domingo, 25 de noviembre de 2012

La bibliotecaria de Basora





“En el Corán, la primera cosa que Dios dijo a Mahoma fue: lee” 
Alia Muhammad Baker


En junio de 2003, un reportaje aparecido en las páginas del New York Times, narra la iniciativa de una mujer iraquí de 50 años, que al inicio de la guerra de Iraq, se da a la tarea de rescatar  el patrimonio bibliográfico de la ciudad de Basora.

“La casa de Alia Muhammad Baker está llena de libros”.  Así comienza el artículo en mención, al referirse a la gesta de la bibliotecaria de la Librería Pública de Basora, que tras apelar a las autoridades de la ciudad por el rescate de los libros de la  biblioteca, encuentra que es en ese mismo edificio, donde se ha de instalar el centro de comandos de las fuerzas iraquíes, haciéndolo blanco propicio a los aviones ingleses. 

Desde antes de la guerra, Alía ha comenzado  a trasladar libros a su propia casa. El día del arribo de la fuerza aérea inglesa a Basora – 6 de abril-,  esta heroína de la cultura, se da a la tarea de sacar los libros de los estantes con sus propias manos. Con la ayuda de un vecino y de vendedores de las afueras de la biblioteca, logran sacar la mayoría de libros y esconderlos en un restaurante aledaño. Posteriormente, traslada todos los 30,000 libros a su casa. Entre esos libros se encuentra una biografía del Profeta Mahoma datada en el siglo XIII; libros en ingles, árabe y un Corán escrito en español.

Tras el incendio de la biblioteca, Alía sufre un derrame cerebral. Tras recuperarse,  trabaja en la reconstrucción de su querida biblioteca.

La escritora norteamericana Jeannette Winter, lee el artículo del periódico neoyorquino, y  escribe un hermoso libro recapitulando la historia.   El libro ha sido publicado en español por la prestigiosa Editorial Juventud.

La autora ha escrito diferentes libros infantiles que cuentan los grandes heroísmos de las personas por el rescate y la promoción de la cultura y la educación en Colombia y Afganistán.

Hoy, que bombardean Gaza, ¿qué otra historia brilla detrás de la oscuridad de la muerte?


lunes, 19 de noviembre de 2012

Cisnes de pan y turrón





Cisnes de pan y turrón.

Publicado originalmente en Diario Colatino. Revista TresMil.

Sobre la cuarta calle oriente, en el tramo entre el parque Bolívar y la parte trasera del almacén Simán, en San Salvador, existía una panadería. No he podido recordar ni averiguar su nombre pero era allí, donde se vendían unos exquisitos cisnes hechos de pan y turrón. El cuerpo del cisne lo formaban dos trocitos que semejaban alas,  pegados ambas partes por un delicioso turrón blanco. Era en este turrón, en el centro del cuerpecito del ave, que se incrustaba otro trozo delicado de pan, con la forma del cuello y la cabeza. Su tamaño era el justo para caber, y nadar, en la palma de la mano de un niño de cinco años.

Los colocaban en unas cajitas pequeñas, donde se podían acondicionar, sin estropearse mutuamente, unos cuatro de aquellos cisnes. Su olor, era fresco, dulce, pero sin exceso, y se mezclaba en él, el azúcar, el huevo hecho miel vaporizada, la harina hecha pan oscuro y sin duda, alguna vainilla invisible que coronaba el aire a metros de distancia, y que el olfato de cualquier niño reconoce sin nombrar como algo delicioso. Así, al pasar por enfrente de aquella panadería, uno se retrazaba, se jaloneaba de la mano que lo sostenía, y quería conocer, que va, saborear ese misterio tibio y casero, que por la puerta se escapaba hacia la calle para disiparse en deseo.

A veces, uno era afortunado y los pasos queridos de la madre, de la tía, o de la abuela, no pasaban de largo, sino, que se detenían brevemente en esa puerta con gradas, para- ¡ah, que sorpresa!- escalar al paraíso de donde provenía ese aroma cuya forma uno ya conocía.
    
