lunes, 23 de diciembre de 2013

El abrazo



El abrazo.

Quizás abrazar es intentar seguir viviendo. Tal vez sea, aferrarse -en la deriva de las cosas- a lo más firme, a lo más seguro: el ser amado. Es decir, a una certidumbre tan frágil como lo es el amor, la amistad o el cariño.

Se abraza a la madre, a los hijos, al amante, al amigo. Se abraza lo querido como para retenerlo, o se debe decir, retenernos nosotros en ellos.

Abrazamos para confirmar nuestro amor hacia otra persona, pero también, para conocer, en la fuerza de su abrazo, el amor que de ella nos viene; para perdonarle, pero también para agradecer su perdón. Abrazamos para decir lo que en palabras no cabe, o para confirmar lo que hemos dicho, o para desmentir  lo pronunciado por humano error en medio de la ira o el descuido.

Un abrazo puede ser un gesto para protegernos y para proteger. Un acto para socorrernos y para socorrer. Pero, mejor, un ir hacia algo como un destino cierto  y luminoso en medio de lo oscuro -en el centro de la confusión a veces dolorosa de la vida-, al que bien llamamos consuelo, esperanza o fortaleza.

Es decir, abrazar es asir un camino certero, una ruta segura, una convicción pues, de algo que se busca, se anhela y se ansía: otra vez una persona en cuyo calor y fuerza abreva nuestro espíritu. Su fuerza real puede ser pequeña, pero su significado es del tamaño mismo del universo entero. Por ello, sentimos una energía vital indestructible al abrazar al hijo que nace, a la hija que duerme, al bebe que llora.

A veces, no se sabe quien abraza y quien busca abrazar: en un acto de dos, el abrazo, simboliza el uno, la complementariedad, la reunión, el encuentro o reencuentro de las soledades.

Entonces… ¿e s el abrazo un acto de amor o de duda? ¿Es una certeza o una inquietud? ¿Es un símbolo de algo que se tiene o de algo que se puede perder? Quizás todas esas cosas a la vez, pues abrazamos lo que nos pertenece o lo que estamos a punto de perder, o a lo que creemos pertenecer; lo que amamos o lo que tememos nos deje ya de amar; lo que conocemos o sobre lo que dudamos conocer. Pero es que a la vez, hay un tiempo en que ese instante del calor humano, hace reposar lo indescifrable, lo caótico, lo inestable: el abrazo es la suspensión de la continuidad de la vida por la vida misma, que sabemos que de suyo, siempre nos conduce hasta la muerte.

Abrazamos entonces porque sentimos temor. Por lo tanto, abrazar también es una búsqueda de refugio  momentáneo,  cuyo eco, en el breve sentir de esa fuerza, se mantiene con nosotros a través de los años. Siendo así, ya no es refugio, es una manera de vida que nos da seguridad y compañía en cada paso. Por ello llevamos con nosotros el recuerdo del último abrazo de la persona ida, o de la que nos hemos alejado,

Es que los muertos amados nos abrazan todavía desde su ultimo abrazo, nos aprietan desde su último esfuerzo  por abarcar la vida que dejan tras de si. Y nuestro abrazo, a la vez, se yergue en el mundo de los muertos, férreo, divino y carnal, desde un mas allá para nosotros por hoy desconocido.  Dicho de mejor forma: un abrazo liga la vida con la muerte a través de la fuerza de unos brazos que siempre son humanos.

El abrazo es reposo, es un segundo para ser y para estar. Es de los pocos momentos donde esas dos formas del vivir se reúnen. El abrazo, es grito, lamento, sollozo, suspiro, gemido; también canción de cuna, grito de guerra, rezo, plegaria; otras más es adiós esperanzado, y otras, un te adoro luminoso. Algunas veces, es un  dulce quédate, y otras, un resignado marcharse. Es confirmación, resignación, aceptación, cuido y gozo. Abarca todas las cosas humanas, menos las del odio.

A veces, nos abrazamos solos. En la angustia, la soledad, el desamparo, ese reflejo de la historia de la humanidad no nos abandona. Ahí, donde estamos dejados de todo, en la total nulidad,  acudimos al último recurso que el alivio tiene: estrechar nuestro propio cuerpo. La persona que no ha conocido ese recurso del alma humana, puede considerarse una bienaventurada. Pero es hermoso saber que más allá de la impotencia, la locura y la tragedia, aun nos queda un  vestigio de toda la historia humana al que podemos aferrarnos.

Recuerdo ahora una conversación de José Saramago donde relata que su abuelo, al ser llevado a un hospital de donde  sabía  que no iba a regresar,  abrazó cada árbol del patio de su casa despidiéndose. No es extraño ese sentimiento.  El hogar y el terruño, a veces el paisaje nos reclama un gesto tal. Porque las cosas inertes o vivas, que han crecido con nosotros, con las que hemos hecho la historia de la propia vida, y  a las que nuestra vida nos liga, también reclaman un abrazo: han mediado entre nosotros y las otras personas.

El germen del abrazo, nos precede. Hay vestigios de ello, en ese enlazarse que se da entre gorilas u orangutanes y que tiene su origen en esa búsqueda de proximidad de los cuerpos que vemos entre los pájaros en al seno de un nido, o en medio de los gélidos vientos del polo sur, cuando los pingüinos emperadores ejecutan un abrazo multitudinario para protegerse del frío unos a otros.

Es decir, el abrazo es un gesto que viene de lejos, y se pierde ya en nuestra memoria humana. Más allá desaparece. Por ello mismo, abrazar es recordar que hemos llegado a ser humanos.

 Houston, 10 de diciembre de 2013



martes, 19 de noviembre de 2013

Un legado, un sueño




Un experimentado Chef salvadoreño, que ha dejado las cocinas para  dedicarse a conducir un camión de 18 ruedas por todo el estado de Texas, y yo, nos dimos a la tarea de retar una de las grandes y hermosas tradiciones culinarias, con el que quizás es el único plato que reúne en la tradición salvadoreña, el mayor conjunto de variadas especies, tanto las más aromáticas, las más dulces,  como las más criollas y las más remotas: el gallo en chicha.

Juntamos pues tiempo, paciencia, y sobretodo, amor por la cocina, y el convivio familiar, y comenzamos por investigar;  yo, particularmente, por seguir recordando…Por rememorar tardes lejanas de la infancia en la cocina de esa grandiosa mujer que fue mi abuela, cuya especialidad era precisamente ese plato que al parecer se preparaba desde  la época colonial, tanto en el occidente del país, como en el oriente de Guatemala.

Recordé el color, la textura, el olor, la apariencia de aquella cornucopia de sabores, de aquella ambrosia que probé siendo niño, después de algún día de afán sin tregua de aquella mujer, que de haber querido, hubiese ganado todas las estrellas Michelin de la alta cocina.

Traté de retrotraer las tareas que aquella querida anciana me encargaba en la cocina: aplastando, machacando, vigilando, moviendo, lavando; los procedimientos que ella ejecutaba; los ingredientes que de forma borrosa - tras cuarenta años de distancia-, y en una memoria fragmentaria y difusa podía nombrar. Luego, indagué en videos y páginas webs algo al respecto, encontrando acá, tristemente, ¡tan solo un video! de una anciana de Sonsonate que explica su receta, y algunas descripciones muy pobres de ese plato, pero que me dieron una idea general del proceso y las variaciones de ingredientes, sobre todo de la cocina de Guatemala.

Aclaro, dado el nombre de la receta, que la preparación se hace con chicha o licor de maíz fermentado. A falta de ello, la sustituimos por cerveza, que consideré, debía ser una ale de la mejor calidad y oscura.  Y a falta de gallo, usamos pollo.

Iré narrando y describiendo los pasos y los ingredientes en cada etapa simultáneamente. Así, la noche de la víspera, dejamos marinar dos pollos en cuatro cervezas (use las locales de Texas, las de mayor sabor frutal). Previamente había bañado sendos pollos en limón, luego los había cubierto con mostaza y dejado caer cuatro cebollas grandes partidas en Juliana. Allí quedaron durmiendo la noche entera.

A las doce del mediodía del día siguiente proseguimos. Cortamos los pollos, apartamos y guardamos esa salsa que se formó de donde se marinaron los pollos. Cortamos en trozos dos o tres libras de costilla de puerco y comenzamos a freírlas parcialmente en un sartén. Luego en ese mismo sartén freímos ligeramente los trozos de pollo.

Freído todo, los colocamos en una olla grande con el caldo donde se marinaron y comenzamos el cocimiento. Mientras comenzaban a cocerse, partimos ¡a martillazos! un viejo dulce de atado entero, hasta pulverizarlo, y se lo depositamos  al caldo inicial. Le agregamos cinco clavos de olor ¡No más! El olor de esa especie es estridente. Enseguida, agregamos vino tinto, casi media botella (usé una sobra de un Chianti que tenia por ahí) y menos de media taza de vinagre blanco. Finalmente, decidimos, viendo la cantidad de líquido en el caldo, agregar otras dos cervezas. Y como consideramos que fuesen oscuras y de sabor frutal, escogimos dos ale  inglesas (que se pueden encontrar en el mercado salvadoreño).

