domingo, 16 de diciembre de 2012

Ayer enterré a mi abuela


A María Antonia Huezo
12 de diciembre de 2012

Silenciosamente, como antes de su muerte ella había vivido, su ataúd bajó a la tierra. Es decir, esta tierra, la de este país, que hoy visito para acompañar a esta menuda mujer, en su marcha.
Viviendo en el extranjero, la bondad de Dios y la buena voluntad de otras personas, me ha dado la oportunidad de estar a tiempo para velarla y enterrarla. Para conversar con ella a solas.
Con sus 91 años, llevaba en sus ojos apagados, imágenes ya olvidadas por todos o jamás presenciadas por ninguno. Recuerdo que en un cuento, Borges se pregunta sobre quienes fueron los últimos ojos que vieron a Cristo, y sobre qué cosas se han perdido con cada persona que muere.
¿Qué cosas se han perdido con la muerte de esta mujer, que engendró a toda mi familia?
Es que quizás, pese a la historia individual de cada vida humana, a cada uno el destino nos depara una memoria irrepetible de las cosas del mundo, de las que nacen de la bondad y de las que nacen del mal mismo.
Con élla, entendí que el mundo estaba dividido; que entre los ricos y los pobres habían fronteras infranqueables, que el mundo encierra mil mundos. Que mucho del sufrimiento humano no tenía designios divinos
Con élla, también entendí que somos buenos o malos, según cada circunstancia de la propia vida, pero que podemos ser buenos siempre pese a cualquier circunstancia.
Que cuando se roba un plato o una cuchara de plata de alguna lujosa cocina, ese valor material, podía transformarse en pan o en leche, para nutrir el vientre de quien iba a ser mi madre o mi tía.
Con élla aprendí, a entender desde muy niño, quienes sufrían y quienes vivían del sufrimiento ajeno. Quienes eran santos y quienes asesinos.
Yo la vi llegar descalza de regreso del entierro de Monseñor Romero. En su casa se pintaron las mantas que llevaban el rostro de aquel hombre por las calles. Dicen que dormía con un cuchillo en su delantal, para defender a sus hijos de un mortal secuestro nocturno.
¿Se podrá enterrar, me pregunto, la valentía? ¿Se podrá enterrar la bondad, la resistencia al sufrimiento?
Si una persona ha sido buena y muere ¿Muere la bondad? No lo creo.
La muerte, estoy seguro, de una persona buena, de alguna forma prueba que aunque la vida es breve, su virtud siempre es eterna.
Mi abuela reía, pese a las décadas de dolor inclemente; mi abuela rezaba, con una fe resistente; mi abuela besaba, con un amor seguro; mi abuela era tierna, a despecho de las asperezas que este mundo alberga.
Mi abuela hacia magia: cocinaba haciendo de hojas, manjares de dioses. Y hoy, haciendo del olvido que acompaña a la muerte, los recuerdos vivos de un amor luminoso, que como un sol de los espíritus, jamás cesa.    

sábado, 8 de diciembre de 2012

La tristeza en la literatura.


La tristeza en la literatura.


Publicado originalmente en Revista Tres Mil. Diario Colatino

Hace algunos días leí unas palabras, una sentencia, una conclusión: la alegría no nos necesita, la autora de dicha frase, me pareció, resumía en cinco palabras todo un largo camino de comprensión del por qué de la literatura, del poema. Por extraño que parezca, en esas cinco palabras se esconde toda una verdad inobjetable. No aceptarla, no lidiar con ella por lo menos, nos deja al margen de la realidad, del mundo, del destino, de una mejor comprensión de la vida.  Cuando Marguerite Duras escribe eso, nos quiere  sin duda, decir muchas cosas. Pero precisamente, creo - como era su costumbre-, nos da las palabras necesarias, las justas, para entrar a un sentido todavía mas profundo y complejo, aquel que nos explique el por qué se escribe…

Intentando recordar algunas palabras de Ana Maria, Matute, esta otra escritora parece seguir el pensamiento de Duras, cuando apunta que la verdadera literatura es triste, porque triste es la vida. Que la literatura intenta presentar esa realidad de una forma distinta, pero no por ello menos triste. Pero henos aquí ante una paradoja. Si el arte es esencialmente una experiencia estética, y si la estética se refiere a la percepción y creación de la belleza, ¿cómo lo triste puede ser bello?

La obra máxima de la literatura  latinoamericana es para muchos El llano en llamas (1953), de Juan Rulfo. Este autor, tan solo escribió dos obras. Con eso bastó. Eso fue suficiente para abarcar la realidad no en extensión, sino en profundidad. Nadie medianamente sensible o informado, puede negar que la obra de Rulfo, difícilmente puede excluirse de dos adjetivos aparentemente incongruentes: el de ser una obra bella, y el de ser una obra triste... que nos habla de la tristeza.

Por su parte, el antecedente literario de la obra de Rulfo,  Cuantos de Barro (1934),  del salvadoreño Salarrué, es después de tres cuartos de siglo, la obra cumbre de la literatura de este país centroamericano. Ambas, aquélla y ésta, consideradas por Augusto Monterroso,  los cuentos más tristes de Latinoamérica.

Y he ahí El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez. Esa breve y triste historia de la soledad, del olvido, de la desesperanza. La única novela que hace a su protagonista definir su vida y su eterna espera, con una sola palabra, que significa todo, pero principalmente es desolación; la misma palabra, con la que la novela finaliza perentoriamente.

Es muy importante recordar en particular, que la novela The Road, del norteamericano Cormac Mc Carthy y que ganara el Premio Pulitzer  el año 2007, es una fatídica historia, en un mundo en destrucción, en caos, eso que de forma tan simple algunos llaman futurista. Más atrás en el tiempo, Las Uvas de la Ira, (1039) de John Steinbeck  es por su parte una de las mejores novelas en lengua inglesa del siglo veinte y una más, de ese siempre triste paisaje humano al que Steinbeck dedicó su vida.    

No podemos olvidar, The Old Man And The Sea  (El viejo y el mar) publicada en 1952 por Ernest de Hemingway, una de las historias más hermosas de la literatura universal, y que Vargas Llosa  destaca por su llamado…  a la compasión.  Es que sólo lo triste te arrastra a la compasión. La soledad de Santiago, su lucha y su triunfo, en medio de la noche, es una bellísima historia humana eternizada. 

¿Y los cuentos de Wilde?:  El príncipe egoísta o El ruiseñor y la rosa,  ¿no son en su esencia tristes? ¿Y qué son Los miserables  de Hugo, entonces, o Los Hermanos Karamazov? Tan sólo historias tristes, hermosamente tristes.

Y así lo es la búsqueda, la íntima búsqueda de aquel viejo Eguchi, en La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, es el triste intento, desesperado, de asir la vida, de rozar el lánguido recuerdo de los arrebatos fogosos del pasado, desde la ineludible vejez de todos los hombres. Pero en ese intento, en esa silenciosa estratagema del deseo, se fragua aquel indecible erotismo, tan sutil, y tan vivo, como la juventud misma de los primeros amores.      

A veces, la tristeza se une a la esperanza, y de esa tristeza, germina la vida, el amor. Qué mejor ejemplo que esos días, breves, que anteceden a la muerte de Bruno, ese terco e inolvidable anciano de La sonrisa etrusca, escrita por  José Luis Sampedro. Libro primoroso, triste y bello, lleno de vida, de sueños, de esperanzas que no tienen medida temporal, pues pueden caber adentro de un día, de una noche, de una tarde, de un minuto. Es que las personas somos mortales, pero los sentimientos son eternos y podemos heredarlos, legarlos, prodigarlos sin saber hasta donde han de alcanzar su magia y sus efectos.  La sonrisa etrusca, es una sonrisa eterna, como el amor de aquel hombre después de su muerte. 

