lunes, 20 de agosto de 2012

Wakefield: el cuento maldito







No sé si a veces la literatura realiza o promueve un designio. No sé, si un cuento es capaz de definir un destino, el de algún lector: su víctima. No sé, si ha ocurrido antes, que lo alguna vez escrito se vuelva profecía, oráculo aterrador de alguna vida.


Adquirí ese libro ya hace 20 años, en las cercanías de aquella pequeña plaza San José, quizá en una calurosa tarde de San Salvador.  Me lo traje conmigo… Por años he visto el lomo de ese libro en el estante o sabía de su existencia en una caja cercana. Sin atreverme a abrirlo, tan siquiera a tocarlo.

Sabía que estaba allí, como una maldición escrita solo para mí. El terror y el más  insoportable dolor me invadían de lleno al repasar en el recuerdo, su argumento, tan siquiera. Sentía ese libro, ese cuento, burlarse, señalarme con un dedo acusador; quizás, sonreírse satisfecho al ver mi propia vida. Para mí era un libro maldito, en el que una vez leí una historia que al imaginarla en mi vida la sentí insoportable, para luego, sin quererlo, vivirla dolorosamente hasta la locura y sus delirios.

Ignoro las razones de no haberlo regalado, tirado lejos de mí en los momentos más punzantes de mi desgracia. No sé por qué no me deshice de él, como él se deshizo de mi vida. Creo que tal vez, en el fondo de mi ser, quise vencerlo en sus designios, ya estando yo derrotado por el peso de su misterio.

Wakefield, escrito por Nathaniel Hawthorne en 1842, “como estudio patético de las posibilidades humanas, anticipa [  ] las invenciones de Kafka”, reseña Borges en la edición de 1976 de Premia editora, (en la traducción de Luis Miguel Escartin). Y es que el personaje de Mr. Wakefield con su conducta, retrata rotundamente lo que más de las veces las impasibles causas y las decisiones humanas, hacen con la vida cotidiana, esa que nos hace ser lo que somos.

El cuento retrata como se abren, con la distancia,  momento a momento las heridas humanas, hasta volverse abismos insalvables, para luego, hacernos dejar de ser lo que un día fuimos. Y atestigua con insuperable fuerza, “que el hecho de salir por un momento de su sistema expone al hombre [a la persona ] al riesgo espantoso de perder para siempre su lugar propio en el todo del mundo.”

lunes, 13 de agosto de 2012

Crónicas de Arturo Ambrogi


Crónicas de Arturo Ambrogi

Publicado en Revista Contrapunto

Arturo Ambrogi (1874-1936), fue un escritor que poseía la tan rara facultad de la fina escritura,  pero sobre todo, este salvadoreño de entre-siglos, fue un cronista excepcional y junto a ello, un viajero incansable, un cosmopolita en el más extenso sentido del término.

En el año 1996, bajo el titulo de Crónicas, y con el auspicio del entonces Consejo nacional para la cultura y el arte, se publicó un conjunto de breves escritos (24 en total) procedentes de tres de sus trabajos principales: Crónicas marchitas (1916), Marginales de la vida (1912)  y Muestrario (1955). En conjunto, la obra es un recuento de relatos de vida del escritor en su peregrinaje por el mundo, pero principalmente un contar de encuentros con personalidades sobresalientes de la literatura y el arte latinoamericano.

Se inicia el libro con la visita que Ambrogi hiciera a la casa de Rubén Darío en el año 1915, en una de sus estancias en la ciudad de Paris.  Sobre ello escribe: “Esta visita, al llegar, de paso, a Paris, más que la satisfacción de un deseo, es para mí el sagrado cumplimiento de una obligación.”  Durante su permanencia en Buenos Aires, 17 años antes, el poeta nicaragüense había sido – aclara el escritor salvadoreño-  como un “hermano mayor”. Y amplia: “[ ] y el cariño y la gratitud hacia el querido maestro, perduraba, viva, al través de los años”.  (pág. 11)   
De igual forma se incluye la crónica del encuentro con el gran poeta guatemalteco Enrique Gómez Carillo en 1913, en la misma capital francesa.  Aquí anota: “Es Enrique en persona quien acude a abrir. Al través de los años le reconozco. Alto, grueso, vestido de claro. Un si es no es desgarbado. En el ojal de la solapa, un clavel mustio…”  Con minucioso detalle Ambrogi nos describe la habitación del poeta:

