lunes, 23 de junio de 2008

El Parque Cuzcatlán.


Los que hemos vivido desde niños en ese pequeño y apretujado lugar llamado San Salvador, capital de otro no menos pequeño y pobladísimo país llamado El Salvador, hemos de recordar por múltiples razones,- como referencia para alguna dirección, como punto para abordar un autobús, como lugar de encuentro para ir a otro rumbo, o como lugar de reunión, de juego, de alegría, o de romance- ese lugar inevitable, que es El Parque Cuzcatlán.

El parque adquiere su nombre, de esa remota ciudad nahua –pipil que un día fue San Salvador y cuyo significado se traduce del nahuatl, como Tierra de tesoros. Hermoso nombre para un lugar. Nos remite a un sitio donde pudieran existir cosas de un valor ajeno a lo común, donde hay objetos o seres apreciables, donde se guardan cosas que cuidar, que resguardar, o donde existe un patrimonio, natural, social o cultural, de gran valía.
El parque se ubica en el centro mismo de la capital, en un lugar que parece haber sido prolifero en árboles hermosos. De los que ahora sobreviven, uno está al final del parque, al occidente, es un roble centenario que regala una sombra amplísima donde más de una vez, al pasar, envidié a aquellos que bajo esa sombra retozaban, jugaban con sus hijos, o dormían.
Del otro lado de la calle, al lado norte, donde aun se ubica el Hospital Rosales, y como separado a fuerza de sus hermanos vegetales por un río congelado de negro asfalto, está otro árbol, no menos majestuoso que el primero, quizá más ancho, más viejo, y que pudiese contener en sus círculos ocultos, contadas, las miles de esperanzas olvidadas de los que a su sombra, se han levantado de sus camas de hospital, para descansar la mirada con el verde cambiante de las copas de otros árboles más jóvenes, que parecen formar el suelo mismo de aquel parque. Es que sus terrenos, a una altura inferior a la del nivel del suelo por ese lado del hospital, dejan ver únicamente copas, ramajes. Hay que cruzar la calle, acercarse a la orilla y ver hacia abajo para ver el interior, el césped, las bancas, las veredas.
De niño, mis primeras visitas al parque se produjeron cuando era llevado por mis maestras de aquel jardín de infantes llamado Ángel Aceituno de Gutiérrez.,- que aún hoy se ubica en la esquina opuesta a la Iglesia del Perpetuo Socorro-. Desde allí, en fila caminábamos las cinco o seis cuadras hasta el parque, en donde corríamos por sus calles de polvo, entre los árboles, para terminar deslizándonos en sus toboganes de cemento que bajaban de pequeñas colinas cubiertas de césped. Solía también ir con mi familia, con mi abuela y mis primos, a mecernos incesantes en sus columpios de metal, y en tiempos de bonanza, a disfrutar del carrusel de caballitos de madera, y de esa –para mi entonces inmensa- rueda que nos hacia subir y bajar por los aires, sentados en sillas de colores.
Muchas personas aún recuerdan quizá, que por cinco centavos, uno podía jugar en su mente a los vaqueros, a ser caballero vencedor, o, a ser quijote, montado en el lomo de algún potrillo de alquiler. Orgullosos y felices, íbamos montados en lomos negros, grises o canelas, llevados a paso lento por los cuidanderos que jalaban de las riendas mientras caminaban al costado. …Las tardes caían, y uno regresaba feliz de sus proezas de jinete a paso de tortuga.

Pasaban los años, y uno crecía, se olvidaba de jugar y apresurados, camino de la escuela, del trabajo, o acongojados por la enfermedad de algún ser querido, mirábamos y recordábamos el parque de reojo, desde sus aceras, o desde el otro lado de la calle donde está el hospital con su historia de tristezas. O mirábamos el parque con nostalgia, de paso, sentados en algún autobús, en esa encrucijada de la Calle Roosevelt y la siempre transitada veinticinco calle, que allí, se hace para acá sur, para allá norte. Viniéramos de donde viniéramos, el parque estaba allí, y allí estuvo mientras los años pasaron y el tiempo, y la gente, y la ciudad y el país, a veces lo olvidaba.