La alegría no nos necesita, la literatura debe llamar la atención sobre la tristeza, nos dice nuevamente Matute.  Pues el compromiso del escritor es el compromiso con lo verdadero, con lo bueno y con lo bello.










15 minutos para El Salvador



15 minutos para El Salvador


Siempre he tenido la idea, quizás absurda, pues no tiene un cometido práctico, es decir, en nada aliviará la pobreza de ninguna familia salvadoreña y a nadie dará un empleo permanente. Pero pese al temor de provocar ridículo, me sigue persiguiendo la idea de que un día, podamos, no sé quienes, ni cómo, organizar lo que podríamos llamar Un cuarto de hora de lectura del país.
No se donde leí algo que me hace no desistir de esa idea recurrente: nada importante se ha hecho en este mundo que haya tenido una completa aprobación: siempre habrá desacuerdos hasta por la más correcta idea. Así que si para lo correcto y sensato hay desacuerdo, porqué me he de preocupar del desacuerdo que genere esta necedad.
Y si del desacuerdo se pasa al ridículo, quiero recordar que ha habido ideas en mi país, por ejemplo, en la Asamblea Nacional, que han superado el ridículo, y han llegado incluso a ser un nocivo atentado de los Derechos Humanos Universales.
Haciendo esas aclaraciones, lograr que en un país como el mió, la mayoría de su niñez y su juventud, tanto los escolarizados, como los que por diversas razones no han podido continuar con su educación básica; lograr que los empleados y trabajadores, y aquellos con empleos temporales ( que son la mayoría), mujeres y hombres que han podido aprender a leer de alguna manera, -seria importante pienso, no por nosotros, no por el presente, sino, como en un acto de esperanza y fino optimismo-, seria extraordinario digo, como signo de interés por revivir este país de la muerte de la esperanza de los jóvenes, lograr ponernos de acuerdo, escoger un día, buscar, prestar y donar un libro, o el que pueda, comprar otro; dar el tiempo que los escolares y los empleados necesiten, darse el tiempo los políticos, los religiosos, los profesionales, para, en un espacio de 15 minutos, todos y todas leamos en el territorio nacional y en el resto de los países donde un tercio de nosotros nos encontramos.
Leer un libro. Leer solo, leerles a otros. Leer en el bus, en el parque, en la fábrica, en la maquila, en el campo. Simplemente, devolverle a uno de los grandes logros humanos, su dignidad, en un país, del que ya muchos no esperan nada. Sin patrocinios partidistas, religiosos o económicos, simplemente ponernos de acuerdo 15 minutos para leer. Como muestra de civismo, de responsabilidad con el futuro, de acuerdo por la cultura, de desacuerdo por lo que atenta contra el bienestar y el verdadero desarrollo humano.
Se que la inmensa mayoría de adultos y jóvenes que no han podido aprender esa habilidad porque nuestra sociedad no se los ha permitido; se que los niños y jóvenes que si lo han logrado, tal vez, confirmen unos y reafirmen otros, el valor de la cultura y de la educación.
Quizás los políticos y los grandes propietarios, los banqueros y sus colaboradores, evidencien que la gente de afuera de sus ventanas, no es una masa de cosas, sino un grupo de personas que tienen esperanza. Tal vez, se certifique que la juventud nuestra pese a todo, sigue teniendo sueños como otras generaciones las tuvieron. Tal vez, logremos mostrar al mundo, que un país, ahogado en sangre y odios, puede detenerse y ponerse de acuerdo en algo hermosamente simple: leer.
Con esto, para los que se opongan, por costos y por tiempo, nos reservaremos nuestra duda de su genuino interés por el futuro de un país que ya agoniza.
El que hasta acá haya llegado sin reírse, gracias. Es tan solo una idea, peores cosas se han dicho en este país, y peores cosas se han hecho. Solo que hay que leer para saberlas. Y las personas que a esta insólita inquietud, le dan el valor de la duda, gracias. Hay cosas que recuerda la historia con alegría, que nacieron cuando un cuerdo escuchaba a un pobre loco.

domingo, 25 de noviembre de 2012

La bibliotecaria de Basora





“En el Corán, la primera cosa que Dios dijo a Mahoma fue: lee” 
Alia Muhammad Baker


En junio de 2003, un reportaje aparecido en las páginas del New York Times, narra la iniciativa de una mujer iraquí de 50 años, que al inicio de la guerra de Iraq, se da a la tarea de rescatar  el patrimonio bibliográfico de la ciudad de Basora.

“La casa de Alia Muhammad Baker está llena de libros”.  Así comienza el artículo en mención, al referirse a la gesta de la bibliotecaria de la Librería Pública de Basora, que tras apelar a las autoridades de la ciudad por el rescate de los libros de la  biblioteca, encuentra que es en ese mismo edificio, donde se ha de instalar el centro de comandos de las fuerzas iraquíes, haciéndolo blanco propicio a los aviones ingleses. 

Desde antes de la guerra, Alía ha comenzado  a trasladar libros a su propia casa. El día del arribo de la fuerza aérea inglesa a Basora – 6 de abril-,  esta heroína de la cultura, se da a la tarea de sacar los libros de los estantes con sus propias manos. Con la ayuda de un vecino y de vendedores de las afueras de la biblioteca, logran sacar la mayoría de libros y esconderlos en un restaurante aledaño. Posteriormente, traslada todos los 30,000 libros a su casa. Entre esos libros se encuentra una biografía del Profeta Mahoma datada en el siglo XIII; libros en ingles, árabe y un Corán escrito en español.

Tras el incendio de la biblioteca, Alía sufre un derrame cerebral. Tras recuperarse,  trabaja en la reconstrucción de su querida biblioteca.

La escritora norteamericana Jeannette Winter, lee el artículo del periódico neoyorquino, y  escribe un hermoso libro recapitulando la historia.   El libro ha sido publicado en español por la prestigiosa Editorial Juventud.

La autora ha escrito diferentes libros infantiles que cuentan los grandes heroísmos de las personas por el rescate y la promoción de la cultura y la educación en Colombia y Afganistán.

Hoy, que bombardean Gaza, ¿qué otra historia brilla detrás de la oscuridad de la muerte?


lunes, 19 de noviembre de 2012

Cisnes de pan y turrón





Cisnes de pan y turrón.

Publicado originalmente en Diario Colatino. Revista TresMil.

Sobre la cuarta calle oriente, en el tramo entre el parque Bolívar y la parte trasera del almacén Simán, en San Salvador, existía una panadería. No he podido recordar ni averiguar su nombre pero era allí, donde se vendían unos exquisitos cisnes hechos de pan y turrón. El cuerpo del cisne lo formaban dos trocitos que semejaban alas,  pegados ambas partes por un delicioso turrón blanco. Era en este turrón, en el centro del cuerpecito del ave, que se incrustaba otro trozo delicado de pan, con la forma del cuello y la cabeza. Su tamaño era el justo para caber, y nadar, en la palma de la mano de un niño de cinco años.