“Atravesamos un recibimiento vacio. Penetramos en el estudio. Quieto, apacible, silencioso retiro, a la vez escritorio, biblioteca, reposoir. [   ]  Sobre las mesas, , sobre los veladores, hay agobio de libros. Los estantes están abarrotados de libros: libros estampados, en correcta ringla; libros a la rustica, hacinados, regados en los radios. Por la alfombra, por las butacas, hazas de libros: siempre libros y libros. “ (pág. 27)

Así, Ambrogi nos descubre cada encuentro en sus mínimos e importantes detalles; nos revive una emoción lejana y un cúmulo de sentimientos que a lo largo de esos momentos, van de la admiración, el respeto, el cariño; hasta la extrañeza y la triste desilusión.  Como en su visita al poeta veracruzano Salvador Díaz Mirón (1853-1928), de quien recuerda “la inflazón del tremendo orgullo, del hartazgo feroz de vanidad”.  Al final de la crónica escribe: “Cuando dos años después pasé por México [   ]  No intenté ni verlo.”  (pag.111)

De Leopoldo Lugones nos cuenta, en su encuentro de enero del año 1998 en casa de Luis Berisso: “Desde aquel memorable día, fuimos Lugones y yo, grandes y buenos amigos, no como en las autógrafas oficiales, sino sencillamente, como dos compañeros de galera, con la diferencia, y bien enorme por cierto, del valer y del poder” (pág.96)  Pero va más allá, y nos deja un retrato minucioso del gran poeta y escritor argentino cuando detalla:

No hay nada de rudeza en el cuando se le trata íntimamente. Aunque el que le vea por primera vez, le tema y se le antoje un “intratable” [  ]  Lee muchísimo y de todo. [ ] Es intransigente en sus juicios, personalísimo en sus apreciaciones, y su gusto es incomprensible [ ] El hizo caer muchos de mis ídolos, desvanecerse o atenuarse muchas de mis injustificadas pasiones”. (pág. 98) 

Luego, nos hallamos con Pablo Groussac (1885-1929),  que un día fuera director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires; con José Ingenieros, aventurando con el salvadoreño en las calles de Montevideo. Nos dibuja la imagen portentosa de José Enrique Rodó, y por supuesto,  el importante descubrimiento del joven Antonio (Toño) Salazar, a quien Ambrogi le urge que abandone El Salvador para poder desarrollar todo su talento.

El libro es exquisito. La prosa encantadora. Hecho como está, Crónicas, es una fuente de gozo para cualquier lector latinoamericano que quiera abrevar su sed, sobre esas fructíferas décadas de principios del siglo XX, donde se asienta quizás lo mejor de nuestra gloria intelectual y artística.    

martes, 7 de agosto de 2012

El Aleph prodigioso



El Aleph prodigioso.

(Publicado en Revista Contrapunto. Agosto 2012)

Releyendo esa maravillosa obra que sobre Fernando de Magallanes, escribiera Stefan Zweig, me sorprendo en una tarde de domingo, en uno de esos lugares donde muchas personas se congregan – llamados por el olor del café-  con sus respectivas soledades y silencios, a pasar las horas con sus   miradas atentas sobre las pequeñas pantallas de sus computadores y tabletas.

De repente, me sorprende ser el único en ese sitio, que en lugar de algún dispositivo electrónico, tiene un libro en sus manos. Este hecho, pienso, me da ciertas limitaciones, o tal vez, me da ciertas ventajas. No lo tengo claro. Me intriga saber qué ven en ese momento preciso, qué observan, qué leen los otros; y si de alguna forma su mirada es más profunda, más amplia, de lo que yo experimento al leer como aquel famosísimo personaje contornea con su nave el África y  se avoca a la actual Singapur; o como navega sobre gélidos mares bordeando la actual Argentina y penetra en un hasta ese momento desconocido estrecho, ¡laberintico pasaje! que hoy lleva su nombre.