El parque tuvo sus leyendas. Uno de ellas cuenta que como lugar de reunión de furtivos enamorados - a los que las miradas curiosas de los trashumantes buscaban de lejos sobre el césped, debajo de algún árbol-, en una de esas tardes de lluvias tormentosas del San Salvador de antes, en que el cielo se volvía profundamente negro desde el mediodía, y las aguas caía incesantes hasta que llegaba la noche, un rayo cayó en el parque sobre uno de sus árboles, precisamente aquel debajo del cual, se habían refugiado dos amantes, que en su cita clandestina se encontraron de repente en medio de la lluvia de un invierno. Murieron muertos por el rayo. Juntos. Nunca supe sus nombres. Han pasado cuatro décadas ya de ese suceso, pero me conmovió siempre esa historia trágica de dos enamorados que en la búsqueda de verse, y de abrazarse, encontraron la muerte más extraña en medio de los elementos.

Porque el parque tiene sus leyendas…

Crecí, inevitablemente. Tuve hijos. También los llevé a jugar a ese parque, ya con menos árboles, más sucio, a veces peligroso. De muchacho, muchas veces tuve un sueño: hacer una fiesta para niños, y entre otras cosas, hacerles escuchar la Sinfonía Coral, la novena de Bethoveen, con esa Oda a la Alegria que escribió Schiller, al tiempo que se elevasen por los cielos globos variopintos en millares. Quería devolverle al parque y a sus pequeños visitantes, un poco de la alegría que siempre supo darme. Pero todo quedó en sueño…

Ahora, cuando ya ha pasado mucho tiempo, a mitad de la nostalgia y del recuerdo, el parque me regala otra alegría, porque precisamente en él, que guarda mis memorias personales, también mi país guarda la suya: se ha construido un monumento a los muertos de la guerra civil que un día sufrimos. Allí, en su costado norponiente -hacia donde uno dirige la mirada y encuentra al travieso volcán que nos vigila-, hay un muro. En ese muro se han escrito miles de nombres de niños, de niñas, de hombres, de mujeres, de ancianos y de ancianas, que han venido del Sumpul, desde El Mozote, de Tenancingo, desde Apopa; de Aguilares, de Guarjila; desde Perquin, de Tecoluca, de Guazapa, de Aguilares, desde todas partes, desde todos los lugares, caseríos, cantones, pueblos, cerros, montañas, desde donde una vez fueron más que un nombre. Y ahora, esos nombres, son más que éllos y éllas mismas, pues cada nombre es una persona, una historia, una leyenda viva, una odisea, una gesta, una utopía.

Aquí aprendemos que el nombre propio, es nombre histórico. Los Maria, Luis, José o Carmen, van más allá de ser palabras, hasta llegar a ser símbolos de símbolos, que al pronunciarlos, al mismo tiempo decimos hubo una vez alguien, decimos, vivía allá o por acá, decimos, era alegre, le gustaban las guayabas, tenia los ojos negros, decimos, murió joven, o decimos- entre lagrimas-, este es mi hermano, esta es mi hermana o este es mi hijo… Hablamos en presente, no en pasado. Ni tampoco decimos, este es el nombre de mi hijo, porque ese nombre es el hijo, el tío, el hermano. Aquí los nombres no son letras, fonemas, abstractos significados, son símbolos de esencias más profundas que tienen que ver con nosotros, como nuestra propia vida tiene que ver sólo con nosotros mismos. De alguna forma, también nos simbolizan, nos contienen, nos incluyen desde su silente y sólida escritura. Son nosotros.

Así, el parque hoy, es más un símbolo de símbolos de una historia personal, colectiva, nacional, que continúa, porque sus pequeños muros amarillos se han abierto como diques para la memoria universal de la humanidad entera. El parque ya es eterno. El parque ya es de todos y de todas. El parque es la memoria, el presente e inevitablemente, los significados con que estamos haciendo los futuros. El parque guarda, en suma, lo más valioso que hemos un día tenido. Nos guarda, si, nos guarda a todos. El parque Cuzcatlán, tiene un nombre, que en su milenario sentido, venido de un idioma ya perdido con el que un día nos hablamos, misteriosamente nos re-encuentra, nos re-une, nos re-liga en su más profundo de todos sus significados, dentro un tiempo circular en el que imaginamos el pasado y recordamos el futuro de esta tierra de tesoros.


En la noche, se oyen pasos en el parque. Son dos enamorados montando al lomo de un más que negro y apacible potro. Las riendas caen flojas, sus jinetes, como furtivos de la noche, dejan que el animal los lleve. Parecen figuras eternas, que en la plateada luz de alguna luna, regresan, ya sin prisa, a repetir los mismos besos.