Los colocaban en unas cajitas pequeñas, donde se podían acondicionar, sin estropearse mutuamente, unos cuatro de aquellos cisnes. Su olor, era fresco, dulce, pero sin exceso, y se mezclaba en él, el azúcar, el huevo hecho miel vaporizada, la harina hecha pan oscuro y sin duda, alguna vainilla invisible que coronaba el aire a metros de distancia, y que el olfato de cualquier niño reconoce sin nombrar como algo delicioso. Así, al pasar por enfrente de aquella panadería, uno se retrazaba, se jaloneaba de la mano que lo sostenía, y quería conocer, que va, saborear ese misterio tibio y casero, que por la puerta se escapaba hacia la calle para disiparse en deseo.

A veces, uno era afortunado y los pasos queridos de la madre, de la tía, o de la abuela, no pasaban de largo, sino, que se detenían brevemente en esa puerta con gradas, para- ¡ah, que sorpresa!- escalar al paraíso de donde provenía ese aroma cuya forma uno ya conocía.
    
Veo frente a mi, los mostradores, que llegados a la altura de mi frente, encerraban una inmensa variedad de reposterías y panes, mas la vista hurgaba, con desespero, por el lugar donde descansaban, en filas, aquellas hermosas criaturas de cuellos delgados, altivas en su pequeñez,  diminutas en mi mano, pero inolvidables en el sentir del tierno paladar de los infantes, al punto, de cruzar los lustros y las décadas, y seguir en la memoria tan frescas como su olor mismo, como su forma.

¿Qué manos prodigiosas habrán dado vida a esas criaturas del aroma? ¿Quién, fue esa persona, que en silencio, frente al abrasante calor de un horno, trabajaba para hacer surgir el milagro repetido, como llama al pan Neruda? ¿Dónde está, dónde se habrá ido, injustamente olvidada por las gentes mayores? ¿Cuál era tu nombre: Juan, Sonia, Pedro, Carolina?

Donde estés, si es que aún estás en este mundo, gracias por llevarme, por virtud de tu oficio, al centro de un terruño desaparecido, al corazón de mis recuerdos, que conservan intactas las obras de tus manos, desde el sagrado anonimato de los que sin proponérselo, van construyendo el mundo de los otros.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Por qué escribir






Dijo Marguerite Duras, que para continuar viviendo,  para soportar la vida. Carlos Fuentes declaró alguna vez que para poner orden en aquello que está disperso…disperso en la memoria y en la historia.

Quizá para que el caos de las cosas que nos pasan, den la impresión de tener alguna dirección, cierto ignoto sentido, que con palabras,  tinta y papel,  de la impresión de hacerse visible.

¿Por qué escribir?

Por la costumbre, dice José Luís Sampedro de “poner la oreja hacia lo que tengo dentro y tratar de contarlo.” Y continúa: “porque para mí escribir es vivir”.

¿Por qué escribir?

Tal vez para consolarse; pero también, para purificarse. Para contenerse; pero mucho más, para desgarrarse. Para que, desde ese ensimismamiento en nosotros mismos,  podamos saltar después a abrazar  el mundo entero, con la valentía que dan un puño de palabras hasta ese instante nunca dichas.

Para descubrir las palabras,  para sorprenderse de su estatura y de su pequeñez; para dejarse seducir por su luminosidad; para arrobarse con su profundidad, para entristecerse de su vacuidad y de su  incapacidad de referir lo más profundo de nosotros.

¿Por qué escribir?

Para que esa vorágine que se llama realidad,  se someta de alguna forma a la manía  inútil de hombres y mujeres,  de ordenarla, de recordarla, de precisarla, de enumerarla, de describirla, al fin, de contarla. Es que en medio de toda nuestra sustancia humana, estamos hechos de historias: se escribe para contarse la  historia de uno y la historia de los otros.

Se escribe para saber; pero también, para conocer aun más, esa  grave ignorancia de las cosas. Esas que hacen lo que uno es: su circunstancia.

Para esquivar la mortal limitación que la vida y el tiempo  deparan en cada amanecer. Para tontamente, obviar el sentirse mortal y pretender perdurar en palabras…

¿Por qué escribir?

Para aclarar aún más las bellas lecciones con dolor aprendidas. Pero también, para espesar  la amarga oscuridad que cubre  los ojos  en cada acto fallido.

Para intentar ser, al mismo tiempo, atrevido y sabio,  valiente y egoísta: un angustiado Job, un sereno Salomón;  un pretensioso Prometeo, un vano Narciso. Pero también, una paciente Helena o una apasionada Bovarí.

¿Por qué escribir?

Para encontrarse y para perderse. Para levantarse y para sucumbir. Para acercarse al mundo y para exiliarse de él.

Se escribe, quizá, porque el silencio enseña que debajo de él, se incuban tempestades, terremotos, nacimientos y milagros.

Se escribe, a veces, para la bondad, para la belleza, pero también para la maldad, el crimen y el pecado.

¿Por qué escribir?

Sobre todo, se escribe para soportar cada dolor, para trasmutarlo; pero también,  para engrandecer el amor y eternizarlo.

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miércoles, 7 de noviembre de 2012

Carlos Cañas : Premio Nacional de cultura



El Sumpul



Mestizaje Cultural


Se ha reconocido la labor de Carlos Cañas, ¡en horabuena!


Tu eras el que cuidaba las golondrinas por la noche y hoy...


Las golondrinas del Teatro revolotean..


Felicidades Maestro.










martes, 6 de noviembre de 2012

Como una caja hecha de música y palabras





Como una caja hecha de música y palabras.

(Publicado originalmente en Diario Colatino. Revista TresMil en Agosto 2011) 


Recuerdo nuestro antiguo radio. Mi abuela lo compró allá por los años 50, cuando ella aún era joven... He sabido que lo compró en el almacén Philips, que se ubicaba frente al parque Bolívar, sobre la Calle Rubén Darío. Era aquel aparato una caja cuadrada color crema, con una cubierta oscurecida. Dos botones tenia simplemente, grandes ambos: uno para sintonizar las emisoras y el otro para ajustar el volumen; un botón a cada lado, colocados a los extremos de una línea de números negros. Estaba siempre ese radio puesto allá, arriba de ese  ropero de madera que siempre estuvo allí con nosotros. Un radio inalcanzable, empotrado para siempre en los días de mi infancia, a una distancia que  resultaba imposible a cualquier curiosidad o travesura que pudiera ocurrírseme.

De allí, de ese radio, emergieron los personajes de los cuentos infantiles que la Radio Nacional trasmitía cada tarde: La caperucita roja, Hansel y Gretel, La bella durmiente… De esta forma, yo miraba frente a mí la imagen de aquellos dos infelices niños que su madrastra perdía en el bosque y que una mala mujer quería devorar. ¡Con cuánto horror “veía”  a aquel niño sacar su falso  dedo por entre los barrotes de su encierro, y engañar a su victimaria!  Temblaba yo al imaginar que fuera descubierto… 

¿Cómo podré olvidar el sonido del hacha que golpeaba el tronco de aquel árbol de frijol, para que el gigante cayera?  ¿Cómo espantar de mí, la voz de aquella bruja que ofrecía a Blanca Nieves una roja manzana? Mi infancia se llenó de esos temores. Y así, el mal hizo su presencia por primera vez en mi vida, venido de esos cuentos, que como se sabe,  nunca fueron cuentos escritos para niños.

De aquel radio también, a través de voces que no comprendía, venían las noticias del mundo de allá afuera. Quizás se anunciara ahí, que un día por la tarde, jóvenes estudiantes eran aplastados por tanques sobre el puente que está enfrente del Seguro Social; que arribaban a El Salvador por el aeropuerto de Ilopango, los protagonistas de Titanes en el rin; que no sé cuantos salvadoreños marchaban a construir Arabia Saudita; que mataron un poeta; que Borges se casaba con una muchacha de 18 años (pese al desacuerdo feroz de mi familia); que mataron a John Lennon; que moría Elvis Presley; que el FAS perdía cuatro a uno  contra  el Olimpia, en Paraguay…

El mundo parecía llegar a mí a través de aquella extraña caja, sin saber, que era yo quien arribaba al mundo por su venia.

