lunes, 20 de diciembre de 2010

La sonrisa milenaria


La sonrisa milenaria.

Recorrer la distancia de 42 kilómetros y 192 metros en un tiempo de dos horas, tres minutos y 56 segundos es algo ajeno a cualquier ser humano de cualquier parte del planeta, rico o pobre, blanco, negro o amarillo. Solo lo pudo lograr un ser humano: Haile Gebrselassie. Quien abandonó hoy la maratón de New York a mitad de la carrera y al mismo tiempo, abandonó para siempre a sus 37 años, su carrera atlética.




La carera de largo fondo ha sido siempre una actividad humana maravillosa. Un atleta de alto nivel, vive en otro planeta dentro de su solitaria vida de fondista. Recorre entre 200 a 300 kilómetros por semana, entrena dos o tres veces diarias los ocho días de la semana, los 365 días del año. Vive consigo mismo siempre. Dialoga con el sonido de sus pasos sobre el pavimento o la tierra; observa sin ver ese paisaje rutinario que conoce de memoria a la hora del amanecer o del crepúsculo. Conversa con la luna, las estrellas, el sol tierno de las mañanas de invierno.



Cuando duerme, su corazón late despacio: ¡puede alcanzar los 30 latidos por minuto!. Es el organismo humano más económico que existe. Y solo sigue un precepto al entrenarse: resistir y resistir más y hacerlo de forma inteligente y así, es capaz de recorrer el mismo circuito de 400 metros de una pista atlética a la misma velocidad –tiempo- de forma precisa, ni un segundo más, ni un segundo menos, por más de cien veces seguidas.



Pocas personas conocen lo que el cuerpo experimenta después de los 35 kilómetros de recorrido con un ritmo cardiaco de 180 pulsaciones por minuto a una velocidad cercana a los 20 kilómetros por hora. En ese momento, fuerza psíquica y física se cofunden. Muchos/as recorren los últimos siete kilómetros de una maratón en estado casi de inconsciencia, con la única conciencia de finalizar el corrido.



Nunca sabremos los límites del organismo humano, ni por qué, verdaderamente, allí de donde surgió la humanidad y desde donde comenzó a recorrer el mundo, Kenia y Etiopia, se sigue repitiendo la historia de un ser que nació no solo para pensar y jugar y trabajar, sino, también para caminar, correr y sonreir.
Jorge Castellón

Noviembre 7 de 2010

Publicado en :

Revista Hontanar, Australia:















El Nobel para un Lector


Fotografía propiedad de Diario El País. España.



El Nobel para un lector.

Cuando Vargas Llosa recibió la noticia de que había ganado el premio Nobel, se encontraba leyendo. Entre sus manos sostenía una obra más que importante de la literatura latinoamericana: El reino de este mundo, de Alejo Carpentier. Quizás aun las sombras de un amanecer ruidoso se deslizaban espectrales sobre los rascacielos de aquella ciudad vertical que abraza el rio Hudson, cuando a aquel hombre que leía en la penumbra la historia fantástica de un pueblo que milagrosamente existe, le es anunciado que ha recibido el más prestigioso de los galardones literarios.

El hecho en sí es curioso y a la vez, significativo. Cuando Alejo Carpentier escribe aquel libro en 1949, Vargas Llosa tiene 15 años, es decir, era aquel joven que probablemente ya había posado sus ojos en los laberintos del mundo, y escuchado el sonido interno y extraño que se produce, cuando la literatura se encuentra con el alma de un lector, no solo ávido, sino, inconforme.
Sólo los inconformes leen, re-leen y escriben, re-escriben y vuelven a leer. No paran de buscar en lo que ya vieron, en lo que ya buscaron, porque saben, que siempre algo está por descubrirse, ahí, donde siempre mana verdad y belleza. Sólo los inconformes, los que están convencidos de que lo mejor aun no se ha conseguido en el acto creador, vuelven a crear una y otra vez, con grandeza.

Como en el caso del gran Borges, podemos o no congeniar con la postura ciudadana de este escritor o aquella escritora, pero no podemos pretender lo imposible: decir que una obra, hecha con pasión, amor, verdad y disciplina, no merezca ser reconocida y apreciada por todos y todas, inconformes también, que leen y re-leen la gran literatura.

Dijo Borges siempre que no se jactaba de lo que había escrito, sino, de lo que había leído. Premiando a Vargas Llosa, la anécdota de este premio confirma, que en la re-lectura silenciosa está el camino al sorpresivo y mejor goce de un lector y de un escritor.

Jorge Castellón

Octubre 7 de 2010




Publicado en:


Suplemeto Cultural TresMil El Salvador:





Revista Hontanar, Australia:







martes, 22 de junio de 2010

Ha muerto José Saramago: el ateo más mimado de los cielos.



Viernes, 18 Junio 2010

SAN SALVADOR - Levantado del suelo, siempre me gustó ese titulo de uno de tus libros. Me hacía entender que somos, los humanos, como una semilla, que se yergue en tallo, que crece, que se esfuerza por buscar la luz nutricia- en medio de las plagas y tormentas-, por empaparse del agua misma de los cielos, en su lucha por convertirse en colorida flor y, si es posible, en semilla nueva.

