentos de tanto error y desidia, para poder corregirlos, y pretender que mi destino va a ser otro, más feliz, más dichoso, restado de dolor y de locura.     

Pero también me adjudico el derecho de robar del pasado, y robar del futuro. Traerme  lo que nunca murió, envejeció o se corrompió: la esperanza más valiente que los muertos queridos me dejaron; los sueños más luminosos que ningún joven ha tenido y la fe incansable que sobrevivirá a todo este espanto. Lo mejor que sobreviva en este mundo después de muchos años de mi entierro, y entre ello,  la grandeza moral de los hijos de mis hijos, y el recuerdo aun consciente de mi nombre, en el senil silencio de la madrugada de la mujer que me amó, pese a ser lo que fui, y que me hizo morir feliz un día, y satisfecho de mi vida ya apagada.





miércoles, 20 de abril de 2016

Ne me quitte pas


Será acaso la canción más bella del mundo?



martes, 19 de abril de 2016

Allá por la Chulona




Allá por la Chulona.

La biología tiene métodos precisos. Igual los tienen la ciencia y la matemática. Traicionarlos, lleva al error en la solución del cómo hacer las cosas. Seguir sus pasos muchas veces lleva al éxito, lo que hoy se conoce como la resolución de un problema. “Todo tiene su ciencia”, es la máxima popular para referirnos, los no científicos, a que cada trabajo, arte u oficio, establece sus reglas.

Lo mismo pasa en la vida cotidiana. En la preparación de una taza de café, por ejemplo, desde la cafetera de filtro de papel, pasando por la prensa francesa, la  percoladora italiana o la simple filtración del café en un cono, e incluso con el café instantáneo,  hay un procedimiento a seguir, aunque cada persona  con el tiempo, haces variaciones sobre el tema.

Pero a veces, no hay procedimientos escritos, o simplemente no los conocemos. Por falta de información o ante una situación totalmente nueva, en la que no nos orientamos con facilidad, debemos recurrir a la intuición, a la inventiva, a la improvisación.  Así, arreglar un aparato eléctrico, hacer arrancar un carro, tapar el agujero en la pared,  remendar un zapato, mejorar un plato pasado de sal, son tareas cotidianas para las cuales, a veces, nos toca enfrentarnos, solos, a su solución.

Visitar el país de origen después de muchos años plantea retos casi insuperables, tal vez, rayando en la ridiculez para los ojos burlones que observan de lejos. Regresar a El Salvador, requiere estar alerta, ser creativo y agudizar la inteligencia. Es que no hay método al alcance del recién llegado, para el que ha perdido el pulso, el tacto y la puntería, en esos actos donde se arriesga la vida como quien respira: subirse a un autobús, bajarse de él;  escoger un taxi o detectar a un perseguidor.

Una de las tareas más difíciles que se le pueden presentar a un ser humano, solo, en un país como El Salvador, después de haberse perdido por su ausencia, de los cambios que con las décadas han emergido en las calles de la capital -es decir, el exuberante y salvaje tráfico; la ampliación desmedida de calles y la mayor e irracional intolerancia de los ciudadanos – es el de cruzarse una simple calle.

Para cruzar una calle en esa atiborrada y pequeña ciudad de más de dos millones de habitantes, se requiere, primero, como si de un corredor especialista en sesenta metros planos  al aire libre sr tratara, de una fina condición física, resumida en  una acendrada potencia muscular; y segundo, una coordinación visual y motora extremadamente aguda.  Demás está decir de la multisensorialidad extrema que debe  aunar oído, ojo, sentido vestibular  y kinestésico; pues una cáscara de plátano, una piedra, un agujero de dos metros de profundidad, debe ser detectado sin perder de vista y oído los carros que cruzan de este y del otro lado, en ese rio caudaloso de metales multicolores que amenazan al que cruza.

¡Y que no se distraiga nadie por causa de aquel silbido, y esta ensordecedora bocina! Pues quien  lo hace corre el riesgo de no llegar vivo a la otra ansiada orilla.

Ahora, existen muchos grados diferentes de dificultad en el cruce de una calle, a saber: calles de un sentido, de doble sentido; calle principal o aledaña.  No es igual cruzar desde la esquina del  hospital Rosales a la esquina del Parque Cuscatlán;  o atravesar la avenida Juan Pablo Segundo al salir de la Alcaldía  o simplemente, desde de la Universidad Nacional hacia el Hospital de niños Benjamín Bloom. Todas requieren habilidades de diferente índole.

