lunes, 20 de diciembre de 2010

La sonrisa milenaria


La sonrisa milenaria.

Recorrer la distancia de 42 kilómetros y 192 metros en un tiempo de dos horas, tres minutos y 56 segundos es algo ajeno a cualquier ser humano de cualquier parte del planeta, rico o pobre, blanco, negro o amarillo. Solo lo pudo lograr un ser humano: Haile Gebrselassie. Quien abandonó hoy la maratón de New York a mitad de la carrera y al mismo tiempo, abandonó para siempre a sus 37 años, su carrera atlética.




La carera de largo fondo ha sido siempre una actividad humana maravillosa. Un atleta de alto nivel, vive en otro planeta dentro de su solitaria vida de fondista. Recorre entre 200 a 300 kilómetros por semana, entrena dos o tres veces diarias los ocho días de la semana, los 365 días del año. Vive consigo mismo siempre. Dialoga con el sonido de sus pasos sobre el pavimento o la tierra; observa sin ver ese paisaje rutinario que conoce de memoria a la hora del amanecer o del crepúsculo. Conversa con la luna, las estrellas, el sol tierno de las mañanas de invierno.



Cuando duerme, su corazón late despacio: ¡puede alcanzar los 30 latidos por minuto!. Es el organismo humano más económico que existe. Y solo sigue un precepto al entrenarse: resistir y resistir más y hacerlo de forma inteligente y así, es capaz de recorrer el mismo circuito de 400 metros de una pista atlética a la misma velocidad –tiempo- de forma precisa, ni un segundo más, ni un segundo menos, por más de cien veces seguidas.



Pocas personas conocen lo que el cuerpo experimenta después de los 35 kilómetros de recorrido con un ritmo cardiaco de 180 pulsaciones por minuto a una velocidad cercana a los 20 kilómetros por hora. En ese momento, fuerza psíquica y física se cofunden. Muchos/as recorren los últimos siete kilómetros de una maratón en estado casi de inconsciencia, con la única conciencia de finalizar el corrido.



Nunca sabremos los límites del organismo humano, ni por qué, verdaderamente, allí de donde surgió la humanidad y desde donde comenzó a recorrer el mundo, Kenia y Etiopia, se sigue repitiendo la historia de un ser que nació no solo para pensar y jugar y trabajar, sino, también para caminar, correr y sonreir.
Jorge Castellón

Noviembre 7 de 2010

Publicado en :

Revista Hontanar, Australia:















El Nobel para un Lector


Fotografía propiedad de Diario El País. España.



El Nobel para un lector.

Cuando Vargas Llosa recibió la noticia de que había ganado el premio Nobel, se encontraba leyendo. Entre sus manos sostenía una obra más que importante de la literatura latinoamericana: El reino de este mundo, de Alejo Carpentier. Quizás aun las sombras de un amanecer ruidoso se deslizaban espectrales sobre los rascacielos de aquella ciudad vertical que abraza el rio Hudson, cuando a aquel hombre que leía en la penumbra la historia fantástica de un pueblo que milagrosamente existe, le es anunciado que ha recibido el más prestigioso de los galardones literarios.

El hecho en sí es curioso y a la vez, significativo. Cuando Alejo Carpentier escribe aquel libro en 1949, Vargas Llosa tiene 15 años, es decir, era aquel joven que probablemente ya había posado sus ojos en los laberintos del mundo, y escuchado el sonido interno y extraño que se produce, cuando la literatura se encuentra con el alma de un lector, no solo ávido, sino, inconforme.
Sólo los inconformes leen, re-leen y escriben, re-escriben y vuelven a leer. No paran de buscar en lo que ya vieron, en lo que ya buscaron, porque saben, que siempre algo está por descubrirse, ahí, donde siempre mana verdad y belleza. Sólo los inconformes, los que están convencidos de que lo mejor aun no se ha conseguido en el acto creador, vuelven a crear una y otra vez, con grandeza.

Como en el caso del gran Borges, podemos o no congeniar con la postura ciudadana de este escritor o aquella escritora, pero no podemos pretender lo imposible: decir que una obra, hecha con pasión, amor, verdad y disciplina, no merezca ser reconocida y apreciada por todos y todas, inconformes también, que leen y re-leen la gran literatura.

Dijo Borges siempre que no se jactaba de lo que había escrito, sino, de lo que había leído. Premiando a Vargas Llosa, la anécdota de este premio confirma, que en la re-lectura silenciosa está el camino al sorpresivo y mejor goce de un lector y de un escritor.

Jorge Castellón

Octubre 7 de 2010




Publicado en:


Suplemeto Cultural TresMil El Salvador:





Revista Hontanar, Australia: