lunes, 21 de julio de 2008

Un regalo... sin motivo.





Hoy quiero darme un regalo, así, sin motivo,
que contenga todos los dones que este mundo me ha ofrecido:
La belleza, la bondad y la verdad de aquellas cosas
que hasta hoy he ido encontrado en mi camino.

Pondré primero en este cesto de fibras de maguey,
el mecer acompasado del arrullo de mi infancia,
el reencuentro cotidiano con mi madre
al regreso de la escuela,
y,
la lluvia que cae sobre las tejas en la noche.

Agregaré,
las Odas más Elementales de Chile;
o quizá,
las tardes,
la noche,
las gentes
y esa lluvia a cantaradas de los Cuentos de Barro del viejo Salarrué.

…Y la melancólica mirada de aquellas golondrinas que miraba Adolfo Bécquer.

Talvez incluiré, el sentimiento que nos deja
el observar aquellas Manos de Dios que esculpió Rodin,
o la tristeza poética de Rilke.

Me regalaré esa pasión enardecida de Las Flores del Mal de Boudelaire;
y también,
la ternura de esos cuentos que escribió un hombre
cuyo apellido era Wilde.

Me regalaré sin olvidar,
los ojos de Gala, pintados con tanto amor por Dalí.
Y aquellos amarillos y azules de Van Gogh y su cielo de La noche Estrellada.
También su locura y su amor desmedido.

Quizá,
las tardes floreadas de Monet
y esas bailarinas gráciles de Degas.

Me regalaré a mi mismo,
el amor que sienten los que sufren en
El llano en llamas,
y las pasiones de los Buendía,
allá en Macondo.

Qué tal los deseos valerosos del viejo pescador Santiago,
en medio de aquel mar y aquella noche.
Y el final de aquella lucha de las Uvas de la Ira.


También,
el amor de Cuasimodo
y su fin junto a la tumba de su amada.
Y haré mías las pasiones de Shivago,
Karenina y
Bovary.

Me voy a regalar en mi memoria diletante,
el Opus nueve numero dos de los Nocturnos de Chopin.
Agregaré a Ravel y su Bolero y
el Branderburgo dos del viejo Bach,
quien me regaló de niño una melodía inolvidable:
Dios, gozo del deseo de los hombres.

Incluiré la Sinfonía Coral con su Oda a la Alegría,
y las notas iniciales de Para Elisa,
que compuso aquel sordo que escuchaba las estrellas.

No debo olvidar el Cannon de Pachabel y la Primavera de Vivaldi;
La danza húngara de Lizt,
y lo más alegre de aquel niño genio.

Pondré a su vez, en este cesto,
la voz de Maria Callas,
la eterna tristeza de Chaplin,
y la soledad, el valor y la esperanza,
de un hombre llamado Oscar Romero…
cuya sangre lloramos todavía los pobres de mi tierra.

Me regalaré el coraje de mi pueblo y la amistad del tuyo.
La historia del Popo y el Itza,
porque es de amor y no de guerra.

La esperanza que queda en alguna parte del mundo que camino,
Y la gracia,
de aquéllos que nos hacen felices con su sola existencia.

Un rostro que vi,
y que fue de un ángel;
y la mejor carta de amor
que esté escondida.


Recordaré, el olvido de la Madre Teresa de Calcuta.

Incluiré la afición al baile que tenia Pancho Villa y
que podía durar hasta tres noches sin descanso.

También,
el camino que va de Cuzco a Machu Pichu, y
la quena y la zampoña que son la voz de aquellos vientos.

Me regalo los mejores manjares del caribe:
el coco, el mango y las anonas;
el olor de la guayaba y del zapote.

Me regalo los sagrados alimentos de la mesa:
el maíz, los frijoles, la patatas y la yuca,
que nos han dado el color de nuestra piel y sus lunares.

El deseo insatisfecho de no poder nunca aprender Maya, Nahua o Quéchua,
Y el sabor de las palabras que en otros idiomas siempre amo:

Home,
Saudade,
Shalom,


Me regalo el recuerdo de lo mejor que un día tuve,
y las cosas por venir que desconozco…

para empezar a llenar, lo que me llevo.



Jorge Castellón


Septiembre 2006.
















.

jueves, 17 de julio de 2008

Agradecimiento



Parafrasenado a Yourcenar diré que... estaba seguro que este [blog] tendría pocos lectores, pero buenos...


Gracias a los que se detienen y leen estas, aveces, tristes notas. Disculpas si más de alguna vez han sentido que han perdido el tiempo. Pero si, en algún momento de osio o de casualidad, han llegado aquí, y se han sentido "en casa" por un rato, me siento complacido por ese regalo de las circunstancias.


Este es un lugar de nostalgia, si, pero crean si digo, que es un lugar de esperanza...



Jorge

lunes, 14 de julio de 2008

El Reloj de flores o la persistencia de la memoria.




No recuerdo haberlo visto funcionar. Tal vez cuando lo vi, ya sus agujas de metal blanco estaban detenidas, apuntando a cualquier parte de su circunferencia de tierra y grama. El tiempo, es lo más seguro, ya se había detenido adentro de esa redondez que miraba a la intemperie. Su círculo, de cara hacia el oriente, parecía estar reclinado sobre un montículo de tierra que tenia una altura probable de un metro y medio. Era un reloj posado sobre el suelo, como puesto, pues, sobre un puñado de tierra, como una cosa dejada allí, en medio de la calle, para ser vista, para ser olvidada en el ir y venir de la rutina de todos los transeúntes, y de los aconteceres de toda una ciudad.

Al parecer, comenzó a funcionar al inicio de la década de los setenta, para en breves años, detenerse. Creo recordar que a mis ocho años, ya el reloj -que entonces tendría cuatro o cinco años de haber sido inaugurado-, había muerto. Así lo veo, así lo recuerdo, como un reloj muerto, escondido entre las cosas, como uno más de esos relojes de aquella pintura de Dalí, en que parecen derretirse, colgar, secarse como cáscaras arrojadas al suelo, hablándonos en su lenguaje de un tiempo detenido.

No sé si sus números eran romanos o latinos, pero sé, que estaban construidos de flores pequeñas, si, de flores, formando líneas, curvas o ángulos. Por eso le llamaban El Reloj de Flores. Intentando recordar, creo que su diámetro era tal vez de unos dos metros de largo, o lo suficiente para poder ser visto sin dificultad desde unos cien metros de distancia. Tenia a su alrededor una pequeña cerca de metal, blanca, que lo intentaba proteger del paso de la gente, rodeándolo. Esta cerca abarcaba un pequeño jardín, el cual iba desde los bordes del montículo sobre el que el reloj descansaba hasta la parte posterior del mismo, donde el jardín se prolongaba por unos cuatro metros, quizá. Proliferaba allí, dicen, la flor del mediodía que le daba al reloj su alegre colorido de todas las mañanas.

Pasábamos a su lado una que otra vez al año. Desde el autobús, quería repentinamente descifrar su tiempo, pero era un intento infructuoso: ya lo había perdido de vista cuando comenzaba a leer su aguja minutera, de suerte que, me quedaba siempre con una hora incierta… Tal vez, más de algún travieso intentaba darle vida a su maquinaria, empujando las astas con la mano, pues meses más tarde, me parecía que marcaba un tiempo distinto al que yo había supuesto. El reloj jugaba conmigo o con nosotros: sin que avanzase él, el tiempo transcurría y me hice adulto, y mi ciudad, se transformó conmigo. Mas su inmovilidad ciertamente fue, esa persistencia de la memoria, que me hace hoy, escribir lo que recuerdo.