De allí venían las canciones que mi madre cantaba. Conocí a Pedro Infante, sobre todo; a Javier Solís,  a Camilo Sesto, y un poco después a Julio Iglesias. Este último, era el que más nos visitaba a la mitad de la mañana. Y de allí, de ese radio,  venían, y continuarían viniendo con los años, esos extraños cantos a la que con el tiempo me fui acostumbrando. Digo cantos extraños, por decir un nombre. Para mi eran voces que me hablaban en una forma  desconocida. Voces  diferentes a las que había ya escuchado; todas distintas…pero finalmente envueltas en un sonido común, como una lluvia; en un fluir rítmico, como un río o cascada llena de rumores incesables.

Llegaban estas voces en un idioma incomprensible. Aparecían a todas horas. Llenaban la casa, -o las casas que en nuestro peregrinar fuimos habitando-,  desde el  piso hasta el  techo, y de pared a pared. Llegaban cuando se iba la tarde, -a esa hermosa hora donde una tenue luz precede a lo que va a ser un firmamento estrellado-, para luego quedarse por la noche,  la oscura noche, llena aun de las horas quietas de esa edad donde el tiempo nunca acaba..

Sé que unas voces eran de mujer, de mujeres, y distinguía otras varoniles. Pero me inquietaban aquellas irreconocibles para mí, en su género, como de niño y niña, de hombre y de mujer al mismo tiempo. ¿Qué extraña persona podía articularlas? Les escuchaba furibundas. Les oía tiernas, melodiosas, casi al borde del llanto o del sollozo mismo que emerge de un dolor inconsolable, para luego, volverse violentas, iracundas, recias y secas… Y el espacio se llenaba de esos sentimientos.

 A veces, aparecían de repente en un pasillo. Venían de debajo de las escaleras, o provenían del jardín. Quizás se metían por los ventanales o las abiertas puertas que daban a la calle. Me rodeaban, me cercaban como muros trasparentes de sonidos humanos, es decir,  de voces que se agrupaban en el cauce invisible que las contenía, para luego estallar en manantial, o en un riachuelo que no cesaba de correr; que chispeaba, que se arremolinaba, para luego volver a su fluir sedoso o a su saltar abrupto… Y se fueron quedando en la memoria. Tal vez, fue que las imaginaba en su ausencia, las evocaba de alguna forma en mi infantil manía,  no como eran, si no, como podían ser recordadas: susurros, onomatopeyas inventadas, suaves golpes en el tambor de mis juguetes. 

Cuando no eran voces…era creo…música. Música despojada de palabras. La diferenciaba de aquella otra confluencia de sonidos -que hoy reconozco como ópera, o en su caso, como aria, cantata o coro-, porque ésta estaba sola. Sola consigo misma, sola en su todopoderosa presencia. Sola, en su infinito repertorio. No necesitaba nada, a nadie, se bastaba sola. Su imperio era absoluto sobre todo lo que le rodeaba.

Ahora, parece tan simple nombrar aquello, sustantivarlo con la palabra música. Pero no sé cuando la empecé a nombrar así, a ponerla a parte de las cosas, de los otros sonidos. Porque es un misterio cómo los humanos llegamos a ese momento en el cual,  llamamos a esos sonidos con ese suave nombre… música. ¿Cuándo pasamos a distinguir los cantos de un violín, los tonos de un piano, de… digamos, el pasar del viento, el lejano gorjeo de las aves, o el sonido de las ramas? ¿En qué preciso momento, siendo niños, decimos de ésto, música, y de aquéllo, lluvia? Lo ignoro. Creo, que hay un momento en que la naturaleza y la música son la misma cosa en el oído de las almas infantiles, en que lo que nos rodea es un todo, y por lo tanto, es un todo lo que oímos. Tan bello esto que escuchamos cuando pasamos por un parque y zumban las abejas;  tan misterioso, como lo que viene de allá, de esos instrumentos en el centro de la plaza, amenizando la tarde de un domingo, o la conmemoración de aquella estatua.   

Es que de las cosas, de los elementos, de su crujir, cuando es rama que se mece; del quebrarse, cuando es tronco que se tuerce; del soplar, cuando es viento que se mueve; del chisporrotear, cuando es fuego que se enciende y que se expande; del fluir, cuando es agua que se escapa; del rugir, cuando es trueno; del gemir, cuando es tormenta o mar embravecido,  quizás de ahí, los humanos fuimos inventando otro lenguaje para que dialogara con las cosas, y pasamos, de la voz, de las manos -que se rozan, se golpean o se ahuecan- al  tambor, que fue ya  trueno; a la concha, que fue ya ave; a las cañas, que fueron  brisa cantarina. Y fuimos aprendiendo otros lenguajes, hasta llegar al enamorado cantar de la guitarra, al alegre bullicio del charango, a la saltarina marimba, al recatado chelo, a la fastuosa trompeta, al magnífico piano, al divino violín, a la dulce flauta, al serio oboe, al ronco trombón, al irreverente platillo, al sutil triángulo, al refunfuñante bajo.   

 Pero digo… aquella música que salía de ese viejo radio, estaba sola con su maravilla. Y empapeló paredes y repintó puertas; y abrió ventanas. Puso todo de un color nuevo: le sacó brillo a los tejados y se convirtió por último, en un resplandeciente eco de mi corazón. Pero era difusa…Me parecía similar esa de ayer, a la de este día, o a la que escuchaba después. Hasta que un día,  con los años, empecé a distinguir sus melodías, -venidas del marfil y la madera, del cuero y del metal- que conservan la memoria de sí mismas, y que se vuelven siempre a su acordada forma, a su mismo origen. Una tarde, quizás, dejé de ver lo que miraba, para buscar algo que reconocí, que recordé, porque era hermoso: esa sonata de Bach, Jesús, gozo del deseo de los hombres, que reconocí en medio del ruido de un anuncio comercial.  Sé que ya la había disfrutado, y la reconocía mi memoria como se reconoce la presencia de alguien que queremos. No sabía cómo estaba ahí, cómo se llamaba, quién la había imaginado. Tan sólo disfrutaba de, otra vez, haberla encontrado, como cuando en la adultez, vuelve un amigo de la infancia.

Después, pasé de los reencuentros, a dejarme sorprender por su visita inesperada, hasta atesorar mi memoria de sus invisibles formas; hasta que se volviera…  equipaje, acompañante,  en mis viajes constantes al destino, donde hallé amor, dolor o desamparo. En mis regresos, subido en la nostalgia,  hacia el  pasado, y en la ruta  de los sueños, sobre la proa de las ilusiones, del futuro.

Aquella caja,  que era de mi abuela,  fue uno de todos los obsequios que me ha dado. Lo puso enfrente de mi vida sin decirme nada, como se entregan los regalos más preciosos. La he buscado entre sus cosas, sin encontrarla. Le he preguntado a su dueña que dónde la puso, pero ella ya no se recuerda de qué le estoy hablando…Mas me alegra verle sonreír emocionada, al escuchar en una tarde a Pavarotti cantarle  O sole mio.  

domingo, 4 de noviembre de 2012

El arte y la realidad




El arte y la realidad.

