martes, 15 de septiembre de 2015

35 años sin Bill Evans


En una tarde de un 15 de septiembre muere Bill Evans. Como los poetas malditos, existen los músicos malditos, cuyas vidas breves, son suficientes para ser eternos.



martes, 11 de agosto de 2015

Estamos solos






Estamos solos.

Ayer hablé con mi madre. Esa ceiba de 93 años de edad, que ha visto suceder y ha vivido, los hechos más trascendentes de la historia del país desde 1923. Esa mujer que a sus 12 años llega a San Salvador proveniente de algún cantón de Tecoluca, a ganarse la vida haciendo oficios domésticos en la Colonia San Jacinto.

La voz de mi madre es la medida de todo lo que sucede a su alrededor.  Aun a su edad, no se le escapa nada importante  o  no importante del día a día de la casa y del país. ¡Qué digo del país, del mundo!: Tormentas en Texas,  terremotos en Nepal, hasta los partidos no oficiales de la selección de futbol, que con eso digo todo.

La conmueve la muerte de cualquier joven, como si se tratase de uno de sus hijos…” ahí quedó mi muchachito con sus cuadernos” me cuenta desde la distancia, cuando algún joven es asesinado en la calle, dándole a ese otro fallecido de las calles de san Salvador, presencia humana, esencia de hijo. Devolviendo al mundo algo perdido: la conmiseración y la pena.

Desde hace 60 años cuando adquirió el -ahora extraviado- radio Philips en el local que dicho almacén acupaba frente al parque Bolívar, la afición a escuchar la radio no la ha abandonado.  Por esa radio habló Fidel Castro, arengó Sánchez Medrano; se escuchó la voz de Monseñor Romero.

Mi madre me cuento hoy todo lo que pasa por esas calles tristes y afeadas que un día recorrí sin tregua. Sin salir de su habitación siquiera, mi madre sigue la realidad con un afán que a veces me hace preguntarme cómo puede soportar tanto dolor propio y ajeno. No es acaso suficiente con sus sufrimientos de la edad, con sus heridas de vida, con ese recuerdo espantoso de la agonía  de su madre mientras ella se aferraba a su pecho sin querer desprenderse, teniendo tan solo tres años, y que de cuando en cuando evoca con llanto en sus cansados  ojos.

Qué no es suficiente haber sido huérfana, haber sido maltratada, haber huido de su casa, haber trabajado toda la vida sin descanso, para poder seguir todavía condoliéndose de su país y de su gente. ¡Se tiene que tener un inmenso corazón y una enorme fuerza!


Mi madre conoce el arte de la sentencia, es decir, encerrar en dos palabras, un sentimiento o un suceso. Y ayer así lo hizo, mientras me narraba las cinco muertes del día lunes, la dificultad de la gente que sale a trabajar, la inseguridad de su regreso. Lo hizo, mientras reflexionaba sobre lo que pasa en el país entero, sobre el terror que acecha sin descanso noche a noche, mañana a mañana. Me dijo… desalentada: estamos solos.


Diario Colatino. Revista TresMil. 8 de agosto, 2015

lunes, 10 de agosto de 2015

Pur ti miro ( Claudio Monteverdi)

Pur ti miro.

Hay paraísos sonoros;  hay paraísos en la música a los que un par de veces en la vida somos llamados, y se nos deja regresar, para continuar buscando otros.

La imaginación sonora puede alcanzar alturas indecibles, crear poesía lírica musical. Voz y música pueden ser una vez, una esencia única de un universo simultaneo a éste en el que los seres vivimos, permanecemos o soñamos.   

Esto hizo, a mi parecer, Claudio Monteverdi (1567- 1643), al escribir este dueto. El creador de la ópera, y de suyo de la obertura y de lo que conocemos como aria, escribe uno de los primeros, sino el primer dueto perfecto. Como parte de  L' Incoronazione di Poppea, Monteverdi enciende la luz de la polifonía musical y de la música escrita junto al canto: un gozo infinito.





lunes, 27 de julio de 2015

El destino de Nairo.

Fotografia de Diario El Pais de España


El destino de Nairo.

De llegar este articulo a publicarse, ese mismo día  se estaría conociendo quien ha Ganado el Tour de Francia. La carrera ciclística más prestigiosa del mundo tiene ya 112 años de estarse realizando- su primera edición fue en 1903-, y cuenta en su historia con rivalidades extraordinarias y heroísmos deportivos excepcionales, como también, con rotundas decepciones y magnos escándalos, como los siete años en los que el  nombre de Lance Armstrong aparece tachado de los registros oficiales.