 Al leer trato con mi mejor esfuerzo de imaginar el mundo, de recordar los trazos de un globo terráqueo, de comparar fechas, de visualizar rostros. No estoy seguro si eso puede ser mejor sustituido, con un esfuerzo menor, con la ayuda de algunas de esas pequeñas y sorprendentes máquinas que me ubicarían en un lugar preciso del planeta con una visión inmediata y llena de plena  nitidez. Podría consultar todas las fechas, y evocar tal vez, claros retratos de históricos personajes. Todo un universo de cosas para mí inalcanzables con mis modestos recursos mentales.

De inmediato recuerdo una semejanza que algunos creen encontrar entre un relato de Jorge Luis Borges y la invención del internet. No sé, si lo que Borges quiso ver en el Aleph fue  - como afirman-  la profecía de un universo cibernético. Esa noción que él resume cuando dice que aquello era “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”, o cuando apunta que: “ [el ] espacio cósmico estaba ahí [  ] Cada cosa [ ] era infinitas cosas, porque yo claramente las veía desde todos los puntos del universo.” (El Aleph, Emecé, 2005. pág. 241)

No obstante, creo ver en esa visión inusitada, algo más que eso que la mente humana ha creado para facilitar sus funciones más complejas. De muchas maneras, como bien dirá del lenguaje el mismo autor, pese a que la realidad es omnipresente y multisensorial, el contacto consiente con ella a través de la percepción o la memoria, por ejemplo, es sucesiva ( y yo agregaría, selectiva). De no serlo, quedaríamos atrapados en un laberinto infinito de recuerdos  -como ocurre  en Funes el memorioso, quien pensó, escribe Borges en ese cuento “que en la hora de la muerte no habría acabado aun de clasificar todos los recuerdos de la niñez”. Ver Ficciones. Emecé, 2002. pág. 169 - , con lo cual se desquicia el diario vivir de nosotros los mortales.

El argentino lo aclara: “lo que vieron mis ojos  fue simultaneo; lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es.”  Para luego anotar: “Vi el populoso mar,  vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto [ ]”.

De esta forma, la simultaneidad es el principal atributo de esa visión borgiana del Aleph, que es como un sueño. Y… “qué sucede al despertar? Sucede que, como estamos acostumbrados a la vida sucesiva, damos forma narrativa a nuestro sueño, pero nuestro sueño ha sido múltiple y ha sido simultaneo” (Siete Noches. FCE. 1995, pág. 37)

En un conferencia sobre Nathaniel Hawthorne, que aparece en su Antología Personal ( Bruguera, 1980) hay una idea parecida. Allí, Borges refiriéndose a una narración del escritor norteamericano y a su significado, dice: “es un símbolo múltiple. Un símbolo capaz de muchos valores, acaso incompatibles. Para la razón [ ] esta variedad de valores puede constituir un escándalo, no así para los sueños que tienen su algebra singular y secreta. ”.( pág. 235).

Quizás lo que Borges vio en el sueño, en la pesadilla, eso mismo que pudo imaginar en ese punto donde convergen todos los puntos, sea lo mismo que hay en la escritura y su relación con el lector. Tal vez no sea, un objeto en sí, o una suma de cosas, sino más bien, un encuentro, una vivencia: esa que se produce entre el que lee y el que escribe, mejor, entre lo escrito y el lector. El internet por sí solo, no tiene ese milagro.

El signo de la escritura tiene el prodigio de ser múltiple y la capacidad de ser simultanea. Pero ese prodigio y esa capacidad solo se revela en el encuentro que se produce entre, digámoslo así, el libro y su lector.  La proeza de Magallanes es un hecho de múltiples significados para la  historia, pero aun más, para la literatura. 

Pero lo es en tanto que quien lee, cree ver e imagina, aquello, que un segundo lector -aun creyendo e imaginando nuevas cosas-, no repite sus significados: cada lector hace converger sobre la pagina, múltiples puntos de un universo personal. Dos que leen lo mismo, leen cosas diferentes. Lo leído, contiene en sí, ambas interpretaciones y muchas por venir.   

