sábado, 10 de abril de 2010

Elogio de la utopia



El elogio de la utopia.



El poema, Oda al pan, de Pablo Neruda, podría ser una poética versión o un canto a la historia misma de la humanidad en su lucha milenaria por finalizar cada día de la vida, cada jornada del trabajo, con la satisfacción de haber llegado al lecho del descanso nocturno con un pan compartido, y con la certeza de amanecer al otro día, con la seguridad de su obtención.

La Oda, es un canto de esperanza en el que al final de esa lucha el poeta augura un mundo de pan para todos...

Lucharemos por ti con otros hombres,
con todos los hambrientos,
por todos los ríos y el aire
iremos a buscarte,
toda la tierra la repartiremos
para que tu germines,
y con nosotros avanzara la tierra...
Todos los seres
tendrán derecho
a la tierra y a la vida,
y así será el pan de mañana,
el pan de cada boca,
sagrado,
consagrado,
porque será el producto
de la más larga y dura
lucha humana.


A esa lucha milenaria por el pan, que la humanidad ha sostenido, se le une otra lucha no menos cruenta: la lucha por la verdad, por la vigencia de la verdad. Y acá, la historia nos presenta dos hechos-símbolos recurrentes, ambos, de esa lucha por verdad y justicia en el mundo, ambos hechos profundamente significativos, a saber: la crucifixión de Jesucristo y la muerte de Sócrates.

En ambos casos, los Estados al seno de los cuales estos hechos se han producido, han provocado que la muerte acalle, silencie, un anhelo sempiterno de algo que parece imposible de alcanzar: el bienestar común. Porque esos dos hechos históricos se dieron dentro de una lucha de redención contra el mal del mundo, sea ese mal en forma de pobreza, sea en forma de oscurecimiento de la verdad misma.

Aquellas muertes entonces son la respuesta del poder contra, primero, el bien concreto, con su llamado a la multiplicación del pan, es decir, es la muerte en contra de la lucha para acabar con el hambre de los pobres. Y segundo, es la muerte que atenta contra la vigencia de la verdad, es decir, en contra de la mentira intencional e institucional que nos empobrece del pan de la verdad en el plano del conocimiento y la comprensión del mundo, y por lo tanto, de su transformación.

Esta vigencia del mal en la historia se repite pues, aquí y allá; ahí donde el mismo llamado a la justicia y a la verdad resurge: el magnicidio de Monseñor Romero y el asesinato de los sacerdotes jesuitas en El Salvador, vienen a constituir actos provenientes del mal institucionalizado en el mundo moderno, mundo que se opone a ese llamado milenario de justicia y de pan para todas las personas; un llamado venido, en estos casos, de la ética cristiana y de la labor genuina por la verdad en favor de los pobres.

Pero la violencia directa, mortal, contra el pobre, hecha a través de la negación permanente de sus derechos humanos fundamentales, por un lado, y de la perpetración de su muerte de forma violenta y alevosa, por otro, no es menos contundente. Decenas de miles de ciudadanos/as salvadoreños/as que luchaban por sus derechos humanos fundamentales perdieron sus vidas en la pasada guerra civil. Desde esta perspectiva histórica, estas muertes se han convertido en los nuevos crucificados de un Estado que centenariamente ha ocultado la verdad y ha negado la justicia.

Y es que en América Latina, toda contradicción social ha surgido de la lucha por la procura de la vida, ante la violenta negación de los derechos humanos a las grandes mayorías. Negación hecha por parte de los grupos de poder, que han acaparado la riqueza económica y los recursos naturales de cada nación. Así, toda lucha social ha buscado que los Estados orienten sus políticas públicas de forma tal, que permitan que las personas puedan llegar a tener acceso a todo aquello que procura la vida, y a que cada una de esas personas llegue a ser lo que es posible que sea como ser humano. De realizar la posibilidad -diría Beauvoir- de que naciendo uno, se pueda llegar a ser múltiple, mejor aún, que la persona pueda escoger un destino -entre muchos- para su realización plena, en el uso, también pleno, de su libertad, pero también, en el goce pleno de la salud, la educación, dicho más ampliamente, en el goce pleno de sus derechos fundamentales, y evitar, así, que un ser humano se vea frente a un solo destino: la miseria.