En este momento, mientras esto se escribe, dos ciclistas se empeñan en una lid increíble escalando el Col d’ Allos en los Alpes Franceses - a 2.250 metros sobre el nivel del mar: el inglés – nacido en Kenia y educado en Sudáfrica- Chris Froome, y el hombre que, siendo niño, ayudaba a su hermana a llegar a la escuela primaria, amarrando la bicicleta de ella a la suya, y halándola por entre elevadísimas cuestas en su natal Cómbita, un pueblo de  la provincia de Boyacá, ubicado en  las montañas de la cordillera este de Colombia: Nairo Quintana.  

Revisando sus biografías se observa como la distancia social entre ambos atletas es enorme, similar, en su caso y momento,  con la discrepancia entre la vida de Eddy Merckx – ganador del Tour en cinco ocasiones- y Luis Ocaña – quien ganara en 1973, en ausencia del primero. Ocaña, hijo de refugiados españoles en Francia,  solo quería una cosa: ganar a Eddy Merckx. 
Nairo, quien hizo su primer Tour en 2013 a la edad de 23 años,  fue quien apareció como un ciclista desconocido a la espalda de Froome en los mismos Alpes franceses, llegando incluso a ganar una etapa y terminando en segundo lugar general, a 4 minutos y 20 segundos del mismo Froome. Ningún corredor en la historia del Tour ha ganado una etapa  en su primera participación, ni mucho menos se ha ubicado en el podio de los triunfadores.

Quintana, el gran escalador,  termina este día a 3 minutos y 10 segundos de Froome, y con tres días más de carrera en montaña, antes de la entrada final a Paris. Después de su triunfo en el Giro de Italia en 2014, este talentoso atleta, quien sobreviviera a sus dos años de edad, a lo que en su pueblo llaman “tentado de difunto” -una dolencia de constantes diarreas y sangrado de nariz y boca- y que por ello fuera predestinado por su pueblo, a grandes triunfos en su vida, puede hacer validar, aquello que Borges dijera con solemnidad: un hombre es al final, su destino.
  



domingo, 17 de mayo de 2015

Alma Llanera: Orquesta Simón Bolivar

Maravilloso!





Judith Jáuregui y La orquesta Simón Bolivar.


La alegría de la juventud, la grandeza del talento y la universalidad de la música.

Noches en los jardines de España. (Falla)

jueves, 7 de mayo de 2015

Schubert: tiempo humano, arte divino.




Schubert: tiempo humano, arte divino.

Un buen escritor es aquel, que enriquece la vida de un lector. Para ello,  aquel escritor, tiene un instrumento: su lenguaje; que haciendo de sutil envoltura, hace  de  un tema, un regalo, mismo que recoge el lector, como un tesoro multiforme, para correr sigiloso a su morada interior, y en la soledad ponerlo frente a sí, y darse verdadera cuenta de lo que ha encontrado.  A veces, ese curioso examinar y descubrimiento puede durar años,  a veces, la vida entera.

Pero, cuando la dicha sonríe,  ese descubrir conlleva un momento, un feliz instante,  un breve tiempo maravilloso que hace, que tras apreciar lo encontrado y quedar seducido, se abra una puerta por donde entrar a buscar nuevos prodigios, nuevos tesoros de sabiduría, belleza o bondad.

Es que a veces lo encontrado es un espejo; otras, un caleidoscopio. Muchas veces es un lente, pero las más de las veces, sin duda, es una llave ligera y refulgente, que abre muchas puertas que uno ha visto siempre cerradas guardando el misterio.

Yo he abierto una puerta cerrada, he entrado a un iluminado aposento repleto de música, sí, de una música deliciosa, alegre, brillante, armónica,  pero sobre todo, hecha de espontaneidad Llego a esta música, por un camino inesperado- ¡así como deben de ser los grandes descubrimientos!-, guiado por la influencia bienhechora de un artículo perfectamente escrito sobre un documental  del reconocido pianista y compositor norteamericano Seymour Bernstein, “Seymour: an Introduction”.

El artículo ha sido escrito   por el que considero  uno de los mejores, si no el mejor, articulista vivo en lengua española, a saber: Antonio Muñoz Molina; quien semanalmente nos deja, en  la revista Babelia del periódico El País de España, una perspectiva novedosa sobre variadísimos temas de la historia del arte, la biografía, la vida político- social o la creación estética. Conduciéndonos,  con su prosa exquisita, a la vera de ese largo y complicado camino por donde transitan las grandes preguntas sobre el milagro artístico, los misterios entre la vida y la obra creadora; acerca de las finas particularidades de cada forma de expresión del arte, sea literario, plástico o musical; dejándonos pues, en la mano, una llave para abrir alguna puerta hasta ese momento ignota, en el sendero de lo filosófico, lo ético, lo estético o lo psicológico.