Por lo tanto, quizá, no es el soporte, sino el texto. Sea electrónico o en papel, no pierde su profundidad, la que cada  lector le enriquece. Lo que tal vez se pierde en aquel, quizás… sea la intimidad. El libro que acaricio, hojeo y subrayo es mío, aunque lo comparta.  Me reconozco en sus páginas y en esos sus ininteligibles trazos de sus márgenes. Al cerrarlo, una parte de mi, duerme. Es decir sueña o recuerda la visión de mi Aleph prodigioso.  



 

jueves, 2 de agosto de 2012

Ortega y Gasset y las generaciones salvadoreñas



Josê Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo y las generaciones salvadoreñas.

(Publicado originalmente en Diario Colatino. Suplemento Cultural Tresmil en  mayo 2010)

 ¿Hacia dónde vamos como país? ¿Qué esperamos del futuro? ¿Es posible esperar un estado de cosas mejor que el que actualmente tenemos?

La creciente violencia social, el poderoso crimen organizado, la pobreza extrema, el terror cotidiano, la migración forzada, el desmembramiento familiar y la pérdida de la tradición comunitaria, son algunos de los problemas sociales que en el día de hoy definen el panorama social salvadoreño. Ante ello,  se anteponen aquellas interrogantes, y fundamentalmente la principal de ellas: ¿tendremos la oportunidad que la generación presente o alguna generación futura asuma sobre sus hombros, mejor que nosotros, la responsabilidad de transformar esta deshumanizante realidad en la que hoy vivimos?

El intentar una respuesta tentativa a esa pregunta, insoslayablemente nos remite a reflexionar nuestra propia historia, ha buscar en el pasado inmediato, huellas, rastros por descifrar, alguna perspectiva olvidada, tal vez, que nos permita atisbar el porvenir de nuestros actos como pueblo. Así, comprender nuestro devenir histórico, detectar sus tendencias, resaltar, si se quiere, esa serie de condiciones que han impulsado el desarrollo de fuerzas humanas dinamizadoras, de personas y grupos de personas gestoras de transformaciones sociales, propiciadoras cada  una de cambios históricos; acercarse en lo posible pues, a comprender los momentos que hemos tenido de ebullición de las ideas humanistas, justas y trasformadoras; de anhelos multitudinarios por un bienestar social  generalizado, es una tarea que nada tiene que ver con la nostalgia.

Porque dadas las circunstancias y urgencias que vivimos, esta es una tarea más aparejada al futuro, a la búsqueda de cómo se han producido aquellas tendencias preocupadas por humanizar nuestra sociedad salvadoreña, por mejorarla; al mismo tiempo, es una tarea  que  nos puede permitir que  podamos  preveer optimistamente lo nuevo,  podamos recuperar con una base objetiva,  el anhelo utópico por posibles hechos aún desconocidos, pero que auguren un cambio social que se enrumbe hacia una  paz robusta, hacia la seguridad ciudadana, hacia la vigencia real de los derechos humanos fundamentales en El salvador.


Y es que dado lo complejo de la realidad histórica por la que hemos atravesado, hay hechos que se escapan, que pasan desapercibidos en el estudio del pasado, que se han vuelto imperceptibles, al menos, para abordarlos de una manera que pueda develarnos una tendencia, no ya una ley. Porque a eso es a lo que, en el estudio de la historia podemos aspirar: descubrir tendencias posibles.  No obstante, esa  dificultad de descubrirlas, de pre-verlas para el futuro, ha sido muchas veces la virtud de la filosofía,  del filosofar, en ese intento permanente de “historización” del pensamiento, como lo urgía Ignacio Ellacuría.  Develar lo escondido, entonces, requiere una reflexión profunda sobre los incontables hechos de un devenir histórico, para poder penetrar con  afilado pensamiento, ahí, donde el ciudadano común o el científico social -pese a su cercanía a los hechos-, no ha podido percibir.

