sábado, 26 de marzo de 2011




La hora de comer.


Escuché hace poco tiempo una interesante, mejor, apasionada conferencia de parte de dos mujeres que han dedicado sus vidas, una al arte culinario, la otra, a ello y a la literatura, me refiero a Lidia Matticcio Bastianich, reconocida cocinera italiana de la televisión educativa norteamericana (PBS por sus siglas en inglés), y Judith Jones, editora, quien publicara aquel memorable libro de Julia Child: Mastering the Art of French Cooking, y quien a su vez, fuera traductora al inglés de Jean Paul Sartre y Albert Camus, así como la editora de John Updike por más de 50 años.



En la ocasión de esa conferencia celebrada en noviembre de 2009, y que fue auspiciada por Harvard Book Store, la señora Bastianich habla de su libro Lidia Cooks from the Heart of Italy, y entre otras cosas, reflexiona sobre esa experiencia única que es el momento en que… compartimos en la mesa. Dice ella, que es precisamente a la hora de la comida, por ejemplo, que las personas estamos más abiertas, más dispuestas a recibir; que en el acto de comer, el ser humano adquiere una actitud de disposición a recibir, pues está tomando para sí. Dice Bastianich, que en ese momento nos encontramos con una mayor voluntad de aceptar. Así, se ha de seguir, que la voluntad de rechazo es casi incompatible con el acto de comer. Por eso, es en la mesa- continúa – que se suelen hacer las proposiciones de amor; que es en la comida, alrededor de la mesa, donde un hijo mejor puede recibir un consejo, una sugerencia. Y hemos de agregar, que esa actitud de aceptación, permite, que nuestro mejor humor condescienda siempre en ese momento, con los nimios gestos de simpatía de los otros.


Y es que en definitiva, una verdad que se dice, es más contundente cuando es dicha en la mesa…Tal vez por ello, Cristo escoge ese momento para anunciar que ha de ser entregado, y su voz, suena como un rayo en medio del silencio de aquella noche...Todas las personas hemos tenido la experiencia de haber agregado algo significativo a nuestras vidas en una conversación a la hora de comer, pues es para esa hora que invitamos al amigo para abrirle nuestro corazón, al amante, para cambiar el rumbo de la vida, o de otra manera, al que se le conoce poco, para conocerle más.
Así, el acto de comer, de sentarse a la mesa, adquiere para los seres humanos, una oportunidad única para una comunicación profunda, no solo entre nosotros, sino, con el mundo que nos rodea. Claro está que a este momento, le precede la oportunidad social que una persona tenga para vivir y trabajar, y poder agenciarse su pan de cada día.


El primer derecho humano fundamental es el derecho a la vida, y este pasa a su vez, entre otras cosas, por la oportunidad de tener salud y de gozar seguridad alimentaria. Pero lo que se quiere abordar aquí es, en todo caso, que satisfechos esos derechos básicos, lo que hace de ese momento del comer una vivencia única, lo es ese caro momento de comer juntos. Y, si a ese momento se le suma el aprecio por los alimentos, por la comida en sí, la maravilla por su apariencia, por su textura, su olor, su sabor, su origen, su vinculo con la vida, se agrega una tonalidad más feliz a este sagrado rito.


Recuerdo ahora, la carta emocionada de mi hermano que me cuenta de una comida en casa con su hijo, teniendo como plato una sopa de frijoles. Me cuenta que prepararon un caldo espeso y oloroso, con bolitas de masa de maíz, tomate, cebolla, chile verde, ajos, pellejo de cerdo y a todo ello hirviente en el plato, le dejaron caer un huevo crudo. Y me regala una imagen poética y culinariamente bella de ese momento: “parecía – me dice- como un sol en plena noche”


Es decir, si este sagrado rito en compañía, de suyo nos regala la belleza de la comunicación humana abierta y receptiva, también nos puede llegar a regalar, la poesía de la tierra, la conciencia del trabajo humano, el sonido del silencioso devenir de la naturaleza, la satisfactoria vivencia de sentirnos vivos en el mundo, por ser el pan –dice Neruda- “el producto de la más larga y dura lucha humana”


Pero hay una cosa también cada vez más cierta: la hora de comer, quizás va siendo para algunos el único momento que tenemos para estar juntos. Poseídos como estamos por los afanes de todos los días, los necesarios y los inventados por nuestras falsas necesidades, nos vamos alejando de ese momento sagrado de estar juntos, los que bajo un mismo techo, la más de las veces ya, tan solo pernoctamos silenciosos.