Mientras el caldo hervía, nos dedicamos a hacer la salsa. Para ello, cosa importante, hay que asar tomate, cebolla, ajo, ajonjolí, semilla de calabaza, laurel y pimienta gorda. Para dos pollos asamos seis cebollas y más docena de tomates medianos. Luego todo ello asado, lo licuamos para obtener una salsa pastosa, a la que agregamos una taza de azúcar moreno. Se la vertimos al caldo junto a una docena de ciruelas secas y dos puñados generosos de pasas….y esperamos alrededor de una hora y media.

¡Sorpresa! El caldo no espesó, mas bien parecía una sopa. Sé que algunas personas le agregan chocolate negro-amargo. Así que lo deshicimos en caldo caliente y agregamos unas cuatro onzas. Seguía igual. Habíamos logrado el olor, el color, pero no la textura.

Y he aquí, lo que significa recordar, es decir, sacar a la luz para que brille, lo que duerme en el fondo del corazón a la espera de un momento único, mágico, de la vida cotidiana, en el  que se indaga, se busca, se ocupa en reconstruir, o en un momento donde la casualidad querida nos sale al paso y nos sorprende. Pues bien, mientras discutíamos las formas mejores de espesar aquel cocimiento, recordé como si alguien me lo susurrara al oído, repito: como si alguien me lo susurrara al oído, así, simplemente,  que usara harina de pan viejo, pan duro, para nacer una harina para el caldo. Mientras lo machacaba con una tasa, evoqué con claridad, en una imagen, el rodillo de madera de mi abuela, y me vi a mi mismo, quebrando el pan, que yo mismo traía de la tienda, sin saber para qué, hasta ahora, cuatro décadas más tarde. 

Vertimos cerca de dos tazas de harina de ese pan y en diez minutos, todo había cambiado. La textura era perfecta, la que yo recordaba, el color se afianzo, y sentí, que lo habíamos logrado. Pero, dado mi temor, hasta ese momento no lo había probado. Lo hice y me entristecí; era muy dulce. Pero recobré el ánimo, al seguir un paso simple que ella ejecutaba: agregar sal hasta recobrar el equilibrio: mejoró.

No obstante, había que dejarlo reposar. Apagamos el fuego después de dos horas de cocción, y esperamos media hora. Dicen los que saben hacer las cosas en la cocina, que el sabor sufre cambios con el tiempo de los cocimientos. Y que la espera, el reposo, trabaja en esa dirección, a favor a su vez de la textura.

Cocinamos arroz blanco, solo con sal,  y llamamos a la mesa. Mi corazón latía, pues era como  si la vieja Toñita nos fuera a dar su veredicto silencioso…sobre todo a través de mi mismo que lo probé tantas veces.

Lo probé, lo retuve en mi boca…y me incliné casi sollozando.. Me embargó una linda emoción de orgullo, de amor y  de respeto. Comprendí, el valor de una tradición entre las gentes, en la familia misma, y la maravilla de la recreación; de la herencia y del uso sagrado de la misma; del legado y de lo nuevo.

Devoramos aquel legado, felices, que venia de tan cerca y de tan lejos; y al final, brindamos por quien lo puso en nuestra vida con amor.

Dos noches después soñé a mi abuela… leía en una mesa, me vio y sonrió luminosamente al verme, con un semblante sano, alegre y sagrado. La abracé y le dije: “No sabes cuánto te echo de menos”, casi entre sollozos…y deserté.




 







martes, 1 de octubre de 2013

La verdad, clausurada por decreto.



La verdad, clausurada por decreto.

Tutela Legal del Arzobispado, ha sido cerrada por decreto de la autoridad máxima de la Iglesia católica salvadoreña: el arzobispo de San Salvador, Monseñor José Luis Escobar Alas.

Dadas la historia y el papel que Tutela Legal ha desarrollado en la historia política de El Salvador en los últimos 30 años, e impulsada por el increíble liderazgo e inteligencia de quien en vida fuera la Doctora María Julia Hernández,  esta decisión puede interpretarse – dadas las circunstancias en que se ha producido: sellando puertas con cerrojos, plantando vigilancia privada para impedir la entrada de los empelados, y sobre todo, sin la mínima  oportunidad de acceder a los archivos de la oficina una vez conocida la decisión-, como una acción que está ajena a consideraciones de ética laboral y responsabilidad social; como una decisión injustificada en relación a una posible falta de fondos de funcionamiento para la ejecución de proyectos, y como una decisión desvinculada a un proceso  de cambio institucional planificado y discutido con los empleados.

¿Por qué entonces se clausura de facto, Tutela Legal?

Seamos honestos: no existe en El Salvador, ni ha existido en estos últimos 30 años, una instancia o institución, que albergue con tanta responsabilidad la verdadera historia de la guerra civil salvadoreña. En esos archivos se encuentra – o se encontraba, en el caso de que a la hora que esto se escribe, ya hayan sido destruidos- las fuentes primarias de lo que se dio en conocer como el documento más importante de la segunda mitad del siglo XX en El Salvador: El informe de la verdad.

Allí, precisamente allí, están o estaban registrados los nombres, los lugares, las horas, los pormenores sangrientos y las responsabilidades y complicidades, de los hechos más abominables que la historia moderna del país, puede presentar.

La verdad está clausurada por decreto, en un país, que sigue adoleciendo  de la mentira institucionalizada, la polarización y la deshumanización.  La verdad se clausura por decreto, en un país, que solo podrá sanar con la justicia. Lamentablemente, solo la verdad puede conducir a la justicia. Clausurada la verdad, olvidada la justicia.





lunes, 30 de septiembre de 2013

El emprendimiento como cualidad humana.




El emprendimiento como cualidad humana.


La evolución del lenguaje, sus cambios y contenidos semánticos,  se enriquecen y comprenden mejor a través, no solo de su escrita etimología, sino  de la consideración sociológica y política del lenguaje mismo. No sé si existe la sociología del lenguaje o la política del lenguaje como ciencia, pero debería de existir de manera sistemática, digo, un estudio de las connotaciones semánticas de las palabras a través de sus sustanciales conexiones con el mundo complejo de la vida  de las persona en su medio social, en sus escenarios grupales.

Una palabra significa varias cosas con el correr del tiempo y en un lugar determinado; en ese espacio-tiempo donde acontece la vida diaria  de personas que encarnan ideas y aspiraciones y que se relacionan entre si.
Porque, todo contenido semántico es, a mi entender, una construcción histórica-social, es decir, si hay algo que cambia constante y creativamente al paso de la realidad social misma, al ritmo de la interacción  y la vida cotidiana de las personas y los grupos en su medio social,  eso es el lenguaje. Realidad humana en permanente construcción, cambio y desuso.

Brevemente este artículo se ha de referir  al contenido semántico que desde hace mucho tiempo ya,  da significado, en un contexto social y cultural muy amplio,  a la palabra, o al grupo de palabras vinculadas conceptualmente al significado que le hemos venido dando al termino  Empresa o Empresario. Palabras que en la mayoría de los casos han quedado reducidas a su relación con el mundo comercial o al ámbito de la actividad humana con fines de lucro..

Este hecho, derivado de un sistema económico que alienta la libre empresa y el libre mercado como ideología social y económica, como cultura de vida, resta importancia, mejor, invisibiliza, no solo la riqueza conceptual de la palabra misma, sino, lo que esta palabra o grupos de palabras, refieren o pueden referir de la realidad social, es decir, qué, quiénes y porqué otras personas o grupos de personas no vinculadas a la actividad comercial misma, representan quizás con mejor claridad la profundidad semántica de  estas palabras.

La etimología de esta familia de palabras- si se me permite la expresión- señala a  apprehendere (atrapar) como   la “raíz” latina común de ese grupo, donde no solo aparece empresa y empresario, sino también aprender, prender o sorprender, al cambiarse aquella palabra a una más sencilla en su  morfología: prendere.

Tan solo como referente, la Real Academia Española,  prescribe que Empresa (del italiano impresa) es  la “acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo”. Y en un segundo momento, define la palabra como la “unidad de organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos.”  Es decir, se aceptan, como en toda palabra, una variedad de relaciones semánticas, y por lo tanto de diferentes significados contextuales. Facultad de la palabra que no la parcializa, sino que le da la oportunidad de profundizarse y extenderse.

Por su parte la palabra emprender, (del lat. in, en, y prendĕre, coger), se define como la acción de acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro” Y que “la acción y el efecto de emprender”, se llama Emprendimiento.

Planteado así su origen y sentido, no es difícil deducir entonces que  la persona que toma la decisión de hacer algo, iniciar algo, comenzar algo, alcanzar  una meta, atrapar un fin, y que en ese intento, enfrenta dificultad, adversidad o peligro; y que por lo tanto, ha de requerir de esa persona su atención, conocimiento, habilidad e inteligencia, o mejor, su esfuerzo y quizá su pasión,  es una persona que tiene en su vida un Emprendimiento, un cometido. Que realiza una Empresa y que Emprende el camino hacia ese fin.

En ese amplio sentido, ser empresario, no se reduce, o minimiza, a la acción de iniciar una actividad comercial, ni mucho menos. Es un empresario o una empresaria también la persona que emigra, que emprende camino a otro país, arriesgando su vida, por alcanzar un mejor bienestar para su familia. Lo es aquella mujer que inicia el esfuerzo de aprender a leer, o la que decide escribir un libro. Es empresario aquel deportista que busca alcanzar la cima del Everest mismo.