Hemos de recurrir pues - con confianza-, para introducirnos en el problema planteado arriba, al apoyo, al auxilio de la filosofía, del filosofar que haga más claro este trato con nuestra propia  realidad social, con nuestro propio quehacer, con nuestra propia historia.

En este sentido, al enfocar el cambio social, se ha discutido desde diferentes concepciones filosóficas, de la importancia de la dinámica de los  grupos sociales – sistema, grupo y poder-; de la dinámica que la lucha de clases impone a la sociedad; de la naturaleza dialéctica de la estructura social- infraestructura y superestructura-;  de las  instituciones sociales: familia, escuela, etc. y  del papel de la cultura, de la educación, para la transformación de esas instituciones sociales.  No obstante, hay una categoría de análisis  poco discutida y sumamente interesante,  la introducida por José Ortega Y Gasset en “El tema de nuestro tiempo”, publicado en 1923, a saber: el tema de las generaciones.

La generación, en el devenir histórico, es un grupo humano que va mas allá de la clase social,  que posee una “vocación histórica” determinada y que refleja la “sensibilidad  vital” de una  sociedad en un momento de su historia. Las hay de cambio y de continuidad,  agresivas y apáticas, deseosas de crear o conservar.

Pero dejemos hablar al filósofo:

“Las variaciones de la sensibilidad vital que son decisivas en historia se presentan bajo la forma de generación. Una generación no es un puñado de hombres egregios, ni simplemente una masa: es como un nuevo cuerpo social íntegro, con su minoría selecta y su muchedumbre, que ha sido lanzado sobre el ámbito de la existencia con una trayectoria vital determinada. La generación, compromiso dinámico entre masa e individuo, es el concepto más importante de la historia, y, por decirlo así, el gozne sobre que ésta ejecuta sus movimientos.”

Con ello entonces, queda un poco más  clara, por ejemplo,   la relación entre masa e individuo, líder y base social, tan discutida en el marxismo, y tan controversial. A la vez, y esta imagen es muy rica, la generación es un “gozne”, donde la sociedad ejecuta su movimiento, se diría, sus saltos, sus transformaciones, sus revoluciones.

Una generación trasciende la clase social,  ya se dijo, pero no la niega, sino, la completa. Y Ortega profundiza esta idea diciendo:

“Pero bajo la más violenta contraposición de los pro y los anti [ en una generación] descubre fácilmente la mirada una común filigrana. Unos y otros son hombres de su tiempo, y por mucho que se diferencien, se parecen más todavía. El reaccionario y el revolucionario del siglo XIX son mucho más afines entre sí que cualquiera de ellos con cualquiera de nosotros.”

Vengan estos conceptos a alumbra el punto central de este breve texto, primero,  una somera aproximación que permita destacar el cómo de  la generación más significativa, o, de las generaciones más influyentes del pasado siglo XX en El Salvador; segundo, que nos acerque al bosquejo de una generación quizá por venir, -si es que no ya ha arribado-, que impulse con energía renovada, los cambios necesario en la realidad presente en el país.

Las generaciones de nuestro pasado inmediato que en una primera aproximación se destacan, son aquellas dos que fueron portadores de una sensibilidad vital particular, generaciones jóvenes, generaciones deseosas de consolidar lo nuevo, generaciones inconformes con lo que encontraron en su mundo. Y acá, probablemente, atendiendo a esa guía teórica ortegeana, logramos -en un primer momento, digo- destacar y discutir a cerca de esas generaciones fundamentales de nuestra historia reciente: la primera,  tiene su apogeo, su cenit,  en la década de los años veinte, y la segunda,  en los ochenta

La primera, nacida a finales del siglo XIX, se ha de desarrollar hacia su edad madura a finales de la década del 20. Es una generación robusta, abierta a nuevas ideas, transformadora y valiente. En lo social y lo político, pasa por los movimientos campesinos y la constitución de organizaciones revolucionarias nuevas, y culmina su empuje con el levantamiento campesino y la Matanza del año 32. En lo intelectual y lo espiritual,  se completa  con los movimientos reformistas y las ideas revolucionarias vinculados al marxismo, al vitalismo masferreriano, al panamericanismo, al anti-imperialismo, la teosofía  y la utopía social que envuelve a  Centroamérica toda, en ese momento.