Veo frente a mi, los mostradores, que llegados a la altura de mi frente, encerraban una inmensa variedad de reposterías y panes, mas la vista hurgaba, con desespero, por el lugar donde descansaban, en filas, aquellas hermosas criaturas de cuellos delgados, altivas en su pequeñez,  diminutas en mi mano, pero inolvidables en el sentir del tierno paladar de los infantes, al punto, de cruzar los lustros y las décadas, y seguir en la memoria tan frescas como su olor mismo, como su forma.

¿Qué manos prodigiosas habrán dado vida a esas criaturas del aroma? ¿Quién, fue esa persona, que en silencio, frente al abrasante calor de un horno, trabajaba para hacer surgir el milagro repetido, como llama al pan Neruda? ¿Dónde está, dónde se habrá ido, injustamente olvidada por las gentes mayores? ¿Cuál era tu nombre: Juan, Sonia, Pedro, Carolina?

Donde estés, si es que aún estás en este mundo, gracias por llevarme, por virtud de tu oficio, al centro de un terruño desaparecido, al corazón de mis recuerdos, que conservan intactas las obras de tus manos, desde el sagrado anonimato de los que sin proponérselo, van construyendo el mundo de los otros.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Por qué escribir






Dijo Marguerite Duras, que para continuar viviendo,  para soportar la vida. Carlos Fuentes declaró alguna vez que para poner orden en aquello que está disperso…disperso en la memoria y en la historia.

Quizá para que el caos de las cosas que nos pasan, den la impresión de tener alguna dirección, cierto ignoto sentido, que con palabras,  tinta y papel,  de la impresión de hacerse visible.

¿Por qué escribir?

Por la costumbre, dice José Luís Sampedro de “poner la oreja hacia lo que tengo dentro y tratar de contarlo.” Y continúa: “porque para mí escribir es vivir”.

¿Por qué escribir?

Tal vez para consolarse; pero también, para purificarse. Para contenerse; pero mucho más, para desgarrarse. Para que, desde ese ensimismamiento en nosotros mismos,  podamos saltar después a abrazar  el mundo entero, con la valentía que dan un puño de palabras hasta ese instante nunca dichas.

Para descubrir las palabras,  para sorprenderse de su estatura y de su pequeñez; para dejarse seducir por su luminosidad; para arrobarse con su profundidad, para entristecerse de su vacuidad y de su  incapacidad de referir lo más profundo de nosotros.

¿Por qué escribir?

Para que esa vorágine que se llama realidad,  se someta de alguna forma a la manía  inútil de hombres y mujeres,  de ordenarla, de recordarla, de precisarla, de enumerarla, de describirla, al fin, de contarla. Es que en medio de toda nuestra sustancia humana, estamos hechos de historias: se escribe para contarse la  historia de uno y la historia de los otros.

Se escribe para saber; pero también, para conocer aun más, esa  grave ignorancia de las cosas. Esas que hacen lo que uno es: su circunstancia.

Para esquivar la mortal limitación que la vida y el tiempo  deparan en cada amanecer. Para tontamente, obviar el sentirse mortal y pretender perdurar en palabras…

¿Por qué escribir?

Para aclarar aún más las bellas lecciones con dolor aprendidas. Pero también, para espesar  la amarga oscuridad que cubre  los ojos  en cada acto fallido.

Para intentar ser, al mismo tiempo, atrevido y sabio,  valiente y egoísta: un angustiado Job, un sereno Salomón;  un pretensioso Prometeo, un vano Narciso. Pero también, una paciente Helena o una apasionada Bovarí.

¿Por qué escribir?

Para encontrarse y para perderse. Para levantarse y para sucumbir. Para acercarse al mundo y para exiliarse de él.

Se escribe, quizá, porque el silencio enseña que debajo de él, se incuban tempestades, terremotos, nacimientos y milagros.

Se escribe, a veces, para la bondad, para la belleza, pero también para la maldad, el crimen y el pecado.

