jueves, 26 de marzo de 2009

Las golondrinas del Teatro Nacional




Las golondrinas del teatro.

Al pintor, Carlos Cañas

Agarradas de esa tierna oscuridad que da el inicio de la noche, colgadas, se diría, del aire ya gris de las penumbras, orilladas quizás, en los relieves de aquellas paredes de blanco concreto; escondidas en los alfeizares, agazapadas bajo los arcos, protegidas por las recias columnas de su palacio, aquellas golondrinas, pequeñas y negras, esperaban. Y llegada esa hora donde todo es… desbandada, un ir y venir, un arremolinarse de apuros de las gentes allá abajo, también ellas, de salto en salto, buscaban posarse en los cables eléctricos de la calle, entre poste y poste, entre línea y línea, conformando una especie de escritura musical sobre líneas negras, en ese papel gastado de la mampostería gris de aquel teatro, era aquella una partitura de los elementos, de esa ciudad donde yo crecía..

El Teatro, sumergido en el centro mismo de esa sumatoria abigarrada de viejos edificios, y ocultado desde el suelo por la multitud… yacía siempre silencioso. Permanecía resignado a su destino de guarida, de refugio, de atalaya de aves vagabundas asiduas a pernoctar bajo su sombra. Quizás por que siempre estuvo allí, y todo lo demás fue creciendo en derredor suyo: las gentes, el tráfico, las ventas ambulantes, el ruido, la ciudad toda. Se fundó en el año 17, y fue el primer teatro en Centroamérica. Yo sentía su antigüedad de piedra cuando pasaba junto a él, ignorante de su historia, sólo conciente de su enormidad, sólo testigo de su función como lugar donde dormían los pájaros. Eso era para mí ese teatro, un lugar donde en la noche (cuya oscuridad siempre exagera la niñez), incontables aves venidas no sé de donde, llegaban a descansar, para al amanecer, seguir su rutas misteriosas.

Un día lejano del pasado, a ese teatro le rodearía tal vez, la más amable quietud de aquella incipiente urbe, su tropel de carruajes, su olor de azahares en la plaza, su apariencia de finos ornamentos, su perfume de claveles sobre los ajuares negros, los perfumados torsos descubiertos de las acompañantes, miembros exclusivos de aquella burguesía afrancesada, de esa oligarquía del café de principios de aquel siglo. El teatro se postraría ostentoso vestido con su estilo Rococó y de Art Nouveau, luciendo sus figuras vegetales, sus asimetrías, sus arcos, sus columnas.

Avanzado el siglo, le vi rodeado de gente que corría, entre carros modernos y autobuses que se apretujaban en aquella calle ya estrecha, cuya anchura, entre él y el parque de enfrente, era un cause caudaloso de ruidos, de bocinas, de gritos, de sonidos de motores, de quejidos, de rostros fatigosos, como si la llegada de la noche, augurara para esas gentes el peligro, el pavor o la muerte…

Viniendo no sé de donde, caminaba viendo esos rostros, o les observaba desde la ventana de algún autobús, al tiempo que buscaba, allá arriba, ese enjambre increíble de aves diminutas, negras, inquietas, desordenadas que no acababan nunca de buscar acomodo en esas líneas también negras de aquellos cables, como si cada una tuviese un lugar prefijado, y algunas, anárquicas, quisiesen ocupar lugares ajenos, provocando el desorden, la disputa, la discordia de esa sociedad vespertina, colgante y densa de todos los crepúsculos. Aves y gentes en revuelo, a las seis de la tarde; aves y gentes en mutua algarabiílla, en mutuo anhelo, en un ansia de llegar, de encontrar un lugar, de posarse. Había algo misterioso en esa coincidencia de energías, de vidas a punto de agotarse adentro de la noche.

Así, las casas, los edificios, las gentes y las aves, concentradas en un punto, rebalsando sus propias presencias sobre cada una las otras, le daban, pienso ahora, su entorno barroco a aquella moderna arquitectura.

Yo tendría diez años, cuando, sin duda, he de haber caminado llevado de la mano, por alguna de las aceras de sus dos costados, mientras adentro, a esa hora, un pintor se colgaba del techo de aquel palacio de los pájaros, para decorar su cúpula del color del melocotón y de azul cielo en mestizaje. Me hubiese gustado verlo, quedarme allí, mientras pintaba. Quizás el recordaría a Miguel Ángel pintando la Sixtina, y yo creería que aquel hombre, vivía allá, arriba, que no bajaba, y que tal vez, era el que cuidaba las golondrinas por la noche.

Jorge Castellón
Marzo de 2009
Publicado en:
Revista Contrapunto. El Salvador

jueves, 5 de marzo de 2009

Aniversario de Monseñor Romero 2009


La esperanza como centro de la vida.*

Si existe soledad, si existe el mal, si existe la abrumadora pobreza y la injusticia, debe haber esperanza, esperanza del bien, esperanza de justicia. No se puede hablar de las fuentes de la felicidad humana, sin hablar de los enemigos de esa misma felicidad. El centro, los centros de la vida, son siempre conquistas que se hacen en lucha contra algo que se opone a nosotros mismos, a nuestra realización de felicidad.