Terminada la lectura del escrito, me dediqué con interés a la búsqueda de aquel documental al que Muñoz Molina hacia referencia. En esa búsqueda me encontré con breves entrevistas de Seymour Bernstein, una de ellas, donde comenta una anécdota personal, al encontrarse por vez primera con esa inefable melodía llamada en alemán Stӓndchen  (Serenata) de Franz Schubert, compuesta por él como un poema musical (Lied) a partir de un cántico de William Shakespeare, y arreglada posteriormente para solo de piano, por Franz Liszt.

Seymour comenta como su madre lo encuentra sollozando frente al piano una mañana, y al preguntarle el motivo de su llanto, él le responde que nunca ha escuchado (ni tocado) algo más hermoso que esa melodía que acababa de descubrir en un cuaderno de partituras. Seymour Bernstein tenía tan solo seis años.

Stӓndchen fue escrita por Schubert de un solo tirón, una tarde de verano de 1826. Fue una improvisación magistral sobre unas hojas de papel cualquiera, en medio del bullicio de un restaurante. Fue una inspiración súbita, de un hombre ilimitadamente  creativo, sensible, inquietísimo , turbulento,  al que le restaba un poco más de un año de vida mortal por delante, y toda la inmortalidad que tras de sí, lleva todo gran artista, para relevarle después de la muerte.

La dulzura de Stӓndchen, de esa bella serenata, es indecible. Sin equivocarse, el que le escucha, con-vive con un ser al extremo sensible y dulce, que ha encontrado la exacta melodía para expresar un profundo lirismo, una infinita ternura o una querencia que vive del encanto, el anhelo y la melancolía. Es un poema de amor.

A mitad de esta breve composición, hay un momento en que  Schubert -o Liszt-, ¡no importa quién!, ha dejado para la eternidad uno de los momentos más liricos de la música; es ese preciso momento en que los acordes empiezan a juguetear con su eco, es decir, que lo dicho con unas notas se repite con otras distintas, más sutiles, más dulces aún, creando una imagen sonora indescriptible, que con palabras humanas serían algo más que aquello a lo que adjetivamos con la palabra primoroso.      

Por obra de esa guía prodigiosa que hace que un sendero se bifurque en mil senderos, como en aquel cuento borgeano, después de escuchar dos veces  aquella deliciosa  serenata, decidí cerrar los ojos a la siesta de la tarde, sin percatarme que la grabación traía consigo en secuencia otras melodías del mismo compositor, que como gotas de lluvia en la ventana, empezaron a  juguetear con mi somnolencia de tal forma, que creí que aquello era un sueño, un sueño sonoro. No podía en ese instante situar aquel sonido cristalino en la vigilia, fuera de mí, o en la onírica experiencia de los sentidos, que a veces crean imágenes imperecederas que se disipan al despertar.

El tiempo en esa circunstancia es impreciso, no sé si trascurrió un minuto o diez, lo cierto es que de alguna manera me di cuenta que era la grabación que había proseguido y que esa música, tan sublime, tan tierna, tan frágil, tan celeste, tan luminosa, tan serena, era real, alegremente real. Me incorporé y leí los títulos en la pantalla: ¡eran los Impromptus! que yo nunca había antes escuchado.

Compuestos en 1827, los Impromptus son ocho piezas musicales que Schubert escribe, y que se agrupan en dos grupos de cuatro. El primero de estos  conjuntos musicales es conocido como Opus. 90 (D.899 en antiguo catalogo alemán) y el segundo, como Opus. 142 (D.935).

En relación al nombre de la obra,  impromptu es lo hecho sin ser planeado, organizado, pero sobre todo sin haber sido ensayado. Una composición musical que sugiere- dice el diccionario- improvisación.

No obstante, para los expertos en música,  los Impromptus de Schubert no son improvisaciones de ninguna manera.  Surgieron inicialmente como improvisaciones,  pero fueron cuidadosamente elaboradas para ser publicadas. Incluso el nombre de las piezas  no fue decisión de Schubert, sino de la casa comercial a donde las obras fueron ofrecidas, por lo menos en lo que se refiere a las primeras obras del conjunto.

Los primeros cuatro impromptus (Opus. 90) fueron escritos entre el 20 de septiembre (fecha en que el músico regresa a Viena de una estancia veraniega), y  algún momento del mes de octubre de ese mismo año; los pertenecientes al Opus. 142, fueron escritos por su parte, entre ese mismo mes de octubre y diciembre del año en cuestión. Es decir, en su conjunto, las ocho piezas fueron compuestas en un lapso de tres meses y a tan solo seis meses de la  muerte de Ludwig van Beethoven - acaecida el día 26 mes de marzo.