¿Por qué escribir?

Sobre todo, se escribe para soportar cada dolor, para trasmutarlo; pero también,  para engrandecer el amor y eternizarlo.

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miércoles, 7 de noviembre de 2012

Carlos Cañas : Premio Nacional de cultura



El Sumpul



Mestizaje Cultural


Se ha reconocido la labor de Carlos Cañas, ¡en horabuena!


Tu eras el que cuidaba las golondrinas por la noche y hoy...


Las golondrinas del Teatro revolotean..


Felicidades Maestro.










martes, 6 de noviembre de 2012

Como una caja hecha de música y palabras





Como una caja hecha de música y palabras.

(Publicado originalmente en Diario Colatino. Revista TresMil en Agosto 2011) 


Recuerdo nuestro antiguo radio. Mi abuela lo compró allá por los años 50, cuando ella aún era joven... He sabido que lo compró en el almacén Philips, que se ubicaba frente al parque Bolívar, sobre la Calle Rubén Darío. Era aquel aparato una caja cuadrada color crema, con una cubierta oscurecida. Dos botones tenia simplemente, grandes ambos: uno para sintonizar las emisoras y el otro para ajustar el volumen; un botón a cada lado, colocados a los extremos de una línea de números negros. Estaba siempre ese radio puesto allá, arriba de ese  ropero de madera que siempre estuvo allí con nosotros. Un radio inalcanzable, empotrado para siempre en los días de mi infancia, a una distancia que  resultaba imposible a cualquier curiosidad o travesura que pudiera ocurrírseme.

De allí, de ese radio, emergieron los personajes de los cuentos infantiles que la Radio Nacional trasmitía cada tarde: La caperucita roja, Hansel y Gretel, La bella durmiente… De esta forma, yo miraba frente a mí la imagen de aquellos dos infelices niños que su madrastra perdía en el bosque y que una mala mujer quería devorar. ¡Con cuánto horror “veía”  a aquel niño sacar su falso  dedo por entre los barrotes de su encierro, y engañar a su victimaria!  Temblaba yo al imaginar que fuera descubierto… 

¿Cómo podré olvidar el sonido del hacha que golpeaba el tronco de aquel árbol de frijol, para que el gigante cayera?  ¿Cómo espantar de mí, la voz de aquella bruja que ofrecía a Blanca Nieves una roja manzana? Mi infancia se llenó de esos temores. Y así, el mal hizo su presencia por primera vez en mi vida, venido de esos cuentos, que como se sabe,  nunca fueron cuentos escritos para niños.

De aquel radio también, a través de voces que no comprendía, venían las noticias del mundo de allá afuera. Quizás se anunciara ahí, que un día por la tarde, jóvenes estudiantes eran aplastados por tanques sobre el puente que está enfrente del Seguro Social; que arribaban a El Salvador por el aeropuerto de Ilopango, los protagonistas de Titanes en el rin; que no sé cuantos salvadoreños marchaban a construir Arabia Saudita; que mataron un poeta; que Borges se casaba con una muchacha de 18 años (pese al desacuerdo feroz de mi familia); que mataron a John Lennon; que moría Elvis Presley; que el FAS perdía cuatro a uno  contra  el Olimpia, en Paraguay…

El mundo parecía llegar a mí a través de aquella extraña caja, sin saber, que era yo quien arribaba al mundo por su venia.

De allí venían las canciones que mi madre cantaba. Conocí a Pedro Infante, sobre todo; a Javier Solís,  a Camilo Sesto, y un poco después a Julio Iglesias. Este último, era el que más nos visitaba a la mitad de la mañana. Y de allí, de ese radio,  venían, y continuarían viniendo con los años, esos extraños cantos a la que con el tiempo me fui acostumbrando. Digo cantos extraños, por decir un nombre. Para mi eran voces que me hablaban en una forma  desconocida. Voces  diferentes a las que había ya escuchado; todas distintas…pero finalmente envueltas en un sonido común, como una lluvia; en un fluir rítmico, como un río o cascada llena de rumores incesables.