Es aquí, en aquel espacio –tiempo determinado,  donde las ideas de Alberto Masferrer y de Farabundo Martí, encuentran su momento, su espacio, su recepción más amplia, al seno de una generación sensible a ese llamado de cambio, de transformación y moralización social. Es una generación que ostenta una utopía nueva para una nación ya constituida que se estrena al siglo XX: la primera utopía de nuestro nuevo siglo.

Atrás ha quedado, como luz resplandeciente, la Revolución Mexicana, la Revolución Bolchevique,  el descontento con una Europa que pese a su ciencia y su cultura, ha ensayado la Primera Guerra Mundial. Y entre decepción, ahínco y nuevas búsquedas, se yergue en Centroamérica una década de las luces, sobre una generación de campesinos, obreros, intelectuales que sufren ya para 1929, los embates sociales -directos e indirectos- de una recesión económica mundial, y en nuestro caso, de la pauperización de grandes sectores de la población nacional. 

No se puede dejar por fuera el hecho de que este movimiento también se nutre de las ideas de soberanía Centroamericana y Latinoamericana, que tienen en Augusto Nicolás Calderón Sandino y en José Martí, sus principales fuentes de inspiración.

La segunda generación a comentar, nacida durante los años cincuenta, aparece inmediatamente después de las Segunda Guerra Mundial. Sus miembros, son escolares de primaria al el momento que acontece lo que más la ha de influir: la Revolución Cubana; y son adolescentes -¡he ahí lo más importante!- a la llegada de 1968, de los movimientos pacifistas en contra de la guerra de Vietnam y de las lucha por los derechos civiles y políticos en Tlatelolco, París, Praga, Berkeley y Washington.

Son hombres y mujeres salvadoreños/as, empleados/as, campesinos, obreros/as, maestros/as, empresarios, religiosos/as, que sufren los abusos de la exclusión social y de un militarismo salvaje, que cumplía medio siglo y que se fortalecía de una pesadilla norteamericana  que creó - lo que para ellos era- un monstruo amenazante: el comunismo. 

Generación que enfrentaba valientemente una política que consideraba, que para destruir aquel monstruo, era válido cualquier medio, incluso, la masacre de niños. Porque la masacre de niños significa: no más de aquella generación, no más de esa sabia, no más de ese ímpetu.

En su lucha, fue una generación nutrida de una creciente corriente religiosa: la teología de la liberación, iniciada a fines de los años sesenta, y de un revolucionario enfoque educativo, sustentado en una pedagogía también liberadora, cuyo principal texto, La pedagogía del oprimido se empieza ha escribir precisamente en 1969.  Pero no es una generación que sólo recoge, es una generación que crea, que diseña, que planea con increíble creatividad, los vínculos organizativos y los métodos de agenciarse algún día, el poder de decidir sobre los destinos de su propia nación.

Es esta generación, ahora profundamente politizada y dividida, la que marca el tiempo histórico de finales del siglo XX, con sus utopías, sus desilusiones y sus impotencias. Sus logros, sus alcances y sus enseñanzas. Y es la generación que hoy se aferra a un protagonismo tal vez, extemporáneo.

Observando sendos momentos, sendos ritmos históricos, encontramos algunas semejanzas. Curiosamente, Alberto Masferrer nace en 1868, - un año después que Rubén Darío- tiene casi 60 años cuando publica el Minimum Vital, y  48 años cuando retorna al país de su estadía en  Europa, el mismo año, en que Darío Muere. Es esa  generación joven que encuentra a su regreso, quien  le sigue. No es su generación quien recoge su pensamiento, es la generación que le precede: una generación modernista.

Cuando nace Roque Dalton en 1935, no es su generación la que fortalece y dinamiza ese egregio movimiento que quiere transformar la historia en El Salvador, es la generación que le prosigue la generación que lo cosecha. Dalton nace en una generación no destinada para izar las banderas, sino para hilvanarlas a sus astas. La que él deja trágicamente, es una generación acostumbrada ya, a otras lecturas: la de Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, por ejemplo. Y es una generación que ya conoce la invención de un nuevo mundo: Macondo.

