miércoles, 25 de noviembre de 2009

Carta de esperanza para un pueblo


Carta de esperanza para un pueblo.




Que caiga la lluvia
Que caiga un chaparrón
Que caiga.




No para botar las casas,
mejor, para hacer crecer las siembras.


Para adornar el dia de gotas luminosas,
para lustrar las hojas de todos los amates.




Que sople el viento
Que sople un ventarrón
Que sople.




Que enrede los cabellos que estén sueltos,
las ramas del mango y del naranjo,
y que haga volar alto las piscuchas
de esos niños nuestros,
que han amarrado su risa con la punta del cielo.




Que haga una tarde bonita cada día,
que haga una tarde fresca.
Que dure más allá que de las cuatro hasta las seis.
Y que en esas tardes salgamos fuera todos,
a sentarnos en bancos o cunetas,
a platicarnos de cosas que queremos,
a conversar de aquello que soñamos ,
y olvidemos - aunque sea por un rato-,
todo lo que nos haya puesto tristes.

Que se haga de noche, estrellada.
Que se haga de noche, alunada.


Y quedándonos fuera, abajo de los luceros,
volvamos a jugar aquellos juegos:
el ladrón librado, esconde el anillo,
las estatuas de marfil, arranca cebolla,
o la víbora de la mar.


Que amanezca temprano,
que salga un sol tibio,
que huela a café, a leche, a pan dulce,
que suenen los besos en las frentes de los escolares.
que brillen los ojos en los rostros de todas las gentes de las casas.


Que haya trabajo,
trabajo cerquita.
Y que los grandes salgan temprano a sus labores.


Y que regresen cansados y contentos,
contentos porque el trabajo abunda,
contentos que la paga es buena.


Que sentados a la hora de la cena,
bendigamos la jornada,
bendigamos la comida.

Que estemos todos completitos,
y que aquel que se haya ido lejos,
regrese cuando quiera.



Claro,
hay cosas que no puedo pedir:
que vuelvan los para siempre idos,
que no pase lo que ha pasado,
que no me vaya yo... dejando a los que quiero…


Por eso,
no pido cosas imposibles,


Por eso,
pido tan sólo lo que está en nuestras manos,
o lo que podemos con el tiempo... regalarnos.




Jorge Castellón

Noviembre 2009

jueves, 22 de octubre de 2009

Un partido inolvidable.



Un partido inolvidable.


Recuerdo que Jorge González -al que hoy llaman El Mágico-, jugaba esa noche por el lado izquierdo, es decir, exactamente frente a la platea del estadio, desde donde dos niños con sus narices pegadas a la baranda de alambre -mi hermano y yo-, lo veíamos, hipnotizados ambos, por esa tantas veces elogiada maniobra que lo hacia ver como un adulto diestro jugando contra niños.
Con un elegante uniforme blanco, el equipo nacional enfrentaba al equipo de Haití. El “pajarito” Huezo por su parte, hacia aparecer pelotas que regalaba a aquel desmelenado jugador, para que éste las embrujara, pues por ese año 80, todavía se le conocía como La bruja. Iba y venia pues aquel muchacho creando su magia sobre el césped, como un prestidigitador con aquella pelota blanca, e iba y venia aquella algarabiílla de la gente en esa noche: zapateros, ingenieros, estudiantes, carpinteros, albañiles, médicos, minuteros, usureros, seminaristas, meseros, tapiceros, empleados, camioneros, abogados y nosotros, los dos niños aquellos.
Para entrar al estadio, uno se acercaba a los adultos, y simulaba ser su acompañante, pues niños con acompañante no pagaban. Y siempre había gentes solidarias que te ponían su mano en el hombro para pasar el registro de las puertas y poder por fin, asomarse a ese verde exquisito que la noche y la luz artificial crea sobre el césped. Para asomarse con el corazón latiendo alocado de la dicha, de poder ver de cerca lo que mas nos gustaba ver: un partido de fútbol, y a aquél que fue un día tocado por la vara del talento caprichoso que otorgan unos dioses de risas estridentes, los mismos, que hicieron a Mozart y a Arthur Rimbaud..
Ya adentro del estadio, a media hora de partido, y en medio de aquella alegría, quizás mientras la pelota rodaba o se elevaba por sobre las cabezas como conejo o ave escurridiza, de pronto, súbitamente, se escuchó un estruendo. No había tormenta: no era un trueno… lo que hizo de ese brutal sonido, de esa explosión, algo totalmente sorpresivo. ¿Qué era aquel sonido? Y antes de finalizar esa pregunta entre los labios, las luces del estadio se apagaron.
Todo quedó a oscuras. Las 25 personas –incluyendo a los árbitros- que estaban en la cancha, parecían espectros de la noche. Los 20,000 de las gradas, un murmullo de voces, como un quejido multitudinario venido de las sombras. Pequeñas luces de cigarrillos y encendedores sobresalieron de pronto. Pero nadie corrió, nadie en esos minutos salió del estadio. Era claro que una bomba había explotado cerca, y como de costumbre, cuando era derribado un poste de cables eléctricos, la energía dejaba de funcionar un tiempo indefinido. Y así fue. Por un tiempo indefinido todos esperamos en lo oscuro, esperamos comentando las jugadas, el color de la pelota, el color del cielo, la belleza de las estrellas…
Mi hermano y yo salimos, pensando en que mi abuela a un kilómetro del estadio estaría preocupada por nosotros. Y justamente la encontramos en la esquina de la avenida Olímpica y la 55 avenida sur. Precisamente allí donde hasta el día de hoy un pequeño poste de metal sostiene un antiguo rótulo pintado a mano identificando esas calles. Lámpara en mano hurgaba en la oscuridad aquella amada anciana, buscándonos. Caminamos los tres al portón del mesón Viana y nos quedamos allí, entre tristes y ansiosos esperando que la luz apareciera y tal vez…-!vaya niños que éramos!- el partido se reanudara.
Cuando había partido en el Flor Blanca, los vehículos estacionados llegaban hasta la Auxiliadora, ese edificio de servicios funerarios de la avenida Olímpica. Y se parqueaban vehículos en las calles aledañas, como en la nuestra. Por casi media hora, observamos, ningún carro se había movido. Nosotros por su parte, fuimos con mi abuela al lugar donde la bomba había explotado. Era una sucursal del antiguo Banco Salvadoreño en lo que era el Centro Comercial Olímpica, donde hoy se albergan aulas de la Universidad Francisco Gavidia. De regreso a casa, ¡la calle se volvió a iluminar!. Había pasado cerca de una hora, y para nosotros aun quedaba la posibilidad que si llegábamos de regreso al estadio, el juego continuara. Corrimos. Las puertas ya estaban abiertas y la entrada era libre.
El juego se reanudó y se jugó, a nuestro placer y de tantos otros, un segundo tiempo completito. Después de aquel entre-tiempo tan sui géneris, la noche continuó poniendo risa en nuestra cara, sin saber, que faltaban doce años de sonidos estridentes, de pocos finales felices, más bien de tragedias. Y que nuestro rostro…se iba a volver más triste.
No recuerdo el marcador, pero sí aquella aventura que dos niños juegan en medio de una noche de futbol…en un país en guerra.



Septiembre del 2009.

lunes, 28 de septiembre de 2009

El monumento al Divino Salvador del Mundo


El Monumento al Divino Salvador del Mundo.

A partir del año 72, que pasamos a vivir con mi familia en las cercanías del estadio Flor Blanca, no teníamos otro parque más cercano para jugar, que aquel conocido como el parque de El Salvador del Mundo. Allá íbamos muchas tardes de domingo a saltar y correr en sus -para nosotros- inmensos espacios, y regresar, ya cansados, con la caída del sol, caminando despacio de regreso a casa, es decir a uno de los cuartos de ese enorme mesón que se encontraba en el lugar que ahora ocupa el edificio Seiko, sobre la 55 avenida sur. No quedan vestigios de nuestra antigua vivienda, sólo esa calle en la que solíamos jugar de noche, los niños de ese pueblito escondido que era el mesón Viana, si la suerte nos prestaba una pelota.

Cuando hoy visito ese parque del Monumento, y sentado a su sombra veo esa calle que se pierde allá enfrente -afeada por abigarrados carteles de publicidad,- en su rumbo al centro de la capital, me convenzo, de que un monumento o una estatua, es decir, un símbolo, es una creencia acordada, un significado sobre el que un grupo social se ha puesto de acuerdo para compartirlo. También, y esta idea me inquieta, un símbolo es una imagen que se ofrece como representando una idea, un poder, una convicción, una ideología si se quiere, pero en este caso, es casi una imposición, no un acuerdo espontáneo surgido al seno de un pueblo con el correr de su historia. Así, entre voluntaria concesión e impuesta reverencia, los pueblos crean y recrean su cultura, es decir, todo lo que está después de la existencia humana, en oposición a la naturaleza, que está antes.


Este Monumento al Divino Salvador del Mundo sigue esa lógica. Es un símbolo, sí, y nace de una circunstancia de encuentro entre los poderes de una ciudad: San Salvador, en un momento de su historia. El Monumento, llamémosles así de acá en adelante, es considerado por la opinión oficial y por los medios publicitarios, un símbolo indiscutible de la fe católica del capitalino, la imagen del patrono de su ciudad, habiendo sido a lo largo del tiempo, objeto de aprecio, y en ocasiones- las más tristes de San Salvador- se ha querido verle incluso como oráculo para nuestro sísmico destino. Pero el Monumento, no sólo es un símbolo religioso, también, es un símbolo de la historia social y política salvadoreña, y un ícono de la memoria oficial de la capital de El Salvador.