(Este texto es la primera parte del articulo titulado Literatura e historia en El Salvador: 1929-1998. Publicado en la Revista Amsterdamsur, Holanda, Invierno 2011)

La pobreza, la injusticia social, la presencia del bien y del mal en el mundo, la existencia misma del pobre como personas reales que cargan el sufrimiento del mundo,  más que  un problema estético, han sido, para   la persona entregada  a la creación   artística, un problema ético, y más aún, ha significado una actitud  política que directa o indirectamente ha afectado su arte creativo. Y es que, la verdadera obra de arte, aunque nazca o se inspire en un hecho concreto donde ese mundo se manifiesta, en una circunstancia precisa que acontece en ese mundo, tiende por su unicidad y significado, a ser universal, a abarcar diferentes sucesos en el tiempo y el espacio, y aun más, a guardar su lugar en el futuro, como creación viva.

Es esa actitud política- es decir, actitud ciudadana-  y es esa actitud humana, la que hace que Picasso nos herede su Guernica; Neruda sus Odas,  Rulfo, sus cuentos, Gorki su novela y Dante, un idioma. El arte no escapa de la realidad, de sus preocupaciones y ocupaciones,  ni de las utopías que toda realidad que quiere ser transformada, conlleva. Pero,  lo particular  en el arte, es que junto a esas circunstancias objetivas, la pasión y la afección de la persona que crea, hace nacer una obra irrepetible que no sólo va hablar de las cosas de su tiempo, y de sí misma, sino, de las cosas de otros tiempos, y de todos nosotros. Por ello pervive la tragedia griega, la épica de Homero, porque sin obviar la guerra entre los humanos, hace que recordemos una pasión de amor,  o una esperanza enamorada.... 

Lo que rodea al Quijote, y los que lo observan o encuentran, o dialogan con él, o son apaleados por él,  son personas de su tiempo, estaban y están ahí, y ahí los ha dejado Cervantes para la eternidad. Pero la pasión y el amor del héroe más digno de la historia de la literatura, capaz de haber creado un carácter  para la humanidad toda,  no por ello pierde brillo estando inmerso en su tiempo y en su espacio. Ya la llanura española no existe sin su flaca figura. Como si sólo fuese él, siendo en su circunstancia.... en su mundo.  

Entonces, si la realidad  obtiene una manifestación distinta  en el plano del arte, pues como tal, el arte viene a ser una  cristalización irrepetible de esa profunda , compleja y genuina subjetividad – la de ese o esta  artista-  en  su mundo concreto, entonces, esa trasmutación de la realidad que hace esa persona- artista, provoca que en un momento determinado,  el mundo, en lo peor y más triste de su materialización física y espiritual, nos afecte de una forma distinta a través de su creación,  que en sí, ya no le pertenece a quien la crea, sino, que ya es parte de la  realidad misma, de la comunidad de personas de este mundo, en el presente y en el futuro. Y aquel afectar puede resultar aún más significativo y perdurable, que la simple y directa mirada sobre las cosas.

Pero hay algo muy importante en la función del arte, pues cuando escribe Ana María Matute, que  “la alegría no nos necesita”, se sigue que la alegría se basta a sí misma para vivir en el mundo, en tanto que la tristeza, esa actitud primera frente al mal del mundo, nos necesita para hacerse más patente entre nosotros. Pareciera que destacar lo bello, lo bueno y lo verdadero siempre nos es más grato que develar lo feo, lo malo y lo falso.  Y de esta forma, una parte esencial del verdadero arte parece ser siempre que este, nos habla de lo triste.

Por otro lado, cada expresión artística, alberga la posibilidad de contribuir, a despecho de sí misma, a crear una más amplia mirada del mundo, de la vida de las personas, de su sino y destino, de sus sueños. Y en su vivo reposo, este libro, o aquel lienzo, nos vinculan a la historia misma hasta sus nimios y tristes detalles de existencia.

Los pobres en la Revolución Industrial -esa comunidad vista tan claramente en las obras de Charles Dickens-; las masas anónimas que esta nueva sociedad capitalista empieza a crear, retratados en los lienzos de Vincent Van Gogh, continúan viviendo a nuestros ojos, y de esa forma, nos permiten percibir una realidad en movimiento, de manera simultánea: pasado y presente se funden. 

Ese lienzo de aquellos, "Los comedores de patatas" del apasionado pelirrojo holandés, son un inmenso grupo de gentes que habitan en cualquier rincón del planeta. Son los mismos que existen en Los Miserables de Hugo,  en La guerra del fin el Mundo, de Vargas Llosa, en El Llano en llamas de Rulfo y en los poemas de Miguel Hernández: son los niños hortelanos, que  por supuesto, también existen en Cuentos de barro del salvadoreño Salarrué. 

Pero el arte nos hace de igual forma, ver o soñar el futuro. Así, sobre la literatura, el mismo Carlos Fuentes siempre ha afirmado la posibilidad que nos brinda de imaginar el pasado y recordar el futuro. De que el escribir, esa acción de poner en orden aquello que está disgregado, permite el arribo a esa fugaz percepción de la circularidad misma del tiempo humano. Es en este punto del futuro que el arte nos conduce silenciosamente, subrepticiamente... a la utopía. Y la obra de arte puede resumir, condensar si se quiere, o contener la inmensidad de un sueño de futuro de todo un grupo social, de una clase, de una nación, tal vez, de una época.



martes, 30 de octubre de 2012

Nussbaum: Premio Príncipe de Asturias


Nussbaum: Premio Príncipe de Asturias.



Martha Nussbaum (New York, 1947) será galardonada  este 26 de octubre con el premio Príncipe de Asturias, por su destacadísimo aporte al pensamiento filosófico en particular y a las ciencias sociales en general. Este premio, a diferencia del Nobel, abre un espacio para reconocer el trabajo de todas aquellas personas dedicadas asiduamente a las ciencias sociales en el mundo; ya el año recién pasado, en este sentido, fue también galardonado el insigne  psicólogo y pedagogo estadounidense, Howard Gadner, creador entre otros aportes, de la teoría de las múltiples inteligencias. 

Nussbaum, quien es la filósofa estadounidense más importante de la actualidad, y quien trabaja actualmente en la Universidad de Chicago, ha trabajado de forma extensa y profunda, principalmente,  sobre el  tema de Los Derechos Humanos, bajo la  novedosa concepción de las capacidades humanas, en colaboración creativa con el Premio Nobel de economia Amartya Sen.

Junto a ello, Nussbaum ha centrado su preocupación en sus últimos trabajos, sobre la necesidad del fomento de las Humanidades en la educación (Non for Profit. Why Democracy needs the Humanities, 2010)

A su vez, Nussbaum es una fuerte pensadora dentro del pensamiento ético, su libro La fragilidad del bien,  -muy brevemente reseñado en su momento en este medio-, ofrece, desde la interpretación de la tragedia clásica griega, la hondura filosófica de la norteamericana y  su preocupación por los porqués de la felicidad y la tristeza humanas.

El estilo, la capacidad creadora y reflexiva, la permanente actividad intelectual y el amor por el quehacer filosófico, hacen de esta pensadora, un referente fundamental del pensamiento social moderno.

domingo, 21 de octubre de 2012

Yo, salvadoreño. Origen desconocido.



Yo, salvadoreño. Origen desconocido.


Yo, desconozco mi origen. Mi familia se pierde en sus inicios, es decir, los desconoce. Mi país mismo, ignora su historia, la materia viva, funesta y mítica de la que procede. A veces me pregunto: ¿Cómo puedo ser sin saber de donde vengo?

Yo, quizá provengo de un muy lejano abuso, de un rapto, de una forzada relación en una cosecha de café . No se registra ningún matrimonio oficial en mi familia, en tres generaciones atrás de la mía. Tan solo la  figura difusa de unas niñas frente al resplandor de un horno de adobe, en medio de la madrugada de principios del siglo pasado: mis abuelas.

Es que mi pueblo, es decir, el pueblo de mis abuelas, lo forman los hijos del estupro, las hijas del rapto, los desendientes del capricho sexual de los Adelantados, los conquistadores y los patrones. Yo nací, como todas,  en los rincones de un cobertizo en una hacienda cualquiera; yo nací en los caminos que comunican cafetal con cafetal, es decir, pueblo con pueblo; yo fui engendrado en las cosechas de café entre octubre y diciembre. Como el calendario escolar de mi pais, fui dispensada, a la vez, esos mismos meses, para regresar al lugar donde fui engendrada: la cosecha.

Provengo quizá del abandono. No. Yo provengo de la violencia.

Yo provengo de la tristeza de una pequeña mujer escapada de su casa, que huye de los castigos de un patriacado infame; de la rabia generacional de mil mujeres; del proceder fanático de un cristianismo medieval, que castigaba con dolor y sangre cualquier rebelión contra el orden colonial de alguna  casa, enclavada a las orillas de una enorme hacienda: mi país.

Es que el lugar donde nací, nació a su vez de esa manera donde abuso y poder, trabajo y vida, se confunden: la hacienda. Su orden, es la moral y las leyes de una nación moderna.

Yo no escogí su nombre (El Salvador), tampoco su escudo, su bandera ni su himno. Las sangres que me engendraron son las que dieron su riqueza -con los siglos y las décadas-, a los que siempre delimitaron las fronteras,  escribieron los tratados comerciales, acuñaron la moneda, dictaminaron lo que debía de comer, y lo que debía de saber si un dia iba a la escuela.

Mi abolengo, es la infinita cadena que rodea el cuello de los nacidos para obedecer; esos escogidos por una historia ajena, para que con su trabajo, enriquezcan a otros: Yo he hecho a los ricos de mi país.

Yo, no tengo dirección fija. Me vine de mi casita por el miedo a las Maras allá por Lourdes Colón. Hoy me voy a otro lado. Ya antes nos habiamos venido de Chalatenango en tiempos de la guerra. Yo era la menor de mis hermanas

Mi apellido es el que llenaba las planillas de las fincas, hoy la de las maquilas y las listas de los deportados que retornan desde Los Estados Unidos de Norteamérica; mi apellido es el que se lee en los reportes de los desaparecidos en una tierra lejana allende los rios y los valles, los desiertos y quebradas, donde he sido devorado por lagartos; he muerto de sed; he sido comida por los perros, he naufragado en una balsa frente a Oaxaca y me han asesinado en Tamaulipas.  

He regado mi sangre desde el volcán Quetzalteqieque hasta el Popocatepetl y el Santa Elena.  Desde Tenacingo hasta Tapachula; desde San Miguel hasta Poza Rica; desde Cuzcatancingo, hasta Tijuana.

En la noche de los trenes me han violado, cruzando México.. Antes de cada intento por cruzar aquella frontera del delirio, he inyectado mi sangre de anticonceptivos.  

Yo, soy la que corta las naranjas en California, los pinos de navidad en West Virginia, las  lechugas en El Paso. El que hace las casas, las carreteras que comunican Lousiana y Alabama. La que cuida los niños de los médicos y abogados en Chicago y Ohio. Yo trabajé para Cantinflas en Houston, para Michael Jackson en California,  y hoy trabajo para Joel Osteen en su cabaña en Colorado.

Soy de la Mara 18 y de la Mara 13. Vivo entre Honduras y Guatemala,  pero tambien entre la cárcel de Gotera y de Ahuachapan. Mi familia última la perdi en las calles de Los Angeles. Soy la victima y el victimario. Soy la contradiccion que mata lo que a si mísmo se parece, mejor, lo que yo mismo soy. 

He estado en todas partes. He muerto en todas. Vivo en todos los sitios. Sufro por doquier. Soy el que todos olvidan. Soy la que todos nombran a su favor o de su gloria personal. Soy por el que trabajan los políticos de mi Asamblea Nacional. Soy ciudadana errante, paria,  de una Republica que en su primer articulo de su constitucion, dice que soy una persona humana y que ha de velar por mi salud, mi cultura, mi bienestar.

Yo, llevo la nacionalidad, en cuya Constitución, aparece como primera firma, es decir, en calidad de Presidente de su Asamble Constituyente,  el señor Roberto d’ Aubuisson  Arrieta. El mismo hombre que ordenó el asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, el mismo que estaba a cargo de los Escuadrones de la muerte durante la guerra civil de mi país.

¿Cómo el mal puede desearme el bien?

Yo, pertenezco a ese grupo humano que siempre ha puesto los muertos,  cuando algún capricho comercial, territorial, populista o militar, ha decidido la guerra. Yo no he decidido nada.

Así, yo, de alguna manera, acompañé a Gerardo Barrios, pero tambien a Francisco Morazán; en mi desesperación seguí al negro Farabundo con su ímpetu, pero también, empuñé el fusil en medio de esos hombres que comandaba mi coronel Jose Tomas Calderón. Fui entonces, soldado de Maximiliano Hernandez martinez, y miliciano de los Occidentalistas. Medio siglo después, habria de ser miembro del Batallon Atlacatl y de la Fuerza Armada; pero tambien fui guerrillera en el frente Feliciano Ama y el Anastasio Aquino.

Amo y maldigo a ese pais donde yo he nacido.

Nada  me ha dado y me ha dado todo lo que tuve: es decir nada o muy poco. No se puede extrañar ni querer a quien no te extraña o no te quiere.

Amo personas, no tierra. Amo amigas, no calles. No es tu casa aquella de donde te han sacado. Tu casa es donde te quieren.

Yo, soy lo que no he deseado ser: soy lo que he podido. Soy lo que no merezco, soy lo que aun quiero llegar a ser.

Soy la terquedad de un sueño incumplido. Soy de un lugar que ya no es mío. O sea, soy algo que ya no es y sigue siendo.

Soy lo que me dejaron ser. No lo que he querido.

Soy todo mi pasado y al mismo tiempo nada. Tengo historia y no la tengo. Soy lo que no quiero ser y sigo siendo sin quererlo.
 



        

   




domingo, 14 de octubre de 2012

Recuerdos de octubre



Recuerdo un patio, unos pinos.

Recuerdo eso que llaman jardín que nunca más tuve.

Recuerdo un cielo, un volcán, unas nubes, y pericos como niños en algarabiílla.

Recuerdo tardes infinitas, días largos como vidas, noches profundas. Dimensiones de las cosas que se pierden con la edad y las tristezas.

Recuerdo esperas largas  que terminaban felices. Dolores que cesaban.

Recuerdo no haber estado solo. Recuerdo  tardes siempre en compañía.

Recuerdo gentes en la calle. Sonrientes.

Recuerdo noches sin temor, sin sobresaltos.

Recuerdo un radio, una plancha: formas por entonces de la modernidad y el patrimonio.

Recuerdo leche con nata, pan dulce y café espeso.

Recuerdo el olor del ciprés y la varicela; del tomate y las paperas; de la canela y las fiebres; del limón y la gripe.

Recuerdo unas manos y una voz. Recuerdo lo que es el consuelo.

Recuerdo el sabor de la limonada,  del pan con miel. Recuerdo el sabor del huevo tibio.

Recuerdo el sabor del zapote, de las almendras.