La esperanza, es el alma de esa lucha: la persona que está lejos de su lugar amado, tienen la esperanza del retorno. La persona que ama, tiene la esperanza de un amor correspondido; la persona que crea, tiene la esperanza de alcanzar su obra máxima; la persona que ama al mundo, tiene la esperanza de una humanidad entera que sea feliz. La esperanza, no es una palabra vacía, no es una categoría perdida del lenguaje, no es una queja de la nada. La esperanza es un sentimiento real que toma vida en el mundo a través de personas reales en un mundo tan real como el dolor mismo.

La esperanza no sólo es una reacción contra la adversidad, sino, un modo de vida que augura, que adelanta, que antecede siempre a la presencia del bien, de la felicidad, de la alegría en la familia humana. Por lo tanto, es una realidad que avanza del plano subjetivo, al mundo real. Es una actitud, una forma de vida frente a las cosas nefastas del mundo: el mal y sus rostros.

Es a la teología a la que le debemos el cuido de esa categoría de la espiritualidad humana, a la que le debemos que se reconozca una y otra vez en el lenguaje, en la escritura. Pero es a la realidad dolorosa del que sufre en el mundo, al que le debemos su existencia.

Uno de los textos principales del más importante y controversial teólogo, mejor, cristólogo de nuestro tiempo, se denomina: Estudio del mal y la esperanza: Una visión desde las victimas. Porque frente al mal está la esperanza. Toda la historia humana está llena de esa lucha, de ese contrapeso ante el mal. Pero a la vez, la esperanza sólo puede ser comprendida, entendida, visibilizada, desde la realidad de vida de la persona que sufre. Es desde la visión de las victimas del mal, donde se evidencia la esperanza. Tenia que ser desde un país como El Salvador y desde un continente como el continente latinoamericano, donde Jon Sobrino desarrolla una profunda reflexión sobre ese enemigo de la felicidad de los pobres: el mal, personal e institucional que atenta contra los pobres, como realidad radical de nuestra historia, y su contrario, la esperanza, como fuerza espiritual de un pueblo que sufre. Desde una visión cristiana se articula una perspectiva de la justicia y de la redención humana, que se sustenta en la fortaleza interna de millones de seres sin otro patrimonio que el de la esperanza.

Parafraseando a Sobrino, diremos que Dios no resucita un cadáver, resucita una víctima, y este acto de resucitación no es un acto de poder, más bien, es un acto de justicia. Esta es la idea básica de la perspectiva cristiana de la esperanza desde los pobres, desde los crucificados. Y de forma especifica, el autor apunta:

“Aquel para quien su propia muerte sea el escándalo fundamental y la esperanza de su supervivencia su mayor problema-por razonable que fuera- no tendrá una esperanza verdaderamente cristiana, ni nacida de la resurrección de Jesús, sino una esperanza egocéntrica.” Y mas adelante dice: “Lo que des-centra nuestra esperanza es la captación de la muerte actual de los crucificados como lo absolutamente escandaloso, muerte con la que no se puede pactar … La esperanza de la que hablamos es difícil, exige hacer nuestra la esperanza, y con ello, la realidad de las victimas”

De lo anterior, se desprende que compartir la esperanza es la verdadera esperanza. Y una esperanza compartida es de suyo una utopía. Es en la utopía, y desde la utopía, como antípoda del mal del presente, que la esperanza se manifiesta en el centro de la vida no solo personal, sino, acá, colectiva.

Pero aun si no existiese la teología, la vida cotidiana de las personas concretas en nuestra inmediata realidad, nos develaría de forma contundente, la existencia de algo inexplicable, inmensurable y necesario en la vida personal y colectiva: la esperanza. Es esta esperanza por la verdad y la justicia, la que permitió a Rufina Amaya decidir ser testigo de la muerte de sus hijos, escapar de su propia muerte, luchar con su propio dolor, para iniciar así, la búsqueda incansable de la justicia y de la verdad. Es esta esperanza, la que alienta a las personas que en estos momentos caminan en el desierto de Arizona soñando con alcanzar la orilla de otra lucha, que alimente ya, no la esperanza, sino el hambre de sus hijos en algún alejado caserío de Honduras, Guatemala, México o El Salvador.

Es esta la esperanza que mueve los remos de aquellos que atraviesan el Mediterráneo, el Pacifico o el Adriatico, de África a España, de Senegal a Tenerife, de Yugoslavia a Italia. Y quizá, es ésta misma esperanza la que hace que aquel o aquella, menudas criaturas que espulgan la basura de todos los suburbios, aun sueñen, aun quieran crecer y ser felices.

Y es esta la esperanza que nos legó Monseñor Romero y cuyos frutos hemos de ir saboreando en el mañana, todos y todas, en El Salvador.

*Fragmento tomado del libro inédito: El corazón de la vida. ( Jorge Castellón)

Marzo 20 de 2009.