Al escribir esto, confirmo que toda memoria personal es definitivamente, política, pues toda política es simplemente la vida de los que habitan una ciudad, una polis: sus relaciones, sus acuerdos, los usos y abusos del poder de eso ciudadanos. Quien escribe una memoria lo hace, inevitablemente, desde un lugar social y por más personalísima que esta memoria sea, es la más social de las memorias.

Ahora que evoco esos años cuando yo, siendo un niño, solía correr alrededor de este monumento, sobre esos ladrillos de mármol blanco de su plataforma, que a la luz del sol intensifican todavía su blancura en medio de aquel pasto verde de sus jardines laterales, antaño siempre tan profusos, donde mis pies parecían posarse sobre algodones verdes. Ahora que evoco esos árboles pequeños de cipreses, podados, recuerdo, en forma de elefante, de jirafa, de ave, posados alrededor de la base del Monumento, y arrimados a una línea de arbustos semejante a un muro vegetal de hojas y raíces muy simétricas que bordeaba aquella plataforma de ladrillos color marfil; ahora, que evoco esa sensación extraña que no alcanzaba a comprender entonces, y que hacía de este parque algo distinto, digamos al Parque Cuzcatlán o al Parque Bolívar, comprendo, que lo que lo distinguía de éstos, era que el parque del Monumento lucía más limpio, más cuidado… y menos concurrido: pertenecía a otro lugar de la ciudad, y era, como hoy, una antesala a un paisaje social distinto al que nosotros, mi familia, pertenecíamos.

Los domingos, se solían ver aislados grupos de niños retozando en los espacios verdes que cubren la extensión del parque, se encontraba uno con algún vendedor de paletas y se observaban unas cuantas parejas sentadas en las anchas bancas. En medio de todo, se elevaba sobre su base, a unos quince metros sobre el nivel del suelo, esa columna también blanca que sostiene un globo terráqueo y sobre éste, la figura de un Jesús, con su mano derecha alzada señalando al cielo. Al mirarla, de niño, veía esa figura humana elevarse hasta las nubes que pasaban silenciosas a la mitad de la tarde, y confundirse con los colores de aquel cielo, es decir, trasfigurarse en algo distinto a lo que era.

La estructura -columna y escultura-, están, como siempre, viendo hacia el oriente, hacia lo que un día fue la incipiente capital de San Salvador al inicio de los años cuarenta, período en el que fue inaugurado el Monumento. Cuentan que hasta allí, hasta la actual ubicación de este parque, llegaban los límites de la antigua ciudad, luego proseguía esa carretera, entonces en construcción, que atravesando fincas de café conducía a Santa Tecla y luego al occidente del país. Este punto de la capital donde este Monumento fue colocado, era popularmente conocido como La cruzadilla, creo que por los cruces de caminos que allí convergían. Otras personas conocen esta ubicación como La campana, porque cerca de lo que ahora es el parque, se encontraba aún a principios de los años 70 –lo recuerdo difusamente,- un arco y una campana. Al parecer, décadas atrás, eran parte de eso que vendría a ser tal vez, una estación o punto de abordaje, hacia dentro y fuera de la ciudad.

Personas octogenarias que recuerdan haber ido a la Cruzadilla, los días domingos, durante esas décadas de los años cuarentas y cincuentas del siglo pasado, rememoran el lugar como una amplia zona verde, donde familias se sentaban sobre el césped a descansar y pasar la tarde. En esos mismos años, y durante la cosecha del café, -entre los meses de noviembre y diciembre-, otras familias menos afortunadas, incluidas mi abuela y sus hijos, arribaban los días lunes a ese lugar durante la fría madrugada, para dirigirse luego, caminando, envueltos en sus improvisados abrigos, a las diferentes fincas de café ubicadas en las faldas del volcán de San Salvador – o Quezaltepeque-, es decir, en las tierras que ahora ocupan la extendidas colonias Escalón, La Mascota, Campestre, Maquilishuat, San Benito, Miramonte, etc.

Diciendo esto, recuerdo las palabras del autor de En busca del tiempo perdido, cuando dice que no es el lugar, sino lo que nos acontece en ese lugar, lo que hace que le recordemos con un determinado significado en el ayer de nuestras vidas.

Pero volviendo al Monumento, pocas personas conocen el extraño origen de dicha estructura, el globo terráqueo y la figura del Jesús con su mano derecha señalando al firmamento, ambas, en sus colores blanco y celeste, que representa al mundo, al mundo bajo los pies de Jesucristo. Pues bien, esta imagen y el globo terráqueo proceden del mausoleo del que un día fuese presidente de El Salvador entre 1911 y 1913, y único presidente muerto- asesinado en este caso- en sus funciones, nos referimos al doctor Manuel Enrique Araujo. El Monumento al Salvador del Mundo formó parte de la tumba del único presidente salvadoreño asesinado mientras ejercía su cargo. El autor Alastair White en su famoso libro, El Salvador, escribe que se supone que el hombre detrás del asesinato fue Prudencio Alfaro, un líder de los llamados idealistas liberales de esa época, en pugna contra los pragmatistas gubernamentales a los que Araujo pertenecía.

Años más tarde, la familia de este ex-presidente –extensa por cierto- donó la escultura a la Arquidiócesis de San Salvador, precedida en ese entonces por Monseñor Luis Chávez y González.

El Monumento fue inaugurado por el mismo Monseñor Chávez y González en el mes de mayo de 1942, a raíz del encuentro eucarístico nacional que conmemoraba el centenario de la Arquidiócesis de San Salvador. Esta fecha se ubica durante el periodo conocido como el Martinato: es decir, durante la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, quien, como es sabido no era un creyente católico propiamente dicho (Martínez era más bien un afamado aficionado al esoterismo, un teósofo, que incluso, cuentan, tenia el sobre nombre de El Maestro, entre ciertos sectores de la comunidad intelectual. ¡Singular sobrenombre para quien fuera el protagonista de uno de los episodios más sangrientos de la historia nacional!).

Indiscutiblemente pues, debió haberse producido, en un momento de la historia de El Salvador, una conversación cordial que produjera un acuerdo entre el líder de la iglesia católica y el líder del gobierno en turno, para la construcción del Monumento, por un lado, y para la definición de su lugar de ubicación en ese lugar de la capital, por otro.

Dicho sea, no de paso, que un mes antes de aquella inauguración, en un día de primavera, un sábado 4 de abril de ese año de 1942 -en medio del panorama desesperanzador de la Segunda Guerra Mundial-, se ordenó como sacerdote, tras completar sus estudios teológicos en la ciudad de Roma, el que iba a ser el sucesor de Monseñor Chávez y González, nos referimos a Monseñor Oscar Arnulfo Romero. ¡Y quién iba en ese entonces a vaticinar su trayectoria! Esa trayectoria que iba a propiciar -fuera de su propuesta de canonización y su legado humanista-, la edificación de su propio monumento, a cien metros tan sólo por delante del Monumento que ahora se comenta, del Salvador del Mundo.

Y ese mismo año a finales de mayo, en Madrid, ya se encontraba lista para su impresión y publicación en el cercano otoño, esa fundamental obra de estudio de la historia salvadoreña, La población de El Salvador, de Rodolfo Barón Castro, en la que se lee que para ese año 42, la capital salvadoreña contaba con un poco más de ciento cinco mil habitantes y el país, apenas rebasaba el millón setecientos mil habitantes.

Ahora bien, dos pequeñas placas metálicas colocadas en la parte este o frontal del Monumento -al pie de su base- atribuyen el proyecto y la dirección técnica (copio literalmente) a C. Varaona Villaseñor (ingeniero y arquitecto) y como maestro de obra, al constructor José Esteban Avelar Aquino y están fechadas en 1943. Adicionalmente, en una tercera placa, se señala que la administración general del proyecto estaba a cargo del gobierno de Castaneda Castro (1945-1949). De ello se desprende que el Monumento fue reconocido oficialmente hasta 1943 y que es probablemente ampliado y conservado con un anuncio oficial, por el gobierno posterior a Hernández Martínez

Una somera aproximación a la historia del Monumento tendría que terminar en este punto: la Imagen del Salvador del Mundo fue una vez un mausoleo de un antiguo presidente del país que gobernó a principios del siglo XX y fue inaugurada por autoridades católicas, cuando Martínez.

Pero… ¿quién fue Manuel Enrique Araujo? ¿Por qué otra causa podría a esta altura de nuestra historia ser traído del pasado y ser recordado, que no sea a razón de su desconocido mausoleo?

El doctor Manuel Enrique Araujo, cirujano de profesión, fue el fundador del Estado Mayor de la Fuerza Armada, de la Guardia Nacional y de la Policía de Hacienda. Con él, se produjo la conformación definitiva del Ejercito Salvadoreño y de las instancias policiales que han dejado una nefasta huella -de sobra conocida- sobre la historia de la sociedad civil salvadoreña.

Como se lee en ese interesantísimo articulo de El Diario de Hoy, escrito por el señor Enrique Kury Mena en mayo de 2003, el doctor Manuel Enrique Araujo a la vez amplió la red ferroviaria, fundó el Zoológico Nacional y en 1911, era el productor individual de café más importante, con más de 10,000 quintales producidos para ese año. Es importante también destacar, según se lee en ese artículo, que Araujo no veía con mucha simpatía una relación estrecha en las relaciones diplomáticas, comerciales y políticas con los Estados Unidos en ese momento de nuestra historia, de hecho, las principales exportaciones de café para 1910 se hacían hacia Alemania e Inglaterra.