Levantado del suelo, como un libro, como un poema, cuya semilla habita en el corazón de ese o aquella que escribe, para florecer en las manos de otros hombres y mujeres, en una festiva polinización de los espíritus, como si la primavera encontrase – en las palabras de un poeta- una forma más perenne de ser entre las almas.Así, hoy te levantas de donde yaces -hombre y libro-, invisible, en calma, como gaviota azul en medio del océano, y nos llevas en tu vuelo hacia donde el horizonte no termina, hacia el lugar de las eternas esperanzas, hacia el ignoto espacio donde se halla, quizá, no la Pandora de este reino, sino, los sueños de los Prometeos, la dignidad de los Quijotes.


Hoy, Dios conversa contigo. Y en alguna forma inimaginable a nosotros, caminas despacio, conversando, siendo bienvenido. Siendo, este día humano, el ateo más mimado de los cielos. Por allá, ¨pajareará tu alma colmenera¨ disputando preguntas y razones, recogiendo el polen sagrado de los sabios, los santos, los sufridos, los que han muerto abandonados, o de hambruna, cumpliendo de esa forma y siempre, tu obrera labor de escritor humanizante, oficio extraño, tarea terca del mundo que dejaste.


Y en una tarde, tal vez mañana mismo, sobre tu querido mar de Lanzarote, lloverá una lluvia dulce, una brizna de paz, que dibujará en el horizonte nuestro, un arcoíris, o quizá un puente entre la tierra y los cielos, para que un Dios de un sufrir de carne y hueso, se reencuentre con hombres y mujeres de esperanza férrea como fue siempre la tuya, y este mundo sea, por fin, levantado del suelo donde, agonizante, yace.

Publicado en:
Revista Contrapunto. El Salvador

miércoles, 9 de junio de 2010

Carta a Ernesto Sabato



Carta a Ernesto Sabato.
O la metafísica de lo cotidiano.


Honorable Señor,


he leído con profunda alegría ese hermoso libro que usted escribió hace 10 años ya, La Resistencia, y no puedo evitar dirigir a usted, esta carta, motivado por su espíritu y contagiado por las certezas que sobre el valor de la vida humana, por la necesidad de la esperanza, y el milagro del amor como antídoto del mal, nos dejan esas sus cinco cartas que componen el libro.

Y qué mejor manera de comenzar un libro que sus palabras: “Hay días que me levanto con una esperanza demencial -dice usted --momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana, están al alcance de nuestras manos. Este es uno de esos días.” Es que eso demuestra que la literatura, la escritura en usted, y en muy pocos de su estatura, es un regalo para nosotros, de lo mejor de usted mismo. Su mejor vino, la gran reserva espiritual de un hombre que resiste el siglo, y que en esa resistencia se ha añejado su sabiduría, para ponerla en el centro de la mesa de los que quieren ser convidados en una invitación siempre abierta.

Empecé, como es mi costumbre, por subrayar, por marcar los párrafos que me parecían invaluablemente hermosos de su libro, no sólo por su prosa, sino por su profundidad, por su noble sapiencia Le cuento que a las cinco páginas cesé de hacerlo: todo lo escrito era fundamental. Nada estaba de sobra, de fondo, de adorno. De seguir en mi costumbre, hubiese tenido que marcar cada párrafo de las 123 paginas de su libro.

Quiero comentar sólo su primera carta, que usted titula Lo pequeño y lo grande, de inicio acentúa usted “ la convicción de que - únicamente- los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana”. Y al hablar de la condición humana nos habla de la soledad, del alejamiento que las personas -nosotros- experimentamos del mundo, de la des-humanización de la vida.

Momento terrible, sí, casi desesperanzador el que vivimos. Me entenderá mejor si le cuento que escribo desde Centroamérica., desde una de las partes más violentas y pobres del planeta, tierra de héroes sin tumbas, de santos y de cínicos. De un lugar ya sin bosques, sin aves, pero lleno de aguas putrefactas...pero que es nuestra casa. Y desde este contexto, donde uno ansía milagros, me impresiona aun más una declaración suya profundamente cierta, que aveces me pasa inadvertida:

“Milagro son ellos., milagro es que los hombres no renuncien a sus valores, cuando el sueldo no les alcanza para dar de comer a sus familias, milagro es que el amor permanezca y que todavía corran los ríos cuando hemos talado los arboles de la tierra”.

Y me pregunto: ¿cómo en un mundo como éste, todavía se puede hablar de la posibilidad el amor.? En un mundo donde, como en el poema de Juan Gelman:


“Sólo la esperanza tiene las rodillas nítidas.
Sangran”

Nos dice, que hemos perdido “la capacidad para mirar y ver lo cotidiano”. Recordándonos con nostalgia y dulzura lo que es lo cotidiano mismo: “Una calle con enormes tipas, unos ojos candorosos en la cara de una mujer vieja, las nubes de un atardecer.” Nos llama la atención en su carta sobre un hecho casi fatal: el ruido tecnológico del mundo, que “nos quita las ganas de trabajar en alguna artesanía, leer un libro, arreglar algo de la casa mientras se escucha música o se matea,” que en nuestro caso seria el disfrutar de una taza de café entre amigos o seres queridos.