Llegaban estas voces en un idioma incomprensible. Aparecían a todas horas. Llenaban la casa, -o las casas que en nuestro peregrinar fuimos habitando-,  desde el  piso hasta el  techo, y de pared a pared. Llegaban cuando se iba la tarde, -a esa hermosa hora donde una tenue luz precede a lo que va a ser un firmamento estrellado-, para luego quedarse por la noche,  la oscura noche, llena aun de las horas quietas de esa edad donde el tiempo nunca acaba..

Sé que unas voces eran de mujer, de mujeres, y distinguía otras varoniles. Pero me inquietaban aquellas irreconocibles para mí, en su género, como de niño y niña, de hombre y de mujer al mismo tiempo. ¿Qué extraña persona podía articularlas? Les escuchaba furibundas. Les oía tiernas, melodiosas, casi al borde del llanto o del sollozo mismo que emerge de un dolor inconsolable, para luego, volverse violentas, iracundas, recias y secas… Y el espacio se llenaba de esos sentimientos.

 A veces, aparecían de repente en un pasillo. Venían de debajo de las escaleras, o provenían del jardín. Quizás se metían por los ventanales o las abiertas puertas que daban a la calle. Me rodeaban, me cercaban como muros trasparentes de sonidos humanos, es decir,  de voces que se agrupaban en el cauce invisible que las contenía, para luego estallar en manantial, o en un riachuelo que no cesaba de correr; que chispeaba, que se arremolinaba, para luego volver a su fluir sedoso o a su saltar abrupto… Y se fueron quedando en la memoria. Tal vez, fue que las imaginaba en su ausencia, las evocaba de alguna forma en mi infantil manía,  no como eran, si no, como podían ser recordadas: susurros, onomatopeyas inventadas, suaves golpes en el tambor de mis juguetes. 

Cuando no eran voces…era creo…música. Música despojada de palabras. La diferenciaba de aquella otra confluencia de sonidos -que hoy reconozco como ópera, o en su caso, como aria, cantata o coro-, porque ésta estaba sola. Sola consigo misma, sola en su todopoderosa presencia. Sola, en su infinito repertorio. No necesitaba nada, a nadie, se bastaba sola. Su imperio era absoluto sobre todo lo que le rodeaba.

Ahora, parece tan simple nombrar aquello, sustantivarlo con la palabra música. Pero no sé cuando la empecé a nombrar así, a ponerla a parte de las cosas, de los otros sonidos. Porque es un misterio cómo los humanos llegamos a ese momento en el cual,  llamamos a esos sonidos con ese suave nombre… música. ¿Cuándo pasamos a distinguir los cantos de un violín, los tonos de un piano, de… digamos, el pasar del viento, el lejano gorjeo de las aves, o el sonido de las ramas? ¿En qué preciso momento, siendo niños, decimos de ésto, música, y de aquéllo, lluvia? Lo ignoro. Creo, que hay un momento en que la naturaleza y la música son la misma cosa en el oído de las almas infantiles, en que lo que nos rodea es un todo, y por lo tanto, es un todo lo que oímos. Tan bello esto que escuchamos cuando pasamos por un parque y zumban las abejas;  tan misterioso, como lo que viene de allá, de esos instrumentos en el centro de la plaza, amenizando la tarde de un domingo, o la conmemoración de aquella estatua.   

Es que de las cosas, de los elementos, de su crujir, cuando es rama que se mece; del quebrarse, cuando es tronco que se tuerce; del soplar, cuando es viento que se mueve; del chisporrotear, cuando es fuego que se enciende y que se expande; del fluir, cuando es agua que se escapa; del rugir, cuando es trueno; del gemir, cuando es tormenta o mar embravecido,  quizás de ahí, los humanos fuimos inventando otro lenguaje para que dialogara con las cosas, y pasamos, de la voz, de las manos -que se rozan, se golpean o se ahuecan- al  tambor, que fue ya  trueno; a la concha, que fue ya ave; a las cañas, que fueron  brisa cantarina. Y fuimos aprendiendo otros lenguajes, hasta llegar al enamorado cantar de la guitarra, al alegre bullicio del charango, a la saltarina marimba, al recatado chelo, a la fastuosa trompeta, al magnífico piano, al divino violín, a la dulce flauta, al serio oboe, al ronco trombón, al irreverente platillo, al sutil triángulo, al refunfuñante bajo.   