La imagen del Salvador del Mundo, nos recuerda en silencio, con su sombra, que la tumba de la cual procede, pertenece a un personaje de la sociedad civil y profesional, que tuvo un particular interés como cafetalero, de contribuir a definir el Estado militarista que durante todo el siglo XX, caracteriza al país salvadoreño.

De niño me extrañaba ver que ninguna de mis abuelas se persignaba frente a la imagen del Monumento, y que nadie se detenía a realizar una ofrenda o una petición religiosa, y que nunca observé una reunión católica en ese lugar. Al parecer la imagen no pasaba de ser desde sus inicios, una respetada decoración de esa parte de la capital. Así, el Monumento, turística y oficialmente más divulgado del país, guarda en su seno una paradoja, es una imagen de suyo contradictoria, como contradictoria nuestra historia: representa un pasado y un presente que silenciosamente reposan con su peso de mármol; es a la vez símbolo de callado respeto de un pueblo cristiano ya muy maduro en sus cuestiones fe, y al mismo tiempo, una imagen saturada de divulgación publicitaria de algo que de alguna manera, no nos pertenece… como pueblo.

Nada de lo dicho tiene que ver con las respetables creencias religiosas de un heroico pueblo, “con su fe veterana,” ni con las personas mismas que miran la imagen con respeto. Tiene más bien que ver con la irónica complejidad de lo que es un símbolo en una sociedad históricamente dividida; con el juego del poder al seno de esa sociedad, y fundamentalmente, con la historia misma que cada sector vio representada en esa imagen al momento de ser instituida, a saber: una tradición cristiana, por un lado, y una historia de acendrado militarismo, por otro, que convergían en ese momento en una preferencia social.

A mediados de los años cincuenta, el insigne poeta Oswaldo Escobar Velado dejaba entrever en su poema, como ese Monumento marcaba una frontera física entre los ricos y los pobres de aquel San Salvador. Como la ciudad hacia ya clara su distribución en dos mitades: del Monumento hacia el oriente, yendo al centro de la capital, donde vivían los pobres, y del Monumento hacia el occidente, subiendo hacia las faldas del volcán, donde residían los ricos.

Y a esto amigo se le llama Patria
Y se le canta un himno
Y hablamos de ella como cosa suave, como dulce tierra
A la que hay que entregar el corazón hasta la muerte.
Mientras tanto al occidente de la casa que ocupo
Hay una imagen encaramada en el mundo
(¡Mayor razón para que viera claro!)
Y allí junto a sus pies de frío mármol
Una colonia alegre
Se va en las tarde
Cantando a los cinemas.

El San Salvador de hoy, parece no haberse alejado de lo que dijo el poeta hace cerca de 50 años. Ascender por el Monumento hacia el occidente sigue siendo un espejismo: a nuestras espaldas va quedando lo que es la realidad de la capital salvadoreña… Quizás por eso, una pequeña figura color de bronce se observa que baja cansina sobre la calle Roosevelt, delante de ese Monumento. Va camino de vuelta a su iglesia, allá, al oriente, en medio del bullicio de las vendedoras y los niños ambulantes: es la estatua de Romero que se anticipa como un nuevo símbolo del futuro.

El origen tan distinto de estas dos esculturas, su significado, su fuente desde las raíces mismas de la historia nacional, develan profundas diferencias: un monumento se construye desde arriba, y en su altura, no es más que un punto de referencia en medio del bullicio; otro, se ha construido desde abajo, desde el dolor prolongado de un pueblo, es decir, su historia, y es el símbolo de un hito, donde la silenciosa, pero imperecedera memoria popular, se aúna con la dureza física del material tangible de una estatua.

Yo, recojo mi memoria, los significados y conceptos que aprendí, e izo el invisible estandarte de la esperanza para ese lugar donde está mi infancia, y donde viven aún, personas que amo.


Jorge Castellón
Agosto de 2009


martes, 28 de julio de 2009

Simón Bolivar, el general desamparado


Simon Bolívar: el general desamparado.

Por Jorge Castellón

Lo veía siempre que yo pasaba por la esquina. Allí, oculto tras aquella enorme figura que se elevaba sobre sus patas traseras como queriendo tomar vuelo, como queriendo huir del suelo o quizás amedrentar a los transeúntes, que como yo, veíamos asombrados aquella escena extraña de un animal erguido, con las fuerzas contenidas en un intento estático, pero amenazante, mientras a sus pies, ajeno a esa acción intrépida en suspenso, la figura de un hombre yacía impasible, tendida sobre el suelo, a un palmo de las patas traseras de la bestia.

Sobre los cartones, el hombre yacente parecía un cuerpo, que tras una ardua batalla había quedado insepulto, mientras el héroe de algún ejército vencedor, arribaba tardíamente a un poblado ya destruido, a expulsar a los bárbaros que huían del valor de aquel jinete. Porque aquella figura impresionante que se erguía, era un caballo y su jinete, un animal y un hombre, pero para el niño que era yo entonces, era una aparición inexplicable de un solo ser nunca visto, que tiene dos cabezas. Así debieron haber visto los nativos del Caribe y Yucatán a los jinetes españoles: terribles apariciones de seres, mitad bestia mitad hombre, que parecían dioses, divinidades increíbles venidas del mar.

Yo miraba la altura de aquel gesto del jinete y la inmovilidad del hombre dormido sobre los cartones como un misterio incomprensible. Con los días, fui entendiendo que tal vez aquel hombre velaba el sueño del jinete, si se le puede adjudicar el sueño al bronce que durante el día parece un ser en movimiento. Es que la noche infantil no es la noche del adulto. Y podría quizás aquella estatua cobrar vida cuando todo fuera oscuro, y el hombre de los cartones dar de comer al caballo y conversar con el jinete, y éste contarle mil y una historias llenas de victorias y derrotas, hasta que la luz del sol, los colocara otra vez en sus posturas diurnas silenciosas. ¡Pero yo había descubierto su secreto!

Cada mañana que yo pasaba frente a ellos viniendo del jardín de infantes a mi casa, les miraba de reojo, yo era como un confidente de aquellas pláticas nocturnas que ellos sostenían, mientras caminaban por entre los almendros y aceitunos de aquel parque. Atrás iría aquel caballo, a paso lento, descansando de la labor de su acostumbrada postura.

A veces, coronas de flores amanecían apoyadas en las patas del caballo y una banda de tambores, tubas y trompetas querían que caballo y jinete les siguieran no sé donde. Yo me paraba un momento y veían como aquel rostro de bronce impasible parecía no escuchar aquel llamado para iniciar la marcha. Y notaba que el hombre de los cartones se escondía cuando llegaban los del tambor y las trompetas y que en el lugar donde dormía, más coronas de flores rodeaban al solicitado… ¿A dónde se escondería aquella figura silenciosa con su cama de papeles?

Pero idos los hombres de la banda, ¡allí estaba el amigo del jinete! Regresaba. Volvía a cumplir con su tarea de cuidar de sus amigos… y las coronas de flores desaparecían.

Hoy, a casi cinco décadas, la estatua de Bolívar sigue en pie, empotrada en una gruesa columna de cemento, a dos metros y medio sobre el suelo en la misma esquina de aquel parque. Dicen que para que nadie robe su pesada espada, la que ya ha perdido varias veces. El hombre de los cartones ya habrá muerto, o será un anciano que un día, por eso de la edad, se olvidó de sus labores, dejándonos al General desamparado.


Houston, Texas. Julio de 2009


sábado, 13 de junio de 2009

Qué nos deja un poeta...cuando muere


¿Qué deja un poeta… cuando muere?

A Mario Benedetti.



¿Qué deja un poeta… cuando muere?

Su palabra. Y la fidelidad de aquellos, crédulos de la palabra misma, que la evocan, la conservan, la restauran, la limpian del polvo de los días, la pulen de las posibles manchas del olvido. La refrescan, la recitan, la recrean, la reinventan.

¿Qué deja un poeta al despedirse por vez última?

Su lenguaje. Ese lenguaje de los otros hecho de sus palabras mismas, de las palabras que del corazón, van a su voz a algún papel y de ahí a la memoria. Que se vuelve canto luego, plegaria colectiva, grito o risa contagiosa, himno que viaja por los vientos, de aquí para allá, por doquier, como estandarte de la soledad y de las multitudes.

¿Qué deja un poeta, cuando se marcha para siempre?

Su sentir. Y el vaivén de ese sentir sobre los otros, como olas que nos mecen, a veces tormentosas, a veces calmas, a veces misteriosamente quietas, en este mar de cosas imprevistas por donde caminamos para luego despedirnos…sorprendidos.

¿Qué lega un poeta a los que le suceden en la muerte?

Su soledad. La soledad que vertió sobre las horas, que germinó con las palabras y los espacios entre ellas: los silencios. Granos de arena superpuestos, de tal forma, que guardan mágico equilibrio en esa escultura frágil que se sostiene con la espera, con el tiempo, ese tiempo en que se hilvana la absoluta soledad de todo aquel que crea, que agrega algo nuevo a lo que existe con el prodigio del secreto.

¿Qué hereda entonces, el poeta a los que le sobreviven?

Su misterio. El misterio del poder sutil de su alquimia de los elementos. Pues, ¿qué más frágil que el lenguaje? Qué más frágil que una palabra sola, incorpórea, sin coraza, sin escudo, sin hueso, sin sustancia y sin embargo, invencible, inasible, indestructible, atemporal, maravillosa. Dones venidos del misterio que se va, con el que muere.

¿Qué nos regala el poeta cuando ya esta ausente?

Su silencio. El silencio del que espera, el silencio del que crea, el silencio del que añora, el silencio del que sufre -pero que no puede sufrir en silencio y por lo tanto escribe-; y el silencio mismo del que escribe, y el silencio mismo del que muere, -pero que no muere en silencio, pues su muerte es sonora, como sonoras las palabras con las tejió el códice de su escritura… en las horas del silencio.

¿Qué nos deja escondido aquel poeta, que se marcha?

Su dolor. El dolor de sus ausencias, sus muertes, sus exilios, sus pobrezas. El dolor de sus derrotas, de su desamor, de su sed insaciable de agua fresca, de vinos puros, de pan, de leche para todos. Del dolor que brota de los crucificados.

¿Qué olvida atrás el poeta que fallece, para que se lo guardemos?

Su amor su amistad su esperanza su utopia
Sus nostalgias sus exilios sus recuerdos
Sus noches de luz sus días negros
Sus sueños sus retornos

Su arco y su lira, sus odas, su reloj de arena, su ajedrez, sus once letras, su canción de cuna, su paz y su flor pura, su elegía y sus heridas, su camino de andares, su táctica y su estrategia, su defensa de toda la alegría, su poema de amor, sus letanías.


Jorge Castellón

Mayo de 2009



Publicado en:


Revista Hontanar. Australia





jueves, 26 de marzo de 2009

Las golondrinas del Teatro Nacional




Las golondrinas del teatro.

Al pintor, Carlos Cañas

Agarradas de esa tierna oscuridad que da el inicio de la noche, colgadas, se diría, del aire ya gris de las penumbras, orilladas quizás, en los relieves de aquellas paredes de blanco concreto; escondidas en los alfeizares, agazapadas bajo los arcos, protegidas por las recias columnas de su palacio, aquellas golondrinas, pequeñas y negras, esperaban. Y llegada esa hora donde todo es… desbandada, un ir y venir, un arremolinarse de apuros de las gentes allá abajo, también ellas, de salto en salto, buscaban posarse en los cables eléctricos de la calle, entre poste y poste, entre línea y línea, conformando una especie de escritura musical sobre líneas negras, en ese papel gastado de la mampostería gris de aquel teatro, era aquella una partitura de los elementos, de esa ciudad donde yo crecía..

El Teatro, sumergido en el centro mismo de esa sumatoria abigarrada de viejos edificios, y ocultado desde el suelo por la multitud… yacía siempre silencioso. Permanecía resignado a su destino de guarida, de refugio, de atalaya de aves vagabundas asiduas a pernoctar bajo su sombra. Quizás por que siempre estuvo allí, y todo lo demás fue creciendo en derredor suyo: las gentes, el tráfico, las ventas ambulantes, el ruido, la ciudad toda. Se fundó en el año 17, y fue el primer teatro en Centroamérica. Yo sentía su antigüedad de piedra cuando pasaba junto a él, ignorante de su historia, sólo conciente de su enormidad, sólo testigo de su función como lugar donde dormían los pájaros. Eso era para mí ese teatro, un lugar donde en la noche (cuya oscuridad siempre exagera la niñez), incontables aves venidas no sé de donde, llegaban a descansar, para al amanecer, seguir su rutas misteriosas.

Un día lejano del pasado, a ese teatro le rodearía tal vez, la más amable quietud de aquella incipiente urbe, su tropel de carruajes, su olor de azahares en la plaza, su apariencia de finos ornamentos, su perfume de claveles sobre los ajuares negros, los perfumados torsos descubiertos de las acompañantes, miembros exclusivos de aquella burguesía afrancesada, de esa oligarquía del café de principios de aquel siglo. El teatro se postraría ostentoso vestido con su estilo Rococó y de Art Nouveau, luciendo sus figuras vegetales, sus asimetrías, sus arcos, sus columnas.

Avanzado el siglo, le vi rodeado de gente que corría, entre carros modernos y autobuses que se apretujaban en aquella calle ya estrecha, cuya anchura, entre él y el parque de enfrente, era un cause caudaloso de ruidos, de bocinas, de gritos, de sonidos de motores, de quejidos, de rostros fatigosos, como si la llegada de la noche, augurara para esas gentes el peligro, el pavor o la muerte…

Viniendo no sé de donde, caminaba viendo esos rostros, o les observaba desde la ventana de algún autobús, al tiempo que buscaba, allá arriba, ese enjambre increíble de aves diminutas, negras, inquietas, desordenadas que no acababan nunca de buscar acomodo en esas líneas también negras de aquellos cables, como si cada una tuviese un lugar prefijado, y algunas, anárquicas, quisiesen ocupar lugares ajenos, provocando el desorden, la disputa, la discordia de esa sociedad vespertina, colgante y densa de todos los crepúsculos. Aves y gentes en revuelo, a las seis de la tarde; aves y gentes en mutua algarabiílla, en mutuo anhelo, en un ansia de llegar, de encontrar un lugar, de posarse. Había algo misterioso en esa coincidencia de energías, de vidas a punto de agotarse adentro de la noche.

Así, las casas, los edificios, las gentes y las aves, concentradas en un punto, rebalsando sus propias presencias sobre cada una las otras, le daban, pienso ahora, su entorno barroco a aquella moderna arquitectura.

Yo tendría diez años, cuando, sin duda, he de haber caminado llevado de la mano, por alguna de las aceras de sus dos costados, mientras adentro, a esa hora, un pintor se colgaba del techo de aquel palacio de los pájaros, para decorar su cúpula del color del melocotón y de azul cielo en mestizaje. Me hubiese gustado verlo, quedarme allí, mientras pintaba. Quizás el recordaría a Miguel Ángel pintando la Sixtina, y yo creería que aquel hombre, vivía allá, arriba, que no bajaba, y que tal vez, era el que cuidaba las golondrinas por la noche.

Jorge Castellón
Marzo de 2009
Publicado en:
Revista Contrapunto. El Salvador

jueves, 5 de marzo de 2009

Aniversario de Monseñor Romero 2009


La esperanza como centro de la vida.*

Si existe soledad, si existe el mal, si existe la abrumadora pobreza y la injusticia, debe haber esperanza, esperanza del bien, esperanza de justicia. No se puede hablar de las fuentes de la felicidad humana, sin hablar de los enemigos de esa misma felicidad. El centro, los centros de la vida, son siempre conquistas que se hacen en lucha contra algo que se opone a nosotros mismos, a nuestra realización de felicidad.

La esperanza, es el alma de esa lucha: la persona que está lejos de su lugar amado, tienen la esperanza del retorno. La persona que ama, tiene la esperanza de un amor correspondido; la persona que crea, tiene la esperanza de alcanzar su obra máxima; la persona que ama al mundo, tiene la esperanza de una humanidad entera que sea feliz. La esperanza, no es una palabra vacía, no es una categoría perdida del lenguaje, no es una queja de la nada. La esperanza es un sentimiento real que toma vida en el mundo a través de personas reales en un mundo tan real como el dolor mismo.

La esperanza no sólo es una reacción contra la adversidad, sino, un modo de vida que augura, que adelanta, que antecede siempre a la presencia del bien, de la felicidad, de la alegría en la familia humana. Por lo tanto, es una realidad que avanza del plano subjetivo, al mundo real. Es una actitud, una forma de vida frente a las cosas nefastas del mundo: el mal y sus rostros.

Es a la teología a la que le debemos el cuido de esa categoría de la espiritualidad humana, a la que le debemos que se reconozca una y otra vez en el lenguaje, en la escritura. Pero es a la realidad dolorosa del que sufre en el mundo, al que le debemos su existencia.

Uno de los textos principales del más importante y controversial teólogo, mejor, cristólogo de nuestro tiempo, se denomina: Estudio del mal y la esperanza: Una visión desde las victimas. Porque frente al mal está la esperanza. Toda la historia humana está llena de esa lucha, de ese contrapeso ante el mal. Pero a la vez, la esperanza sólo puede ser comprendida, entendida, visibilizada, desde la realidad de vida de la persona que sufre. Es desde la visión de las victimas del mal, donde se evidencia la esperanza. Tenia que ser desde un país como El Salvador y desde un continente como el continente latinoamericano, donde Jon Sobrino desarrolla una profunda reflexión sobre ese enemigo de la felicidad de los pobres: el mal, personal e institucional que atenta contra los pobres, como realidad radical de nuestra historia, y su contrario, la esperanza, como fuerza espiritual de un pueblo que sufre. Desde una visión cristiana se articula una perspectiva de la justicia y de la redención humana, que se sustenta en la fortaleza interna de millones de seres sin otro patrimonio que el de la esperanza.

