lunes, 17 de noviembre de 2008

El laberinto perdido

El Laberinto perdido.

Hace unos treinta años ya, en lo que recuerdo era ese parque llamado Los Planes de Renderos, existía una estructura ovalada o circular formada por arbustos de mediana estatura, que dispuestos como estaban, le daban vida a lo que conocemos legendariamente como un laberinto. Sus paredes entonces, eran de ramas y hojas profusas, tanto, que era imposible ver a través de esas paredes verdes. Sus pasadizos en espiral, eran tan intricados para un niño menor de 10 años que era yo entonces, que no pocas veces, entrando en él, sentí la verdadera angustia de estar perdido, y la impotencia de no encontrar nunca la salida. La altura de las paredes era tal, que hubiera necesitado el doble de mi estatura para poder ver del otro lado de una de éllas. Así lo recuerdo ahora: amplio, complicado, fatigoso. Entraba corriendo con el deseo de extraviarme. Porque lo emocionante era perderse, aunque causara inquietud y a veces miedo. Era una aventura, un reto de poder encontrar la solución, la salida, dentro de esos intrincados caminos. Tal vez, en sí, no fuese tan complicado, y tras repetidas incursiones, la memoria ya me habría ayudado a una fácil escapatoria de esos círculos. Pero después de tantos años, aun sigo creyendo que cada vez que me internaba en ese laberinto, me perdía, como si fuera la primera vez, siempre. Que al pararme en su entrada, me sentía dispuesto a otra lucha, a otro juego nuevo. Al internarme en este Dédalo, nunca se me ocurrió una estratagema que no fuera la búsqueda de correr incansable por los círculos y alcanzar una salida. Estaba descartado el intento de hacer un hueco y cortar caminos, de perpetrar alguna trampa: lo tenía que enfrentar con mi duda, mis intentos fallidos y mi frustración y nunca me gustó regresar por el camino andado. Quizás porque hace tres décadas, uno jugaba siguiendo reglas inquebrantables; o quizás, porque ese juego, ese símbolo, esa alegoría, lo que fuese- para mí sólo era lo primero y éstas son ya categorías adultas-, imponía sus secretas condiciones que aquel niño aceptaba espontánea y lúdicamente. Ese laberinto lo olvidé. El recuerdo de toda esta experiencia se había escondido en mi memoria, hasta que por una casualidad hace algunos días, alguien se refirió al tema de un laberinto en otra parte, y yo pude evocar, en ese momento el mío, mi propio laberinto, ése dentro del cual yo había estado. Lejanísimas estaban en aquel tiempo, las cosas que yo había de escuchar o leer sobre ese juego o prueba o realidad: la literatura griega con su Icaro; los cuentos de Borges con sus sueños llenos de cosas sin fin, de escaleras que no van a ningún lado, de monstruosos laberintos formados de entradas que dan a la misma puerta; de Octavio Paz y su Laberinto de la Soledad. Lejos, del propio laberinto de mi vida, de las mismas confusiones; de las mismas decisiones inciertas, de las mismas angustias. Lo vi desaparecer con el tiempo. Primero le vi deteriorado: cortadas las ramas, secas las raíces de sus paredes: arrancado a pedazos. Daba la idea que alguien, que lleva el nombre tiempo, lo deshacía a pausas y se complacía en dejarlo mutilado, para continuar más tarde destruyéndolo. Cuando pasaba distraído cerca de su lugar, de su espacio, lo vi perderse en el paisaje, en la memoria, en la distancia que después yo interpuse a su recuerdo… Y me interne por otros pasadizos de paredes invisibles, que abarcaban ya kilómetros; y me perdí por otros pedazos de caminos polvorientos, arenosos, fangosos o nevados. Y ya el andar ya no fue plano: la ruta a veces se quebraba: ora caí, ora subía, hasta no llegar a ningún lado, hasta abrazar quizás al mundo. A veces, he encontrado gentes en mi camino. Me han alcanzado, los he alcanzado o los he visto pasar de regreso sollozando. Algunos, los he visto muertos a la vera del camino. Nos hemos reconocido. Llevamos la misma marca: venimos de un mismo lugar, pero no sabemos adonde vamos. Somos los encantados del laberinto de Los Planes, estamos lejos, lo sabemos y hemos perdido el laberinto, el lugar donde estuvo, el parque donde estuvo ese lugar; la ciudad donde estuvo ese parque; el país donde estuvo esa ciudad…

Jorge Castellón Houston, Texas. Enero de 2008

Publicado en:

Diario Co-latino, El Salvador.
http://www.diariocolatino.com/es/20080216/tresmil/52232/?tpl=69

Revista Resonancias, Francia
http://www.resonancias.org/article/read/599/el-laberinto-perdido-por-jorge-castellon/

Revista Hontanar, Australia
http://cervantespublishing.com/Hontanar/2008/Hontanar_noviembre_08.pdf

martes, 11 de noviembre de 2008

Carta a un hermano lejano...que aveces está triste

Carta a un hermano lejano …que a veces está triste.

Hermano,
yo te entiendo,
pues para nosotros que estábamos ya aquí
cuando llegó el 68,
supimos luego que allí,
el siglo se partió en dos mitades;

para nosotros que estábamos ya por estos lados,
cuando con mentiras nos dijeron
que la luna ya era nuestra…

para los que,
dicho de otra forma pues,
estamos cerca ya de completar
los cuarenta años,

mucho ha pasado ya por nuestros días:

Nos despedimos del siglo veinte
ya llenos de nostalgia…añoramos cosas
que hoy, sólo nosotros recordamos.