Entonces se va evidenciando que una familia débil, es una familia que aunque pudiendo, ya no come junta. Una familia fuerte, entonces puede ser aquella que aunque lejos, añora volver a rodear su mesa.


A veces, comemos solos o solas. Puede ser triste. Pero con el amor hacia las cosas bellas de la vida, también el comer solo o sola puede ser un momento de auto complacencia, en el más sano sentido de la palabra. Sobre este punto, Judith Jones habló en esa fecha, de su libro titulado: The Pleasure of Cooking for One. (El placer de cocinar para uno mismo, se podría traducir), y cuenta, que a la muerte de su esposo, con el que había compartido 40 años de vida en común, ella creyó que ya nunca volvería a disfrutar lo que antes ambos compartían juntos. Y frente al silencio y la oscuridad de su casa, poco a poco, un día decidió… poner la mesa, cocinar con el amor de siempre, servir el plato con ternura, y dedicarse a sí misma, y en honor a los tiempos idos en compañía de su esposo, la hora de comer a solas, la comida en casa, como una forma de darse ella misma, quizás, la ternura ida…De esta forma, cocinar y comer en soledad devino en el tema mismo de aquel libro.


Hay otras personas que ponen este rito aun más en el lugar sagrado que le corresponde: oran.


Las plegarías dichas antes de comer, nos recuerdan que estamos a punto de vivir algo que en un mundo como el nuestro, es una bendición plena, cualquiera que sea nuestra religión o idea de Dios. Nos recuerda, que en un mundo injusto, donde miles de niños y niñas mueren de hambre diariamente, nosotros somos privilegiados en la mesa, y hay que agradecer… y pedir, porque en la mesa de los otros y de los que amamos y que no están con nosotros, también haya alimento y unión. Y de hecho, el que ora en la mesa, suele no solo pedir porque no falte el alimento, pide a la vez, por que no falte compañía.


La estrechez que se observa en el oscuro aposento de Los comedores de patatas (1885) de Vincent van Gogh, no es la pobreza, es la cercanía entre esas cuatro personas que están alrededor de una mesa a cuyo centro, cae una luz más intensa. No importa que a la espalda de cada uno se amontone la oscuridad, si al fin y al cabo, los rostros, son del todo claros.



Jorge Castellón
Febrero de 2011
Publicado en Revista Cultural TresMil. Diario Colatino El Salvador:

Esa otra orilla que añoramos alcanzar.


Esa otra orilla que añoramos alcanzar.



El hogar, la casa, ese espacio donde, tras cerrar la puerta, el mundo queda afuera a la espera de nosotros, mejor, ajeno ya a nosotros, protegidos como estamos al fin en nuestro encierro de cosas conocidas, de sonidos que envuelven nuestros sueño, de voces a través de las cuales, volvemos a reconocernos en nuestra vida real, en lo que realmente somos…hija, hermano, padre, abuela.


Afuera, no somos lo que somos: transitamos. Vamos de acá para allá, negociando nuestro rostro, y a veces, nuestro ser, en un trueque donde en el mejor de los casos, tras gastarse nuestras manos, nuestra voz, nuestra paciencia, nos queda la esperanza del retorno con lo nuestro, con los nuestros o con nuestra soledad fiel, que nos aguarda.