En el ámbito educativo e instructivo es empresario aquel hombre, que intenta enseñar a otros una habilidad de trabajo, o esa maestra que se propone enseñar a leer a sus alumnos. Pues acá, en la enseñanza, quien enseña, emprende; quien aprende, emprende a su vez.  O parafraseando a  Paulo Freire: nadie aprende solo, todos aprendemos juntos, es decir,  emprendemos el mismo camino de aprender.

De ahí, se podría decir que esa bella palabra, emprendimiento, - a la que se ha referido en más de una ocasión el filosofo José Antonio Marinas- es una cualidad humana universal.  Es la facultad de emprender cosas y acciones. Es un ir más allá, a buscar un destino previamente imaginado, una meta, un fin El emprendimiento es entonces, una entelequia, un tender hacia algo. Un quehacer consustancial a la persona humana.

Claro, hay emprendimientos dañinos, malignos, que rozan el crimen o son el crimen en sí, pero esto no contradice esa naturaleza humana que se orienta a algo. Por ello la labor educativa pretende que ese emprendimiento sea y tenga una utilidad social, pugne por el bienestar de la persona, por su felicidad  y el de la comunidad misma. 

El cese absoluto de esta capacidad humana, la vemos representada en la profunda depresión clínica o el suicidio. Donde, o cesa el impulso de la acción humana temporalmente, o se agota la vida, frente a la vida misma, esa que como una bienaventuranza, nos reta diariamente a emprender algo en cada amanecer.
 






jueves, 18 de julio de 2013


Oliver Saks: sueño con Luria

 Ha  sido satisfactorio descubrir de nuevo el nombre de Alexander Luria en un reciente artículo escrito por el renombrado neurólogo ingles Oliver Saks, en ocasión de su octogésimo cumpleaños y que fue publicado este pasado domingo en España. El articulo por sí mismo, es un manifiesto de la complacencia de un envejecer pactado con el agradecimiento, el optimismo y la libertad.

A los 80 años, dice Saks: “Uno es más consciente de que todo es pasajero, y también, posiblemente, más consciente de la belleza. A los 80 años uno puede tener una mirada amplia, y una sensación vívida, vivida, de la historia que no era posible tener con menos edad.”

De todo lo valioso que ahí está escrito, se quiere destacar la relación de OliverSaks con  Alexander Luria, pues en medio de la distancia política entre Oriente y Occidente durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, es hermoso rescatar un episodio de amistad y respeto, que no solo en este caso, sino en otros muchos más, hicieron prevalecer el entusiasmo y el amor por la ciencia, el respeto y la valoración honesta del trabajo ajeno, por sobre las ideologías.

El Dr. Saks -es bueno mencionarlo para dimensionar su trabajo- , es el autor del libro Awakenings (1973), sobre el cual se produciría la película del mismo nombre protagonizada por Robert de Niro y Robert Williams en 1990.

Pero su prestigio no se resume en ese hecho, ni mucho menos. Este neurólogo desarrolla en 2007 otro interesante documental: Musical Minds, que incluye una serie de estudios -hechos por él- de la influencia de la música en el cerebro humano  y sus consecuencias terapéuticas.  Este trabajo se realiza con la colaboración de BBC de Londres y posteriormente con la televisión pública de Estados Unidos (PBS), en su serie NOVA.

Junto a ello, con 12 libros publicados en las aéreas de la neurología,  la neuropsicología y la cultura, hoy por hoy, este hombre que acaba de cumplir 80 años, es uno de los más renombrados científicos del cerebro humano. 

Fueron las lecturas de las obras de Luria, y la admiración sentida por ellas, -refiere Sacks en otra ocasión-, especialmente el libro “La mente de un nemonista”, las que fortalecieron su creencia de hacer un trabajo similar en profundidad y estilo. ¡Y de ahí surge su libro Awakenings!.  “Al leerlo, creí que era una novela”, dice. Para darse cuenta páginas más tarde que se trataba de un reporte científico.

Posteriormente, a partir de 1973, se establece un intercambio epistolar que conlleva a una amistad basada en sus mutuos intereses científicos, hasta la muerte del neuropsicólogo ruso, en 1977.  

Luria era un genio, y su trabajo ha pasado más de las veces olvidado por la ciencia occidental, pese a sus inmensos aportes a las ciencias psicofisiológicas, neuropsicológicas y psicológicas. No obstante, que agradable es siempre la honestidad científica de un hombre que ve la vida con tanta libertad y sapiencia, pero sobre todo, con agradecimiento. 



miércoles, 10 de julio de 2013

Karpov y Kasparov





Reportaje sobre la competencia deportiva más grande de la historia moderna.

Informe Robinson



martes, 9 de julio de 2013

Recordando a Vinicius de Moraes



Un mundo por descubrir.



Hermosas melodias, poemas, de un idioma dulce, en el que quizás, el canto es su  forma de ser.






Y acá un recopilación del enorme - y repito, enorme- progama de Radio 3 de España: Cuando los elefantes sueñan con la música.


Enlace abajo:

Música de Vinicius de Moraes

domingo, 7 de julio de 2013

Rayuela. Artículo de Sergio Ramírez



Fotografia de Diario El País. España


El 29 de junio, el Diario El País de España publicó este excelente escrito de Sergio Ramírez, sobre el significado de Rayuela en el 50 aniversario de la  publicarión de la novela de Julio Cortázar..

Lo escrito por Ramírez es más que excelente.

Ir al enlace: Y Rayuela sigue

De igual forma, esta entrevista con Cortázar, del año 77, es fundamental para conocer al autor.

sábado, 6 de julio de 2013

Amar y vivir con la música.



Sigo con la música. Ejerzo mi derecho de buscar las formas de ser feliz, aunque sean éstas, un momento efímero.

Me complazco en sentir que lo que descubrimos por nosotros mismos, es lo más bello. No lo que otros quieren que veamos, que escuchemos, que sintamos. No ese ruido despreciable de lo falso, con su brillo molesto de lentejuelas.

Me voy acostumbrando poco a poco, a quedarme- como pasa con los libros- con lo que es fundamental, con lo verdadero, venga de donde venga.

El resto es nada.

Aqui, un piano, un poema musical que se abreva en la infinita creatividad de un genio nonagenario,



Allá, descubro melodias, voces, cantos, tonalidades, colores de sonidos y de notas que nunca sacian y que jamás acaban de decirnos qué es la voz humana.


Genios olvidados, volcanes de fuego que son de otros mundos, rostros absortos en su canto, almas ahogadas en su música.



Monstruos del sentimiento





Qué es esta pasión que nos ayuda a vivir, que llamamos música.


lunes, 27 de mayo de 2013

sábado, 25 de mayo de 2013

De La leyenda del tiempo



¿Para qué quedarse con lo bello? ¿Para qué esconder la luz o la dicha? ¿Para qué? Si la alegría crece con cada palmada que le dán en la espalda, o cada vez, que le peinan el cabello.

En este mundo tan triste y tan desesperanzado, ya lo dijo Borges, tenemos la obligación de ser justos y ser felices. Y otra vez, ahí está la música, la bella música, para regalarnos un momento de felicidad.

Así, de una conversación telefónica con Mario Bencastro, yo en Houston, y él en Florida – me gusta más decir La Florida, remite a un lugar lleno de flores- pasamos de hablar de literatura, a la pintura y de ahí, a hablar de Jazz y a mencionar a Chamba Elias – ese gran jazzista salvadoreño que conocí en el velorio de mi abuela el pasado diciembre. Luego fue inevitable emocionarnos al hablar de Bebo Valdés y de  ese gran disco llamado Lágrimas Negras, que grabó con Diego El Cigala.

Entonces, pasamos al flamenco, y Mario me preguntó si conocía un disco llamado La leyenda del tiempo, que Camarón de la Isla grabó en 1979. Le dije que me encantaba Camarón, -pues amo el flamenco- pero que nunca había escuchado de ese disco. Luego me mencionó un breve antecedente, y emocionado, me habló de la grandeza musical de ese disco que entre sus bellezas, está la de ser hecho de versos de Federico García Lorca.

¡Te imaginas! -me dijo. ¡Lorca cantado por Camarón!

Y entonces… aquí está, para todas las personas que amamos la música, este disco que para algunos es uno de los mejores del siglo XX, y quizás de la historia de la música:  La leyenda del tiempo.


lunes, 29 de abril de 2013

¡Un final de libro!






Estamos acostumbrados desde hace no sé cuanto tiempo a pensar la vida como en el cine, a que los hechos de la realidad que nos sorprenden y los desenlaces que nos emocionan sean valorados “como de película”. Desdeñando incluso la propia realidad y la realidad de las palabras mismas.


Se ha escrito poco sobre cómo los modelos de conducta, los hábitos sociales, el comportamiento sexual o el lenguaje, han sido en mucho influidos por el cine en nuestra sociedad contemporánea.

Pero dejemos ese arduo tema a los comunicólogos y sociólogos, y permítaseme apreciar hoy tan solo, - en el Día Mundial del Libro- el valor de la palabra sobre la imagen, del libro sobre el mal cine: por que dos buenas artes son incomparables. De reivindicar una vez más, la gran literatura sobre la industria masiva de aquella ciudad angelina. Reiterando, por supuesto, que el buen cine existe, pero hace menos ruido, y proviene de otros confines inesperados.

Empero, dadas mis limitaciones, de esa justa comparación entre el mal cine y el buen libro, tan solo he de retomar no los argumentos, sino los desenlaces; no los hechos, sino las conclusiones. Es decir, y aquí me adelanto: el final de un buen libro incluso puede ser más grande que el final del mejor cine.

Como gran literatura propongo, por sus finales, es decir, su última línea, a manera de ejemplos o de símbolos, dos libros: El coronel no tiene quien le escriba y El amor en los tiempos del cólera, que para los poquísimos que lo ignoren, si los hubiera, provienen de un mismo y querido autor: Gabriel García Márquez.

Sostengo, que no hay final mejor para contar el desencanto de la vida, la desilusión absurda, la espera ridícula, el radical desengaño, la brutal clarividencia de la sordidez,  el hastió del final de la esperanza, el bochorno de la vida misma desperdiciada, que esa palabra con la que se cierra aquel breve libro -donde un viejo carga un gallo bajo el brazo como última esperanza-: “Mierda”.

No hay Mierda más sincera, más reveladora, más terminante y más genuina que esa Mierda, por la que muchas veces, la vida nos hace atravesar, a los que también, hemos cargado un ridículo gallo entre los brazos como última esperanza, antes de otra desesperanza más.

Afirmo, que no hay otro final mejor para contar la esperanza, la ilusión tenue,  el regocijo inocente, el deseo que consumado se reaviva, el sueño frágil de la felicidad, la mentira que bondadosa se apiada de nosotros, los sueños que al respirar se disuelven en el pecho, la gloria terrena del amor complacido y esperado, que esas tan-solo-tres-palabras, con que culmina esa amplia novela donde dos ancianos se besan: “Toda la vida

Como el anverso y el reverso de una página, la vida, nos lleva de las heces crueles del desencanto a las dulces mieles de la felicidad, como en un final de libro.





   

martes, 16 de abril de 2013

Lágrimas negras.



Fotografía: Wikimedia.org


A Bebo Valdés.


¿Es la belleza diferente en sus formas?  ¿Es acaso el amanecer, diferente, del hermoso atardecer? ¿No podrá ser el día y la noche, juntas,  la belleza del tiempo que fluye como un ser total? ¿No será que somos nosotros, las personas, las que apartamos, las que dividimos las cosas que nos rodean? Y las contraponemos.

¿Y en el arte, que es más bello?  ¿Será acaso más hermoso  un verso que un lienzo? ¿Neruda que Van Gogh? O en un mismo lenguaje, digamos música… ¿qué será más bello? ¿El tango que el flamenco?

Hoy, aprendí, oyendo esta música exquisita, que lo que nos produce gozo en el arte, no es solo la diversidad y su diferencia, sino, la diversidad  en su conjunción.

¡Quién me iba a decir!, que el bolero y el flamenco eran hermanos de sangre. Pero aun, que el canto  lejano y profundo, ese que tiene sabor de noche árabe, de día  hebreo, y de calor  mediterráneo, podía juntarse  con el piano, ese heredero insigne de lo mejor de esa música  europea,  que llamamos clásica…  y renacer uno del otro de una manera tan nueva.

¡Y quién me iba a decir!, que un piano, deshiciera los géneros, los evaporara y los restituyera en una música total, que solo se reconoce por sí misma, juntándolo todo, hilvanándolo todo, como un crisol de culturas que nace de unas manos negras venidas hace siglos de una África triste, para que todos derramemos también… lágrimas negras.

sábado, 13 de abril de 2013

Sampedro: “Gracias a todos”.





Fotografía Diario El País. España


Leí esta mañana lo que García Márquez ha escrito casi al final de una de sus grandes novelas: ¨Nada se parece más a una persona como la forma de su muerte”.  Ocurrió tan solo algunos  minutos posteriores de enterarme de la muerte de otro Atlas del Humanismo contemporáneo: José Luis Sampedro.

A veces la vida tiene esos misterios. La coincidencia entre este hecho triste y el encuentro de esa sentencia inolvidable.  Por un momento creo confundir que fue primero, pues en estos días, suelo revisar con prisa los titulares del único periódico que consulto diariamente y tener abierto  al mismo tiempo, el libro de García Márquez en el que vivo.

Sampedro murió el pasado domingo. Había pedido que se divulgara su muerte hasta que su cuerpo hubiese sido incinerado; lo que aconteció hoy martes. Murió como la imagen de esa sonrisa que da titulo a uno de sus libros: La sonrisa etrusca; es decir, de forma apacible. Después de disfrutar una bebida, sus ultimas palabras fueron: “Gracias a todos”

¡Qué  dulce muerte!

Murió, como uno debe de morir: enamorado. Como ese inolvidable personaje de su novela, consiente quizás, que el tiempo, dentro del amor, no tiene cabida. Tirando a la basura, ese juicio que en forma de desprecio, llama a un mismo amor, amor senil.

Nadie sale ileso de los brazos de La vieja sirena o del Amante lesbiano. Llenos de  historia, erotismo y ternura, sus obras  le llevaron a dejar de ser aquel economista que escribía, a ser, ese escritor que fue economista.

Pero en uno y en otro campo inspiraba a los más jóvenes. A sus 94 años, su espíritu era contemporáneo del presente, mejor, cómplice del futuro.







Artículos de García Márquez.








Fotografía: Diario La Razón de Argentina.



Hoy, que me encuentro sumergido en la lectura y relectura de Gabriel García Márquez, sopesando con cierto orgullo de viejo, el valor más entrañable y más genuino  de esos libros sin los cuales América Latina,  perdiera mucho de su identidad cultural y de su dignidad en las cosas del arte; y sin los cuales, el mundo, desconociera una forma genuina de narrar la realidad más insólita, esa  realidad en la que viven y desviven una buena parte de sus habitantes de habla española.

Hurgando en los archivos digitales -esa lado grandioso de la tecnología, que le sabe  sonreír al buen curioso que no ha nacido en esta era de las computadoras-,  encontré los artículos que Márquez  escribió para el Diario El País de España !desde 1979 hasta el 2007!

Se hallan aquí,  artículos hermosos sobre el arte de la escritura; crónicas, anécdotas; historias desgarradoras sobre diferentes lugares y hechos de la tierra, incluso sobre El Salvador, y manifiestos de amistad, de amor y de tristeza.

Espero que otra persona, los aproveche mejor que yo, pero que  les brinde el mismo valor  que yo les he otorgado.

No tengo más que decir: aquí están para cuidarlos.


domingo, 24 de marzo de 2013

Monseñor Romero: la semántica de la vida








Fotografia: CARITAS.ORG



Monseñor Romero: La semántica de la vida.

(Publicado en Diario Colatino Revista TresMil , marzo 2012)

Aquello que nombramos con las palabras a veces tiende a desaparecer, dejando en su lugar una sustancia hueca que ya no significa nada. La ausencia del vinculo entre lo que se nombra y la cosa en sí, entre el concepto y el objeto de la realidad que este refleja, deja a las palabras en el vacío.  Ese abandono de la palabra misma en medio de la nada, es en su esencia, una de las  principales dolencias de nuestro tiempo.

Alejadas de su cometido, las palabras languidecen. Arrancadas de sus raíces, que yacen en la tierra  donde acaecen los hechos humanos,  cada palabra deja de ser lo que es, para ser nada. Al no decirnos nada, el lenguaje pierde el elemento que le da la vida. Como lo ha dejado escrito Susanna Tamaro  en el titulo de su hermoso libro: Cada palabra es una semilla, lo que nombramos debiera conllevar en sí la posibilidad de germinar a la vida alimentándose con la fertilidad de su origen y floreciendo en su relación con todo el universo: El origen de la palabra le da su virtud de ser creíble. Su destino, le da la virtud de ser infinita.

No obstante, desde hace ya mucho tiempo, las palabras con las que se nombran los grandes ideales de la humanidad entera, han ido quedando huecas y estériles, porque lo que ellas representan ha ido dejando de existir. El  sonido de su oquedad  remite a los templos abandonados donde antes se veneraban con fidelidad los grandes dioses. El eco de su vacío es como un rumor  que emerge de sótanos y cavernas, donde la vida  ha ido a su vez abandonado lo mejor que de ella tiene, para cada persona sobre el mundo: la posibilidad de ser feliz.

Telarañas, polvo y hollín  recubre el sentido de aquello que un día fue nombrado como Justicia, Igualdad, Libertad, Conmiseración, Bondad, Bien, Belleza, Verdad. Como flores marchitas, como cáscaras de jugosos frutos secadas ya por el sol, como cuerpos exangües, estas palabras no tienen ya contenido. Son el vacío, la nada. Remiten a cosas que parecen para siempre idas a raíz de su triste escasez.

 El ruido del mundo, espetado por  el poder – poder que se disfraza de variadas formas-, se afana en recordarnos con su genuino cinismo, que sobre la tierra en la que florecieron esas cosas ya marchitas, un jardín nuevo nos espera. Que aquellos frutos otrora cultivados con tanto sufrir para su goce en el  reino de este mundo, son la misma cosa que eso que desde los foros, los púlpitos, los cubiles, los centros financieros y las magnas asambleas, se nos ofrece: Progreso, Desarrollo, Amnistía, Libre Mercado, Democracia, Olvido,  Modernización, Capitalismo, Partido, Patria, Salvación.

Cotejado con la cotidianidad salvadoreña, las palabras más queridas  antaño entre nosotros, han perdido lo que un día fue su mejor virtud: su mágica capacidad de persuadir nuestra voluntad de creer. La creencia en las palabras, su aceptación como signo de verdad, el respeto que les profesábamos a su fuerza de vínculo humano; su naturaleza como entidad creativa y humanizadora; su luz, como intención de libertad e identidad, ha ido desapareciendo.
Nuestra cultura es el culto abierto y aceptado de  la separación entre la palabra y su sentido: la pérdida  de los significados más profundos de nuestra naturaleza como seres históricos y sociales; como seres orientados por una ética universal construida a dentelladas, que se empeñaba en la construcción del bien esperanzadoramente,  y en la contención terca, de lo que podía llevarnos al  mal.

El cotejo entro lo que pretenden decir los conceptos y la acción humana que le precede y le sigue,  en el espacio del bien común y la vida política, se ha desquiciado. Concepto-palabra y acción, han quebrado su unidad y degenerado en la esquizofrenia. Tras la promulgación de un valor, le sigue su contrario: al llamado de justicia, el acto alevoso; a la invocación de la  consideración,  el abuso más cruel; a la solidaridad, el desden y el desprecio; al bien social, el desprecio por la vida. 

Lejos de ser un problema lingüístico –semántico, es un problema ético-social. Sin darnos cuenta, con el paso de los años, al tiempo que se corrompían los sentidos y los significados de las palabras, se deterioraban las acciones humanas mismas.

El liderazgo ya no se espera que sea asumido por las personas buenas, sino por las charlatanas; por  las desinteresadas, sino por las avaras; por las sabias; sino por las cretinas; por  las francas, sino por las mentirosas. Por ello, las palabras que vienen de la charlatanería, la avaricia, el cretinismo y la mentira, no puede jamás suplantar ni ser más grandes,  que los ejemplos que se han visto venir de los que han muerto en nombre de la Justicia, de la Libertad, de la Igualdad, de la Bondad, del Bien, de la Verdad.

Al conmemorar la muerte de Monseñor Romero, conmemoramos la muerte de una semántica aferrada a la vida, donde el amor no era otra cosa, que el sacrificio último por los seres amados; un amor tan inmenso, en el que se era capaz de entregar la vida.

 


  


sábado, 16 de marzo de 2013

Carcel de Mariona : la ciudad de la esperanza




La ciudad de la esperanza
(Pubicado en Diario Colatino. Revista TresMil.San Salvador. 2010)
  
Fotografía: Diario La Página. El Salvador.


A "…los tristes más tristes del mundo.
Mis compatriotas, mis hermanos"
Roque Dalton
A manera de prólogo.

Un día aprendí lo que ya hombres, mujeres, niñas y niños de mi país han sabido siempre tras aprenderlo en carne propia: aprendí como se debe de comer y masticar una tortilla para que calme un hambre asesina: comerse primero sólo la mitad y masticarla despacio,   lo más despacio posible, casi rumiarla. Luego, comerse la otra mitad, repitiendo la operación. También, supe que el agua es lo más vital del organismo: tres días de privación  producen fiebre, alucinaciones y obliga a beberla de donde sea, incluso del retrete.
Aprendí que un grito de dolor al ser escuchado, te puede hacer vomitar de dolor a ti también.  Que si uno va a morir, y ama, desea por lo menos que aquéllos que te amen, vean tu cadáver y sepan que has muerto. Que no sufran de no saber de ti.
Comprendí por qué, quien te trata como ser humano, y te habla, cuando te encuentras tratado como no- ser- humano por otros, puede convertirse para ti, en tu mejor amigo, aunque quizás no lo sea nunca.
            Pero lo que quiero contar no es en sí un suceso personal, por lo tanto, esto no pretende ser una memoria. La intención primera es todo lo contrario: quiero compartir la existencia de otros; personas con las que conviví en un momento de mi vida. Personas que llevaron o llevan todavía quizás, la herida de la desgracia en el centro de sus vidas y que como tantas otras, son seres olvidados dentro de su propio destino, por aquello que llamamos justicia, ventura, suerte, dignidad o bendición.
Eran las doce de la noche de un veinticuatro de diciembre de mil novecientos ochenta y nueve. Con mis manos esposadas  me secaba las lágrimas que brotaban sin cesar, una por una, y pasaban rodando por mi cara. La celda estaba oscura, y por la rendija de la puerta por donde nos observaban siempre unos ojos de hielo, se escuchaba un jolgorio que en esa noche de navidad crecía en algún lugar cercano. Eran voces,  gritos y risas de hombres invisibles: eran las voces de los carceleros que atravesaban el acero de las puertas. Al cesar ese bullicio, escuché que comenzaron a sonar los cerrojos: llegaba la cena de navidad: trozos de puerco, sobras del festín. La mejor comida que tuvimos en once días de encarcelamiento… antes de iniciar el viaje que voy a narrar.

Como una entrada al Coliseo.

Éramos unas nueve personas las que arribamos juntas,  y  todos llevábamos una mezcla de alegría y de incertidumbre que nadie que no viviese esa circunstancia, puede imaginar. Sabíamos que a partir de este momento nada pasaría a espaldas de nuestras familias. Sabíamos  que estábamos ya bajo la luz de sol; pero también sabíamos, mejor, imaginábamos, que lo que estaba por venir podía ser a su vez peligroso, amenazador...o mortal. Más quizás en el fondo no nos importaba: uno prefiere una muerte pública que una en el anonimato, es decir, dejando el  suceso de la muerte propia en el limbo del "puede ser", del "quizás", o del "tal vez". Pues era una bendición para la familia, encontrar el cadáver de algún ser querido; como era un privilegio a su vez,  casi un milagro, salir de las cárceles subterráneas de cualquier policía local, y pasar al sistema penitenciario con un nombre y un número de caso. De alguna forma, se seguía viviendo.
Veníamos de las celdas de la Policía de Hacienda y estábamos en la puerta de entrada a los patios del Centro penitenciario La esperanza, de la ciudad  de Ayutuxtepeque, en San Salvador. Este es, aún ahora, el reclusorio más grande de El Salvador. Con una capacidad para quinientos reclusos, en el momento de nuestro arribo “albergaba” cerca de tres mil personas en un área aproximada de medio kilómetro cuadrado. Según la información oficial en este mes*, dos mil ochocientas personas lo habitan actualmente, de los cuales, sólo la mitad ha recibido condena. El resto, está en  “proceso”. Esto equivale a decir, ¡sabrá Dios  cuanto tiempo han de permanecer en ese lugar!.
Mi estadía en ese lugar y en ese suceso, había sido una constante más,  ajena a la casualidad, pues nada era casual por esos días: ser joven y ser universitario, siempre ha sido un delito en países como el mío. Todo  podía tener una justificación,  o si no lo tenía, podía ser inventada, haciendo que cualquier mentira se convirtiera en la más rotunda realidad.
Casi un siglo atrás, de igual forma, llevar un sombrero y un machete de trabajo era suficiente motivo para ser asesinado, hasta que así se fueron sumando decenas de miles de campesinos muertos, llegando a la consumación de aquella Matanza que tan profundas consecuencias ha dejado para la historia y la cultura social de mi país. Y para no ir tan lejos en el tiempo, para algunas personas muy jóvenes, resulta imposible creer, hoy,  que durante los días en que suceden los hechos que he de detallar, como desde inicios de la década del setenta, cargar un libro, un disco, escuchar cierta música, podía ser tan peligroso, que aquel escucha o aquel lector, no pocas veces terminaba muerto.
Así entonces, en el atardecer inolvidable de un día de diciembre, entramos a esta sitio,   y al evocar ese momento me veo como dentro de un grupo de gladiadores romanos –pero sin escudo y sin espada-, que en  algún atardecer de otoño, esperaban con pavor que la reja de metal se abriera para dejar libre el camino al centro de la  arena, donde felinos hambrientos les esperaban para devorarlos a la vista de la multitud que los iba a ver morir, sintiendo por ellos tal vez lástima, tal vez… conmiseración. Los seis mil ojos que ese momento nos veían entrar  ¿Se condolían a su vez? ¿Se entristecían por nosotros? o se  veían a sí mismos, como cuando ellos empezaron su propio viaje -a veces sin retorno-  al fondo de esta  prisión.
Entramos. Luego fuimos conducidos –escoltados-a la celda del jefe del  sector tres, que era uno de los edificios de la penitenciaría. Esta persona ante la cual fuimos llevados,  era un hombre como de unos cuarenta y cinco años, de gestos amables y voz estentórea, que llenaba  de una gran energía cada uno de sus movimientos. Al hablar con él,  parecía que uno estaba llegando a un campamento de verano o de montaña,  y que él  era un guía que daba las recomendaciones de horarios, medidas de seguridad, etc., gozando de un perfecto conocimiento del asunto, como alguien que realiza un trabajo bien pagado que le satisface hacer. Vestía muy pulcramente, con una camisa azul claro muy limpia y planchada.  Más tarde supe que se hallaba cumpliendo  una condena de veinte años, por un delito que no intento mencionar.
Estando en esta celda a la que fuimos llevados, -que era, digamos, el "lobby" del sector, y cuyas paredes color celeste  recuerdo  claramente también por su limpieza-, alguien nos ofreció de comer. Comimos sin entusiasmo, sin hambre, por cortesía. Un momento después, salimos para ser llevados a nuestro lugar de estancia indefinida. El grupo había sido  repartido en varias celdas, y yo seguí al hombre de la voz fuerte por un estrecho pasillo, oscurísimo, atestado de personas que iban y venían en esa pequeña ciudad, como yendo a atender mil quehacer que en ese momento yo no podía adivinar ni tan siquiera. Algunos me miraron seriamente a los ojos, diciéndome algo que nunca logré entender,  indescifrable. Me encontraba en los pasadizos del castillo de las esperanzas perdidas, diría, y sus habitantes llevaban en su frente el blasón convenido de la desconfianza.
Mi acompañante me dejó por fin a la entrada de lo que iba a ser mi celda: la número 11. Este era un espacio dividido en dos habitaciones o alas, como de unos cinco metros de largo por ocho de ancho. En uno de estas alas había cuatro camarotes, por lo que se deduce que  igual número podía haber en la otra ala  -que nunca conocí por cierto-,  y que por lo tanto, con seguridad, 16 personas habitaban allí en total. Me enteré que yo era el residente numero 23 de la celda, y muy inmediatamente concluí entonces, que yo, no dormiría en ninguno de esos camarotes.
Al entrar aquí me recibió el “encargado” de celda y empecé a intuir algo inesperado que me dio cierta calma. Era como entrever cierto orden o jerarquía que tendría que venir de algún lado y, que si eso existía, tenía que haber de alguna manera cierta forma organizada de convivencia, cosa que yo no imaginaba en un lugar como este. El jefe de mi celda,  era también un hombre de mediana edad, que infundía  mucho respeto, no sólo a causa de  su edad, - era el segundo mayor de todos- sino,  por su  forma de conducirse con los demás: menos amable que el primero que he referido, este ejercía su función de una forma casi militar, pero sin dejar de ser respetuoso, usando el usted permanentemente, en lugar del tuteo al que uno se va acoplando con el paso del tiempo. Me señaló el lugar que iba a ser mi "cama": abajo del primer camarote de la entrada, al lado derecho. Al avanzar  unos pasos más adentro de la celda, y no recuerdo si lo manifesté o lo dejé entrever, -mas era evidente que yo  no llevaba nada conmigo, excepto  la ropa que andaba puesta-; y si bien, venia ya acostumbrado a medio mes de extremas circunstancias que sin otra opción, tendría que seguir soportando, he acá que, estas personas me recordaron de golpe, que yo también tenía que tener por ahí, en algún sitio, mi  dignidad humana extraviada.
Y es  que  se produjo a mi entrada un acontecimiento inesperado que ha quedado grabado en mi memoria para siempre. Un hombre, a quien llamaban "El pájaro", se acercó desde el otro lado de la celda - no me recuerdo si le vi al entrar-, y me entregó una manta  casi hecha jirones, al tiempo que me decía... creo: " Para que duerma". Yo tomé la manta entre mis manos, sorprendido... Creo que ni siquiera le di las gracias a causa de mi confusión con todo. Noté que  me miró de forma tímida y retornó a su lugar del otro lado de la celda, que como dije, nunca conocí.
Aquel hombre, nunca me pidió nada a cambio por el favor prestado, y así esa noche, me envolvió el tibio efluvio de la solidaridad en medio de la total miseria y la absoluta carencia. ¿Adónde estará ahora aquel pájaro, generoso, que compartió conmigo parte de su nido? Espero que vuele sereno, por lo largo horizonte de la libertad…
Llegaron las seis de la tarde y la celda se cerró tras de mí, de forma  brutal, con un sonido que no me gusta evocar, aun hoy, después de veinte años: metálico, frió, agudo e indolente. Y todos enseguida me olvidaron entretenidos en sus quehaceres, mientras yo me agaché para meterme en mi cueva, como a un refugio que al fin me pertenecía y me daba cierta seguridad. Pero venia  lo más impredecible: la primera  noche en la celda de este… no puedo decir incierto, si no,  más que cierto lugar de incertidumbres.
Es interesante ver como los seres humanos nos acostumbramos a todo, en el amplio sentido del término. En un espacio reducido, 22 personas deambulaban y convivían como seres que se habían asimilado al espacio, a los sonidos, al tiempo de aquel pequeño mundo rectangular. Una vez se cerró - o fue cerrada- la puerta  de la celda, observé ese convivir desde mi sitio: unos cocinando, otros comiendo, otros más allá  ordenando no se qué de sus pertenencias. No puedo evocar completamente, y aunque lo pudiera hacer, no podría describir cómo el hacinamiento había moldeado  a estos hombres de tal forma que  el diapasón de sus movimientos se había reducido, sus giros se habían resumido y su andar acortado, en el vivir y convivir de esta estrechez. Solo sus voces parecían querer ir, volar  más allá de sus espacios, y al entrecruzarse todas, formaban un rumor de océano que me rodeaba con un sentimiento indecible de miedo, de fatalidad y de asombro. Pues con el correr de los minutos, yo me iba dando cuenta que yo ya era uno de ellos; una de esas voces que venían de todas partes queriendo escapar a cualquier lado.

Éramos inquilinos del hacinamiento, hermanos de lo reducido, miembros de la logia del destino incierto. Y la tarde se extinguía sobre los condenados o los sin condena, sin importarle si sumar o quitar un día más, a la existencia de tanto ser sin esperanza.
Al ir observando mi nuevo mundo, advertí que había una cocina destinada para cada ala de la celda. O sea, una cocina para ser ocupada por once reclusos. Era una cocina de gas, de una sola hornilla, negra y alta, muy comunes por aquellos años en los hogares pobres de mi país. Algunos inquilinos ponían sus recipientes al fuego  y preparaban sus alimentos a esa hora; otros, - me fui dando cuenta- compraban su comida antes de entrar  a la celda. También a esa hora, - según observé-, era usual alquilar un aparato de televisión para el grupo, lo que me sorprendió muchísimo.
El negocio funcionaba así. Un recluso, que quién sabe como le dejaban andar afuera de su celda a esa hora, deambulaba por los pasillos cargando él mismo entre cuatro o seis televisores. Previamente, entre los habitantes de una celda se recolectaban los dos colones (veinticinco centavos de dólar por aquel tiempo), que el alquiler requería, -si es que no había ninguna película interesante esa noche que aumentase el costo del alquiler unos cincuenta centavos más-. Después de recolectado el dinero y entregado al encargado que deambulaba ofreciendo el alquiler; este sujeto aparecía luego con el televisor, el cual era uno de esos aparatos pequeños, de nueve pulgadas, blanco y negro, de tapadera anaranjado; y tras un procedimiento diseñado y conocido previamente, el aparato era conectado y puesta la antena dentro de un sistema de alambres que colgaban del techo. De esta forma, sólo Dios sabe cómo, la señal se recibía regularmente. Recuerdo con angustia haber repasado las series de Patrulla Motorizada- con sus antipáticos protagonistas-, los videos de la Lambada – con sus para nada antipáticas bailarinas- y otros programas que por esos días estaban de moda.
Con los días, y después de analizar mis gustos personales, mis compañeros de celda me motivaban a contribuir a la cuota de alquiler, con la oferta de dejarme ver el noticiero de la noche. Oferta que era olvidada intencionalmente, en medio de una buena película en la cartelera del canal seis.
Como se puede deducir, me sorprendió todo este ritual: el uso de cocinas, fósforos, alambres, hoyas, etc.; el negocio del televisor... pues uno ingenuamente viene  pensando en esas celdas que ve por televisión, o lee en  los libros,  en las cuales no existe nada más que una cama y las irrestrictas medidas de seguridad que prevén un suicidio, una agresión física o algo parecido. Así, en esas tres horas que iban de las seis de la tarde a las nueve de la noche (hora en que las luces eran apagadas), me encontré sorprendido en esa babel de costumbres,  voces y utensilios.
En esta la primera noche, y antes de que las luces fueran apagadas, ocurrió también algo que fue muy relevante para toda mi estadía. Y sucedió más o menos así. Mientras mis ojos se adaptaban a este sitio,  no se cómo me percaté de que había una  cama al  fondo de la celda, entre las líneas de los camarotes, y que en ella yacía un joven corpulento de cabellos largos, que no participaba de la rutina. Me aproximé a él y le saludé. Después de presentarme y preguntarle que le sucedía, me dijo:
 -Es  que esta gripe me ha tapado la nariz y me cuesta respirar.
 Brevemente – y por hacer conversación-, le dejé saber de una manera que tal vez podía hacerlo sentir mejor. -me refería a esa técnica quiropráctica llamada digito puntura- De forma muy natural pareció confiar en mis palabras, mientras de mi parte, con una actitud que únicamente puedo explicar a partir del espíritu de todo joven,  me aproximé y le apliqué presión con mis dedos cerca de la nariz y en el pecho. Después de unos minutos pudo respirar mejor.
Ese hecho tuvo muy interesantes consecuencias, pues este muchacho, perteneciente a una famosa banda juvenil de un popular barrio de San Salvador, se convirtió para mí en una especie banquero. Al día siguiente, estando de regreso en la celda -y después de haber recibido la primera visita de mi familia-, este muchacho se acercó y me dijo:
-¿Te dejó dinero tu familia? Si te dejaron pisto dámelo. Afuera te lo pueden robar. Yo te lo voy a tener y si necesitás, pedime.
Sin mayor alternativa que ceder al temor, le  entregué el poco dinero que tenia, sintiendo que ésta no seria la ultima vez que iba a quedarme sin fondos monetarios. No obstante, él me preguntaba cada mañana si iba a necesitar dinero y siempre me entregaba lo que le solicitaba, .quedando él al cuidado del resto, siempre haciéndome cuentas claras. Recuerdo que en una ocasión y a partir de un malentendido, alguien me quería agredir  a la entrada de la celda y este personaje saltó desde su cama en mi defensa... paralizando el hecho ipso- facto, con su porte ya acostumbrado a esos gajes del oficio que se resuelven con un machete improvisado –hecho en casa- en la mano.
Pero volviendo la memoria a esa primera noche… no sé como me dormí, creo que me venció la fatiga. No sentí lo duro del suelo- amortiguado sólo por un largo cartón-, y el calor de la sábana que me habían prestado fue el más cómodo que quizás he sentido. Cuando se dieron cuenta que desperté, el jefe de la celda me dijo:
_ ¿Verdad que no durmió? ¿Creyó que lo íbamos a violar, verdá?
Yo sonreí como dándole la razón, y así empezó mi primer día completo en mi nueva casa.

            Cinco de la mañana: Un tierno despertar.

Aún estaba oscuro, eran casi las seis de la mañana y alguien cantaba una canción ranchera con todas las fuerzas de su garganta, por algún lado. Más que cantar, gritaba al compás de la música de un programa  radial matutino de cuyo nombre no quiero acordarme. El grito se perdía en la oscuridad y se metía bajo los camarotes. Y desde otro punto del espacio oscuro, alguien más gritó: "Callaaate hijoe la gran puuuta"... Pero el cantó primero seguía impasible y más feliz, con un tono ya mejorado.
Esa era la hora del tierno despertar, y eso suceso del canto y la injuria se repetiría  una y otra vez cada mañana.
Al abrirse las celdas,  no pude entender porqué cientos salían espantados hacia afuera como en una carrera desesperada. Luego me enteré que iban  a bañarse, y después entendí que la carrera era en el afán de lograr una regadera disponible bajo una posibilidad de uno sobre cien. Salí  de la celda después de los corredores, afuera había un mar de gente. El patio  parecía una feria de un pueblo lleno de pequeñas chozas, casitas improvisadas; esas sillas plegables enormes conocidas como “haraganas”; templos protestantes semi-construidos, toldos, carteles, etc. Antes de salir nos recomendaron que anduviéramos  juntos, en grupo. De esta forma, uno de los  compañeros que había entrado conmigo el día anterior, me esperó en la puerta de mi celda para salir al patio. Caminamos como extranjeros o réprobos. Viendo a los lados más que asustados, perdidos. Pronto localizamos el lugar común donde los conocidos  solían sentarse juntos y permanecer todo el santo día: había una división geográfica convenida entre los presos comunes y los presos políticos. 
Vi caras conocidas. Hablamos, comentamos. Y precisamente el día de nuestra primera incursión a este mundo diurno, se iba a llevar a cabo  un hecho interesante: un "diálogo de paz".  Este iba a ser sostenido entre un representante de los presos comunes y un representante de los presos políticos.  Para su efecto, se había colocado una mesa para dos al centro de un espacio abierto en medio del patio. Y allí se sentaron dos típicos -y  por sus gestos y rasgos- fieles  y dignos representantes de sendos grupos: un más que diplomático comandante guerrillero y un más que destacado personaje del mundo delincuencial apodado “El diablo”.
Los que nos congregamos alrededor, formando el auditorium, sólo observábamos los ademanes, los gestos, lo serio del  asunto... y el mutuo respeto. Era impresionante haber presenciado en una cárcel, un dialogo de caballeros, allí donde todo pudiera parecer imposible. Este fue un acuerdo respetado y tangible que trataba de convivencia, de normas, de claros límites de territorios. Concluida la reunión, los representantes se levantaron de la mesa estrechando las manos.
Mientras trascurría el primer día fui conociendo aun más este mundo que la víspera, lleno de más zozobra que ahora, no pude conocer en sus detalles. Creo hoy, que la peor cárcel y la peor condena, es aquella en donde los condenados pierden el afán de cada día, la pequeña meta de cada amanecer. Y éste no era el asunto acá, por lo menos hasta donde mis ojos alcanzaron a ver. ¡Aquí había mil quehaceres!, inventos en los que el día transcurría. Primero, los cafetines. Eran negocios con clientela fiel. Muchos de nosotros nos acostumbramos con el tiempo a desayunar juntos " a la carta", en el metro cuadrado de uno de estos lugares, el cuál era administrado por un maestro de escuela desde hace ya un par de años: “El comedor del profe”. El menú: café Listo, huevos, pan francés y frijoles. 
Abundaban acá,  templos con feligreses asiduos desde tempranas horas de la mañana. Sus puertas se habrían temprano para los necesitados de palabras esperanzadoras que éramos todos. Había talleres de carpintería, que si bien nunca visité, si hice uso de sus productos, de una gran calidad y con un particular significado dada las circunstancias. De allí provino en calidad de pedido especial,  una rosa de madera tallada,  que un día obsequié a la mujer que amaba por aquellos días, y que ha de yacer olvidada en un rincón del tiempo.
Había hombres dedicados al trabajo artesanal por doquier, otros, jugando sobre los tableros de damas; los de mas allá, reunidos en infinitas tertulias u oyendo música alrededor de un aparato puesto en uno de los rincones del patio. Pero el oficio que más recuerdo, y quizás el más significativo por su objetivo, era el del "gritón". Este oficio era ejercido por un grupo de tres o cuatro privilegiados cuya ocupación era, en días de visita principalmente, esperar a nuestros familiares en la puerta de acceso al patio, preguntar por el nombre del visitado -y por el costo de un colón, que eran unos doce centavos de dólar en ese momento-, recorrer el patio atestado de gente gritando nuestro nombre a todo pulmón para encontrarnos, y luego, llevarnos a recibir a nuestros huéspedes. En fin, “el gritón" te traía felicidad con su voz, al gritar tu nombre. Fue uno de esos hombres - cuyo rostro recuerdo- el  que cada día llevaba en su grito la alegría de la visita de mi madre en medio de la mañana,  y fue él mismo, quien semanas más tarde, gritaría mi libertad a capela  por el patio, siendo ése el único grito de libertad que para mi ha tenido sentido.
Conocí a un reo al que llamaban “El doctor”, un preso político que ostentaba con dignidad y humanismo un cuarto año de medicina y al que acudíamos los necesitados de algún medicamento, una inyección o un consejo. Era un joven lleno de amabilidad, que parecía estar allí únicamente para ejercer su profesión, pese a las limitaciones del caso. Tenia un botiquín con el cuál, a precio de costo, nos proveía sus limitados medicamentos, pero que eran abundantísimos, en comparación a la clínica del penal, que sólo tenia aspirinas para cualquier dolencia. Con los pies partidos por los hongos, acudíamos al doctor por muestra dolorosa inyección de penicilina. El doctor atendía a todos: a los acusados de robo, hurto, plagio, asesinato, contrabando, terrorismo, subversión, etc.
Entre el grupo de los presos políticos el día pasaba entre recuerdos, libros y a veces ajedrez. Otros integrantes se habían entusiasmado en aprender carpintería u otras artesanías. Era como los otros, un grupo abigarrado, diverso, distinto, pero era nuestro grupo durante el día. Cerca de doscientos compartíamos una inmensa carpa bajo un frondoso árbol del patio. Allí conocí al familiar de  un antiguo alcalde de San Salvador, y al que nunca “pude” devolver "Un hombre de verdad", hermoso libro que creo que leímos todos los allí congregados.
Conocí entre estas personas, a un hombre cuya memoria y movimiento había sido profundamente afectada por una herida de bala en la cabeza, y que se convertiría con el tiempo  en uno de mis amigos más queridos,  al empezar juntos la proeza de una rehabilitación que necesitaba de mucho coraje y fe - cosas que a él le sobraban-, mientras yo me vi en la tarea de releer mis libros de Alexander Romanovic Luria (un neuropsicólogo ruso),  buscando las formas apropiadas de colaborar con él.
Este fue quizás el único trabajo de rehabilitación que he intentado, y el más feliz de mi vida por sus resultados. Un proyectil le había arrancado parte del lóbulo frontal izquierdo y afectado zonas parietales del mismo lado. Mi amigo no podía nombrar o reconocer objetos como mesa, tasa, silla.; su lenguaje había perdido fluidez y su motricidad y sensorialidad derecha estaban perturbados -  Un dato curioso, él, entre las pocas cosas que recordaba, estaba el número telefónico de su novia en México.-  Confirme así, lo ya conocido de la influencia de la emoción sobre la memoria: sólo recordamos lo significativo, y eso sobrevive a todo, incluso a una bala que te destroce parte del cerebro.  Improvisé dibujos de objetos y su respectivo nombre escrito para que él las leyera; caminamos en círculos por el patio estimulando su marcha, entre otras cosas.
A mi amigo lo llamaré Lázaro, y el día de mi libertad, lloré como un niño al abrazarlo y despedirme para siempre de alguien que nunca olvidó la sonrisa y la cordialidad. A veces le veía pelear con su mano derecha, diciendo entre dientes: “Esta mano hijueputa”, mientras se empeñaba en aprender sostener nuevamente un lápiz…Parecía reírse de si mismo en el intento, pero con la confianza intrínseca, de quien sabe que ha de ganarle otra vez la partida a lo difícil y lo adverso.