Nosotros,
los de entonces,
aprendimos de Serrat que si bien no
nacimos en el Mediterraneo,
si nacimos Para la Libertad,
para La fiesta,
y que De vez en cuando la vida,
debe tomar con nosotros café.

Y fuimos a sembrar nuestro árbol
con Alberto Cortez;
y hoy ni las raíces han quedado.

Luego Silvio y Pablo nos dijeron
que el sueño y el amor era posible;
y Sabina nos hizo iconoclastas.

¿Cómo no voy a entenderte?

Si juntos tarareamos en inglés
a Carol King
y a John Denver,
y aún recordamos a John Lennon
caminando de la mano de Yoko,
en Central Park,
cantando “Woman”.


Sí, te comprendo que estés triste…
pues nos volvimos obsoletos con el paso de los años,
y más de las veces hacemos el ridículo con
nuestra indumentaria,
nuestra forma de pensar y
nuestros hábitos.


Ya no comprendimos que la era iba cambiando,
y dejamos de distinguir ya los conceptos:
la palabra cambio, nos fue extraña;
revolución, lejana;
moderno, nos dio risa;
arte, nos dio nostalgia;
futuro… nos dio tristeza.


Aprendimos a soñar, pues:
nos dieron utopías
y creímos que el mundo cambiaría.

Salimos a las calles,
a los montes.

Bebimos de las fuentes más nutricias.

Leímos de los libros,
los más sabios.

Tomamos de los vinos
de odres nuevos.

Sí, tienes razón, se por qué estas triste.

Para los que nacimos cuando Macondo fue inaugurado,
(eso fue el 67)
descubrimos otra voz que iba a ser nuestra,
soñamos un lenguaje indestructible.


Y llamamos a nuestros poetas
como si fueran del barrio: Gabo, Roque, Alfonsina;
tratando a los más viejos siempre con respeto:
El señor Fuentes, Don Vargas Llosa, Neruda, Paz.


Enamoramos nuestra primera novia invocando a Benedetti:
“ compañera usted sabe que puede contar conmigo,
no hasta diez, ni hasta cinco,
si no,
contar conmigo”

Y alegramos a más de una suegra,
gastando nuestros ahorros en el día de las madres.

Llevábamos serenatas al pie de la ventana,
¿te recuerdas?
(aunque al final, toda la vecindad la disfrutaba, no nuestra voz, por supuesto,
pero más de un amigo solidario hizo un debut exitoso).

Los hombres (los muchachos de entonces,
mejor dicho),
nos dejábamos crecer los bellos del mentón,
deseando barba;
y las mujeres (las muchachas de entonces,
también, mejor dicho),
conocieron a Simeone de Beauvoir,
la teoría de género,
y adoptaron un color por estandarte… y
se enamoraron menos,
haciéndonos así más desafortunados.

Pasamos de un siglo a otro siglo
siendo ya más que adultos.
Por eso extrañamos viejas cosas:
los niños que fuimos jugando por las calles sin peligro.

¿Te recuerdas que inauguramos los documentales de Cousteu
y fuimos en su Kalipso viendo el mar en blanco y negro?

Nos quedó el espíritu un poco triste.
Que no nos culpen: seguimos en el luto
de los sueños que se han ido.



Es que un domingo 23 de marzo del año 80,
a las 8 de la mañana,
escuchamos una voz que nos hizo llorar de esperanza;
y un lunes 24 de marzo a las 6 de la tarde,
vimos caer a San Romero ahogado en su sangre,
y tú y yo éramos niños, por poner un ejemplo.

Es que no volvimos a ser los jóvenes de antes;
Es que nada nos pareció ya real,
serio o valioso.

Y luego vino la distancia, la nostalgia de un
lugar y de la gente. La ausencia del abrazo fraterno
en los portales: de bienvenida o despedida.
La falta de las cosas fugaces, menudas y sencillas…voces,
cielos, sabores…el olor de la tierra.

Y fuimos aún más extraños, extraños en el siglo
y en tierra extraña.

Pero sabes que…

No estés triste,
La vida es bella.
La vida es bella.

Y nosotros fuimos aprendiendo a sopesar
el valor de la amistad en las buenas
y en las malas.

Ya son más de veinte años que tú y yo nos conocemos.
¿Dime si eso no es hermoso y si no somos realmente afortunados?

Nos ha crecido la paciencia,
el valor por lo real,
y auque lo neguemos,
el corazón no olvida nunca sus buenas costumbres.
Aparte, que el crisol del dolor nos iba haciendo más fuertes.

Hemos aprendido a sentirnos a
gusto en cualquier sitio: allí
donde haya gente que nos quiera.

Nos quedó la maña también,
de ser gregarios,
de hablar en plural,
de echarle más agua a la sopa de frijoles,
por si alguien llega… y se queda.

Aprendimos un poco más a distinguir las esencias de las formas;
y ha desprendernos del pasado…
para poder caminar.

Así que… déjate de cosas, Jorge,
¡desempolva los sueños,
sacude los libros,
saca a asolear las utopías,
canta mientras caminas por la calle…!
-aunque digan que estás loco-
.
Aprende otra vez el nombre de las flores;
vigila de nuevo las constelaciones:

Pon el corazón en el lugar que antes tenía.

Y piensa que algún resplandor nos queda,
algún destello,
que en algo
le ha de servir al mundo.


Y no olvides, que sigo siendo siempre tu mejor amigo.


Jorge Castellón
Septiembre del 2006



Publicado en Revista Contrapunto, El Salvador
http://contrapunto.com.sv/index.php?option=com_content&task=view&id=1176&Itemid=124