Nos habla en fin, de cosas simples que hemos olvidado, que hemos desvalorizado, que hemos echado al olvido presas de un letargo profundo sobre las cosas pequeñas. Y usted nos insiste que:
“ No hay otra manera de alcanzar la eternidad, que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y el aquí. Y entonces ¿cómo? Hay que re-valorar el pequeño lugar y el poco tiempo en que vivimos”.

Y es verdad que ese espacio y ese tiempo están “sagradamente impregnados de la humanidad de las personas.” Y usted nos ayuda a descubrir esa metafísica de la vida cotidiana que desconocemos u olvidamos, y nos recuerda que aquellos zapatos viejos, no son zapatos...son “Van Gogh, Vincent: su ansiedad, su angustia, su soledad; de modo que son más bien su autorretrato.” De modo que lo humano está presente en todo y por lo tanto, las cosas, los objetos “ son símbolos de aquello profundo y recóndito que reflejan”. Y que están allí, para decirnos algo...de los que nos rodean, y de las personas que nos han abandonado.

Descubro aquí, sin proponérmelo, una coincidencia suya con sus compatriotas, Jorge Luis Borges y Manuel Mujica Laínez: el amor poético por las cosas, por el misterio de las cosas, que viene del amor por las personas y del respeto por el tiempo que trascurre a través de las personas.

Borges dice:


“...!cuantas cosas,
Limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
Nos sirven como tácitos esclavos,
Ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
No sabrán nunca que nos hemos ido.”


Pero hay algo más en sus ideas señor Sabato, porque para usted, esas cosas, nos remiten más bien al presente, a la fuente del goce de lo humano en la vida cotidiana...”Porque el hombre hace con los objetos lo mismo que el alma realiza con el cuerpo, impregnándolo de sus anhelos y sentimientos...” Y así, “ el contacto con cualquier obra humana evoca en nosotros la vida del otro”
Es por eso que -prosigue-... “ al retornar a nuestra casa después de un día de trabajo agobiante, una mesita cualquiera, un par de zapatos gastados, una simple lampara familiar, son conmovedores símbolos de una costa que ansiamos alcanzar, como náufragos exhaustos que lograran tocar tierra después de una larga lucha contra la tempestad.”

Entonces, es ahí, en lo inmediato, entiendo, en lo cotidiano, que comienza esa resistencia contra la tristeza del mundo, contra la pesadumbre que suscita la desesperanza; es – parece decirnos- en esos encuentros humanos en que resistimos la des-humanización del mundo que nos rodea. “A los años que tengo hoy, puedo decir, dolorosamente, que toda vez que nos hemos perdido un encuentro humano, algo quedó atrofiado en nosotros, o quebrado”

Fuera de los encuentros humanos, somos entonces seres atrofiados, quebrados, ajenos a nuestra propia naturaleza. Alejados, ajenos a los otros, y a la vivencia humana con el prójimo, nos deshumanizamos. Recuerdo ahora, una cita de Borges, que puede ser la nuestra: “No nos une el amor, sino el espanto”, y es precisamente lo que a nosotros nos sucede, diría, en mi pequeño país.


Luego, unidos por el espanto y atrofiados, en qué nos hemos convertido.

Pero su carta, me alivia, me dice que lo grande, está en lo pequeño. Que es desde lo pequeño desde donde podemos comenzar a irradiar con nuestra pequeña luz, el oscuro mundo del entorno. Que lo pequeño es el intersticio, “ apenas el espacio que necesita un latido para seguir viviendo, y a través de él puede colarse la plenitud de un encuentro, como las grandes mareas pueden filtrarse aun en las represas más fortificadas.”

Me alienta cuando dice, que “la historia es siempre novedosa”, Y que por eso, “ a pesar de las desilusiones y frustraciones acumuladas, no hay motivo para descreer el valor de las gestas cotidianas. Aunque simples y modestas son las que están [ ] abriendo así un nuevo curso al torrente de la vida”

Me alienta pensar, que cada abrazo entre hermanos, cada beso de una madre a sus hijos, cada sonrisa de un padre, cada risa entre amigos, cada noche entre amantes, cada esperanza juvenil, cada silencio satisfecho alrededor de una humilde mesa, cada sueño escolar, cada letra y palabra aprendida en una escuela, cada bondad en la calle, cada lucha honorable por el sustento, cada rezo, cada mirada de simpatía, nos abren la esperanza de un mejor futuro, “porque el amor, como el verdadero acto creador, es siempre la victoria sobre el mal.”
Con profundo agradecimiento y admiración.

Jorge Castellón

Junio de 2010
Publicada por:
Suplemento Cultural TresMil, El Salvador:
Revista Resonancias, Fracia:

sábado, 10 de abril de 2010

Elogio de la utopia



El elogio de la utopia.



El poema, Oda al pan, de Pablo Neruda, podría ser una poética versión o un canto a la historia misma de la humanidad en su lucha milenaria por finalizar cada día de la vida, cada jornada del trabajo, con la satisfacción de haber llegado al lecho del descanso nocturno con un pan compartido, y con la certeza de amanecer al otro día, con la seguridad de su obtención.

La Oda, es un canto de esperanza en el que al final de esa lucha el poeta augura un mundo de pan para todos...

Lucharemos por ti con otros hombres,
con todos los hambrientos,
por todos los ríos y el aire
iremos a buscarte,
toda la tierra la repartiremos
para que tu germines,
y con nosotros avanzara la tierra...
Todos los seres
tendrán derecho
a la tierra y a la vida,
y así será el pan de mañana,
el pan de cada boca,
sagrado,
consagrado,
porque será el producto
de la más larga y dura
lucha humana.


A esa lucha milenaria por el pan, que la humanidad ha sostenido, se le une otra lucha no menos cruenta: la lucha por la verdad, por la vigencia de la verdad. Y acá, la historia nos presenta dos hechos-símbolos recurrentes, ambos, de esa lucha por verdad y justicia en el mundo, ambos hechos profundamente significativos, a saber: la crucifixión de Jesucristo y la muerte de Sócrates.

En ambos casos, los Estados al seno de los cuales estos hechos se han producido, han provocado que la muerte acalle, silencie, un anhelo sempiterno de algo que parece imposible de alcanzar: el bienestar común. Porque esos dos hechos históricos se dieron dentro de una lucha de redención contra el mal del mundo, sea ese mal en forma de pobreza, sea en forma de oscurecimiento de la verdad misma.

Aquellas muertes entonces son la respuesta del poder contra, primero, el bien concreto, con su llamado a la multiplicación del pan, es decir, es la muerte en contra de la lucha para acabar con el hambre de los pobres. Y segundo, es la muerte que atenta contra la vigencia de la verdad, es decir, en contra de la mentira intencional e institucional que nos empobrece del pan de la verdad en el plano del conocimiento y la comprensión del mundo, y por lo tanto, de su transformación.

Esta vigencia del mal en la historia se repite pues, aquí y allá; ahí donde el mismo llamado a la justicia y a la verdad resurge: el magnicidio de Monseñor Romero y el asesinato de los sacerdotes jesuitas en El Salvador, vienen a constituir actos provenientes del mal institucionalizado en el mundo moderno, mundo que se opone a ese llamado milenario de justicia y de pan para todas las personas; un llamado venido, en estos casos, de la ética cristiana y de la labor genuina por la verdad en favor de los pobres.

Pero la violencia directa, mortal, contra el pobre, hecha a través de la negación permanente de sus derechos humanos fundamentales, por un lado, y de la perpetración de su muerte de forma violenta y alevosa, por otro, no es menos contundente. Decenas de miles de ciudadanos/as salvadoreños/as que luchaban por sus derechos humanos fundamentales perdieron sus vidas en la pasada guerra civil. Desde esta perspectiva histórica, estas muertes se han convertido en los nuevos crucificados de un Estado que centenariamente ha ocultado la verdad y ha negado la justicia.

Y es que en América Latina, toda contradicción social ha surgido de la lucha por la procura de la vida, ante la violenta negación de los derechos humanos a las grandes mayorías. Negación hecha por parte de los grupos de poder, que han acaparado la riqueza económica y los recursos naturales de cada nación. Así, toda lucha social ha buscado que los Estados orienten sus políticas públicas de forma tal, que permitan que las personas puedan llegar a tener acceso a todo aquello que procura la vida, y a que cada una de esas personas llegue a ser lo que es posible que sea como ser humano. De realizar la posibilidad -diría Beauvoir- de que naciendo uno, se pueda llegar a ser múltiple, mejor aún, que la persona pueda escoger un destino -entre muchos- para su realización plena, en el uso, también pleno, de su libertad, pero también, en el goce pleno de la salud, la educación, dicho más ampliamente, en el goce pleno de sus derechos fundamentales, y evitar, así, que un ser humano se vea frente a un solo destino: la miseria.

A esa negación histórica de las oportunidades de vida de un grupo social, a esa exclusión de participar en la civilización misma, es a lo que Tzvetan Todorov llama, la nueva barbarie. Barbarie perpetrada contra una clase o una etnia; barbarie que se expresa en la exclusión deliberada de los beneficios sociales básicos, en la negación de la vida y la existencia misma de un grupo humano. Visto de esta forma, nuestros pueblos han vivido bajo el peso de la barbarie: de la conquista, pasando por el coloniaje y arribando al capitalismo liberal más acendrado, con una larga tradición de acendrados militarismos.

La comprensión material de la historia, no el determinismo –unívoco- material de la misma, sino, el entendimiento de la actividad material que las personas hemos venido realizando desde la comunidad primitiva hasta el mundo capitalista de hoy, deja claro algo: a la base del mundo, en aquel mar de pobres del mundo, ha existido una lucha secular inapagable por satisfacer la necesidades mínimas para la vida. Y esa lucha se ha hecho en contra de un profundo mal que nace en los cimientos de toda sociedad. Mal estructural que ha arrojado a unos, la minoría, al goce sin límites de los frutos del trabajo de otros. Y a esos "otros", a ser objetos de la esclavitud, la servidumbre o la explotación laboral, para poder subsistir. Y llegados a este punto del devenir histórico, en que masas incontables de pobres emigran de sur a norte y de este a oeste a la búsqueda de los medios de vida para subsistir.

Pero vivir no es subsistir. La población indígena que sobrevivió de aquellas legendarias culturas americanas, Maya, Azteca o Inca, quedaron -material y espiritualmente-, sub-existiendo al seno de su propia historia. De ahí que nosotros, latinoamericanos y centroamericanos, por ejemplo, no sólo seamos sobrevivientes del genocidio de la conquista, de la explotación colonial y de los nuevos estados liberales independentistas, sino, que seamos realmente sobrevivientes que han subsistido centenariamente.

Sobrevivir y subsistir es pues, la historia de las mayorías latinoamericanas y muy particularmente de las mayorías centroamericanas y salvadoreñas. Como ha sido la historia de muchas de las naciones africanas y asiáticas, donde ha prevalecido la cultura de la subsistencia y no la cultura de la vida, la barbarie y no la civilización. Entendida la civilización como un momento social que permite y promueve el bienestar para todas las personas, mejor, la civilización como una realidad social inclusiva. Inclusiva en lo social, inclusiva en lo político.

Porque una nación exclusiva, no es una nación para nadie.

Pero, todavía, es esta mayoría humana que subsiste en el lado invisible de la historia, la que ha empujado y definido el hilo conductor de las transformaciones sociales en el mundo. Retrospectivamente, la revolución francesa, con su lema de Justicia. Libertad e Igualdad, o la revolución bolchevique, con su cometido de lograr el poder para el proletariado y de llegar a que la sociedad otorgue a cada cual según sus necesidades, no fueron en su primigenio momento, palabras vacuas, sino, vivas aspiraciones de pueblos secularmente alejados de la satisfacción plena de sus necesidades de vida. De igual forma, las aspiraciones de Pan, Tierra, Trabajo y Libertad, que se veían escritas en las paredes de las calles salvadoreñas, no eran ejercicios caligráficos: eran reivindicaciones objetivas.

De igual forma, muchas veces se olvida o se quiere olvidar, que la revolución china, vietnamita o cubana, por ejemplo, no fueron en su inicio, tampoco, un invento caprichoso de personajes oscuros en trajes verdes que tomaban té o fumaban puros, fueron reivindicaciones de pueblos enteros, búsquedas, intentos colectivos de los que no tiene ya nada que perder, después de decenios de coloniajes extranjeros y pauperización social.

El origen de los conflictos sociales o guerras civiles en Centroamérica y Suramérica no lo son menos. No existe un sólo movimiento social, decantado a veces en guerra civil, que en America latina, haya sido un capricho de individuos de naturalezas violentas. Todos estos hechos han germinado en una tierra centenariamente abonada con males evitables, que han tenido a su base, la pobreza de la mayor parte de sus poblaciones, sea en el sur mexicano, sea en el norte brasileño, en las sierras peruanas o en el oriente salvadoreño. Y a este respecto se puede agregar otro importante hecho, señalado en su momento por Alejo Carpentier, a saber:

“La historia de América tiene una característica muy importante y muy interesante. Es una ilustración constante de la lucha de clases. La historia de la América toda no se desarrolla sino en función de la lucha de clases. [Los latinoamericanos] no conocemos guerras dinásticas, como las de Europa, guerras de sucesión al trono; [no conocemos] guerras de familias enemigas; [tampoco] guerras de religión [ ].”1

Otro punto distinto es el de cómo esa búsqueda del bien común en la historia, universal y latinoamericano, esa “tentación del bien”, haya ocasionado a veces, la recurrencia del mal, con el uso purificador de la guillotina o el GULAG, en sus diversas formas en diferentes momentos de nuestra historia.

Tampoco lo arriba escrito es, ni mucho menos, una apología de la guerra. ¡No! En Centroamérica se conoce de sobra los dolores que esta conlleva, y se han ensayado maneras más humanas de resolver los conflictos. No obstante, la historia de la lucha por la vigencia de los derechos humanos, universalmente, no se ha alejado del dolor, de la guerra como medida extrema ante situaciones limites, cuyo sufrimiento ha sido para el pobre una realidad a veces mayor, que la posterior vigencia del anhelado bienestar. Y es que ya sea en la defensa del poder deshumanizador, cuando el pobre ha sido usado para atentar contra si mismo, o en contra de ese mismo mal, al final de cuentas, es esa mayoría pobre quien siempre ha puesto los muertos. ¿De quien más se nutrieron los ejércitos de Somoza, Martínez o Ubico? Para hablar tan sólo del pasado en esta región centroamericana. ¡Y cuántas mujeres y hombres no han muerto en la lucha por la justicia social tan sólo en la década de los ochenta del siglo pasado!

Retrospectivamente, para El Salvador, el levantamiento de 1832, conocido como el levantamiento de los pueblos nonualcos, fue el primer intento dentro de la nueva nación criolla, por romper -por parte de la clase explotada-, una situación límite, y alcanzar aquello que Freire nombra como lo inédito viable… Aquella utopia de Aquino, no por fallida, fue menos válida y menos justa. Un siglo después, en enero de 1932, otro movimiento indígena, “los occidentalistas”, apoyados por sectores urbanos revolucionarios, protagonizan la búsqueda de una utopia que fuese capaz de brindar a las mayorías campesinas empobrecidas, tierra, pan y trabajo frente a otra situación social límite, dentro de aquel marco económico liberal, en crisis. Como antecedente, la década de 1920, ¡esa década de las luces centroamericanas!, permite la germinación de una rica corriente de ideas humanistas, anti-imperialistas, panamericanistas y sobre todo utópicas, que van a fundamentar el pensamiento reformista- progresista y revolucionario en El Salvador: vitalismo y marxismo, han de coincidir –cada una por su lado- por primera vez, en su oposición a un liberalismo capitalista deshumanizante. Finalmente, en la penúltima década del siglo XX, la guerra civil no fue sino, una lucha porque las inmensas mayorías pudieran participar del goce de los derechos humanos fundamentales, una nueva utopia de bienestar para todos y todas. Pero lejos, muy lejos, se está aún de aquella utopia: 7 salvadoreños migrando cada hora y 4,365 asesinatos en el último año, es más que una tragedia humana.