 Pero digo… aquella música que salía de ese viejo radio, estaba sola con su maravilla. Y empapeló paredes y repintó puertas; y abrió ventanas. Puso todo de un color nuevo: le sacó brillo a los tejados y se convirtió por último, en un resplandeciente eco de mi corazón. Pero era difusa…Me parecía similar esa de ayer, a la de este día, o a la que escuchaba después. Hasta que un día,  con los años, empecé a distinguir sus melodías, -venidas del marfil y la madera, del cuero y del metal- que conservan la memoria de sí mismas, y que se vuelven siempre a su acordada forma, a su mismo origen. Una tarde, quizás, dejé de ver lo que miraba, para buscar algo que reconocí, que recordé, porque era hermoso: esa sonata de Bach, Jesús, gozo del deseo de los hombres, que reconocí en medio del ruido de un anuncio comercial.  Sé que ya la había disfrutado, y la reconocía mi memoria como se reconoce la presencia de alguien que queremos. No sabía cómo estaba ahí, cómo se llamaba, quién la había imaginado. Tan sólo disfrutaba de, otra vez, haberla encontrado, como cuando en la adultez, vuelve un amigo de la infancia.

Después, pasé de los reencuentros, a dejarme sorprender por su visita inesperada, hasta atesorar mi memoria de sus invisibles formas; hasta que se volviera…  equipaje, acompañante,  en mis viajes constantes al destino, donde hallé amor, dolor o desamparo. En mis regresos, subido en la nostalgia,  hacia el  pasado, y en la ruta  de los sueños, sobre la proa de las ilusiones, del futuro.

Aquella caja,  que era de mi abuela,  fue uno de todos los obsequios que me ha dado. Lo puso enfrente de mi vida sin decirme nada, como se entregan los regalos más preciosos. La he buscado entre sus cosas, sin encontrarla. Le he preguntado a su dueña que dónde la puso, pero ella ya no se recuerda de qué le estoy hablando…Mas me alegra verle sonreír emocionada, al escuchar en una tarde a Pavarotti cantarle  O sole mio.  

domingo, 4 de noviembre de 2012

El arte y la realidad




El arte y la realidad.

(Este texto es la primera parte del articulo titulado Literatura e historia en El Salvador: 1929-1998. Publicado en la Revista Amsterdamsur, Holanda, Invierno 2011)

La pobreza, la injusticia social, la presencia del bien y del mal en el mundo, la existencia misma del pobre como personas reales que cargan el sufrimiento del mundo,  más que  un problema estético, han sido, para   la persona entregada  a la creación   artística, un problema ético, y más aún, ha significado una actitud  política que directa o indirectamente ha afectado su arte creativo. Y es que, la verdadera obra de arte, aunque nazca o se inspire en un hecho concreto donde ese mundo se manifiesta, en una circunstancia precisa que acontece en ese mundo, tiende por su unicidad y significado, a ser universal, a abarcar diferentes sucesos en el tiempo y el espacio, y aun más, a guardar su lugar en el futuro, como creación viva.

Es esa actitud política- es decir, actitud ciudadana-  y es esa actitud humana, la que hace que Picasso nos herede su Guernica; Neruda sus Odas,  Rulfo, sus cuentos, Gorki su novela y Dante, un idioma. El arte no escapa de la realidad, de sus preocupaciones y ocupaciones,  ni de las utopías que toda realidad que quiere ser transformada, conlleva. Pero,  lo particular  en el arte, es que junto a esas circunstancias objetivas, la pasión y la afección de la persona que crea, hace nacer una obra irrepetible que no sólo va hablar de las cosas de su tiempo, y de sí misma, sino, de las cosas de otros tiempos, y de todos nosotros. Por ello pervive la tragedia griega, la épica de Homero, porque sin obviar la guerra entre los humanos, hace que recordemos una pasión de amor,  o una esperanza enamorada.... 

