jueves, 18 de marzo de 2010

EL MUNDO PESA MENOS: MATILDE ELENA LOPEZ, HA MUERTO.



El mundo pesa menos:
Matilde Elena ha muerto.

Dice Borges, que todo artista lega al final, con suerte, una imagen de sí mismo. Es esa imagen de trabajo entuciasta, de solidez intelectual, de confianza personal y de osadía, la que lega al final para nosotros, Matilde Elena López.

Si a un hombre y a un amujer, se le juzga por sus actos, mucho más aún, a un artista, a un pensador, mejor, a una artista a una pensadora, se le ha de juzgar... por sus obras. Esa de la que y desde la que hemos de apreciar y juzgar su legado. Asi, la obra máxima de la primera mujer ensayista salvadorña, Interpretacion Social del Arte, que sirva de referencia para medir la altura, el peso, la solidez, y la profundidad de un pensamiento.

Nacida en 1919, recorre con su vida la mayor parte de los más significativos sucesos de la historia de su país de origen, El Salvador. Librepensadora, arremete contra la dictadura del Martinato de manera activa, dejando una huella de liderazgo intelectual en esa gesta por la democracia. Es decir, a sus 25 años, en medio de una sociedad conservadora y militarista, la voz de una mujer asoma con la frescura de la primera juventud, a anunciar, con utopia, la esperanza de la democracia.

Y a sus 50 años, cuando escribe su obra ensayística cumbre, no se ha perdido esa intrepidez, esa vivacidad de pensamiento y esa confianza- ya madura- con la que ha de enfrentar una tarea de la misma magnitud: la reflexion critica de las obras literarias fundamentales de la historia universal. Si, Matilde, con su exquisita prosa, con su recia formacion clásica, pero sobre todo, con su definida posición filosófica y política, nos demuestra algo, a saber: que todo estudio serio, que toda actitud responsable con la verdad, que todo espíritu respetuoso de los logros culturales humanos, conduce al final a la mejor justeza, al juicio más preclaro sobre la obra humana. Disciplina, resistencia intelectual, amor por la verdad, aquello que hizo tambien de Margarite Yourcenar, la primera mujer en la Academia Francesa de la Lengua.

En aquella obra de Matilde Elena, se encuentra, por ejemplo, una de los trabajos ensayísticos, sino el más completo, que en Centroamérica se haya escrito a cerca de La Divina Comedia. Son 103 páginas de inigualable valor no solo literario, sino de historia social y de pensamiento filosófico sobre el origen, el texto y el meta-texto de aquel imperecedero legado artistico de la humanidad toda.

De igual forma, en la Interpretacion Social del Arte, Matilde deja claro su conocimiento profundo de la literarura y filosofia griega y latina, lo que le permite, como a todo aquel o aquella que lo posee, no sólo una plasticidad de pensamiento interpretativo sobre el arte, sino, un estilo inteligentemente creativo de la prosa. Eso que encontramos en quien Borges calificara de ser el mejor prosista en lengua española: Alfonso Reyes.

Pero Matilde, se intuye, no es sólo una académica, es una ciudadana. Pertenece a esa polis llena de contradiciones de su pequeño terruño, de su volcánico suelo. Y he ahí, ese otro centenar de paginas que sobre Alberto Masferrer escribe con el humilde titulo de Apéndice sobre literatura salvadoreña y que posteriormente, se habrá de convertir en el fundamento del prólogo a las obras completas de Masferrer. Toda aquella persona que quiera conocer con seriedad de la obra y la vida de Masferrer, ha de leer esas paginas que cierran la Interpretacion social del arte.. Por cierto, el estudio más completo y reciente sobre Masferrer, hecho por la historiadora norteamericana Karen Racine, se nutre del texto de Matilde Elena como una fuente primordial.

Es que ser fuente, llegar a ser referencia, apoyo, es para el intelectual, uno de sus logros mayores. Y Matilde Elena Lopez, es con su trabajo ensayistico, una de las más ricas fuentes para la investigación y la creación del pensamiento interpretativo en la literatura salvadoreña y universal.

Probablemente, Francisco Gavidia, la odisea de un genio, de Roberto Armijo y José Napoleón Rodríguez Ruíz; El minimum vital, de Alberto Masferrer e Interpretacion Social del Arte, de nuestra Matilde Elena López, sean los más importantes y compeltos trabajos ensayísticos de la literatura salvadoreña, y sus autores, los mejores ensayistas que hayamos tenido.

Que tu mejor poesia, te acompañe, mujer menuda, por entre el infinito cielo donde se esconde la aurora esperada de lo bello, lo bueno y lo justo de este mundo.

Jorge Castellón
Marzo 15 del 2010

domingo, 14 de marzo de 2010

El reino de este mundo



El Reino de este mundo.