Entonces, a la violencia secular y estructural del mal, se le ha opuesto una empecinada esperanza, un deseo de lograr un mundo distinto a este mundo de exclusión. Esperanza que ha acompañado amplios movimientos sociales, políticos y militares a lo largo de la historia humana en general y centroamericana, en particular. Cada protesta, cada intento de reorganizar la sociedad ha demostrada la inagotable esperanza de cada uno de los pueblos empobrecidos.

La pobreza no es un problema teórico. La pobreza es una condición social objetiva, una situación limite que puede ser transformable. Imaginar esa situación ya transformada, es el paso inicial de su transformación, dice Paulo Freire. Y agrega, en su libro La pedagogía de la esperanza:

"Haciéndose y rehaciéndose en el proceso de hacer la historia, como sujetos y objetos, mujeres y hombres, convirtiéndose en seres de la inserción en el mundo y no en la pura adaptación al mundo, terminaron por tener en el sueño también un motor de la historia, No hay cambio sin sueño, como no hay sueño sin esperanza"2 Esto lleva a evocar las palabras de Martin Luther king Jr. en su principal discurso: I have a dream…

Para Freire, soñar no sólo es un "acto político necesario" sino que una "connotación de la forma histórico-social de estar siendo mujeres y hombres". Ya antes ha dicho con total claridad: "[ ], sin poder siquiera negar la desesperanza como algo concreto, y sin desconocer las razones históricas, económicas y sociales que la explican, no entiendo la existencia humana y la necesaria lucha por mejorarla sin la esperanza y sin el sueño. La esperanza es una necesidad ontológica [...]."3

Y America latina, Centroamérica, ya se ha dicho, ha sido un pueblo de esperanza. Ha comprendido la necesidad de vislumbrar, para caminar, de soñar, para vivir, de inventar el futuro para, a veces, contumazmente, superar el presente. Y esa superación del presente, del espacio-tiempo de una situación límite, necesita del dibujo entusiasta de la utopía.

Ya el filósofo salvadoreño-español, Ignacio Ellacuría, se aferraba a esta necesidad de la utopia, cuando sentenciaba- a dos semanas de su asesinato:

“Lo que en otra ocasión he llamado el análisis copro-histórico, es decir, el estudio de las heces de nuestra civilización, parece mostrar que esta civilización esta gravemente enferma y que, para evitar un desenlace fatídico y fatal, es necesario intentar cambiarla desde dentro de si misma […] Sólo utópica y esperanzadamente4 uno puede creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”5

Y es dentro de ese perenne contexto de pobreza y de violencia, de idearios de transformar esa pobreza en un estado humano de bienestar, es decir, de pasar de la copro-historia, al justo reino de este mundo, de la desesperanza a la esperanza, de la pobreza a la utopia, que se han de enmarcar todos aquellos genuinos esfuerzos que denuncian, y más aun, que anuncian un futuro posible, inédito aun, pero viable. Ese mañana con el que soñó Monseñor Oscar Arnulfo Romero, el gran utópico, el gran profeta.

Para El Salvador, como para el mundo, la vida, y la tarea asumida por Monseñor a favor de la justicia, del bien, es el ejemplo más concreto de cómo ciertos hombres y mujeres, se relevan en la historia, para portar la antorcha con la que se alumbra el paso de los pueblos por entre las tinieblas del mal estructural.

La realidad actual de El salvador urge del avivamiento de la espera de un amanecer nunca visto, pero soñado. La desesperanza campea a sus anchas por las calles. Sin una nueva esperanza, sin el anidamiento de una nueva utopia, se ha de estar llamado a algo que rebalsará pronto en el nihilismo y la anarquía, y que nos conducirá al camino del caos, la nulidad y la aceptación de un Estado tristemente fenecido. Hoy más que nunca se debe justipreciar y revivir aquel legado real y utópico, sí, real y utópico que albergaba el sueño de un Anastasio Aquino, de un Feliciano Ama, un Farabundo Martí, de un Alberto Masferrer, de un Ignacio Ellacuría, y sobre todo de un Monseñor Romero. ¡Y qué decir de los decenas de miles de mujeres y hombres, niñas y niños anónimos que soñaron junto a ellos y que violentamente ya han dejado de existir!

¡Demasiada fuerza moral, demasiado anhelo de vida y de vida abundante, como para no resucitar un pueblo languidecente con su ejemplo!