Recuerdo un viento fuerte y delicioso. Recuerdo mi deseo de algún día, hacer lo que nunca hice: elevar una cometa.

Recuerdo la libertad de un niño que termina la escuela.

Recuerdo la nostalgia de algún amor negado.

Recuerdo.la tierra temblar. Un terremoto.

Recuerdo  el deseo de querer conocer el otoño.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Jorge González: el mito mágico




Jorge González: el mito Mágico


Hay personas que resisten una simple biografia,  una descripcion vana, una gruesa reseña, y  que ameritan la justicia de un estudio si no minucioso, al menos, tomando en consideración su específica circunstancia social e historica, que permita así, sobretodo, empezar a comprender la grandeza o la miseria, el significado o la intrascendencia, el legado o el olvido,  de esa vida que en esa biografía se manifiesta.

La historia de Jorge González Barillas, el “Mágico”, es una de esas vidas humanas que enredadas siempre en el rumor, la leyenda, la estridente euforia, el ciego fanatismo, la emoción espontánea de la multitud, el nacionalismo banal o la rigidez del pensamiento, propicia y seguirá propiciando múltiples valoraciones y juicios, muchas de ellas, tan superficiales como equivocadas; otros, colocando su figura dentro del Olimpo imaginario de los seres que transitan a capricho entre lo divino y lo terreno.

Solo uno cosa es absolutamente cierta: si en el fútbol, cada movimiento pudiese escribirse, como una partitura o un poema,  El Mágico  fuese, sin discusión alguna, lo que Amadeus Mozart  es para la música, o Arthur Rimbaud, para la poesía. Poco nos interesa ya si el niño prodigio de Austria era un disoluto, o si el precoz francés fuese luego un traficante: solo su talento nos seduce. Nos sorprende su angustia por vivir y ser felices, y lejanamente atisbamos tal vez, en cada una de esas vidas, una silenciosa soledad mermada a ratos, ya sea por un Baco juguetón o por una delicada Venus.      

Si bien es cierto que una persona no se explica del todo por sus condicionantes sociales, no es menos cierto que todo ser humano es en mucho su circunstancia personal, intima, irrepetible; hilvanada ésta, por esos mismos hilos invisibles que amarran su familia, su grupo social, su generacion,  al momento historico en que nace. Así, poco se ha hablado o escrito, de esas circunstancias sociales, políticas y económicas, que conformaron las condiciones historicas concretas en que nace y surge esta controversial  personalidad del deporte salvadoreño, al seno de uno de los paises más pobres del planeta.

Poco o nada se ha reflexionado sobre esas condiciones, no solo personales y sicologicas,  sino tambien, culturales y psico-sociales, que de alguna manera fueron dando vida a una generación que acompaña el recuerdo de éste, el más conocido deportista de la historia salvadoreña; y mucho menos, nunca se ha valorado con justeza el verdadero significado que esa vida ha tenido para la construcción cultural misma de un pueblo, y para la esencia de un deporte, en este caso, el del fútbol mundial.

Resulta extraño que esa valoración social, que esa actitud e idolatría compartida que existe  hacia esta persona, por parte de diferentes y antagónicos sectores y grupos sociales en El Salvador -un país absolutamente dividido en sus ideas políticas y sus distancias sociales- no provoque una explicacion que traspase el recuerdo del colorido de una cabriola, de una pirueta con un balon, obviando con ello, preguntas inquietantes, como la del significado que guarda la historia de la vida de este personaje, para la definicion de la salvadoreñidad,  o en su caso, para la representación social de un modo de ser del salvadoreño, o de su cultura nacional.

Es que todo grupo busca una idolatria. El ídolo es en sí una tendencia y una representación; es un símbolo que engloba la forma en que el grupo se percibe y concibe, y al mismo tiempo, la idea a la que tiende su ser. En otras palabras: un ídolo es lo que somos y lo que queremos ser. Y más aún, un idolo es un mito: le acompaña la leyenda, el misterio y la magia: vive acá, y aparece allá; es algo que de súbito se trasforma en otra cosa;  o simplemente, no se sabe donde está. En eso es precisamente en lo que la cultura salvadoreña ha convertido a un hombre llamado Jorge Gonzalez.

El Mágico, nace en 1958 y su aparición profesional la realiza en 1975, a los 17 años de edad.  Fue -visto retrospectivamente-,  una aparicion tardía, dado lo que fue como talento deportivo, inmerso en esa inexistente organizacion que en ese rubro social ha caracterizado a la sociedad salvadoreña. La formación deportiva básica de González, pues, como es conocido, se desarrolla en la calle, lejos de cualquier academia, escuela o seguimiento de desarrollo de talentos. Surge en el predio baldio de una populosa barriada del sur de la capital salvadoreña, donde aún residen familias de trabajadores  que en aquel entonces, la nueva sociedad industrial comenzaba ha insertarlos a la maquinaria de un pregonado progreso.

Y precisamente, como se puede leer en  ese extraordinario ensayo titulado “La era del fútbol”, del filósofo argentino Juan José Sebreli, es en la calle y con chicos de la calle, que nace ese maravilloso fútbol que hace de la mentira, su esencia. La mentira, el embuste -como formas de sobrevivencia de la niñez marginada de las bondades sociales de la industrializacion- se convierte en una forma de ser y de existir, de sobrevivir. El engaño, así,  es la esencia del fútbol silvestre de las barriadas semi-urbanas del continente latinoamericano y por qué no, de los populosos barrios salvadoreños.

Porque, qué es al final una finta, qué es un regate,  sino un engaño, una manera de mentirle al otro: “Me paro  frente a tí, y con un gesto, te hago creer que correré por la derecha, cuando lo haré por la izquierda”; “te ofresco la pelota, y cuando crees que la vas a agarrar, la levanto sobre tí, y te dejo buscándola  en el piso”. Algo así, parece decir ese embuste de un futbol que nace de un carácter  que se forma en lo marginal, en lo transitorio, en lo provisional; en lo permanentemente inesperado que brinda una cultura que tan solo ofrece  a su niñez, una posible represión, un agravio, una reprimenda o la violenta exclusión. Visto así, Jorge fue el niño y el joven más mentiroso que ha tenido el futbol nacional, pero aún más, el niño que inventó las mejores mentiras. 

Es que en los suburbios de nuestras ciudades, el espacio de juego, el predio baldio, la calle, es un espacio temporal que pronto será reemplazado por cercados y nuevas construcciones. Por lo tanto, la posibilidad de juego depende de la voluntad ajena y no del entusiasmo por el juego mismo. El jugador, el niño, sabe que un día el juego se acabará. Así,  el futbol de Jorge González, fue la dignificación del juego por sobre todas las cosas; la alegria de unos niños en una noche infinita bajo la multitud de las estrellas desafiando lo provisional - “para mí el fútbol es una diversión, no un trabajo” diría en una entrevista-;  y al mismo tiempo, la invencion permanente de nuevas formas de engaño, nacidas de las profundidas de una cultura donde la pobreza y la violencia perseguían y persiguen a todo aquel que no se pueda defender con artimañas.

La infancia de quien nos ocupa trascurre pues, durante la década de los años sesenta, precisamente, en  ese particular momento donde se incuban para refulgir luego, los movimientos populares, pacifistas, de Derechos Humanos, democraticos y revolucionarios alrededor del mundo, que han de tener su máxima manifestación en mayo de 1968. Y en el contexto salvadoreño, es el momento de formacion organizativa y politica de una juventud que para 1975, ha de constituir amplisimos  movimientos sociales y politicos con diferentes perspectivas pero con un objetivo común: trasformar de raíz a la sociedad salvadoreña.