Curiosamente, al escribirse “El llano en llamas” en 1953, comenta Rulfo, regaló muchos ejemplares que nadie compraba,  es hasta una generación posterior, la juventud que pasa por el 68, la que lee su obra: 4 millones de ejemplares para 1971.

El pensamiento del que crea, no tiene un eco inmediato, parece esperar los receptores más propicios, las generaciones ávidas de verdad, de cosas nuevas. Esas que mejor oyen a sus mayores, a los sabios: los ávidos de la mejor poesía.  Esos que creen tanto en sí mismos, que el propio mundo les es insuficiente tal y como se les presenta. Esos de oídos atentos, que saben crear los “ritmos históricos”.

Probablemente, la generación por venir en El salvado, esa generación que ya se está incubando al seno del presente, cuyas semillas quizás ya están sembradas, ha de elevarse animada con nuevas ideas, recitando nuevos poemas, y ha de surgir con una visión distinta de lo que debe ser un país. Una visión, quizás incomprensible e inaceptable para nosotros.  Circunstanciada por otras realidades, probablemente sea una generación que en el plano social,  cansada ya de la polarización, propondrá un proyecto común -para nosotros ahora inimaginable-; sobreviviente de la violencia, tal vez, proteja más la vida que nosotros, y sus formas de resolver los conflictos, intenten concertaciones inteligentes donde prevalezca lo humano, concretas, que aseguren beneficios acumulativos e inclusivos para toda la población (primero la más necesitada) ansiosa de poner por fin, un pié en la utopía.

Comprenderá esa generación, a lo mejor, que nuestra cultura, es ya bi-cultural, que la emigración nos transformó para siempre, y que siempre iremos y regresaremos distintos;  que tendremos, los/as salvadoreños/as un hogar en dos lugares, compartido,  y un idioma para trabajar y otro para amar, para jugar,  para soñar. Volviéndonos siempre hábiles para vivir en cualquier punto del plantea. Y que ese capital espiritual no es menos importante que las remesas monetarias. Y que esa juventud, al mismo tiempo nativa y extranjera, puede ayudar a poner los ladrillos del mañana en la tierra de sus abuelos.

Esa generación que se incuba,  cuando esté ya madura, cansada del discurso repetitivo de sus queridos ancianos, comprenderá, que un ciudadano sin partido puede también ser un gran ciudadano; que es tarde, que no se puede matar al monstruo del crimen y de la violencia, pero se le puede negar el alimento que nos quita: una juventud sin familia ni hogar, ni terruño. Y en su empeño por los lazos estrechos, por el cuido de más minúsculo jardín, y del más pequeño interés por las artes, las letras y el deporte,  debilitará el mal  robusteciendo la felicidad de los que crecen.

En 1930, en su escrito “La rebelión de las masas”, el filósofo al que hemos acudido, nos confirma: “Mundo es el repertorio de nuestras posibilidades vitales [ ] Representa lo que podemos ser; por lo tanto, nuestra posibilidad vital. [Pero] llegamos a ser sólo una parte mínima de lo que podemos ser. [… ] El mundo o nuestra vida posible, es siempre más que nuestra vida efectiva”

Nuestra generación,  ésta que aun punge por realizarse,  probablemente, no se ha percatado que cumplió sus posibilidades. Es evidente que está agotada. Con respeto ha de decirse que debe sentirse satisfecha, sí,  pero reconocer que está agotada. Ya sus fuerzas no son capaces de levantar las banderas del futuro. 

Tenemos que reconocerlo. Divididos, ansiosos de agua fresca, sí, no nos hemos dado cuenta que el pozo se ha secado.  Hizo lo que tenia que hacer. Le corresponde otra tarea: dejar que se incube el futuro con un actuar más sabio: ir cediendo los senderos que una vez ella misma desbrozó,  para ésos y ésas que por allá se asoman…