“Haití no existe”, reza un titular de este dia de un periódico español. Con ello se quiere dar a entender, sumariamente, que aquel país, que un dia fue el más pobre de latinoamérica y uno de los más pobres del mundo, ha desaparecido.



No obstante, por paradójico que parezca, Haití, sí existe, sigue existiendo y seguirá existiendo como siempre ha sido: como una realidad innegable del presente en la historia viva de un continente que continúa con sus venas abiertas. Pese a la destruccion y la muerte, Haití seguirá alli, como una imagen que no queremos ver, que no queremos reconocer, como parte de nosotros. Tal y como nos ha acompañado en ya casi medio milenio.



La triste historia de esa nacion de 9 millones de habitantes, sobre una extención de 27,000 kilometros cuadrados, no se aleja en mucho de la historia toda del resto de naciones centroamericanas, por ejemplo. Centroamérica ha podido comprobar una y otra vez, que sus pobres son las primeras víctimas de cualquier catástrofe natural. Que sus pobres, son los primeros en la lista de la muerte inesperada y brutal, de la tormenta, el huracán o el terremoro. Haití es tristemente, la confirmacion más brutal de esa realidad centenaria de nuestros pueblos, donde la pobreza acumulada, crea un contingente humano excesivamente vulnerable proclive siempre a la desgracia.



La negación que un grupo humano hace de otro, que conduce al aniquilamiento de este últimos como seres humanos, ya sea por medio del genocidio o la negacion permanente de los derechos humanos que el poder de un Estado institucionaliza, retrotrae a la historia moderna el estado de la barbarie, es decir, el aniquilamiento de un grupo humano de forma violenta a corto plazo, o su exterminio paulatino a traves de la negacion histórica de las oportunidades de acceso de ese grupo al alimento, la vivienda, el trabajo, la asistencia médica, etc. Asi, todo desgracia natural para nosotroa, sigue siendo una desgracia social, una injusticia historica y una desigual condición económica al seno de un mismo pueblo.



Dice Alejo Carpentier en el prólogo de su magnífico libro: “Pero pensaba, además, que esa vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único de Haití, sino patrimonio de la América entera, donde todavia no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías”. Y se puede agregar, que mucho menos se ha establecido un recuento de las agonias, de las hecatombes, de las apocalípsis, de los destinos. La desgracia nos ha rebalsado, hemos ido de lo real maravilloso a lo real absurdo de la cotidianidad.



Alguien podria decir que Haití es verdad como hecho, no como símbolo, jugando con aquella sentencia borgiana, porque es más cierto aún, que en nuestro continente la realidad sobrepasa a la fantasia. Esa tierra del Caribe es hoy un lugar de infinidad de cadaveres convertidos en fogatas en la oscuridad de la noche, de dolientes velando que a su muerto no sea desenterrado y sea despojado de su caja, de desvandadas de hombres, mujeres, ansianos y niños, errando sin rumbo en busca de un mendrugo. Es una suma inprecisa de los muertos, una isla bañada con el olor putrefacto de los insepultos.



El sol bajo la piedra, titulaba Sergio Ramirez, una cronología sobre Haití hecha mucho antes de la catástrofe. Y esas palabras son una perfecta imagen de un milagro. Porque pese a esta realidad incomprensible, la luz más recóndita del espiritu humano -esa que emerge de los ojos de la conmiseracion y la solidaridad misma-, ha tirado chispas, en uno que otro lugar, como esperanza sobre esta historia de total desesperanza. Y ha hecho que se encienda un lenguaje más alla de las palabras, como tantas veces en la historia nuestra anegada de dolor: el español de un rescatista de Castilla, se ha enlazado con el Creolé de los ojos de un ese niño hatiano de 2 años, al encontrarse ambos en medio de la oscuridad de los destrozos y a un costado de su abuelo muerto. La lengua rusa, se ha entendido con el francés tropical de una muchacha,, en el encuentro de aquella joven cubierta de polvo, con el corpulento Yuri -miembro de un equipo ruso de rescate. Asi ha pasado con el idioma chino, el inglés, el árabe. Es que las palabras vida, esperanza, alegria, están más allá de los lenguajes conocidos. Son consustanciales a las miradas, a los gestos, a las manos, al cuerpo mismo de aquellos que se encuentran y que se reconocen como humanos en la esencia de esos mismos sentimientos.



Es quizás en esos encuentos subterráneos en los barrios de Haití, allí donde la esperanza cobra vida a gotas, a dentelladas, donde se cristaliza el brillo de una utopia siempre ansiada, de eso de lo que debiera estar hecho el mundo de todos los dias. Pues “ en el Reino de los cielos, no hay grandeza que conquistar, puesto que allá, todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida, en el Reino de este mundo.”






Jorge Castellón



Houston, Texas, Enero 17 del 2010