Las últimas palabras de Monseñor Romero, probablemente hayan sido: “tomad todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna…” Y ese cáliz de sangre, es una sustancia que resume, que contiene en su propia esencia, el sufrir por la redención del mundo, sí, pero también, la esperanza por esa misma redención. Es un símbolo, como la muerte misma de aquel profeta, de dolor, pero también de goce, de sueño, en fin, de genuina esperanza.

¡Y si la locura tuvo su elogio, que la tenga también la utopia!


Jorge Castellón

Marzo del 2010



1 Alejo Carpentier. Visión de America. Losada. 1999. P 156.
2 Paulo Freire. La pedagogía de la esperanza. Siglo XXI. 1993. p. 87
3 Ibídem. p.8
4 El subrayado es del autor.
5 Citado por Jon Sobrino en el epilogo de Bajar de la cruz a los pobres: cristología de la liberación. Pp. 299. Comisión teológica Internacional Asociación ecuménicas de teólogos del tercer mundo.

jueves, 18 de marzo de 2010

EL MUNDO PESA MENOS: MATILDE ELENA LOPEZ, HA MUERTO.



El mundo pesa menos:
Matilde Elena ha muerto.

Dice Borges, que todo artista lega al final, con suerte, una imagen de sí mismo. Es esa imagen de trabajo entuciasta, de solidez intelectual, de confianza personal y de osadía, la que lega al final para nosotros, Matilde Elena López.

Si a un hombre y a un amujer, se le juzga por sus actos, mucho más aún, a un artista, a un pensador, mejor, a una artista a una pensadora, se le ha de juzgar... por sus obras. Esa de la que y desde la que hemos de apreciar y juzgar su legado. Asi, la obra máxima de la primera mujer ensayista salvadorña, Interpretacion Social del Arte, que sirva de referencia para medir la altura, el peso, la solidez, y la profundidad de un pensamiento.

Nacida en 1919, recorre con su vida la mayor parte de los más significativos sucesos de la historia de su país de origen, El Salvador. Librepensadora, arremete contra la dictadura del Martinato de manera activa, dejando una huella de liderazgo intelectual en esa gesta por la democracia. Es decir, a sus 25 años, en medio de una sociedad conservadora y militarista, la voz de una mujer asoma con la frescura de la primera juventud, a anunciar, con utopia, la esperanza de la democracia.

Y a sus 50 años, cuando escribe su obra ensayística cumbre, no se ha perdido esa intrepidez, esa vivacidad de pensamiento y esa confianza- ya madura- con la que ha de enfrentar una tarea de la misma magnitud: la reflexion critica de las obras literarias fundamentales de la historia universal. Si, Matilde, con su exquisita prosa, con su recia formacion clásica, pero sobre todo, con su definida posición filosófica y política, nos demuestra algo, a saber: que todo estudio serio, que toda actitud responsable con la verdad, que todo espíritu respetuoso de los logros culturales humanos, conduce al final a la mejor justeza, al juicio más preclaro sobre la obra humana. Disciplina, resistencia intelectual, amor por la verdad, aquello que hizo tambien de Margarite Yourcenar, la primera mujer en la Academia Francesa de la Lengua.

En aquella obra de Matilde Elena, se encuentra, por ejemplo, una de los trabajos ensayísticos, sino el más completo, que en Centroamérica se haya escrito a cerca de La Divina Comedia. Son 103 páginas de inigualable valor no solo literario, sino de historia social y de pensamiento filosófico sobre el origen, el texto y el meta-texto de aquel imperecedero legado artistico de la humanidad toda.

De igual forma, en la Interpretacion Social del Arte, Matilde deja claro su conocimiento profundo de la literarura y filosofia griega y latina, lo que le permite, como a todo aquel o aquella que lo posee, no sólo una plasticidad de pensamiento interpretativo sobre el arte, sino, un estilo inteligentemente creativo de la prosa. Eso que encontramos en quien Borges calificara de ser el mejor prosista en lengua española: Alfonso Reyes.

Pero Matilde, se intuye, no es sólo una académica, es una ciudadana. Pertenece a esa polis llena de contradiciones de su pequeño terruño, de su volcánico suelo. Y he ahí, ese otro centenar de paginas que sobre Alberto Masferrer escribe con el humilde titulo de Apéndice sobre literatura salvadoreña y que posteriormente, se habrá de convertir en el fundamento del prólogo a las obras completas de Masferrer. Toda aquella persona que quiera conocer con seriedad de la obra y la vida de Masferrer, ha de leer esas paginas que cierran la Interpretacion social del arte.. Por cierto, el estudio más completo y reciente sobre Masferrer, hecho por la historiadora norteamericana Karen Racine, se nutre del texto de Matilde Elena como una fuente primordial.

Es que ser fuente, llegar a ser referencia, apoyo, es para el intelectual, uno de sus logros mayores. Y Matilde Elena Lopez, es con su trabajo ensayistico, una de las más ricas fuentes para la investigación y la creación del pensamiento interpretativo en la literatura salvadoreña y universal.

Probablemente, Francisco Gavidia, la odisea de un genio, de Roberto Armijo y José Napoleón Rodríguez Ruíz; El minimum vital, de Alberto Masferrer e Interpretacion Social del Arte, de nuestra Matilde Elena López, sean los más importantes y compeltos trabajos ensayísticos de la literatura salvadoreña, y sus autores, los mejores ensayistas que hayamos tenido.