Pareciera que su gran admirador le honrara con uno de los años más prolijos de su vida como compositor. Incluso, el único y último concierto público de Schubert fue realizado en el primer aniversario de la muerte del compositor de la famosa Quinta Sinfonía -26 de marzo de 1828-, lo que dice mucho de la importancia que para Schubert  tuvo la vida y muerte de Beethoven.

Hay que recordar que para el ilustre fallecido, Franz Schubert era su sucesor musical, el músico que iba a sustituirlo después su muerte. Es indudable que el joven compositor conocía esa opinión que de él tenía el viejo maestro.

Los impromptus sugerirían pues, bajo este nombre, que son  arreglos escritos con la energía creadora de la improvisación vertiginosa. Se diferenciarían de esas piezas de música, que han requerido no solo un tiempo prolongado, sino, un esfuerzo sostenido, que ha avanzado y ha retrocedido, donde se  ha escrito y se ha borrado mucho. Por el jazz sabemos, que el genio musical es capaz de esos lances, de hacer eternas esas melodías que nacen en el mismo momento que son pensadas. Ya Bach y Mozart fueron a su vez, grandes improvisadores. Lo que conocemos de ellos son esas  innumerables selectivas creaciones escritas en las partituras. ¡Cuánta más música surgida de sus manos se ha perdido para siempre al rehusarse a ser escrita!

Como haya sucedido con los impromptus, la particularidad de su origen, el carácter de ser o no ser  improvisaciones, puede ser considerado de varias maneras sin restarles  nunca, en ningún momento, sus  excelsas cualidades musicales, su perfección y su belleza.

La improvisación es un acto creativo que se da en el momento mismo en que se ejecuta, mejor, la improvisación es lo que se sucede -se crea- mientras se hace -en este caso-, música. Pero es difícil aseverar la existencia o no de una idea previa del músico, antes de tomar su instrumento y tocarlo. De haberla, ya no sería improvisación en un sentido absoluto o puro. Por otro lado, la improvisación pura, que indudablemente todo gran músico ejecuta, para sí o para otros, puede que después, sea repetida por él mismo o por otros, y esa memoria de lo improvisado, pierde ya en un segundo momento, su carácter espontaneo. No obstante, el músico podría improvisar sobre esa memoria, y cambiar constantemente la originalidad de la obra primera, y así sucesivamente hasta el infinito.

Así como el escritor -en las palabras de Alfonso Reyes-, necesita publicar para no seguir corrigiendo toda la vida, el músico decide en algún momento registrar su obra  en lenguaje musical, para que se vuelva composición, siendo que - las palabras son de Igor Stravinski- “la composición es una selectiva improvisación”.  

Por lo tanto, de la partitura de una pieza clásica ya consumada y publicada desde hace más de un siglo -como la que nos ocupa-, hasta un momento especifico de un concierto de jazz de estos días, corre un sinfín de misterios creativos  que en última instancia, solo el creador –llámese aquí músico-  quizás, conoce.

Pero lo realmente paradójico de los impromptus  es que fueron impresos y publicados muchos años después de la muerte de Franz Schubert. Los del Opus. 142 lo fueron 11 años después -en 1939-;  y el tercero y cuarto del Opus 90, ¡30  años después de la muerte de su autor! Un plazo igual a su propia vida, pues al morir, Schubert tenía  tan sólo 31 años de edad.

La prontitud con que fueron elaborados, la intensidad creativa que las piezas  demandaron en esas doce semanas, no se corresponde en nada con lo tardío de su impresión y publicación. Pero de ello se desprende algo muy interesante para la actividad creativa, a saber: toda obra dicta su tiempo, mejor, el demonio o el dios que las engendra, y que posee al artista, impone su plazo: ¡hoy o nunca! Sin importarle la prematura muerte o la longevidad del que escribe o compone, sin reparar en los tiempos humanos. Si el creador no se somete a esa voluntad, no le es dado el don creativo: hay que acatar ese mandato misterioso, ajeno a la voluntad, al control, a la planificación, al bosquejo. Es en ese sentido, donde los impromptus son fieles a su nombre.

Su tardía divulgación confirma, al mismo tiempo, la idea que en última instancia el tiempo de creación de la obra de arte y la obra misma, no se corresponden con el tiempo humano, y que la voluntad creativa, es ajena a la voluntad de la persona que crea. Ya lo dijo de alguna manera Vargas Llosa en relación a la literatura: no es el escritor el que escoge un tema, es el tema que escoge al escritor -y se podría agregar-: y utiliza el  talento de esa persona a su beneficio, porque lo único que le interesa a la creación artística, es que lo bello, sea eterno, que lo bondad de esa gesta del artista, perdure,  y que la verdad de su misión, no se agote ni con la muerte.



sábado, 4 de abril de 2015