A su alrededor giraba el mundo, alrededor de su tiempo detenido, alrededor de su quietud silenciosa. Los hombres, las mujeres y los niños, median con sus pasos quizás sus ritmos olvidados; los ancianos, con su memoria confusa, tal vez figuraban sus rutas circulares ya del todo abandonadas, dejadas al recuerdo. Dentro de esa masa de esfuerzos humanos de todos los días, aquel reloj, se relegaba, retrocedía, cedía su intención como en un absurdo intento de detener lo que veía, o lo que se avecinaba…

A ambos costados de la calle, a uno y otro lado del reloj, se veían pasar -montadas como en un carrusel sinuoso-, una línea interminable de botellas llenas de un líquido rojo, morado o amarillo. Los que caminaban a ese lado de la acera, miraban a través de un cristal ese desfile interminable de botellas de refrescos que iban a ir a parar algún día, inevitablemente, a la mesa de la casa más lejana de ese territorio, que durante toda mi infancia y adolescencia, escuché que albergaba ya, cuatro millones y medio de habitantes.

En el lado opuesto de la calle, hacia el sur, extrañas estructuras, tubos largos, techos altísimos, muros y portones, componían ese lugar que todos conocíamos era donde se hacia la cerveza, ésa cuyo nombre uno veía pegado a la pared de alguna tienda en cualquier barrio, calle o callejón de todos los puntos cardinales del país. La Cervecería La Constancia y la otrora Embotelladora Tropical, formaban el cuadro de ese reloj que allí, entonces, se exhibía en medio de aquel ruidoso punto, donde el tráfico comenzaba a aglutinarse, y que décadas más tarde, se iba a convertir en un tramo casi imposible de lograr atravesar. La avenida Independencia- pues ése es el nombre de la calle- multiplicó sus visitantes, y la entrada a la capital desde el oriente, hundió a aquel Reloj de Flores en el fondo del humo de motores, en medio de la abigarrada multitud y en el profundo abandono en que se quedan las cosas que nos parecen inútiles, convirtiéndolo en aquéllo que desde entonces se nombra sólo por costumbre, como un punto de referencia, no ya por lo que su nombre prefigura, pues ya no era reloj, ni tenia flores. Más correspondía haberlo nombrado, lo que era un reloj que un día tuvo flores.

A sus espaldas, lo largo de aquella avenida, se siguieron multiplicando los lugares donde las trabajadoras del sexo ejercen sus labores, y donde tristemente la oferta casi siempre supera a la demanda. Siguieron juntándose los clientes por las esquinas aledañas, atisbando desde las cantinas, tal vez la oportunidad de una regalía sorpresiva. Continuaron aumentando los niños y las niñas, que al detenerse los autobuses frente a él, subían a ofrecer sus ventas a todos los viajantes: naranjas, plátanos, bolsas con agua. Se sumaron a sus alrededores los mendigos. Se acrecentó a sus costados aquel flujo de personas, que desde los suburbios del oriente de la capital asoman por la mañana – viniendo, por ejemplo, de Ilopango, Soyapango, Lamatepeq, San Bartolo o San Martín- de camino a sus labores, y que el reloj, con su ojo silencioso, los fue viendo regresar todas las tardes, cansados, apiñados en los colectivos rumbo a ese lugar donde sólo se pernocta, residencia momentánea, que es su casa.

Cerca de allí, al alcance de la vista de ese mudo ojo que sólo tiene dos pestañas, creció también con el tiempo, ese lugar donde se juega a la lotería, y desde donde se escucha el grito a veces ininteligible que junta y desjunta, a los cada vez más numerosos desempleados y a los que viven de la suerte, de la propia y de la ajena: ¡El catrín! ¡El tambor! ¡El diablo! ¡La chalupa! Vio, aquel ojo, aglutinarse y expandirse, ese asentamiento de casas eternamente provisionales de la Colonia Iberia, tierra ajena a todas las instituciones, donde nadie desea internarse o detenerse…

Todo creció, se multiplicó, se desbordó: la pobreza, la marginalidad, la producción cervecera, la prostitución. Y el tiempo se midió de otra manera. Aquellas agujas detenidas, cedieron su función a la sumatoria de las cosas, a su índice de hechos, de desechos, de tragedias, de miserias o de rentabilidades sobre unidades de tiempos ajenos a aquella circunferencia de flores diminutas: los muertos, por unidad de día; los niños, por unidad de venta; los desempleados, por unidad de cuadra.