Que tu mejor poesia, te acompañe, mujer menuda, por entre el infinito cielo donde se esconde la aurora esperada de lo bello, lo bueno y lo justo de este mundo.

Jorge Castellón
Marzo 15 del 2010

domingo, 14 de marzo de 2010

El reino de este mundo



El Reino de este mundo.



“Haití no existe”, reza un titular de este dia de un periódico español. Con ello se quiere dar a entender, sumariamente, que aquel país, que un dia fue el más pobre de latinoamérica y uno de los más pobres del mundo, ha desaparecido.



No obstante, por paradójico que parezca, Haití, sí existe, sigue existiendo y seguirá existiendo como siempre ha sido: como una realidad innegable del presente en la historia viva de un continente que continúa con sus venas abiertas. Pese a la destruccion y la muerte, Haití seguirá alli, como una imagen que no queremos ver, que no queremos reconocer, como parte de nosotros. Tal y como nos ha acompañado en ya casi medio milenio.



La triste historia de esa nacion de 9 millones de habitantes, sobre una extención de 27,000 kilometros cuadrados, no se aleja en mucho de la historia toda del resto de naciones centroamericanas, por ejemplo. Centroamérica ha podido comprobar una y otra vez, que sus pobres son las primeras víctimas de cualquier catástrofe natural. Que sus pobres, son los primeros en la lista de la muerte inesperada y brutal, de la tormenta, el huracán o el terremoro. Haití es tristemente, la confirmacion más brutal de esa realidad centenaria de nuestros pueblos, donde la pobreza acumulada, crea un contingente humano excesivamente vulnerable proclive siempre a la desgracia.



La negación que un grupo humano hace de otro, que conduce al aniquilamiento de este últimos como seres humanos, ya sea por medio del genocidio o la negacion permanente de los derechos humanos que el poder de un Estado institucionaliza, retrotrae a la historia moderna el estado de la barbarie, es decir, el aniquilamiento de un grupo humano de forma violenta a corto plazo, o su exterminio paulatino a traves de la negacion histórica de las oportunidades de acceso de ese grupo al alimento, la vivienda, el trabajo, la asistencia médica, etc. Asi, todo desgracia natural para nosotroa, sigue siendo una desgracia social, una injusticia historica y una desigual condición económica al seno de un mismo pueblo.



Dice Alejo Carpentier en el prólogo de su magnífico libro: “Pero pensaba, además, que esa vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único de Haití, sino patrimonio de la América entera, donde todavia no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías”. Y se puede agregar, que mucho menos se ha establecido un recuento de las agonias, de las hecatombes, de las apocalípsis, de los destinos. La desgracia nos ha rebalsado, hemos ido de lo real maravilloso a lo real absurdo de la cotidianidad.



Alguien podria decir que Haití es verdad como hecho, no como símbolo, jugando con aquella sentencia borgiana, porque es más cierto aún, que en nuestro continente la realidad sobrepasa a la fantasia. Esa tierra del Caribe es hoy un lugar de infinidad de cadaveres convertidos en fogatas en la oscuridad de la noche, de dolientes velando que a su muerto no sea desenterrado y sea despojado de su caja, de desvandadas de hombres, mujeres, ansianos y niños, errando sin rumbo en busca de un mendrugo. Es una suma inprecisa de los muertos, una isla bañada con el olor putrefacto de los insepultos.



El sol bajo la piedra, titulaba Sergio Ramirez, una cronología sobre Haití hecha mucho antes de la catástrofe. Y esas palabras son una perfecta imagen de un milagro. Porque pese a esta realidad incomprensible, la luz más recóndita del espiritu humano -esa que emerge de los ojos de la conmiseracion y la solidaridad misma-, ha tirado chispas, en uno que otro lugar, como esperanza sobre esta historia de total desesperanza. Y ha hecho que se encienda un lenguaje más alla de las palabras, como tantas veces en la historia nuestra anegada de dolor: el español de un rescatista de Castilla, se ha enlazado con el Creolé de los ojos de un ese niño hatiano de 2 años, al encontrarse ambos en medio de la oscuridad de los destrozos y a un costado de su abuelo muerto. La lengua rusa, se ha entendido con el francés tropical de una muchacha,, en el encuentro de aquella joven cubierta de polvo, con el corpulento Yuri -miembro de un equipo ruso de rescate. Asi ha pasado con el idioma chino, el inglés, el árabe. Es que las palabras vida, esperanza, alegria, están más allá de los lenguajes conocidos. Son consustanciales a las miradas, a los gestos, a las manos, al cuerpo mismo de aquellos que se encuentran y que se reconocen como humanos en la esencia de esos mismos sentimientos.



Es quizás en esos encuentos subterráneos en los barrios de Haití, allí donde la esperanza cobra vida a gotas, a dentelladas, donde se cristaliza el brillo de una utopia siempre ansiada, de eso de lo que debiera estar hecho el mundo de todos los dias. Pues “ en el Reino de los cielos, no hay grandeza que conquistar, puesto que allá, todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida, en el Reino de este mundo.”






Jorge Castellón



Houston, Texas, Enero 17 del 2010