A esa negación histórica de las oportunidades de vida de un grupo social, a esa exclusión de participar en la civilización misma, es a lo que Tzvetan Todorov llama, la nueva barbarie. Barbarie perpetrada contra una clase o una etnia; barbarie que se expresa en la exclusión deliberada de los beneficios sociales básicos, en la negación de la vida y la existencia misma de un grupo humano. Visto de esta forma, nuestros pueblos han vivido bajo el peso de la barbarie: de la conquista, pasando por el coloniaje y arribando al capitalismo liberal más acendrado, con una larga tradición de acendrados militarismos.

La comprensión material de la historia, no el determinismo –unívoco- material de la misma, sino, el entendimiento de la actividad material que las personas hemos venido realizando desde la comunidad primitiva hasta el mundo capitalista de hoy, deja claro algo: a la base del mundo, en aquel mar de pobres del mundo, ha existido una lucha secular inapagable por satisfacer la necesidades mínimas para la vida. Y esa lucha se ha hecho en contra de un profundo mal que nace en los cimientos de toda sociedad. Mal estructural que ha arrojado a unos, la minoría, al goce sin límites de los frutos del trabajo de otros. Y a esos "otros", a ser objetos de la esclavitud, la servidumbre o la explotación laboral, para poder subsistir. Y llegados a este punto del devenir histórico, en que masas incontables de pobres emigran de sur a norte y de este a oeste a la búsqueda de los medios de vida para subsistir.

Pero vivir no es subsistir. La población indígena que sobrevivió de aquellas legendarias culturas americanas, Maya, Azteca o Inca, quedaron -material y espiritualmente-, sub-existiendo al seno de su propia historia. De ahí que nosotros, latinoamericanos y centroamericanos, por ejemplo, no sólo seamos sobrevivientes del genocidio de la conquista, de la explotación colonial y de los nuevos estados liberales independentistas, sino, que seamos realmente sobrevivientes que han subsistido centenariamente.

Sobrevivir y subsistir es pues, la historia de las mayorías latinoamericanas y muy particularmente de las mayorías centroamericanas y salvadoreñas. Como ha sido la historia de muchas de las naciones africanas y asiáticas, donde ha prevalecido la cultura de la subsistencia y no la cultura de la vida, la barbarie y no la civilización. Entendida la civilización como un momento social que permite y promueve el bienestar para todas las personas, mejor, la civilización como una realidad social inclusiva. Inclusiva en lo social, inclusiva en lo político.

Porque una nación exclusiva, no es una nación para nadie.

Pero, todavía, es esta mayoría humana que subsiste en el lado invisible de la historia, la que ha empujado y definido el hilo conductor de las transformaciones sociales en el mundo. Retrospectivamente, la revolución francesa, con su lema de Justicia. Libertad e Igualdad, o la revolución bolchevique, con su cometido de lograr el poder para el proletariado y de llegar a que la sociedad otorgue a cada cual según sus necesidades, no fueron en su primigenio momento, palabras vacuas, sino, vivas aspiraciones de pueblos secularmente alejados de la satisfacción plena de sus necesidades de vida. De igual forma, las aspiraciones de Pan, Tierra, Trabajo y Libertad, que se veían escritas en las paredes de las calles salvadoreñas, no eran ejercicios caligráficos: eran reivindicaciones objetivas.

De igual forma, muchas veces se olvida o se quiere olvidar, que la revolución china, vietnamita o cubana, por ejemplo, no fueron en su inicio, tampoco, un invento caprichoso de personajes oscuros en trajes verdes que tomaban té o fumaban puros, fueron reivindicaciones de pueblos enteros, búsquedas, intentos colectivos de los que no tiene ya nada que perder, después de decenios de coloniajes extranjeros y pauperización social.

