lunes, 29 de abril de 2013

¡Un final de libro!






Estamos acostumbrados desde hace no sé cuanto tiempo a pensar la vida como en el cine, a que los hechos de la realidad que nos sorprenden y los desenlaces que nos emocionan sean valorados “como de película”. Desdeñando incluso la propia realidad y la realidad de las palabras mismas.


Se ha escrito poco sobre cómo los modelos de conducta, los hábitos sociales, el comportamiento sexual o el lenguaje, han sido en mucho influidos por el cine en nuestra sociedad contemporánea.

Pero dejemos ese arduo tema a los comunicólogos y sociólogos, y permítaseme apreciar hoy tan solo, - en el Día Mundial del Libro- el valor de la palabra sobre la imagen, del libro sobre el mal cine: por que dos buenas artes son incomparables. De reivindicar una vez más, la gran literatura sobre la industria masiva de aquella ciudad angelina. Reiterando, por supuesto, que el buen cine existe, pero hace menos ruido, y proviene de otros confines inesperados.

Empero, dadas mis limitaciones, de esa justa comparación entre el mal cine y el buen libro, tan solo he de retomar no los argumentos, sino los desenlaces; no los hechos, sino las conclusiones. Es decir, y aquí me adelanto: el final de un buen libro incluso puede ser más grande que el final del mejor cine.

Como gran literatura propongo, por sus finales, es decir, su última línea, a manera de ejemplos o de símbolos, dos libros: El coronel no tiene quien le escriba y El amor en los tiempos del cólera, que para los poquísimos que lo ignoren, si los hubiera, provienen de un mismo y querido autor: Gabriel García Márquez.

Sostengo, que no hay final mejor para contar el desencanto de la vida, la desilusión absurda, la espera ridícula, el radical desengaño, la brutal clarividencia de la sordidez,  el hastió del final de la esperanza, el bochorno de la vida misma desperdiciada, que esa palabra con la que se cierra aquel breve libro -donde un viejo carga un gallo bajo el brazo como última esperanza-: “Mierda”.

No hay Mierda más sincera, más reveladora, más terminante y más genuina que esa Mierda, por la que muchas veces, la vida nos hace atravesar, a los que también, hemos cargado un ridículo gallo entre los brazos como última esperanza, antes de otra desesperanza más.

Afirmo, que no hay otro final mejor para contar la esperanza, la ilusión tenue,  el regocijo inocente, el deseo que consumado se reaviva, el sueño frágil de la felicidad, la mentira que bondadosa se apiada de nosotros, los sueños que al respirar se disuelven en el pecho, la gloria terrena del amor complacido y esperado, que esas tan-solo-tres-palabras, con que culmina esa amplia novela donde dos ancianos se besan: “Toda la vida

Como el anverso y el reverso de una página, la vida, nos lleva de las heces crueles del desencanto a las dulces mieles de la felicidad, como en un final de libro.





   

martes, 16 de abril de 2013

Lágrimas negras.



Fotografía: Wikimedia.org


A Bebo Valdés.


¿Es la belleza diferente en sus formas?  ¿Es acaso el amanecer, diferente, del hermoso atardecer? ¿No podrá ser el día y la noche, juntas,  la belleza del tiempo que fluye como un ser total? ¿No será que somos nosotros, las personas, las que apartamos, las que dividimos las cosas que nos rodean? Y las contraponemos.

¿Y en el arte, que es más bello?  ¿Será acaso más hermoso  un verso que un lienzo? ¿Neruda que Van Gogh? O en un mismo lenguaje, digamos música… ¿qué será más bello? ¿El tango que el flamenco?

Hoy, aprendí, oyendo esta música exquisita, que lo que nos produce gozo en el arte, no es solo la diversidad y su diferencia, sino, la diversidad  en su conjunción.

¡Quién me iba a decir!, que el bolero y el flamenco eran hermanos de sangre. Pero aun, que el canto  lejano y profundo, ese que tiene sabor de noche árabe, de día  hebreo, y de calor  mediterráneo, podía juntarse  con el piano, ese heredero insigne de lo mejor de esa música  europea,  que llamamos clásica…  y renacer uno del otro de una manera tan nueva.

¡Y quién me iba a decir!, que un piano, deshiciera los géneros, los evaporara y los restituyera en una música total, que solo se reconoce por sí misma, juntándolo todo, hilvanándolo todo, como un crisol de culturas que nace de unas manos negras venidas hace siglos de una África triste, para que todos derramemos también… lágrimas negras.

sábado, 13 de abril de 2013

Sampedro: “Gracias a todos”.





Fotografía Diario El País. España


Leí esta mañana lo que García Márquez ha escrito casi al final de una de sus grandes novelas: ¨Nada se parece más a una persona como la forma de su muerte”.  Ocurrió tan solo algunos  minutos posteriores de enterarme de la muerte de otro Atlas del Humanismo contemporáneo: José Luis Sampedro.

A veces la vida tiene esos misterios. La coincidencia entre este hecho triste y el encuentro de esa sentencia inolvidable.  Por un momento creo confundir que fue primero, pues en estos días, suelo revisar con prisa los titulares del único periódico que consulto diariamente y tener abierto  al mismo tiempo, el libro de García Márquez en el que vivo.

Sampedro murió el pasado domingo. Había pedido que se divulgara su muerte hasta que su cuerpo hubiese sido incinerado; lo que aconteció hoy martes. Murió como la imagen de esa sonrisa que da titulo a uno de sus libros: La sonrisa etrusca; es decir, de forma apacible. Después de disfrutar una bebida, sus ultimas palabras fueron: “Gracias a todos”

¡Qué  dulce muerte!

Murió, como uno debe de morir: enamorado. Como ese inolvidable personaje de su novela, consiente quizás, que el tiempo, dentro del amor, no tiene cabida. Tirando a la basura, ese juicio que en forma de desprecio, llama a un mismo amor, amor senil.

Nadie sale ileso de los brazos de La vieja sirena o del Amante lesbiano. Llenos de  historia, erotismo y ternura, sus obras  le llevaron a dejar de ser aquel economista que escribía, a ser, ese escritor que fue economista.

Pero en uno y en otro campo inspiraba a los más jóvenes. A sus 94 años, su espíritu era contemporáneo del presente, mejor, cómplice del futuro.







Artículos de García Márquez.








Fotografía: Diario La Razón de Argentina.



Hoy, que me encuentro sumergido en la lectura y relectura de Gabriel García Márquez, sopesando con cierto orgullo de viejo, el valor más entrañable y más genuino  de esos libros sin los cuales América Latina,  perdiera mucho de su identidad cultural y de su dignidad en las cosas del arte; y sin los cuales, el mundo, desconociera una forma genuina de narrar la realidad más insólita, esa  realidad en la que viven y desviven una buena parte de sus habitantes de habla española.

Hurgando en los archivos digitales -esa lado grandioso de la tecnología, que le sabe  sonreír al buen curioso que no ha nacido en esta era de las computadoras-,  encontré los artículos que Márquez  escribió para el Diario El País de España !desde 1979 hasta el 2007!

Se hallan aquí,  artículos hermosos sobre el arte de la escritura; crónicas, anécdotas; historias desgarradoras sobre diferentes lugares y hechos de la tierra, incluso sobre El Salvador, y manifiestos de amistad, de amor y de tristeza.

Espero que otra persona, los aproveche mejor que yo, pero que  les brinde el mismo valor  que yo les he otorgado.

No tengo más que decir: aquí están para cuidarlos.