Como premonición o como signo, el Reloj de Flores se detuvo, se echó andar luego, para otra vez volver a detenerse, como un intento absurdo de evitar lo inevitable; como queriendo soslayar que todo prosiguiera. Fue imposible. Tu acinesia bondadosa, amigo, sigue siendo impotente al paso de los días. Tan sólo eres parte de este cuadro surrealista donde se junta tu inmovilidad, con la sucesión triste de las lunas y los soles, de las vidas y las muertes, de la desilusión y la esperanza.


Jorge Castellón

Julio de 2008


miércoles, 9 de julio de 2008

A México, por un segundo.


Corría el año mil novecientos ochenta y cuatro, yo tenía diecisiete de edad, y el mundo, era todo lo que estaba por conocer. Recuerdo que partimos a las cinco de la mañana del Estadio Olímpico de El Salvador, rumbo al Centro Deportivo Olímpico Mexicano, que por aquel entonces se ubicaba cerca del Hipódromo en el Distrito Federal. Íbamos llenos de la alegría infinita que un adolescente experimenta en la aventura de ir lejos, de descubrir, de descifrar distancias, de hacer amigos. Y en nuestro caso, con los sueños puestos en romper nuestras marcas, ya sea un minuto, quince centímetros, o tan sólo, dos segundos.


Por aquel entonces yo era el único marchista juvenil de mi país, y con la gloria y la desgracia que eso significaba, me encaminaba a medir fuerzas, o más bien, resistencias, con los mejores del mundo en esos años. Ir a México a competir en la caminata o marcha olímpica, era como ir a competir a un torneo de ajedrez a la URSS, donde Karpov o Kasparov estuvieran entre los rivales; o como si uno se dirigiera a un torneo de tenis de mesa a China Popular: no ibas a estar entre los primeros lugares a menos que, todos tus rivales les diera sarampión una noche antes, o se diera una glaciación en la ciudad.


Recuerdo que para poder asistir a esta competición anual en la ciudad de México, en la prueba de los diez mil metros (diez kilómetros) de la caminata, se establecía un tiempo menor a los cincuenta y cinco minutos como requisito. La noche en que caminé la distancia buscando una oportunidad de asistir a tierra azteca, competí con el rival más difícil: yo mismo. No existía otro competidor en tan inusual prueba del atletismo salvadoreño. La pista estaba a oscuras, pues las luces del estadio se encendían únicamente para los juegos de fútbol. A quién le importaba que los sueños de un muchacho pobre, se fueran a intentar hacer realidad en esa oscuridad y en una pista llena de agujeros.

Con el entusiasmo y el coraje de esos sueños, el cronómetro se detuvo en cincuenta y cuatro minutos y cincuenta y nueve segundos, cuando crucé la línea final: Iba a México por un segundo. Pero lo más irónico, iba a emprender ese viaje “ilegal”,- sin padre y sin madre real y legal, hubo que falsificar mi documentación de viaje-.

Cruzamos la frontera de Guatemala, y a las ocho horas nos vimos perdidos en la selva norte con la dificultad de no hablar quiché, que nos permitiera entender las palabras que unas amables personas nos dirigían en el intento de ayudarnos para volver al camino principal. Llegamos a Tecum Uman muy entrada la noche. Allí, un delegado del gobierno mexicano nos condujo a un inmenso autobús camino a la capital que está construida sobre un lago.