Pero la más exigente de todas es sin duda ese tipo de calle principal de doble vía. Es que detenerse en la raya que un día fue amarilla de mitad de la calle, es decir, en esa  invisible línea que demarca las rutas de los vehículos que van y los que vienen, es una solución eficiente para un enamorado no correspondido, un suicida o  un loco.

Entonces, qué hacer si te ves en la necesidad de cruzar esa calle, sin las habilidades  normales de los transeúntes consuetudinarios  de ese frenético lugar llamado San Salvador.  Qué hacer si te encuentras por ejemplo, allá por la calle Bernal, con un semáforo ignorado, con la ausencia de los cruces peatonales a los que estás acostumbrado en las esquinas del país donde resides, o sin la ocasional cortesía o la amabilidad de un conductor que te ceda el paso.

Un amigo, ha patentado un método para esa riesgosa ocasión: aproxímate a la orilla, ten calma, y si no hay personas con las que cruzar como sombra nerviosa a su costado, aplica las ciencias de la biología,  de la teoría de la evolución,  el método de la observación, y los principios de la co-existencia humana y animal: espera por un perro callejero que busque pasar.

Si, espera por él o por élla. Aproxímate, no lo suficiente como para que todo termine en mordida, pero si lo necesario, para mirar sus movimientos. Verás que el animal otea el horizonte, que espera, que se agacha y retrocede. Que yergue las orejas, que azuza el olfato y se alista a correr, para luego detenerse, esperar un segundo y luego, decididamente, cruzar de un tirón ambos lados de la avenida. Es entonces, en ese lapso de tiempo que abarca un parpadear, donde debes lanzarte a correr junto a  él como siguiendo un guía salvador. 

No importa tambalear, temblar, llenarte de adrenalina hasta las uñas, sentir sobre tu pecho ese exceso de peso corporal que has venido acumulando con las décadas.   ¡No importa! Lo importante es que lo has logrado, has cruzado, has llegado con vida a la otra orilla.

Así que, si te has de ver en esa terrible circunstancia, sólo observa, espera  y luego di con propiedad y decisión: “ Achís, tras deste chucho hiueputa me voy”.

Revista TresMil. Diario Colatino.
San Salvador, El Salvador.




domingo, 3 de enero de 2016

The Grandfather's Waltz


Bill Evans y Stan Getz

El Jazz es la consecuencia de la música y siempre, siempre,  es joven.
Medio siglo de edad de una pieza musical, es un luminoso presente de gozo.
Y hay un misterio en la libertad de la creación musical, que en el Jazz, es inminente.

Si un talento es infinito, dos, son la medida de algo aún sin palabras para definir su extensión. Un duo, como este,  es una conversación más que amena, deliciosa, que te sorprende a cada instante.



Piano y saxofón, agregan tanto solos, y por turnos, que uno nunca se cansa de escuchar y de soñar. 

sábado, 2 de enero de 2016

El rincón de uno.




Vivimos cada dia en varios sitios. Trabajamos, descansamos, comemos, dormimos, amamos en varios sitios, pero cada uno necesitamos un lugar, para otros desconocido, donde poner todo junto; donde pensar lo hecho u olvidarlo, donde soñar y llorar, donde ser, sin quizás estar.

En medio de todo lo que abruma o nos mima, hay momentos de soledad necesarios para enriquecer lo que se vive y se tiene. Donde equilatar y decidir. Un rincón de uno que llevamos siempre, a cualquier hora.

Es parte de nosotros como la propia piel o la sombra:. íntimo - la palabra es muy amplia y ambigua-, personal- otra palabra confusa-, interior... - no me aclara lo que qiero expresar aún. Tal vez, consustancial, porque ese rincón somos nosotros mismos y tiene que ver con los que nos rodean y amamos, con los que nos circundan y odiamos; lo reflejamos en la cara y en el gesto; no es secreto , a veces es exterior y evidente en la mirada.

El resplandor de ese rincón se trasluce en nuestros actos y palabras.

Es un momento, un destello, un ataque, una huida. Es un secreto y una declaración; una rendición y una victoria. Una medicina y un vino.Un pan y un silencio.

Es lo que somos en soledad.