Jorge Castellón
Junio de 2008
Publicado en Revista Contrapunto, El Salvador.

sábado, 14 de junio de 2008

El Mercado Central

La otra casa de mis días de infancia, a parte de esa gran casona ya desaparecida de la calle Arce, era la casa de mi verdadera abuela materna, ubicada en lo que aún hoy es la Colonia Ferrocarril, a un costado del Cementerio Nacional, y a un par de cuadras del Mercado Central de San Salvador. Allí pasaba -ya empezando la primaria-, al menos dos fines de semana al mes. Y esa estadía resultaba más que interesante por dos razones, primero, porque en ella vivían dos tíos, adultos ambos, que me hacían participar de sus para mi novedosos intereses, y que con el correr del tiempo, veo cuanto hubieron de influir en mi formación personal y mi visión de la vida, de esa vida que comenzaba a desarrollarse ante mis ojos, a mitad de la década de los años setenta.

Recuerdo haber escuchado en esa casa, por primera vez, la palabra Mozart, al tiempo que evoco frente a mí a uno de mis tíos con un disco grande en la mano -un LP como se le llamaba entonces-, en cuya carátula, una mujer estaba sentada frente a un piano. Por muchos años creí que esa señora era la que llevaba ese nombre. También, y esto ha sido imborrable y simbólico a lo largo de mi vida, había colgado en la pared, arriba de una de las camas, un especie de fotografía, con algo escrito en la parte inferior. Pronto tuve la detallada explicación de quién era esa persona y qué es lo que estaba ahí escrito, en letras pequeñas que yo no alcanzaba a distinguir (porque también, fue en esta casa que descubrieron que aparte de curioso, yo era miope). Bueno, la foto en la pared era de Roque Dalton, que se encontraba sentado frente a un micrófono, de esos grandes, antiguos, que se veían en la televisión en las películas en blanco y negro. El poeta, vestía una camisa a cuadros y se había puesto una sonrisa, que hoy puedo definir como… sarcástica. Lo que había escrito abajo, era el Poema de Amor. Y ya con ello digo todo sobre el ambiente y las cosas que se platicaban entre mis tíos y mi abuela, en esa mi segunda casa de la infancia.

La segunda razón que hacia interesante la estadía en esa casa, era que después de escuchar a mi abuela decir, vamos a ir al mercado, yo sabia que empezaba una extraña aventura en la que iba a poner en juego todos mis sentidos, y algo más, la imposible capacidad infantil de la paciencia. Pero quizá, ese tramo insoportable a veces, iba a ser compensado por el descubrir de un sabor nuevo, o por la imagen visual de un ser desconocido, o por la textura de alguna superficie ignorada, en fin, por algo que siendo nuevo, seria para mi, no sólo interesante, sino, inolvidable.

Cuando hablo de la paciencia en mis visitas al Mercado Central, me refiero a que muchas veces, llegados a mitad de la aventura, con las bolsas ya llenas de comparados, mi abuela me dejaba parado en una de las puertas esperándola, mientras ella, incursionaba una vez más por las cosas que faltaban. Y esa espera, era interminable, inaguantable a veces. Primero, por que temía perderme. Pensaba que en esa multitud ella podía confundirse de puerta, y no encontrarme, o no verme -yo tendría ocho o nueve años, y el paso de tanta gente enfrente de mí, podía ocultarme a su mirada-. Así que yo esperaba en el portón convenido, lleno de pavor, pues de no encontrarme, no sabría yo mismo como salir de ese laberinto de cosas y personas, de olores, de bullicio.

Mi abuela era una experta cocinera, por lo tanto, su habilidad para las compras era irrefutable. Cuarenta años de trabajo como cocinera principal en las casas de las familias Dueñas, Regalado o Dutriz -algunas de las más acaudaladas del país-, le habían dado esa habilidad, que ahora ella regalaba a hijos, nietos, amigas y vecinos. Pero quiero hablar de esa aventura, de esas visitas a un lugar tan particular e inolvidable que es un mercado, y especialmente, las sensaciones que ese lugar me fue prodigando en mi más que abierta inquietud de niño.

