miércoles, 27 de agosto de 2008

Origenes perdidos


Con suma tristeza me entero del absoluto desinterés con el que han sido considerados, por parte de las empresas privadas de construcción, los hallazgos arquelógicos en la finca El Espino. Los restos prehispánicos descubiertos y destruidos por los tractores que preparan el terreno para la autopista Diego de Olguin, y el acto despreciable de no detener los trabajos de construcción una vez detectados los primeros hallazgos, son una prueba más, entre muchas otras, de la falta de interés, por la verdad histórica de El Salvador.


Pero más aún, esta voluntaria negligencia, es un síntoma claro de la cultura autodestructiva que prevalece en el pais. Destruir el propio pasado, ocultar la propia verdad, enterrar la propia historia en favor de la recompensa inmediata, del enriquecimiento, de la voracidad, del apropiamiento, tan sólo puede adjudicarse a una ya muerta y putrefacta conciencia del respeto a la cultura nacional. Nunca como en El Salvador, la palabra nacionalismo ha dado más de sí en su tergiversación y desfiguración. Creo, que nunca en la historia centroamericana moderna, se ha presentado, por delimitar un espacio y un tiempo, tanta falta de responsabilidad por el patrimonio cultural vernáculo, en favor de los ya prefijados proyectos de seudo desarrollo urbano, que persiguen tan sólo, intereses de enriquecimiento con base a licitaciones endemicas y seculares compadrazgos.


Pero más todavia, todo ello obedeciendo a una politica de un tal desarrollo social-urbano, que pasa por encima de consideraciones ecológicas, culturales, jurídicas y humanas, y que busca favorecer la desmedida y deshumanizada politica economica mercantilista de vertiente salvaje-liberal dentro de la cuál, estos los planes urbanos son diseñados.


Dentro de veinticinco años, existirá en El Salvador, un paisaje gris y negro de calles y autopistas, por donde se veran transitar largos camiones de carga en ruta de norte a sur, que dejaran a su paso, gruesas capas de humo negro, sobre los techos de lata de las maquilas. En circulos estrechos, sobre algunos inclinaciones, quiza de antiguos volcanes, se apiñaran las residencias blancas de los ejecutivos temporales de las empresas internacionales de abastecimientos. Veremos tan sólo el verde de los árboles que adornan los Courts Food de los centros comerciales y uno que otro negro rio de amarillas espumas.


A lo lejos, amontonadas sobre montículos de tierra erosionada, las grandes colonias, más grises aun, de los maquileros y maquileras, que cada mañana, como hacia un destino inexorable, se dirigen a su jornada de doce horas, bajo la sombra de los sueños imposibles.


Jorge Castellón






domingo, 10 de agosto de 2008

Orígenes III


Los artesanos del quetzal
Colocadas dentro de jaulas grandes como casas, las aves de largas colas se veían trepadas en sus ramas, a veces en parejas, a veces solas, confundiendo sus colores con el verde de alguna hoja todavía viva, de esas ramas puestas allí, como pretendiendo ser un árbol, una enramada, de esas donde en las montañas, las aves permanecen observando el mundo desde la majestad de sus plumajes. Quietas, adentro de el orgullo de un ser privilegiado y cautivo, su verde intenso se veía rezumar el mismo verde que tienen las hojas de las plantas del maíz, allá a lo lejos, como si fueran criaturas de una misma especie, como si fueran pintadas con la misma mano, con el mismo tinte que tiene la tierra cuando llueve.

Sus colas, más largas que el brazo de algún hombre, caían en cascada ondulada sobre el aire, profusas, gruesas, amplias, como sólo puede serlo un abanico hecho por los dioses para refrescar la misma tierra. En las montañas, cuando aparecen después de alguna lluvia recia, se diría que son otras ramas, otros brazos, que son parte de la misma criatura vegetal que las sostiene. Ave, árbol y montaña tan solo son notas que crecen en la música visual de la naturaleza, es decir, de lo que esta debajo de los cielos. Aquí, en sus jaulas de madera, parecen ajenos tesoros esperando ser canjeadas, trasmutadas, trasformadas en artesanía sagrada, en arte ritual, en signo humano.

Un hombre y una mujer se acercan a la puerta de una de las jaulas. Mueven el sencillo mecanismo que divide los cielos, del espacio estrecho de estas celdas, y pronunciando la secreta onomatopeya con que la gente habla con las aves, entran a la jaula. La mujer cubre sus manos con una especie de guante de tela de algodón, blanco, con la que sujeta el lomo de uno esos seres, tímidos, dóciles ahora a la presencia de los visitantes. Como si los sonidos pronunciados fuesen los mismos que se dicen para tranquilizar a los niños cuando lloran. Algunas aves se alejan practicando una gimnasia diminuta sobre la superficie de las ramas, mientras la mujer inicia su delicada labor de cuidadora. Mientras sujeta el ave y busca la mejor de sus plumas, el hombre corta con un afilado pedernal la raíz de aquella cascada brillante que parece, con la luz y el movimiento, abarcar todos los verdes.