Parafraseando a Sobrino, diremos que Dios no resucita un cadáver, resucita una víctima, y este acto de resucitación no es un acto de poder, más bien, es un acto de justicia. Esta es la idea básica de la perspectiva cristiana de la esperanza desde los pobres, desde los crucificados. Y de forma especifica, el autor apunta:

“Aquel para quien su propia muerte sea el escándalo fundamental y la esperanza de su supervivencia su mayor problema-por razonable que fuera- no tendrá una esperanza verdaderamente cristiana, ni nacida de la resurrección de Jesús, sino una esperanza egocéntrica.” Y mas adelante dice: “Lo que des-centra nuestra esperanza es la captación de la muerte actual de los crucificados como lo absolutamente escandaloso, muerte con la que no se puede pactar … La esperanza de la que hablamos es difícil, exige hacer nuestra la esperanza, y con ello, la realidad de las victimas”

De lo anterior, se desprende que compartir la esperanza es la verdadera esperanza. Y una esperanza compartida es de suyo una utopía. Es en la utopía, y desde la utopía, como antípoda del mal del presente, que la esperanza se manifiesta en el centro de la vida no solo personal, sino, acá, colectiva.

Pero aun si no existiese la teología, la vida cotidiana de las personas concretas en nuestra inmediata realidad, nos develaría de forma contundente, la existencia de algo inexplicable, inmensurable y necesario en la vida personal y colectiva: la esperanza. Es esta esperanza por la verdad y la justicia, la que permitió a Rufina Amaya decidir ser testigo de la muerte de sus hijos, escapar de su propia muerte, luchar con su propio dolor, para iniciar así, la búsqueda incansable de la justicia y de la verdad. Es esta esperanza, la que alienta a las personas que en estos momentos caminan en el desierto de Arizona soñando con alcanzar la orilla de otra lucha, que alimente ya, no la esperanza, sino el hambre de sus hijos en algún alejado caserío de Honduras, Guatemala, México o El Salvador.

Es esta la esperanza que mueve los remos de aquellos que atraviesan el Mediterráneo, el Pacifico o el Adriatico, de África a España, de Senegal a Tenerife, de Yugoslavia a Italia. Y quizá, es ésta misma esperanza la que hace que aquel o aquella, menudas criaturas que espulgan la basura de todos los suburbios, aun sueñen, aun quieran crecer y ser felices.

Y es esta la esperanza que nos legó Monseñor Romero y cuyos frutos hemos de ir saboreando en el mañana, todos y todas, en El Salvador.

*Fragmento tomado del libro inédito: El corazón de la vida. ( Jorge Castellón)

Marzo 20 de 2009.


domingo, 22 de febrero de 2009

El Salvador: una historia de la barbarie


El Salvador: una historia de la barbarie.
Terror contra esperanza. Política contra ética.


Jorge Castellón.


Surgimos con los volcanes en ese estrecho de mar entre dos continentes, y así, lo que iba a ser nuestro suelo, apareció de la lava de una y otra erupción, haciendo esa superficie delgada y heterogénea, de lagos y montañas, de ríos, de cuevas, de lo que hoy conocemos como Centro América. Esta fue nuestra virtud y nuestra desgracia. Con un suelo rico y fructífero abonado de ceniza, heredamos tanto la perenne furia de la tierra, como la abundancia gratuita de los campos. “Varios milenios antes de Cristo- dice David Browning- el hombre de El Salvador había adaptado a su tierra un gran numero de plantas alimenticias, entre las que figuraban el maíz, varios tipos de frijoles y de calabazas, y de chiles. Además de estos alimentos, otras series de plantas cultivadas en América central – aguacate, jocote, saúco, guayaba, zapote, papaya, tuna, tomate, cacao, maguey, tabaco, algodón, henequén , añil, copal, ayote, guaje-, da fe del conocimiento del indio de su copioso medio ambiente”[1]. Esta fertilidad del suelo y la exuberante flora y fauna, había provocada una permanente migración de población desde el norte del continente hacia nuestro actual territorio y permitido la existencia de diversos grupos étnicos a lo largo y ancho de un territorio bondadoso.

A finales del periodo clásico temprano (200-600), ya la población nativa de lo que ahora es el territorio salvadoreño, había alcanzado un alto nivel de desarrollo social y productivo. Los vestigios arqueológicos de Joya de Ceren, que fuera un asentamiento de familias artesanas, dentro de una estructura social muy jerarquizada y diversa, permiten la mejor imagen de los alcances culturales del periodo, hablan, por ejemplo de un relativo bienestar social de esa comunidad indígena, en este caso, de origen Maya. Los espacios habitables y las áreas de trabajo artesanal y agrícola; los diseños y espacios de las viviendas, las herramientas, la variedad dietética, y las áreas de descanso, permiten evidenciar muy dignas condiciones materiales de vida, un alto grado de integración de los miembros de la comunidad entre si, y de esta, con su ambiente.

Por lo demás, dada la interminable actividad sísmica del territorio, era una civilización dispuesta a la permanente reconstrucción y reempezar de su cultura. “Habituados a los cambios súbitos en el paisaje, incorporados a la violencia del ambiente, viviendo entre huracanes, tormentas, erupciones, terremotos y destrucciones, nuestros antepasados indígenas estuvieron siempre predispuestos a la zozobra y la inestabilidad. Así, su manera de concebir la historia estuvo necesariamente influida por este sentimiento de cambio, destrucción y renacimiento.”[2]

A la vez, hay que señalar, que los estados precolombinos asentados desde el sur del territorio de lo que hoy es México y a lo largo de toda Centroamérica, no conformaban, ni mucho menos, un paraíso terrenal ajeno a las contradicciones sociales y a las sólidas jerarquías. Bajo una cosmovisión en torno a un dios creador (Quetzalcoatl o Kukulcan), las jerarquías políticas de origen nahua o maya, respectivamente, justificaban su dominio político, basados en un mitico otorgamiento del mismo desde la fundación de los pueblos en la antigua Tollan[3]. Poder que fue ejercido en cada estado, al seno de regiones multiétnicas, como lo era el antiguo territorio salvadoreño

A la llegada de los españoles en el post-clásico tardío (1,200 a 1,500), la relativa convivencia política entre los estados indígenas más poderosos, había desaparecido en Mesoamerica, para dar paso en algunas regiones, a una etapa de mayores conflictos y dominios mega-regionales, pero de ninguna manera significó una descomposición de los logros culturales y materiales. Grandes poblaciones urbanas como Tazumal en el occidente, y Cihuatan, en el centro del territorio salvadoreño (destruida ésta en el siglo XII probablemente por agresores foráneos), denotan un admirable desarrollo organizativo y de planificación urbana, albergando poblaciones cercanas a los 10,000 habitantes. Es a la mitad de este periodo (siglo XII), cuando se produce la última migración desde el centro de lo que hoy es México hacia lo que iba a ser el territorio salvadoreño, que va a conllevar la fundación de Cuzcatlán, o Tierra de tesoros, por parte del líder arquetípico, Topiltzin.

Para caracterizar la cultura nahua-pipil del antiguo territorio salvadoreño, se podría destacar uno de los hallazgos provenientes de Cihuatan, es simplemente un pequeño objeto, quizás un juguete, que representa un perro… de cuyas patas se derivan ruedas. Poco, o casi nada, se ha reparado y comentado de este objeto (guardado en el Museo David J. Guzmán de San Salvador), que algún anónimo artesano intuyó en su forma, disfrutó en su hechura y legó su sencillez para nuestro deleite. Así, como Europa y el mundo se maravilla del ingenio del renacentista Da Vinci, uno se maravilla ante este destello de imaginación sutil, venido de un mundo que nunca conoció la rueda y el metal. ¿Qué otros prodigios están enterrados para decirnos lo que fuimos? ¿Qué obras culturales quedaran enterradas para siempre o serán destruidas, para ampliar carreteras de colonias exclusivas, o conservar áreas comerciales como la Zona Rosa en San Salvador, en cuyo suelo se han encontrado vestigios de asentamientos hasta hoy desconocidos?

Una primera conclusión, nuestro territorio fue un día, un lugar de destino, más que de ida; un lugar de estadía indefinida, más que de tránsito; un lugar de diversidad étnica y cultural, lleno de conflictos, pero donde prevalecía una convivencia territorial, basada en acuerdos políticos. No se han encontrada a la fecha, vestigios de murallas contra bárbaros invasores; y si, una amalgama de lenguajes y culturas que no se excluían mutuamente.

Según datos de Barón Castro[4], la población que los conquistadores españoles encontraron en lo que hoy conocemos como El Salvador, era de aproximadamente 130,000 habitantes, para 1524. Esta incluía diferentes grupos etno-lingüísticos, tales como Mixes, Pocomanes, Chortis, Alagulaces, Pipiles, Lencas, Uluas y Chorotegas[5] No obstante, ya para 1551, se tasó una población tributaria de 50, 459 habitantes[6]. En otras palabras, en 27 años, la población fue reducida a menos de la mitad. La muerte directa en batallas de contra-conquista, las enfermedades transmitidas por los invasores y las “condiciones de vida” son apuntadas como las causas de esa mortalidad tan violenta que se traduce en un promedio de 8 personas diarias ininterrumpidamente, durante esos 27 años.

Prueba del brutal exterminio, es que durante tres siglos, no se produce un solo levantamiento de protesta indígena. Este silencio no significó de ninguna manera un periodo de armonía social o de bienestar para la población, sino una imposibilidad material y organizativa de un grupo social controlado y dominado totalmente por los españoles dentro de esa estructura colonial. Y de hecho, estos tres siglos van a marcar profundamente el carácter económico y político de El salvador, pues es el periodo donde se produce una sólida acumulación de recursos y medios productivos –principalmente de tierra- del grupo social dominante, compuesto tanto de peninsulares y criollos en perenne conflicto de intereses económicos.