Seis de la tarde de algunos de esos días.
Los inquilinos.

Quiero comentar un poco en detalle sobre las personas con las que conviví  en mi celda, a partir de las seis de la tarde - en mi lado de la celda. Referiré primero a  un muchacho de unos quince años apodado “Chimbolo” -tristemente recluido entre adultos- . Otros dos jóvenes, a uno le llamaré “Mardoqueo” y al otro, le dejaré su apodo de “El Negro”,  de unos veinte años ambos. Recuerdo también, a un anciano sexagenario que purgaba una pena de dieciocho años, le llamaré “Chepito’. Luego, estaba el jefe de celda y alguien a quien he de nombrar como “El carpintero”, un joven muy sencillo y de trato amable, con el que hice también una buena amistad, y cuyo consejo del primer día, siempre recuerdo… Como era día de visita el siguiente de mi llegada, él se acerco a mí durante la noche y me dijo:
-          Si tiene visita mañana, no los despida en la puerta. Despídase en el patio.”
No comprendí del todo la sugerencia. Pensé que era una regla del lugar, o algo parecido. Entonces, a la hora que mi familia se marchaba por la tarde, caminé con ellos hasta la puerta estrecha por la que se salía del patio y se llegaba a los pasillos de la salida del penal. Al despedirme de mi madre y mis hermanos, no pude evitar llorar y así regresé llorando a la celda. Al entrar, El carpintero, - que dormía en el camarote encima de mi lugar-  bajó y me dijo:
-          Le dije que no fuera hasta la puerta. Uno deja a la gente en el patio, porque así siente menos que se vayan  y que uno se queda aquí
Practiqué su consejo con disciplina en los días que me quedaron en ese lugar.

Nuestra celda era muy limpia. Se realizaba la limpieza diariamente con disciplina, pero lo más importante, pese a que  todos dejábamos nuestras pocas pertenencias allí, jamás un objeto fue hurtado. Incluso, el día que yo por error, reclamé la perdida de un par de huevos que faltaban en mi “alacena”... la ofensa fue tan grave, que recuerdo los rostros mirando al tonto acusador, que al recontar sus posesiones descubría que todo estaba en su lugar y tuvo que disculparse.
No sé si fue un hecho de la suerte mi estancia en esa celda y con ese grupo de seres humanos. No altero los hechos. Pero en medio de la  miseria y la tristeza que llenaba todo, nunca, al cerrarse la celda,  la dignidad y el respeto eran  olvidados. Nunca hubo un altercado, nunca un insulto entre ellos. Eran caballeros hacinados que preferían a veces el sueño profundo de los narcóticos, que la rabia desmedida que provoca la cárcel.
Durante las tardes en la celda, se hablaba del día transcurrido y sus sucesos.  Se bromeaba con Chepito,  de  que cuando le tocara salir ¿a dónde iría? Le hacían broma por su edad,  y de que cuando estuviera libre, dado el tiempo trascurrido, quizás se perdería y llegaría de regreso a la  cárcel por error. Todo esto, mientas su joven socio -Chimbolo- le entregaba las cuentas del día provenientes del cafetín, negocio éste  que cabía en un costal, donde El chimbolo cargaba ollas, tasas, bolsitas de café instantáneo, cucharas y platos.. Era quizás ésta, una relación paterno-filial en cierto sentido, aunque nunca  vi una muestra de cariño entre ambos.
Aún con los años transcurridos, veo con claridad esas siluetas: la de un anciano muy delgado, de camisas casi transparentes por el uso, y de andar encorvado, caminando detrás de aquel joven moreno, de cabello grueso y ojos tristes, tristes y llorosos que cargaba un costal al hombro, como mutuo patrimonio.
Chimbolo vivía entre las drogas. Al llegar a la celda y después de arreglar  sus asuntos monetarios con el viejo, buscaba en su bolsa unas pastillas, que al poco tiempo de beberlas le hacían dormir profundamente. Cuando estaba despierto no articulaba palabra alguna. Era muy tímido, y las veces que cruzamos las miradas, pude ver en sus ojos los efectos que la crueldad del mundo y la soledad hacen en un ser humano. Tenia quince años, estaba en una cárcel de adultos... olvidado de Dios.
Mardoqueo (mi banquero) y “El Negro,” hablaban de sus asuntos, de sus cosas pendientes…, de viejos conocidos, y escuchaban música. Solían escuchar música romántica, y así, "Cuando el amor se va" de Roberto Carlos, se volvió una de nuestras, digamos,  preferidas melodías de la celda. Otro par de jóvenes, cuyos nombres he olvidado, acostumbraban de vez en cuando por la noche, preparar sus pitillos de marihuana sentados a la orilla de sus camas,  al tiempo que  me decían: “Espero no le moleste el humo”, para inhalarlos luego cubriendo su boca con un vaso, y  evitar que aquel olor amargo se expandiera más allá de este estrechísimo albergue.
Había cosas que siempre rompía la rutina de todos nosotros. Por ejemplo, un episodio entre cómico y cruel, en el que no faltaba el humor a causa de la mofa grosera  hacia aquéllos seres cabizbajos que pasaban enfrente de la celda -después de cerradas-, como haciendo  un calvario interminable, cargando sus gigantescas grabadoras, sus almohadas, cobijas y demás, llenos de tristeza o de rabia a causa de que su compañera de "cita íntima" – cita que se programaba con una semana de anticipación-, no se había hecho presente al encuentro… Y he aquí que el pobre prójimo tenia que cruzar de regreso los pasillos, cargando su pena y su deseo burlados, escuchando un sin fin de desagradables razones para tal ausencia.
También, más de alguna vez al amanecer, veíamos pasar el cadáver de algún desconocido que era cargado adentro de esas grandes y horribles bolsas negras, que había sido  encontrado muerto en su celda... misteriosamente. Misteriosamente en medio de una veintena de personas hacinadas.
Los jueves y domingos, eran de fiesta. (Para los que siempre tuvimos alguien que nos fuera a visitar). Por ventura, yo estaba entre los afortunados. Un día antes íbamos a reservar las haraganas (sillas plegables), que podíamos necesitar dada la cantidad de personas que esperábamos: Una silla, dos, tres… o ninguna. Este monopolio de alquiler de sillas era ostentoso. Sólo había un proveedor con el cual había que anotarse y pagar por adelantado el valor de cinco colones (ochenta centavos de dólar actual)  por silla. Luego, ir por la mañana a recogerlas de entre los cientos de sillas disponibles y escoger un vistoso lugar donde desplegarlas, improvisar un techo y esperar.
Chepito nunca esperaba visita. Tampoco Chimbolo. Por su parte, El Carpintero, ya no esperaba más a su mujer y a su hija de tres años. El llevaba ya dos años preso, y el hurto de cincuenta colones (seis dólares actuales) le había robado su familia.

            El tiempo se arrastró sobre las horas, los días, las semanas y los meses interminables, hasta que llegó el segundo aquel, en que mi nombre sonó en el patio a las diez de la mañana… Lo último que escuché mientras corría hacia la puerta fue ¡A quien le dejas las cosas! (el colchón, el recipiente de los huevos; la tasa, el plato, el cartón, una toalla, la cobija obsequiada)  Y como no pude hacer la elección en el momento, decidí callar, a la espera de una justa distribución de mis  recursos, que quedaron debajo de aquel rincón que fue mi casa.

A manera de un epilogo.

Cuando el sol se  alejaba silencioso cada domingo o de jueves, y nuestros seres queridos se marchaban a esa hora fatal de las cinco de la tarde, nosotros éramos de alguna forma, al regresar a la celda, nuestra propia y única  familia, compuesta por los agraciadamente condenados y por los desgraciadamente sin condena.
Solos otra vez, izábamos las velas de la nostalgia mientras nuestras anclas, se aferraban sin quererlo, en la honda profundidad de la incertidumbre, de los recuerdos de los seres queridos, de los “ojalás” y los “primerodioses,” del limbo mismo de los condenados a no ser nunca condenados.
Han pasado ya veinte años de todo esto, y al contarlo, me detengo a pensar sobre  aquellas  palabras de Borges al reflexionar de su ceguera…”Todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin…Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla…La humillación, la desgracia, la discordia. Esas cosas nos fueron dadas para que las trasmutemos, para que hagamos de la miserable circunstancia de nuestra vida, cosas eternas o que aspiren a serlo”  
Y digo con Salarrué, que estos cuentos verdaderos, quizá tristes,  “…del barro del alma están hechos; y donde se sacó el material un hoyito queda, que los inviernos interiores han llenado de melancolía. Un vació queda allí, donde arrancamos para dar, y ese vació sangra satisfacción y buena voluntad” 

Aquí y allá. Marzo 2008