Lo que rodea al Quijote, y los que lo observan o encuentran, o dialogan con él, o son apaleados por él,  son personas de su tiempo, estaban y están ahí, y ahí los ha dejado Cervantes para la eternidad. Pero la pasión y el amor del héroe más digno de la historia de la literatura, capaz de haber creado un carácter  para la humanidad toda,  no por ello pierde brillo estando inmerso en su tiempo y en su espacio. Ya la llanura española no existe sin su flaca figura. Como si sólo fuese él, siendo en su circunstancia.... en su mundo.  

Entonces, si la realidad  obtiene una manifestación distinta  en el plano del arte, pues como tal, el arte viene a ser una  cristalización irrepetible de esa profunda , compleja y genuina subjetividad – la de ese o esta  artista-  en  su mundo concreto, entonces, esa trasmutación de la realidad que hace esa persona- artista, provoca que en un momento determinado,  el mundo, en lo peor y más triste de su materialización física y espiritual, nos afecte de una forma distinta a través de su creación,  que en sí, ya no le pertenece a quien la crea, sino, que ya es parte de la  realidad misma, de la comunidad de personas de este mundo, en el presente y en el futuro. Y aquel afectar puede resultar aún más significativo y perdurable, que la simple y directa mirada sobre las cosas.

Pero hay algo muy importante en la función del arte, pues cuando escribe Ana María Matute, que  “la alegría no nos necesita”, se sigue que la alegría se basta a sí misma para vivir en el mundo, en tanto que la tristeza, esa actitud primera frente al mal del mundo, nos necesita para hacerse más patente entre nosotros. Pareciera que destacar lo bello, lo bueno y lo verdadero siempre nos es más grato que develar lo feo, lo malo y lo falso.  Y de esta forma, una parte esencial del verdadero arte parece ser siempre que este, nos habla de lo triste.

Por otro lado, cada expresión artística, alberga la posibilidad de contribuir, a despecho de sí misma, a crear una más amplia mirada del mundo, de la vida de las personas, de su sino y destino, de sus sueños. Y en su vivo reposo, este libro, o aquel lienzo, nos vinculan a la historia misma hasta sus nimios y tristes detalles de existencia.

Los pobres en la Revolución Industrial -esa comunidad vista tan claramente en las obras de Charles Dickens-; las masas anónimas que esta nueva sociedad capitalista empieza a crear, retratados en los lienzos de Vincent Van Gogh, continúan viviendo a nuestros ojos, y de esa forma, nos permiten percibir una realidad en movimiento, de manera simultánea: pasado y presente se funden. 

Ese lienzo de aquellos, "Los comedores de patatas" del apasionado pelirrojo holandés, son un inmenso grupo de gentes que habitan en cualquier rincón del planeta. Son los mismos que existen en Los Miserables de Hugo,  en La guerra del fin el Mundo, de Vargas Llosa, en El Llano en llamas de Rulfo y en los poemas de Miguel Hernández: son los niños hortelanos, que  por supuesto, también existen en Cuentos de barro del salvadoreño Salarrué. 

Pero el arte nos hace de igual forma, ver o soñar el futuro. Así, sobre la literatura, el mismo Carlos Fuentes siempre ha afirmado la posibilidad que nos brinda de imaginar el pasado y recordar el futuro. De que el escribir, esa acción de poner en orden aquello que está disgregado, permite el arribo a esa fugaz percepción de la circularidad misma del tiempo humano. Es en este punto del futuro que el arte nos conduce silenciosamente, subrepticiamente... a la utopía. Y la obra de arte puede resumir, condensar si se quiere, o contener la inmensidad de un sueño de futuro de todo un grupo social, de una clase, de una nación, tal vez, de una época.