El origen de los conflictos sociales o guerras civiles en Centroamérica y Suramérica no lo son menos. No existe un sólo movimiento social, decantado a veces en guerra civil, que en America latina, haya sido un capricho de individuos de naturalezas violentas. Todos estos hechos han germinado en una tierra centenariamente abonada con males evitables, que han tenido a su base, la pobreza de la mayor parte de sus poblaciones, sea en el sur mexicano, sea en el norte brasileño, en las sierras peruanas o en el oriente salvadoreño. Y a este respecto se puede agregar otro importante hecho, señalado en su momento por Alejo Carpentier, a saber:

“La historia de América tiene una característica muy importante y muy interesante. Es una ilustración constante de la lucha de clases. La historia de la América toda no se desarrolla sino en función de la lucha de clases. [Los latinoamericanos] no conocemos guerras dinásticas, como las de Europa, guerras de sucesión al trono; [no conocemos] guerras de familias enemigas; [tampoco] guerras de religión [ ].”1

Otro punto distinto es el de cómo esa búsqueda del bien común en la historia, universal y latinoamericano, esa “tentación del bien”, haya ocasionado a veces, la recurrencia del mal, con el uso purificador de la guillotina o el GULAG, en sus diversas formas en diferentes momentos de nuestra historia.

Tampoco lo arriba escrito es, ni mucho menos, una apología de la guerra. ¡No! En Centroamérica se conoce de sobra los dolores que esta conlleva, y se han ensayado maneras más humanas de resolver los conflictos. No obstante, la historia de la lucha por la vigencia de los derechos humanos, universalmente, no se ha alejado del dolor, de la guerra como medida extrema ante situaciones limites, cuyo sufrimiento ha sido para el pobre una realidad a veces mayor, que la posterior vigencia del anhelado bienestar. Y es que ya sea en la defensa del poder deshumanizador, cuando el pobre ha sido usado para atentar contra si mismo, o en contra de ese mismo mal, al final de cuentas, es esa mayoría pobre quien siempre ha puesto los muertos. ¿De quien más se nutrieron los ejércitos de Somoza, Martínez o Ubico? Para hablar tan sólo del pasado en esta región centroamericana. ¡Y cuántas mujeres y hombres no han muerto en la lucha por la justicia social tan sólo en la década de los ochenta del siglo pasado!

Retrospectivamente, para El Salvador, el levantamiento de 1832, conocido como el levantamiento de los pueblos nonualcos, fue el primer intento dentro de la nueva nación criolla, por romper -por parte de la clase explotada-, una situación límite, y alcanzar aquello que Freire nombra como lo inédito viable… Aquella utopia de Aquino, no por fallida, fue menos válida y menos justa. Un siglo después, en enero de 1932, otro movimiento indígena, “los occidentalistas”, apoyados por sectores urbanos revolucionarios, protagonizan la búsqueda de una utopia que fuese capaz de brindar a las mayorías campesinas empobrecidas, tierra, pan y trabajo frente a otra situación social límite, dentro de aquel marco económico liberal, en crisis. Como antecedente, la década de 1920, ¡esa década de las luces centroamericanas!, permite la germinación de una rica corriente de ideas humanistas, anti-imperialistas, panamericanistas y sobre todo utópicas, que van a fundamentar el pensamiento reformista- progresista y revolucionario en El Salvador: vitalismo y marxismo, han de coincidir –cada una por su lado- por primera vez, en su oposición a un liberalismo capitalista deshumanizante. Finalmente, en la penúltima década del siglo XX, la guerra civil no fue sino, una lucha porque las inmensas mayorías pudieran participar del goce de los derechos humanos fundamentales, una nueva utopia de bienestar para todos y todas. Pero lejos, muy lejos, se está aún de aquella utopia: 7 salvadoreños migrando cada hora y 4,365 asesinatos en el último año, es más que una tragedia humana.

Entonces, a la violencia secular y estructural del mal, se le ha opuesto una empecinada esperanza, un deseo de lograr un mundo distinto a este mundo de exclusión. Esperanza que ha acompañado amplios movimientos sociales, políticos y militares a lo largo de la historia humana en general y centroamericana, en particular. Cada protesta, cada intento de reorganizar la sociedad ha demostrada la inagotable esperanza de cada uno de los pueblos empobrecidos.