Con la mirada fija en la ventanilla, mis ojos descubrían maravillados la inmensidad de aquellas tierras nuevas. Pasamos a un lado de Puebla, y en mi ansiedad recuerdo haber preguntado en cuánto tiempo más estaríamos en nuestro destino: Dos horas, fue el tiempo interminable que nos restaba por recorrer. Quedé maravillado ante el Popo y el Cihuantepeque, como quedé impresionado y triste, al cruzar, ya cerca, el basurero del Distrito Federal, como una inmensa ciudad de casas de cartón y montañas de desechos…Como siempre, todo encuentro nuevo tiene un doble significado, un sentir contradictorio. Algo te sorprende y algo te decepciona. Pero en nada te quita del alma la vivencia de lo nuevo.

Si alguien no ha experimentado la carencia, el hambre y todo aquello que se define como pobreza, no podrá imaginar qué fue para mí, el entrar, la tarde de nuestra llegada, al comedor del Centro Deportivo. He de recordar que allí se alojaban y entrenaban los mejores atletas del mundo: la selección cubana de pesas, equipos de ciclismo italianos, por mencionar algunos. De esta forma, el menú a parte de ser nutritivo era variadísimo. Me vi impotente de decidir qué comer, quería de todo. No obstante, fui frugal: competía al siguiente día, y ganó la disciplina de tres años en el deporte, sobre las ansias de devorarlo todo.

Amaneció, tomé jugo y comí fruta, luego, fui llevado en un inmenso autobús con rumbo a la Escuela de Educación Física del Estado de México. Era en la pista de ese lugar en que hubo de tocarme el reto deportivo más grande de mi vida. Se escuchó el disparo de salida y de inmediato quedé relegado al último lugar por el pelotón velocísimo de marchistas, entre los que se encontraba Carlos Mercenario, quien iba a ganar la competencia de los veinte kilómetros en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, en mil novecientos ochenta y seis. Vi pasar a Mercenario diez veces frente a mí, tan sólo me apartaba al extremo del primer carril para darle paso. Vi rebasarme, a una decena de competidores durante esa interminable competencia. La última vuelta, la hice completamente solo… Evoco ahora las palabras de apoyo de mis compañeros desde las gradas del pequeño estadio.
Al terminar las veinticinco vueltas, el cronómetro marcó cincuenta y tres minutos y cincuenta segundos. ¡Me había vencido un minuto! ¡Me había ganado a mi mismo! Esa es la vivencia que te hace feliz en el deporte… toda derrota digna, tiene su victoria personal, anónima, intima. Otros centroamericanos, en años anteriores, solían abandonar las competencia, sangrando de su nariz, víctimas de los dos mil metros de altura sobre el nivel del mar en la Cuidad de México.

Feliz, regresé al comedor por la tarde. Comí todo lo que cupo en mi estomago y todavía escondí -motivado por la gula- manzanas y cajas de cereal entre mis ropas. Al día siguiente, descubrí en el desayuno lo que era el omelet, y en el almuerzo, lo que era el filete de pescado.

Mi país estaba en plena guerra civil por esos años, y así, con la ayuda de amigos mexicanos que hice en esos días, supimos descifrar la dirección- que yo llevaba escrita en un papel- de un tío muy querido que había huido a México, y al que no veía en muchos años. Con su compañía, fuimos a visitar las obras de Siqueiros, sus pinturas y murales. Conocí las creaciones de Diego Rivera y me perdí maravillado en el Museo de Antropología: aprecié, para no olvidar jamás, el Reloj Azteca. Contemplé, para recordar siempre, las cabezas Olmecas… Y México, quedó en mí, para el resto de mi vida.

No me interesa si gané o no, una medalla; si subí a lo más alto del podium de los triunfadores, o estuve al final de los perdedores. Había ganado una batalla conmigo mismo, y regresaba a lo humilde de mi casa con las riquezas de una historia milenaria y las joyas de un arte verdadero, en el que aún ahora, abrevo más de un sueño, y evoco más de una alegría.


Jorge Castellón.

Abril del 2008.