Recuerdo especialmente las cosas que veía en cada pabellón. Porque el mercado, aún ahora se “ordena” en pabellones, y cada uno contiene una serie particular de cosas: las carnes, las flores, la comida, las verduras, etc. En el pabellón que visitábamos primero se hallaban las verduras. Allí, en el suelo, o en mesas de cemento muy largas, se apilaban los tomates, enormes, del tamaño de una pelota de béisbol algunos, con un olor penetrante, que se intensificaba todavía más en la cocina, al partir el cuchillo eso que Neruda llama su carne "sin coraza, y sin espinas”. Creo que no he visto otra vez tomates tan grandes como los de mi infancia, y tan limpios, lustrosos, tan sanos -¿no será que los niños que fuimos nos dejan la memoria intensificada de las cosas? Luego, venían las cebollas, con sus tallos verde-oscuro, tallos gruesos con su ácido olor, que siempre en su abundancia, resulta insoportable. Estaban allí además, las zanahorias con sus grandes hojas estiradas; los pepinos, las lechugas gigantes, los rábanos -que en manojos apiñados, se agrupaban como esa misma multitud que me rodeaba, sobre el estrecho espacio de un canasto, como un gentío de cabezas rojos y vestidos color verde-. Por allá, se encontraba las remolachas, cocinadas ya, colocadas en recipientes de aluminio anchísimo, que yo veía rebalsar de un jugo intensamente rojo, color de la sangre de la misma remolacha. Había pacayas, largas, extrañas, exóticas, colocadas con delicadeza sobre mantos verdes hechos de la hoja del árbol del plátano. Estaban los chiles, el verde, el rojo; el chile seco, el chile ciruela. Los aguacates, pesados, redondos, de carnes exquisitas y suaves, que uno siempre disfruta con unos granos de sal y una recién hecha tortilla que exhume aún, el olor del maíz nuevo sobre la losa caliente.

Entre las verduras, estaban las plantas comestibles, o simplemente los montes, como se acostumbra llamarles, aditivo imprescindible de cualquier cocina que recuerdo: el chipilin, para la sopa; la mora, de igual uso; el perejil, la hierbabuena, la verdolaga, la albahaca, el epasote. De vez en cuando, descubría el loroco, con su olor inconfundible, destinado para el uso casi mundialmente exclusivo de las pupusas de queso. El izote, que se come frita con huevo. El motate, que nunca probé. El brócoli, que siempre me pareció un arbolito enano.

Las frutas, eran vecinas de las hortalizas. ¡Ah, que exquisitez esa de las anonas, las blancas y las rosadas! Sobre los canastos, abierta su cáscara gris a fuerza de maduras, cáscara triste que esconde esa pulpa suave, olorosa, dulce, que se evapora en la boca, tan sutil, como una azúcar hecha más de aroma que de sustancia, más de suavidad que de textura, más de exquisitez que de materia.

Se encontraban aquí, sin evitar, las papayas, con sus dientes negros en hileras; los mangos, de todas las tonalidades, ora rojos, ora amarillos, ora anaranjados, ora casi tocando el morado, con múltiples formas sin perder la propia, para no dejar de ser reconocidos: el indio, el ciruela, el mechudo, el liso. Los jocotes, pequeña guarida roja a veces, de esa carne vegetal tan escurridiza que está hecha de jugo. Los había de castilla o de corona, el llamado tronador o indio; los verdes, más ácidos aún que dos limones. Se amontonaban los bananos o "guineos" en sus diferentes especies: majonchos, enanos, de ceda, manzano -tampoco faltaban los llamados tambien indios-, delicadamente recostados uno sobre otro sobre sus propios racimos. El inolvidable zapote, áspero en su superficie, cafe-anaranjado en su carne, con su sabor liso, ¡oh gelatina emanada de la tierra!.. La sandia, la fruta más grande de todas, que si bien cargarla hasta la casa era un martirio, comerla era el paraíso para un adulto o para un niño, hasta quedar repleto de sus jugos de agua rosada y carne casi transparente, que se confunde con el color de las mejillas, como un tinte exclusivo del glotón que la devora. La imprescindible naranja, para el paseo, la escuela o la cena; sin semilla o “semilluda”, pequeña o enorme, fresca y deliciosa. Los nísperos, las piñas, el melón, -imposible de ocultar por su olor que se escabulle-, las guanabas, quizá primas de la anona, con su textura indescriptible. Y las frutas aquellas que tienen aquel nombre que a mí me daba risa y al mismo tiempo pena: las manzanas pedorras. Y esa otra , tan extraña, que se llama paterna, de semillas verdes arropadas que se comen con limón, que al abrir esa larga vaina enorme que las esconde, se presentan como novias de vestido blanco, listas a ser desnudadas por el paladar. Y los pequeños soles olorosos que son los nances, y ese como caviar frutal que encierra la granadilla.

Pasar por entre este mar de vegetales y de frutas, era una travesía de locura cuando el calor de la fatiga empezaba a reclamar un poco de aquellas mieles que se ofrecían en silenciosa cornucopia de sabores, colores y aromas.