Pero a la vez, este periodo colonial, crea una cultura de dominio que se materializa en la organización económica y de poder de la hacienda, y evolucionará hacia una forma de dominio político-militar fundamental para la definición del Estado salvadoreño, a saber: en el contexto de la hacienda, existe entre el dominador y el dominado, un poder delegado intermedio: el capataz. A falta de ejército y policía, el capataz de la hacienda, juega el papel de controlador y ejecutor de castigos ante cualquier revuelta. Esta figura es la que se convertirá, ya como institución del estado, en lo que va ha ser el ejército nacional, como capataz de la nación.

Entre el rico y el pobre, existirá un grupo de hombres, encargados del control y el castigo, ante cualquier amenaza de esos pobres, de generar inestabilidad frente al poder dominante. De esa institución castigadora llamada Fuerza Armada, han surgido las más nocivas y asesinas personalidades que han recorrido la historia moderna salvadoreña y que han dejado una huella de sangre y muerte en nombre de los patrones de la nación. Son castigadores nacidos de un ejército que hunde sus raíces hasta el fondo mismo del periodo colonia, entre los que destacan: Maximiliano Hernández Martínez, José Tomas, Calderón, Sánchez Hernández, Carlos Humberto Romero, Domingo Monterrosa, entre otros de una lista interminable.

A pocos años del movimiento independentista de 1,821, la cabeza de Anastasio Aquino, fue el símbolo de un terror que volvía a anunciarse -después de la conquista-como antídoto ante cualquier protesta o rebelión colectiva de la población indígena en cualquier época. Este levantamiento obedeció a la anarquía de los primeros años de la independencia, pero aun más, fue el resultado del empeoramiento de las condiciones de vida de la población nativa, ocasionado por un sistema económico sostenido sobre la base de la explotación de la tierra a través del trabajo obligatorio del indígena, y que en ese momento estaba orientado a la producción de añil, pues aquella independencia que se celebra cada 15 de septiembre, fue básicamente un movimiento del criollo en busca de su propia libertad económica,[7] nunca, un movimiento social a favor de la libertad y el bienestar del indígena.

Y es que hay que repetirlo: la patria que emergió de la independencia centroamericana y salvadoreña, no era una patria del indígena. Como menciona Martínez Peláez, “la idea de patria [ ] es la patria del criollo… Es un producto ideológico de la lucha que sostenían los criollos con la madre patria, España”[8] en la lucha por su patrimonio como herederos de la conquista. En esa pugna, el indio, era parte del paisaje que se anhelaba poseer. No podía ni ser imaginado, que en esa lucha libertaria, se incluyera al indio como sujeto social. Así, desde la proto-historia del Estado salvadoreño y de la configuración de la nación, se considera a las grandes mayorías pobres, principalmente campesinas, más como un recurso económico a dominar, que como participes sociales o políticos. Ya a partir de 1860, con la presidencia de Gerardo Barrios, la historia nacional tenía un rostro: el Estado se organizará en función de una minoría terrateniente, de sus ganancias económicas y de su poder político

Se va a entender Estado, como el gobierno, sus leyes, sus funcionarios y sus instituciones de control político, principalmente sus fuerzas armadas, que en el caso salvadoreño, fueron fundadas en 1824, antes de que el país tuviese un nombre.

Ya en el inicio del siglo XX, el Estado y su estructura fundamentalmente agraria, crea todo un sistema de explotación semi-feudal, que aun hasta ahora, tiene reminiscencias a varios niveles de la sociedad salvadoreña. Entre las más “simples,” el calendario escolar actual, que sigue establecido obedeciendo a esa antigua necesidad de trabajo infantil, para atender la cosecha del café, la cual se desarrolla entre octubre y diciembre. Más allá, la vinculación de ese modelo económico mono-cultivista al mercado mundial exportador, conllevará, como ya es conocido, por los impactos de la recesión económica de 1929, a un levantamiento campesino en el occidente del país (principalmente Sonsonate), y a otra respuesta brutal de control, por parte del Estado, con el uso de su ejercito, y que conduce a la matanza de enero de 1932. Otra vez, ante condiciones de pauperización en el campo, el pueblo se organiza y contesta con un levantamiento, más lleno de esperanzas que de posibilidades de triunfo. Consecuentemente, el grupo dominante, reprime. El terror como forma de contención a la protesta social, no nace en 1932, el terror se consolida ahí, en nuestra historia moderna, con la consolidación misma del militarismo como forma de gobierno.

Así, el gobierno militar de Maximiliano Martínez (1932-1944), responsable de la matanza del 32, propicia dos condiciones que van ha fortalecer la permanencia institucional del terror en contra de la protesta popular, en lucha por sus derechos sociales y políticos. Por un lado, consolida el militarismo como forma de gobierno (ejercicio absoluto de poder), y por otro, recrea un modelo de dominio fundamentado en la fuerza –armada-, como capataz de una nación cuyas riquezas, pertenecen a unos pocos. Este militarismo gobernará el país hasta 1979, llenando medio siglo de historia nacional.

Pese a las reformas sociales en el gobierno de Martínez en materia comercial, seguridad ciudadana, y fiscal, su legado para la historia no depende de esos parámetros. Su agresión desde el abuso del poder es tan nociva, que afinca en la conciencia social salvadoreña, una cultura -abonada ya de criollismo colonial-, donde se acuña la anulación del campesino como persona y como miembro de la sociedad salvadoreña. Donde se busca la erradicación total de los herederos de una tradición cultural y por qué no, genética de una población. En otras palabras, prosigue en el siglo XX, un proceso de exclusión social absoluta contra ese grupo poblacional que guardaba nuestra cultura ancestral.

Al día de hoy, parte de la cultura popular salvadoreña expresada en el lenguaje contiene alusiones tales como “No seas indio” o “Se te salió el indio”, cuando una persona se enfada o guarda resentimiento. Se alude así, de manera despectiva a una actitud para nada gratuita por la que se caracterizó la población indígena; actitud que proviene de ese sufrimiento social permanente y de esa exclusión como personas integrantes de una nación.

Retomando algunos conceptos del filosofo social Todorov[9], podemos decir que, si la inclusión de los diferentes grupos sociales crea la civilización; si el trato humano que se le brinda a los grupos en una sociedad determinada define la civilización, entonces, la exclusión social define la barbarie, y aun más cuando esa exclusión se materializa en su aniquilamiento planificado. Es esa barbarie, como situación social excluyente, lo que definirá en adelante el siglo XX salvadoreño, ya sea a través de la violencia institucional o la violencia armada; la primera, que conlleva la negación de derechos sociales básicos como alimento, vivienda, trabajo, educación y asistencia medica. Y la segunda que conlleva a la negación de la vida misma.

Si bien es una tesis controversial, el derrocamiento de Martínez en 1944, analizado con calma, es producto de la presión norteamericana y de la única fuerza capaz de derrocarlo: la fuerza armada descontenta con los fusilamientos a sus miembros. Los sectores sociales, principalmente los estudiantes universitarios, en una acción correcta y valiente, ejerciendo su derecho de protesta a una tiranía, hay que decirlo, no fueron el elemento determinante en ese derrocamiento. Nada pasa después, que hable de un cambio fundamental en el contexto y la historia salvadoreña.

Después del Martinato, los presidentes Castaneda Castro, Osorio y Lemus, generales todos (1945-1960), se han quedado en la memoria difusa de la cultura, como propiciadores de cambios importantes y como gobernantes preocupados por la población, pero sus reformas a favor de la vivienda, el seguro social, el movimiento sindical, la Procuraduría General de Pobres, entre otras, favorecieron muy poco a la gran mayoría y concentraron sus beneficios más, sobre un grupo muy reducido de la clase media asalariada[10]. Aun más, es en este momento de la historia salvadoreña, donde se da un gran énfasis a la infraestructura nacional de carreteras y puertos, como elemento básico de una economía agro-exportadora (cafetalera) en su apogeo. No obstante, hay que destacar el siguiente hecho: la generación nacida en este periodo de los años 50 y 60, va a llegar a constituir el primer componente humano del mayor movimiento social-revolucionario del siglo XX en El Salvador. Cuando el movimiento izquierdista alcanza su máximo nivel organizativo a finales de los años 70, lo hace con aquella población joven nacida en una aparente época de prosperidad y estabilidad social. Dicho de otra forma, la sociedad civil crece en conciencia política durante, precisamente, este periodo social que se ha presentado como la edad de oro de la nación.

Del 1962 a 1979, es decir desde la presidencia de Julio Rivera, se continúo con una política de gobierno reformista y demagógica, vinculado a un escalamiento del terror hacia una ciudadanía con una fuerte participación política. La línea de gobierno seguida por Rivera, Fidel Sánchez Hernández, Arturo Armando Molina y Carlos Humberto Romero (coroneles todos), propicia el punto más álgido del descontento social de esa generación. Paralelamente, la organización popular se fortalece a su más alto nivel, y las primeras organizaciones de masas y políticas- revolucionarias emergen a la lucha social con una cualidad de objetivos nunca vista: la toma del poder y la transformación de la sociedad. Y el 30 de julio de 1975, el Estado da un aviso que venia del pasado, y se proyectaba al futuro como forma de reprimir la protesta popular: tanques aplastan los cuerpos de estudiantes universitarios en abierta protesta ciudadana frente al hospital del Seguro Social en San Salvador.

A mitad de este periodo, el latifundismo, los movimientos de integración comercial centroamericana y la competencia de mercados nacionales, llevaran al país a la guerra de 1969. En defensa de causas comerciales, ambos ejércitos (hondureño y salvadoreño) se adentran en una confrontación donde, en uno de sus más tristes y oscuros episodios, población fronteriza es masacrada desde ambos lados de la frontera, bajo una indudable coordinación de ambos mandos militares. La guerra deja luto, no se pueden poner entre paréntesis 4,000 muertes, y abre, en base a una propaganda tergiversada de la prensa, una permanente desconfianza y animadversión entre hondureños y salvadoreños que se incorpora a la ideología popular, además del invento del falso heroísmo militar salvadoreño.[11]

De otra forma, la inventada honra al militarismo redentor, es el corolario de ese inútil enfrentamiento, y será la base simbólica para la tergiversación de la memoria histórica, del argumento oficial que considera al ejército como defensor contra la agresión extranjera, sea física o ideológica. Diez años más tarde, será este mismo argumento el que se enarbolará, cuando el Estado propague una guerra total contra la supuesta agresión extranjera del comunismo, llegada - según la teoría de la administración Reagan- por una forma quizás de osmosis social, desde la vecina Nicaragua en 1979. Lo que se denominó en su momento teoría del dominó.

En el complejo momento que va del año 1979 a1980 – años de locura, como bien le llama un autor salvadoreño- pasarán tres Juntas de gobierno que se irán desintegrando internamente en contradicciones insalvables, y que no traen ningún cambio fundamental a la situación social al inicio de la guerra civil. Visto en retrospectiva, no hubo ninguna confianza de la población en ese intento de estabilización social, venido de sectores progresistas, de militares jóvenes y de intereses estadounidenses. Qué confianza podía haber, si las acciones de represión continuaron en las calles y el campo en una actuación militar indiscriminada Así, los años más violentos de la guerra pueden considerarse a los primeros dos años de la década de los 80: estudiantes, amas de casa, sacerdotes, profesionales, campesinos, empleados, maestros, obreros, son asesinados con saña y otra vez, decapitados a las orillas de caminos y carreteras, quedando en palabras y documentos los intentos de cambios sociales desde las proclamas de cada una de las Juntas de gobierno.

Con el inicio de la guerra civil en 1980, ya con un frente popular armado y unificado a mediados de ese año, comenzará por parte del estado un periodo de terror, que socavará por completo y de forma salvaje, el valor de la vida humana a un ritmo sin precedentes. Tanto las fuerzas militares regulares y los grupos paramilitares (escuadrones de la muerte), organizados para operar en la clandestinidad, como a su vez, las instancias de justicia, se volcaron con descaro a favorecer ese terror con impunidad. Pero este movimiento social que se pretende detener de esa forma, ya no es un simple levantamiento, es una insurrección con una ideología definida y un proyecto político claro, que buscaba transformar a la sociedad en su conjunto.

Los hechos son de todos conocidos: una guerra civil de 12 años que deja 80, 000 muertos, 20,000 desaparecidos, millón y medio de personas que emigran al extranjero, y todo ello, con la espantosa y cínica colaboración de gobierno norteamericano: conservadoramente se ha estimado un millón y medio de dólares diarios de ayuda militar. Cabe destacar que bajo el gobierno de Reagan, se ocultan, bajo una complicidad jamás vista por una administración de gobierno estadounidense, sucesos como el genocidio de El Mozote, donde 753 personas, dentro de ellas más de 500 niños y niñas son asesinados con total salvajismo, que incluso, los corresponsales del New York Times y el Washington Post, son relegados de sus funciones, posterior a la divulgación de los hechos en día 26 de enero de 1982, todo, para favorecer la continua aprobación de la ayuda militar al Estado salvadoreño y su ejercito.

Es importante anotar, que las acciones de genocidio llevadas a cabo durante la guerra civil, en diferentes lugares del país, como Morazán, Chalatenango y San Vicente, fueron un patrón definido en el modus operandi del ejército[12]. Dentro de esa forma de operar, se buscaba el asesinato de cualquier ciudadano de cualquier edad, que pudiera resultar sospechoso de estar vinculado a las fuerzas revolucionarias. Esto es de suma importancia anotarlo, pues revela una planificación detallada del mal, desde el Estado y sus instituciones armadas, en contra de una población la más de las veces indefensa de comunidades rurales.

El elemento novedoso en esta arremetida sin precedentes del Estado salvadoreño frente a la población organizada, fue el diseño e implementación tecnificada de la mentira institucionalizada -como bien fue señalado en su momento por uno de los jesuitas asesinados en 1989, el psicólogo social Ignacio Martín Baró-. En el pasado, los hechos de represión se presentaban como triunfos frente a hordas asesinas, ahora, se presentaban a los niños de 3 o 4 años como combatientes activos, que morían en combate, o en su caso, las masacres, como hechos que nunca sucedieron. Tuvieron que pasar diez años para que el mundo evidenciara que las declaraciones del periodista Booner del New York Times, sobre la matanza de El Mozote, eran ciertas. Así, la mentira y su divulgación con el uso abusivo de los medios de comunicación, caracterizaron la llamada lucha contra-insurgente de las Fuerzas Armadas de El Salvador. Y ahí quedaron en esos años como leyenda, o mentira, otras matanzas, y quedaron sin investigar, a la vera de la justicia, homicidios como el de Monseñor Romero.

En los últimos años, es gracias a la lucha de las familias de los muertos, que se ha comenzado a hacer justicia –internacional- sobre los culpables de asesinatos como el de Monseñor Romero o el de los padres jesuitas y sus empleadas.

Pero junto a la mentira, dice Baró, también se constituye un estado de polarización social sin precedentes, aunado a un tercer elemento, (no nuevo, pero ideológicamente elaborado): la deshumanización: el otro no es persona, es enemigo. Esto significó que para el Estado, matar al enemigo era matar al mismo tiempo una ideología y salvar una patria. Patria e ideología. Patria del criollo, ideología del pobre. Ideología, que sobre todo, era descontento social ante la deshumanización y la pobreza. La persona descontenta con el Estado de cosas, fue vista entonces, como un ente no humano que albergaba una ideología que había que destruir. Y se destruía esa ideología, matando a esa persona, en defensa de la doctrina del rescate de una patria que de suyo, ya era ajena centenariamente.

Los Acuerdos de Paz en 1992, logro de la lucha política y militar de toda una generación, y que dieron fin a la guerra civil, abarcaron los siguientes puntos: Fuerza Armada, Policía Nacional Civil, sistema judicial, sistema electoral, tema económico-social ( que comprendía el Foro de concertación, el desarrollo comunal, el crédito agropecuario y el plan de reconstrucción), participación política del FMLN, cese del enfrentamiento armado, verificación por las Naciones Unidas y calendario de ejecución de los acuerdos. Son puntos, mayoritariamente del final de un conflicto, y que en la práctica se enfocaron a la reorganización inmediata de las estructuras militares oficiales; de depuración de estructuras judiciales y de procesos e instituciones electorales; de ajustes inmediatos de concertación[13]. Nada más, pues el tema económico social resultó ser el más débil y el más infructífero, pese a que, sin lugar ha equivocarse, el único momento de regocijo y viva esperanza de todo un país, y todos sus sectores en todo un siglo, se presentó un mediodía de un 16 de enero de 1992.

De esta manera, a 16 años de esos Acuerdos, y de cara a la realidad social y económica actual del país, nadie que preste atención atenta al costo humano de esos acuerdos, puede afirmar que su ejecución y alcance cierra una deuda con la toda la historia de injusticia social que ha cargado la población mayoritaria salvadoreña. Para algunos, durante el cese del conflicto y la implementación de los Acuerdos se cerró en falso la posibilidad de la concreción de la esperanza que por décadas (y siglos) la gente más vulnerable de El salvador ha atesorado. Afirmar eso significa reconocer aún, la existencia de una deuda histórica con el pueblo salvadoreño, que centenariamente ha puesto los muertos en todos los bandos.

El Programa Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en su Informe de Desarrollo Humano de El Salvador del año 2007-2008, muestra (en base a datos del Censo de vivienda y población 2007), que desde 1992 hasta el 2007, un millón de personas han abandonado el país. Esto significa, que cada hora, 8 personas abandonan el país, para no regresar. Que cada hora, 8 personas se embarcan en una aventura donde se pone la vida en juego, con el ansia de una mejor calidad de vida, para sus familias. Este millón de personas representa el 40% de los 2 millones y medio de salvadoreños residentes en el extranjero actualmente.

El informe del PNUD, demuestra como, junto a este hecho migratorio, existen realidades sociales que explican por si solas este abandono del territorio: a) un salario promedio de $247.00 mensuales, ante una canasta ampliada –alimentos, alquiler, gastos médicos, transporte, vestuario, recreación- que sobrepasaría los $600.00 mensuales; b) una pobreza relativa – familias que no puede cubrir la canasta ampliada- de 21.1% de hogares a nivel nacional; c) una pobreza extrema –familias que no alcanzan ni a cubrir los gastos de alimentación- del 9.6%; d) un subempleo del 43.3% aunado a un desempleo del 6.2%, que significa que el 50% de la población no tiene empleo fijo y sobrevive gracias a iniciativas de pequeño comercio o trabajos eventuales. e) un déficit de vivienda de 554, 169 unidades, que significa, medio millón de viviendas que se necesitan construir; f) una escolaridad promedio de 5.6 a nivel nacional, lo que significa que en promedio, cada salvadoreño o salvadoreña, sólo alcanza un sexto grado de educación primaria y g) el gasto en salud, que como porcentaje del gasto publico total ha ido tan solo, de 9.0 en 1995 a 9.8 en el 2007.[14]

Visto de forma más concreta, lo anterior se manifiesta, por ejemplo, en: a) la negación de alimento, que otra cosa es, que una libra de leche en polvo tenga un valor de $06.00 dólares, y una tortilla el de 0.5 centavos de dólar en un país donde existe un salario mínimo 174 dólares mensuales; b) la negación de vivienda, evidenciada en el hecho que una vivienda de 2 dormitorios alcance un costo de alquiler de 150 dólares; c) la negación de asistencia médica, traducida, por citar un caso, en un tiempo de espera de 6 meses para una consulta especializada en un hospital nacional como el Hospital Rosales y d) un hecho sin precedentes, la negación de la residencia en el territorio nacional, que se expresa en el mantenimiento de un sistema social expulsivo, que empuja la inmigración y que beneficia directamente una economía de consumo que se nutre de las remesas familiares, y que en ningún momento promueve el ahorro ni la inversión comunitaria.

Pese a los Acuerdos de Paz, no hemos logrado la paz, que va más allá de la ausencia de la guerra, y cuya esencia se acerca más a un modo de vida, donde la convivencia, la tolerancia y la validación de las necesidades humanas son prioritarias. Queda claro, que los sectores políticos que han tenido la capacidad de producir un giro en esa herencia de exclusión social, desde las posiciones de gobierno, han carecido de la voluntad, no sólo política, sino también ética, de resarcir el daño moral y humano sobre un pueblo martirizado secularmente.

Está por demás decir, entonces, que las tres administraciones de gobierno que anteceden a los Acuerdos del 92, han dado mayor énfasis a la implementación de medidas económicas liberales in extremis, que a planes quinquenales de desarrollo humano integral. Que en el plano del respeto a los derechos humanos, durante esos gobiernos, se ha producido el olvido de las necesidades más elementales de la persona, subrayándose más bien su desvalorización. Y que tampoco, se ha permitiendo un proceso de verdadera reconstrucción moral de la sociedad, pues en el plano de la aplicación de la justicia, por ejemplo, se ha hecho prevalecer la impunidad por sobre la culpabilidad y la responsabilidad de magnicidios y genocidios, y ante el cuestionamiento de esa impunidad, se ha argumentado la reapertura de heridas, cuando, en la práctica, es esa misma impunidad la que mantiene abiertas las heridas, y no permite un proceso de verdadera reconstrucción social.

La inexistencia en estos 3 lustros, de un programa económico responsable e integral, que de forma efectiva promueva la generación de empleo, la productividad en áreas no tradicionales y alternativas, los acuerdos económicos bilaterales y regionales inteligentes para la generación de insumos energéticos, y la acumulación de recursos estatales para la inversión en áreas sociales (educación y la salud); la desaparición de la actividad agropecuaria como fuente, primero, de seguridad alimentaria en el campo, luego, de beneficio económico y desarrollo comunitario o regional; la falta de concertación en los planes de desarrollo para atender las necesidades más sentidas de la población, no sólo a nivel local, sino regional y nacional, llegando, a la sustitución de prioridades humanas y comunitarias por objetivos corporativos; la inseguridad ciudadana, la violencia permanente contra los recursos naturales, entre otras cosas, hablan por si solos del estado de cosas que hemos alcanzado cuando el estado únicamente recoge, lo que antes no produjo nada más, que un beneficio desigual y un crecimiento de pobreza.


En conclusión, la historia de El Salvador ha sido una constante lucha entre una política de terror estatal y una incansable esperanza de justicia. En consecuencia, ha existido una separación histórica entre la ética y la política, entre el ejercicio del poder y su finalidad social. Pero aun más, entre la participación del poder y la participación justa de la riqueza.

Siempre el Estado ha negado la pobreza, y ha presentado a la población que reclama sus derechos humanos, como una masa impregnada de ideas foráneas que buscan desestabilizar un orden, que en la realidad, no existe. Dicho de mejor forma, la población y sus necesidades, históricamente, queda demostrado, nunca ha existido en el devenir del Estado salvadoreño. Se ha favorecido el enriquecimiento de capitales centenarios y hoy, además de centenarios, globales, por sobre la existencia de personas reales con necesidades concretas de vida. El binomio bienestar social y democracia nunca ha coincidido en nuestra historia, pues el bienestar de unos pocos ha descansado sobre el dominio y la pobreza de otros, los más; y ese bienestar exclusivo ha ido acompañada típicamente del enriquecimiento ilícito y la corrupción permanente.

No queremos otra guerra. Jamás, indiscutiblemente.

Si bien es cierto, que las condiciones sociales de desigualdad e injusticia; de falta de empleo y carencia de servicios de salud, de educación y seguridad social son incluso peores que las que prevalecieron antes del conflicto. Si bien es cierto, que el precio humano pagado para el logro de unos Acuerdos de Paz, que se tradujeran en mejores condiciones de vida, y en una mejor calidad en la satisfacción de las necesidades básicas de la población y las nuevas generaciones, fue humanamente alto, y no se lograron los objetivos sociales deseados, nadie que quiera el poco tesoro humano que nos queda, nadie que dimensione objetivamente el costo social de una guerra civil, o que simplemente, quiera algo mejor para nuestro pueblo, puede desear otra vez, sangre en la calle y en los campos.

No es con un sentido deportivo que se han producido las protestas populares y los levantamientos políticos y militares de la población a lo largo de la historia salvadoreña; no es por ejercicios de instintos bélicos o destructivos; no ha sido por ambición o deseo de poder por el poder mismo. Tampoco ha sido por el hipnotismo de ideologías extranjeras. Ha sido siempre una necesidad. Necesidad casi inevitable de búsqueda de justicia, de búsqueda de paz y respete a los derechos humanos frente a un Estado que de forma permanente ha negado la existencia de la persona que trabaja, y con ello, la existencia de los Derechos Humanos universales.

Un gobierno ético para El Salvador, será aquel que asuma la responsabilidad de atender lo humano antes que nada, con la vigencia plena de los derechos de la población. Atender las necesidades de la persona no como medida populista, sino, como programa de desarrollo inclusivo y con una perspectiva tras-generacional. Será aquel que procure el empleo, la salud y la educación, como bases de una sociedad sana, Será aquel que revierta la expulsividad generada actualmente por el Estado, es decir, la inmigración obligada, y la sustituya por la hospitalidad permanente para todos y todas. Será aquel que cuide el capital humano nacional, por sobre el financiero, y el medio ambiente natural por sobre la infraestructura improvisada y comercial. Por ultimo, será aquel que inicie la despolarización, que valide la memoria histórica para des-institucionalizar la mentira, y que pase a reconciliar por fin, la ética con la política y a ésta con la esperanza.

Sólo así, podremos comenzar a reconstruir el camino hacia una verdadera civilización ahora perdida, y ha destruir el legado actual de la barbarie.


Tejas, diciembre 31 de 2008



Notas:

[1] Browning, David. El Salvador, la tierra y el hombre. Dirección de publicaciones e impresos. CONCULTURA. San Salvador, 1998.

[2] Geoffroy Rivas, Pedro. Pero los nietos del jaguar aun estamos aquí. Discurso pronunciado en a Academia salvadoreña de la lengua, 1966. En La mágica raíz. Antología de ensayos. Dirección de publicaciones e impresos. El Salvador. 1998.

[3] López Austin, Alfredo; López Lujan, Leonardo. Mito y realidad de Zuyuá. Serpiente emplumada y las transformaciones mesoamericanas del clásico al posclásico. México. El colegio de México. Fondo de Cultura Económica. Fideicomiso Historia de las Ameritas. 1999.

[4] Estos datos fueron recogidos por David Browning posteriormente, en su famoso libro La tierra y el hombre-
[5] Jorge Larde y Larín citado por Montano, Félix; Ramos, Mario. Literatura precolombina cuzcatleca. Un códice por descifrar. 2006.

[6] Barón Castro, Rodolfo. La población de El Salvador. Tercera edición. Biblioteca de historia salvadoreña. Volumen 6. Dirección de publicaciones e impresos. CONCULTURA. San Salvador. 2002.

[7]Anderson, Thomas. Matanza. Second edition. Curbston Press. 1992.

[8] Martínez Peláez, Sergio. La patria del criollo. Ensayo de interpretación de la realidad colonial guatemalteca. EDUCA, Centroamérica. 1981

[9] S. Todorov es un autor húngaro, que ha recibido el premio Príncipe de Asturias, por su trabajo en las ciencias sociales. Entre sus obras destacan: El jardín imperfecto; Los nuevos bárbaros y Memoria del mal, tentación del bien.

[10] White, Alastair. El Salvador. UCA Editores. San Salvador. 1992

[11] Notas del autor. Seminario del la Historia de El Salvador en el siglo XX. Universidad de El Salvador, 1994.

[12] De la locura a la esperanza. La guerra de doce años en El Salvador. Informe de la Comisión de la verdad. Revista ECA. Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Marzo 1993..

[13] Acuerdos de Paz. Revista ECA. Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Enero-febrero 1992.

[14] Informe sobre Desarrollo Humano de El Salvador 2007-2008 Programa de las Naciones Unidas para El Desarrollo.