La pobreza no es un problema teórico. La pobreza es una condición social objetiva, una situación limite que puede ser transformable. Imaginar esa situación ya transformada, es el paso inicial de su transformación, dice Paulo Freire. Y agrega, en su libro La pedagogía de la esperanza:

"Haciéndose y rehaciéndose en el proceso de hacer la historia, como sujetos y objetos, mujeres y hombres, convirtiéndose en seres de la inserción en el mundo y no en la pura adaptación al mundo, terminaron por tener en el sueño también un motor de la historia, No hay cambio sin sueño, como no hay sueño sin esperanza"2 Esto lleva a evocar las palabras de Martin Luther king Jr. en su principal discurso: I have a dream…

Para Freire, soñar no sólo es un "acto político necesario" sino que una "connotación de la forma histórico-social de estar siendo mujeres y hombres". Ya antes ha dicho con total claridad: "[ ], sin poder siquiera negar la desesperanza como algo concreto, y sin desconocer las razones históricas, económicas y sociales que la explican, no entiendo la existencia humana y la necesaria lucha por mejorarla sin la esperanza y sin el sueño. La esperanza es una necesidad ontológica [...]."3

Y America latina, Centroamérica, ya se ha dicho, ha sido un pueblo de esperanza. Ha comprendido la necesidad de vislumbrar, para caminar, de soñar, para vivir, de inventar el futuro para, a veces, contumazmente, superar el presente. Y esa superación del presente, del espacio-tiempo de una situación límite, necesita del dibujo entusiasta de la utopía.

Ya el filósofo salvadoreño-español, Ignacio Ellacuría, se aferraba a esta necesidad de la utopia, cuando sentenciaba- a dos semanas de su asesinato:

“Lo que en otra ocasión he llamado el análisis copro-histórico, es decir, el estudio de las heces de nuestra civilización, parece mostrar que esta civilización esta gravemente enferma y que, para evitar un desenlace fatídico y fatal, es necesario intentar cambiarla desde dentro de si misma […] Sólo utópica y esperanzadamente4 uno puede creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”5

Y es dentro de ese perenne contexto de pobreza y de violencia, de idearios de transformar esa pobreza en un estado humano de bienestar, es decir, de pasar de la copro-historia, al justo reino de este mundo, de la desesperanza a la esperanza, de la pobreza a la utopia, que se han de enmarcar todos aquellos genuinos esfuerzos que denuncian, y más aun, que anuncian un futuro posible, inédito aun, pero viable. Ese mañana con el que soñó Monseñor Oscar Arnulfo Romero, el gran utópico, el gran profeta.

Para El Salvador, como para el mundo, la vida, y la tarea asumida por Monseñor a favor de la justicia, del bien, es el ejemplo más concreto de cómo ciertos hombres y mujeres, se relevan en la historia, para portar la antorcha con la que se alumbra el paso de los pueblos por entre las tinieblas del mal estructural.

La realidad actual de El salvador urge del avivamiento de la espera de un amanecer nunca visto, pero soñado. La desesperanza campea a sus anchas por las calles. Sin una nueva esperanza, sin el anidamiento de una nueva utopia, se ha de estar llamado a algo que rebalsará pronto en el nihilismo y la anarquía, y que nos conducirá al camino del caos, la nulidad y la aceptación de un Estado tristemente fenecido. Hoy más que nunca se debe justipreciar y revivir aquel legado real y utópico, sí, real y utópico que albergaba el sueño de un Anastasio Aquino, de un Feliciano Ama, un Farabundo Martí, de un Alberto Masferrer, de un Ignacio Ellacuría, y sobre todo de un Monseñor Romero. ¡Y qué decir de los decenas de miles de mujeres y hombres, niñas y niños anónimos que soñaron junto a ellos y que violentamente ya han dejado de existir!

¡Demasiada fuerza moral, demasiado anhelo de vida y de vida abundante, como para no resucitar un pueblo languidecente con su ejemplo!

Las últimas palabras de Monseñor Romero, probablemente hayan sido: “tomad todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna…” Y ese cáliz de sangre, es una sustancia que resume, que contiene en su propia esencia, el sufrir por la redención del mundo, sí, pero también, la esperanza por esa misma redención. Es un símbolo, como la muerte misma de aquel profeta, de dolor, pero también de goce, de sueño, en fin, de genuina esperanza.

¡Y si la locura tuvo su elogio, que la tenga también la utopia!


Jorge Castellón

Marzo del 2010



1 Alejo Carpentier. Visión de America. Losada. 1999. P 156.
2 Paulo Freire. La pedagogía de la esperanza. Siglo XXI. 1993. p. 87
3 Ibídem. p.8
4 El subrayado es del autor.
5 Citado por Jon Sobrino en el epilogo de Bajar de la cruz a los pobres: cristología de la liberación. Pp. 299. Comisión teológica Internacional Asociación ecuménicas de teólogos del tercer mundo.