Deambulamos, somos masa, muchedumbre; luego, en casa, somos este que soy, con nombre propio, aquella que es, inconfundible. En casa, una silla me recuerda, conoce mis pasos, mi peso, mi olor, el toque de mis dedos en su espalda y viene entonces por el uso, el trato y el maltrato, a ser mía. La cama, cóncavo espacio fraguado con el tiempo, me recibe sólo a mí, y ambos encajamos y nos volvemos uno. Conoce mis angustias, mis desvelos, mis vacios, mis infiernos, mi mejor sueño, mi enfermedad y mi delirio y viene así, a ser también, mi cama. Mi taza, casi arremeda los gestos de mi boca al ser abrazada por ese paladar en el que me reconoce, hoy dulce, mañana amargo...Y todo, todo, se va acostumbrando a nosotros y nosotros a todo.


Navegamos, y la casa viene a ser… bien lo ha dicho Sábato, “esa orilla que añoramos alcanzar” en cada tarde. Es que cansada, extraviada en el mundo, la persona que somos, sea quien se sea, más tarde o más temprano, enfrentamos la inconsciente angustia con la que hemos nacido por haber un día, de súbito, haber sido expulsados de aquel tibio aposento que siempre buscamos… cuando más de este mundo abrumados nos sentimos. Cuenta Alberto Masferrer que un día, en la nostalgia de un lugar, en la ausencia prolongada de una casa, llegó por fin a un sitio donde quedarse, y encontró misteriosamente en la cocina de esa casa escritas estas palabras: “el hogar, es el lugar donde más nos quejamos, y donde más felices somos”.


Pero también, la casa, las casas, nos recuerda José Luis Sampedro “nos hablan de los demás para que sepamos vivir juntos y hacernos todos compañeros, como partisanos en esta guerra que es la vida, porque un hombre sólo no es nada…”. La casa es el sitio, el espacio personal donde nos encontramos con los otros, donde la vida, se hace… con-viviencia.


En un lenguaje más allá de las palabras humanas, la casa nos une por medio de las cosas, con aquellos que amamos. Su plato, su manta, su chal, su sombrero, son su esencia; lo mismo que son su esencia sus abrazos o sus besos, lo mismo que sus voces, que resuenan entre las paredes… sobre todo en sus ausencias. Porque es en la ausencia donde, lo que la otra o el otro, tocó, recobra vida, gracias a aquel tacto silencioso que habíamos ya echado al olvidado.


Pienso en la dicha que algunos han tenido de estar siempre allí, en su casa, esa donde han nacido, y donde sus padres han nacido, y de seguir allí, en la memoria de los hijos que siempre allí, han de convivir. Tocan una puerta que se ha abierto al infinito para que sus padres entrasen correteando tras un gato…tocan la silla donde la abuela se sentaba por las tardes; recorren con sus ojos las paredes donde se ha grabado la historia sagrada de toda una familia: sus espantos, las inconfundibles dichas, las muertes, los nacimientos, las fiestas, los velorios…


Una casa es una historia. Y aun los que hemos olvidado ya las veces en que nos hemos mudado, en que hemos metido en cajas viejas los objetos más sagrados que guardamos (que llevamos), también tenemos la dicha de aprender a re-instalarnos como humanos, es decir, a convertir en casa el lugar más transitorio, a acomodar los trastes, a clavar los cuadros, a buscarle lugar a nuestra mesa, para volver otra vez, a convivir con ellos, y con los nuestros, y tejer así, un pedazo más de nuestra historia.


Es que somos siempre de un lugar, aunque este cambie. Los nómadas del desierto, aquellos hombres y mujeres de velos azules, que han hecho de todo el desierto su casa, no dejan por ello, de adherirse y transmutarse en sus provisionales tiendas., que en el lenguaje tuareg recibe el mismo nombre con el que se designan mujer, matriz o matrimonio: éhe. Bello rasgo que confirma que aun el trashumante, necesita detenerse por la noche, volver a la matriz, al calor conyugal, a alejarse brevemente del esplendor de las estrellas, para buscar ese otro esplendor que viene de otros ojos…


Jorge Castellón
Diciembre 2010
Publicado en Revista Resonancias Literarias, Francia: