domingo, 16 de diciembre de 2012

Ayer enterré a mi abuela


A María Antonia Huezo
12 de diciembre de 2012

Silenciosamente, como antes de su muerte ella había vivido, su ataúd bajó a la tierra. Es decir, esta tierra, la de este país, que hoy visito para acompañar a esta menuda mujer, en su marcha.
Viviendo en el extranjero, la bondad de Dios y la buena voluntad de otras personas, me ha dado la oportunidad de estar a tiempo para velarla y enterrarla. Para conversar con ella a solas.
Con sus 91 años, llevaba en sus ojos apagados, imágenes ya olvidadas por todos o jamás presenciadas por ninguno. Recuerdo que en un cuento, Borges se pregunta sobre quienes fueron los últimos ojos que vieron a Cristo, y sobre qué cosas se han perdido con cada persona que muere.
¿Qué cosas se han perdido con la muerte de esta mujer, que engendró a toda mi familia?
Es que quizás, pese a la historia individual de cada vida humana, a cada uno el destino nos depara una memoria irrepetible de las cosas del mundo, de las que nacen de la bondad y de las que nacen del mal mismo.
Con élla, entendí que el mundo estaba dividido; que entre los ricos y los pobres habían fronteras infranqueables, que el mundo encierra mil mundos. Que mucho del sufrimiento humano no tenía designios divinos
Con élla, también entendí que somos buenos o malos, según cada circunstancia de la propia vida, pero que podemos ser buenos siempre pese a cualquier circunstancia.
Que cuando se roba un plato o una cuchara de plata de alguna lujosa cocina, ese valor material, podía transformarse en pan o en leche, para nutrir el vientre de quien iba a ser mi madre o mi tía.
Con élla aprendí, a entender desde muy niño, quienes sufrían y quienes vivían del sufrimiento ajeno. Quienes eran santos y quienes asesinos.
Yo la vi llegar descalza de regreso del entierro de Monseñor Romero. En su casa se pintaron las mantas que llevaban el rostro de aquel hombre por las calles. Dicen que dormía con un cuchillo en su delantal, para defender a sus hijos de un mortal secuestro nocturno.
¿Se podrá enterrar, me pregunto, la valentía? ¿Se podrá enterrar la bondad, la resistencia al sufrimiento?
Si una persona ha sido buena y muere ¿Muere la bondad? No lo creo.
La muerte, estoy seguro, de una persona buena, de alguna forma prueba que aunque la vida es breve, su virtud siempre es eterna.
Mi abuela reía, pese a las décadas de dolor inclemente; mi abuela rezaba, con una fe resistente; mi abuela besaba, con un amor seguro; mi abuela era tierna, a despecho de las asperezas que este mundo alberga.
Mi abuela hacia magia: cocinaba haciendo de hojas, manjares de dioses. Y hoy, haciendo del olvido que acompaña a la muerte, los recuerdos vivos de un amor luminoso, que como un sol de los espíritus, jamás cesa.    

sábado, 8 de diciembre de 2012

La tristeza en la literatura.


La tristeza en la literatura.


Publicado originalmente en Revista Tres Mil. Diario Colatino

Hace algunos días leí unas palabras, una sentencia, una conclusión: la alegría no nos necesita, la autora de dicha frase, me pareció, resumía en cinco palabras todo un largo camino de comprensión del por qué de la literatura, del poema. Por extraño que parezca, en esas cinco palabras se esconde toda una verdad inobjetable. No aceptarla, no lidiar con ella por lo menos, nos deja al margen de la realidad, del mundo, del destino, de una mejor comprensión de la vida.  Cuando Marguerite Duras escribe eso, nos quiere  sin duda, decir muchas cosas. Pero precisamente, creo - como era su costumbre-, nos da las palabras necesarias, las justas, para entrar a un sentido todavía mas profundo y complejo, aquel que nos explique el por qué se escribe…

Intentando recordar algunas palabras de Ana Maria, Matute, esta otra escritora parece seguir el pensamiento de Duras, cuando apunta que la verdadera literatura es triste, porque triste es la vida. Que la literatura intenta presentar esa realidad de una forma distinta, pero no por ello menos triste. Pero henos aquí ante una paradoja. Si el arte es esencialmente una experiencia estética, y si la estética se refiere a la percepción y creación de la belleza, ¿cómo lo triste puede ser bello?

La obra máxima de la literatura  latinoamericana es para muchos El llano en llamas (1953), de Juan Rulfo. Este autor, tan solo escribió dos obras. Con eso bastó. Eso fue suficiente para abarcar la realidad no en extensión, sino en profundidad. Nadie medianamente sensible o informado, puede negar que la obra de Rulfo, difícilmente puede excluirse de dos adjetivos aparentemente incongruentes: el de ser una obra bella, y el de ser una obra triste... que nos habla de la tristeza.

Por su parte, el antecedente literario de la obra de Rulfo,  Cuantos de Barro (1934),  del salvadoreño Salarrué, es después de tres cuartos de siglo, la obra cumbre de la literatura de este país centroamericano. Ambas, aquélla y ésta, consideradas por Augusto Monterroso,  los cuentos más tristes de Latinoamérica.

Y he ahí El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez. Esa breve y triste historia de la soledad, del olvido, de la desesperanza. La única novela que hace a su protagonista definir su vida y su eterna espera, con una sola palabra, que significa todo, pero principalmente es desolación; la misma palabra, con la que la novela finaliza perentoriamente.

Es muy importante recordar en particular, que la novela The Road, del norteamericano Cormac Mc Carthy y que ganara el Premio Pulitzer  el año 2007, es una fatídica historia, en un mundo en destrucción, en caos, eso que de forma tan simple algunos llaman futurista. Más atrás en el tiempo, Las Uvas de la Ira, (1039) de John Steinbeck  es por su parte una de las mejores novelas en lengua inglesa del siglo veinte y una más, de ese siempre triste paisaje humano al que Steinbeck dedicó su vida.    

No podemos olvidar, The Old Man And The Sea  (El viejo y el mar) publicada en 1952 por Ernest de Hemingway, una de las historias más hermosas de la literatura universal, y que Vargas Llosa  destaca por su llamado…  a la compasión.  Es que sólo lo triste te arrastra a la compasión. La soledad de Santiago, su lucha y su triunfo, en medio de la noche, es una bellísima historia humana eternizada. 

¿Y los cuentos de Wilde?:  El príncipe egoísta o El ruiseñor y la rosa,  ¿no son en su esencia tristes? ¿Y qué son Los miserables  de Hugo, entonces, o Los Hermanos Karamazov? Tan sólo historias tristes, hermosamente tristes.

Y así lo es la búsqueda, la íntima búsqueda de aquel viejo Eguchi, en La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, es el triste intento, desesperado, de asir la vida, de rozar el lánguido recuerdo de los arrebatos fogosos del pasado, desde la ineludible vejez de todos los hombres. Pero en ese intento, en esa silenciosa estratagema del deseo, se fragua aquel indecible erotismo, tan sutil, y tan vivo, como la juventud misma de los primeros amores.      

A veces, la tristeza se une a la esperanza, y de esa tristeza, germina la vida, el amor. Qué mejor ejemplo que esos días, breves, que anteceden a la muerte de Bruno, ese terco e inolvidable anciano de La sonrisa etrusca, escrita por  José Luis Sampedro. Libro primoroso, triste y bello, lleno de vida, de sueños, de esperanzas que no tienen medida temporal, pues pueden caber adentro de un día, de una noche, de una tarde, de un minuto. Es que las personas somos mortales, pero los sentimientos son eternos y podemos heredarlos, legarlos, prodigarlos sin saber hasta donde han de alcanzar su magia y sus efectos.  La sonrisa etrusca, es una sonrisa eterna, como el amor de aquel hombre después de su muerte. 

La alegría no nos necesita, la literatura debe llamar la atención sobre la tristeza, nos dice nuevamente Matute.  Pues el compromiso del escritor es el compromiso con lo verdadero, con lo bueno y con lo bello.










15 minutos para El Salvador



15 minutos para El Salvador


Siempre he tenido la idea, quizás absurda, pues no tiene un cometido práctico, es decir, en nada aliviará la pobreza de ninguna familia salvadoreña y a nadie dará un empleo permanente. Pero pese al temor de provocar ridículo, me sigue persiguiendo la idea de que un día, podamos, no sé quienes, ni cómo, organizar lo que podríamos llamar Un cuarto de hora de lectura del país.
No se donde leí algo que me hace no desistir de esa idea recurrente: nada importante se ha hecho en este mundo que haya tenido una completa aprobación: siempre habrá desacuerdos hasta por la más correcta idea. Así que si para lo correcto y sensato hay desacuerdo, porqué me he de preocupar del desacuerdo que genere esta necedad.
Y si del desacuerdo se pasa al ridículo, quiero recordar que ha habido ideas en mi país, por ejemplo, en la Asamblea Nacional, que han superado el ridículo, y han llegado incluso a ser un nocivo atentado de los Derechos Humanos Universales.
Haciendo esas aclaraciones, lograr que en un país como el mió, la mayoría de su niñez y su juventud, tanto los escolarizados, como los que por diversas razones no han podido continuar con su educación básica; lograr que los empleados y trabajadores, y aquellos con empleos temporales ( que son la mayoría), mujeres y hombres que han podido aprender a leer de alguna manera, -seria importante pienso, no por nosotros, no por el presente, sino, como en un acto de esperanza y fino optimismo-, seria extraordinario digo, como signo de interés por revivir este país de la muerte de la esperanza de los jóvenes, lograr ponernos de acuerdo, escoger un día, buscar, prestar y donar un libro, o el que pueda, comprar otro; dar el tiempo que los escolares y los empleados necesiten, darse el tiempo los políticos, los religiosos, los profesionales, para, en un espacio de 15 minutos, todos y todas leamos en el territorio nacional y en el resto de los países donde un tercio de nosotros nos encontramos.
Leer un libro. Leer solo, leerles a otros. Leer en el bus, en el parque, en la fábrica, en la maquila, en el campo. Simplemente, devolverle a uno de los grandes logros humanos, su dignidad, en un país, del que ya muchos no esperan nada. Sin patrocinios partidistas, religiosos o económicos, simplemente ponernos de acuerdo 15 minutos para leer. Como muestra de civismo, de responsabilidad con el futuro, de acuerdo por la cultura, de desacuerdo por lo que atenta contra el bienestar y el verdadero desarrollo humano.
Se que la inmensa mayoría de adultos y jóvenes que no han podido aprender esa habilidad porque nuestra sociedad no se los ha permitido; se que los niños y jóvenes que si lo han logrado, tal vez, confirmen unos y reafirmen otros, el valor de la cultura y de la educación.
Quizás los políticos y los grandes propietarios, los banqueros y sus colaboradores, evidencien que la gente de afuera de sus ventanas, no es una masa de cosas, sino un grupo de personas que tienen esperanza. Tal vez, se certifique que la juventud nuestra pese a todo, sigue teniendo sueños como otras generaciones las tuvieron. Tal vez, logremos mostrar al mundo, que un país, ahogado en sangre y odios, puede detenerse y ponerse de acuerdo en algo hermosamente simple: leer.
Con esto, para los que se opongan, por costos y por tiempo, nos reservaremos nuestra duda de su genuino interés por el futuro de un país que ya agoniza.
El que hasta acá haya llegado sin reírse, gracias. Es tan solo una idea, peores cosas se han dicho en este país, y peores cosas se han hecho. Solo que hay que leer para saberlas. Y las personas que a esta insólita inquietud, le dan el valor de la duda, gracias. Hay cosas que recuerda la historia con alegría, que nacieron cuando un cuerdo escuchaba a un pobre loco.