Se les ve soltar el ave, y adentrarse más en esa cueva de tenues sombras, y ondulantes brazos. Se oye nuevamente aquel canturreo extraño que se entiende es un llamado, un arrullo, una petición de los que llegan. Otra criatura, mas hermosa aun que la anterior cede su quietud y se entrega para ser examinada. Un mancha roja corona las puntas del penacho, que de vez en vez se yergue sobre su apacible perfil de diosa coronada. Extiende sus alas y su envergadura es tan amplia, que la mujer y el hombre desaparecen de la vista ante esa ola de ese mar de jade. La pluma es arrancada, sin dolor, sin apuro, como si se acicalara la deidad misma de la tierra. Luego el hombre trae agua, frutas y ramas con hojas y flores para esa pirámide imperial enmarañada.

La puerta se cierra, mientras desde adentro, ojos laterales observan, al tiempo que se inclinan sobre un recipiente repleto de esferas amarillas. Mordisquean y miran, miran y mordisquean desde su rutina de huéspedes majestuosos o cautivos reyes.

A lo largo de una mesa se ven ordenadas -colocadas sobre una tela llena de cintas de colores-, un racimo de aquellas hojas que vuelan, y que viniendo de la más grande a la más chica, van formando la corona de algún Señor o algún monarca, que recibirá del cielo la apoteosis de sus glorias.


Jorge Castellón
De La Tierra de los Tesoros (Libro Inédito)

sábado, 2 de agosto de 2008

Orígenes II


Canto al maiz.






Gracias por darnos las cosas
las flores
las frutas
la tierra

el agua

Por esta cosa del tamaño de mi mano
donde las gotas de lluvia se vuelven amarillas
donde las gotas de lluvia se vuelven alimento
donde el sol y el agua hacen sus milagros.


Eso, de lo que estamos hechos
eso, que ha formado nuestro cuerpo.

Nosotros, ¡oh Señor de las lluvias!
nosotros cuidamos de tus hijos.
Nosotros, ¡ Señor Tlaloc!
cuidamos de tu fruto
y él, cuida de nosotros.

Hace crecer nuestros hijos,
nos da fuerzas para el trabajo,
nos llena del calor del sol
nos da el sudor mientras trabajamos,
y nos da las lágrimas
sin las cuales, no podemos vivir el dolor.

Por eso lo celebramos juntos a la misma ahora
en cada casa
en cada pueblo


Une a mi mujer y mis hijos y mis padres
cuando el sol sale y se mete
para darnos la luz
o la sombra


y asi, los dias de la vida.




Jorge Castellón

De: Orígenes

viernes, 1 de agosto de 2008

El Salvador antiguo I



Origen y memoria.



















¿De dónde venimos?
¿De dónde procede nuestra sangre?

¿Venimos de la oscuridad o de la luz,
del mar o de los cielos?

Somos los descendientes de dioses de la selva,
O somos, obras hechas de maíz,
De barro,
De madera.

Un poco de todo somos.
De todo un poco somos:
Lágrima, sangre, sudor, carne, hueso.
Ansia, rabia, dolor, delirio, risa.



De: Origenes.
Jorge Castellón.




Textos de estudio













Pedro Geoffroy Rivas (1908-1979)


“De todos los pueblos que en los albores de nuestra era se desbordaron sobre el trópico exuberante, ninguno quizá tan lleno de mágico sentimiento como aquel pueblo nahua que en sucesivas oleadas, a lo largo de ocho siglos, se estableció en la basta cornucopia geográfica que forman México y la América Central. Ninguno tan imbuido de mágico destino. Ninguno tan seguro de su divino origen. Ninguno tan decidido al éxito y al triunfo.

Pueblos extraordinarios, de un empuje vital no superado hasta ahora por ningún otro pueblo de la tierra. Pueblos imagineros, de alto pensamiento mágico, que recorrieron la mitad de nuestra América.”


“Habituados a los cambios súbitos en el paisaje, incorporados a la violencia del ambiente, viviendo entre huracanas, tormentas, erupciones, terremotos y destrucciones, nuestros antepasados indígenas estuvieron siempre predispuestos a la zozobra y la inestabilidad. Así, su manera de concebir la historia estuvo necesariamente influida por este sentimiento de cambio, destrucción y renacimiento.”



Fragmentos del discurso pronunciado en la Academia Salvadoreña de la Lengua, el 25 de marzo de 1966. Tomado de La mágica raíz. Antología de ensayos. Pedro Geoffroy Rivas. Dirección de publicaciones e impresos. San Salvador 1998.