Es decir, El Salvador en los años sesenta, es una sociedad excluyente y ya muy estratificada, que propicia la radicalizacion politica de la juventud nacida en la segunda mitad de los años cincuenta, muy influida, de manera general,  por la Revoluvion cubana, los movimientos de Derechos Humanos abanderados en Estados Unidos por Martin Luther King jr.; los movimientos pacifistas de músicos como John Lennon, frente a la guerra de Vietnam; etc, pero sobre todo, por el vivir cotidiano de las familias en los cada vez mas grades centros sub-urbanos del territorio salvadoreño, bajo un militarismo cada vez más rancio, poderoso y salvaje.  

En definitiva, Jorge, pertenece a la generación más contracultural, contestataria, y revolucionaria  de  la segunda mitad del siglo XX en El Salvador. No hay que olvidar que mientras Mágico jugaba, jóvenes de su edad iban confornado los enormes movimientos de masas, sindicales y revolucionarios que han de protagonizar una guerra civil a partir de los años ochenta.

La característica principal de esta generacion de líderes y liderezas; de artistas, de escritores y poetizas, de deportistas y brillantes estudiantes,  es la inconformidad. Entender este sentimiento  como rasgo psico-social de esta generación es tan importante al querer comprender no solo la radicalidad y el despotricamiento que hacen de lo establecido, sino, para evidenciar, lo que ya José Ortega y Gasset mencionaba de las generaciones: las hay conformes e inconformes, tradicionales e irreverentes. Llegados a este punto, dejemos mejor que la historia reciente de ese pequeño país, hable por sí misma, de lo que una generacion de ese tipo es capaz de hacer y… deshacer.

Aquella enérgica inconformidad, aquel justificado disgusto ante el poder, la autoridad o el control, que emerge de esa sociedad militarista,  es tan solo una condicion de entre las muchas que pudieran tal vez, explicar esa contradiccion entre lo esperado y lo real, en la carrera deportiva de Jorge González.

Una persona no se agota con lo general, ya se dijo. Lo individual es más complejo, más amplio, más rico que lo general. No obstante, la identificacion de un rasgo general y generacional, nos alumbra en la complejidad de lo específico de una personalidad. En definitiva, es esa inconformidad frente al establishment, -en cualquiera de sus formas, aun las que adquiere en la industria del fútbol mundial, donde cada jugador es una mercancía-, lo que con porfiada terquedad y disoluta rebeldía, ha de manifestar, noche tras noche, el Mágico.  Por ello, su figura en la cancha, esa sumisión al placer del juego, se contrapone rotundamente, a su figura en la calle: su rebeldía ante el control y la autoridad.

Momento, talento  y aliento se separan y encuentran en esta inusitada historia. Jorge es el talento en un momento irrepetible y profundamente significativo, quizás el más, de la segunda mitad del siglo XX en El Salvador. Y pareciera una figura solitaria que brilla sin rumbo, en un país ya sangrado y sangrante en el instante mismo de su mayor cénit. Es alguien que no cabe en sí mismo,  ni en su tiempo, ni en su lugar. Y que estuvo solo, sin saber qué hacer con su propia iridiscencia.

Hay que recordar que El Salvador es el único país que ha participado en un Mundial de futbol, estando éste en plena guerra civil: este es el momento de González. Cuando debuta en España (en un partido entre Cádiz y Murcia) a finales de 1982, ya se ha asesinado a Monseñor Romero; ya se ha realizado la matanza del Mozote con sus 700 niños y niñas acribillados; ya se ha sucedido la matanza del Sumpul, ya habían muerto cerca de la mitad de las 80,000 personas fallecidas en esa guerra. 

Mágico es de alguna forma, un sano narcótico, una feliz antítesis, una emocionante contradicción, un agudo contrapunto en el coro de  una tragedia antigua. Pareciera que su alegría de jugar, quisiera compensar la tristeza de un país, su luto. Pareciera que, inconcientemente, una nota discorde del réquiem de un pueblo, deseara prefigurar el último brillo de una generación marcada por la muerte, que se iba a extraviar en sus intentos. Ese fue el momento de Mágico, fue allí, donde danzó su talento.

Por otro lado, la mayor consecuencia social de ese momento histórico, fue no solo el resquebrajamiento de un país, de sus comunidades y familias; sino también la migración masiva. Quizás por ello, solo un salvadoreño que emigra puedo entender a un gitano: he ahí la amistad entre Jorge y Camarón de la Isla. Deambulando desde entonces por el mundo, no hubo más gitanos que 2 millones y medio de personas salvadoreñas. Y como éste es un pueblo que nunca ha aprendido a cantar ni  alegrías ni desgracias, tal vez por ello, ese eco de dolor, ese grito de soledad, esa punzante melancolía, ese apasionamiento triste de una voz que se arrastra para desfallecer luego, fue el que pudo cautivar a un hombre en su más acallada intimidad, en su más soterrada tristeza… venido de una lejana y errante humanidad de judios, musulmanes y cristianos.

Pareciera también, que  “Mágico”, hubiese representado – en su juventud- esa confusión genuina de la salvadoreñidad: el de ser capaz de todo, sin querer hacerlo nunca. No obstante, hay algo magnánimo en el caso que nos ocupa. Y acá viene la grandeza del personaje. Para Jorge, ese no llegar a hacer, se apareja, siempre, contradictoriamente -pues si una cosa somos, es contradicción-  a su gran hazaña, esa que solo él ha logrado en la historia mundial del fútbol: demostrar ser el mas grande y optar, no por la gloria de la fama y la opulencia, sino por la memoria de la gente más sencilla. Y hacerlo por medio del respeto al sentido lúdico del deporte.

Jorge de una manera absurda y desquiciada, pero certera y cuerda a la vez, reivindica  la dignidad del deportista al escapar – a su manera- del mercado de la oferta y la demanda, y posicionarse en su voluntad propia de jugar por el placer de jugar. A los centenares de deportistas que se arrojan al capitalismo del futbol moderno, Jorge se opone, - júzguese la manera en que lo hizo como quiera juzgarse-, con la alegría genuina de quien disfruta lo que hace por la cosa misma de su hacer, y con ello se resiste  a vincular cosas contrapuestas: juego y dinero; diversión y poder.

Así, González lleva a su mejor expresión -y  representa de alguna manera-, ese axioma del salvadoreño, que hace del juego entre el querer y el poder, un rasgo de carácter nacional. El futbolista realiza con su vida deportiva,  eso que nosotros pregonamos: “puedo pero no quiero”, y al realizarlo aquel, nos lo confirma para nosotros, y para quien nos escucha. 

Es que el salvadoreño, en una contradictoria megalomanía “puede” hacerlo todo, pero “no quiere”. Es decir, se pavonea del poder hacer, pero se exalta más a sí mismo, de no querer hacerlo. Por lo tanto el “puedo pero no quiero”, es el distintivo que representa una superioridad extrema frente a otros, que es tanto más, cuanto que la única limitación de ese poder es uno mismo, es el no querer. Por otro lado, la contraparte de esa megalomanía nacional, es el auto-ninguneo. El sentirse de “ese paisito” nos excusa a veces, de muchas cosas, entre otras, de no sentirnos capaces de hacer lo que estamos capacitados de hacer.

Reinvindicar el juego, la alegria; ser genuinamente uno mismo en un mundo que te ordena la manera en que has de vivir y de pensar; anteponer, el ser al tener, y escoger la amistad a la gloria hueca, han der ser por siempre el sencillo legado de Jorge González.