Llegábamos al área de las carnes, la menos atractiva. Jirones colgantes de sustancias llenas de sanguazas y tintes amarillos de grasa penetrante. Hígados, corazón, sesos, testículos, riñones, lenguas exangües, tripas de olor desagradable, -pero que adobadas y aderezadas con especies, se vuelven un caldo exquisito confundidas en la yuca, el repollo, el elote, la zanahoria, la pimienta, la sal, el plátano verde, hasta formar eso que se le llama Sopa de Mondongo-. Los cuchillos de todas formas y tamaños, tirados sobre las mesas o las tablas de cortar, te recordaban que el regateo, el enfado o el desaire, podía tener sus riesgos en el trato con las vendedoras, a las que yo veia siempre iguales: de brazos regordetes, de pechos abundantes, de mejillas amplias, y me confundía, lo amable que eran cuando uno se acercaba, y lo toscas que se volvían cuando uno se alejaba sin comprarles. En esta parte se encontraban los pollos, enteros o descuartizados. Omitiré los detalles. Uno salía como asustado de esa área, casi decidido a no probar nunca más la carne.

El área dedicada a los quesos me resultaba más atractivo. A uno le regalaban pedacitos de queso como prueba de la calida de los productos. Allí comprobé la magia del lenguaje descriptivo. Es que uno conocía el queso que era duro y blandito, al mismo tiempo, el de capita, el de mantequilla, el duro, pero también el duro viejo. Y allí estaba el enredo, el queso fresco, corriente o especial, o sea, muy salado o comestible; la crema, por igual, corriente o especial. Pero acá, ambas exquisitas. Mi estatura me ocultaba la figura de la vendedora. Las marquetas amarillas de los quesos se apilaban desde el suelo hasta más allá de mi medida. Pero mi mano siempre conseguía un pedazo de la prueba que ya era convenida.

Algunas veces bajábamos al sótano, oscuro, interminable, con su asfixiante olor a plumas de gallina, que encerradas en cajas de madera inundaban de cacareos ese ambiente de catacumba avícola. Allí se vendían los huevos. Los corrientes, blancos y cafés, y con paciencia, se encontraban los de amor, aquellos nacidos en los patios traseros de alguna pequeña casa, y cuyos vendedores eran tan sólo ocasionales. En el sótano, se vendían de igual forma las iguanas, y no era extraño encontrar un armadillo, entero, o ya cortado en pedazos. Y allí también se hacia los chorizos, en una maquinita como molinillo, en la que por uno de sus lados, se metían las sobras de las carnes, y del otro lado – lado que parecía un tubo-, se adhería una tripa ya vacía, que se rellenaba de la carne, que por allí, salía ya molida.

Ya cansados, mi abuela se detenía donde yo más quería: el puesto de los refrescos naturales. Siempre el mismo, el más abarrotado por la gente, el de más demanda. Acá, uno hacia uso de su mejor albedrío, de una ambivalente capacidad de decidir, para luego arrepentirse y volver a elegir lo que se dijo primero. Es que era una ardua tarea decidirse entre el fresco de ensalada, de cebada, de horchata, de agua dulce, de guanaba, de piña, de coco, de jocote, de carao, de carao con leche, de horchata con leche, de marañon, de mamey, de chan, de leche con café, de naranja, de tamarindo, y qué se yo de que otra delicia que aplacara la fatiga de aquella interminable caminata.

Por doquier uno se topaba con niños y niñas correlones, que en canastos más pequeños pregonaban ambulantes los productos que sus padres ofrecían. Uno veía pasar las melcochas, ese dulce provenido de la melaza de la caña; el alboroto, hecho de maíz reventado y azucares; mangos verdes ya cortados, con chile liquido y eso que llamamos Aihuashte, que son las semillas de calabazas ya molidas. También deambulaban señoras que vendían café caliente con pan dulce (semitas, milhojas, peperechas, abuelitas, mariasluisas, cachitos, pastelitos, o la siempre demandada quesadillas, o salpores que se venden siempre junto al marquezote). O se ofrecian los atoles, de elote, el atole shuco, y si tenias suerte, el de piñuela.

Pocas veces, después, visitábamos el lugar de las cocinas, pues allí se vendían las tortillas. Pero al hacerlo, ya como ultima etapa del viaje, el menú era irresistible con los puestos de sopas, ya sea de pollo, de res, de mondongo, de fríjol con pellejo de cerdo, de arroz con hueso de tunco (marrano), o cuche, o cochino, o chancho, como se le quiera llamar. Luego recuerdo los rellenos, que en su interior tenían carne o queso, cubiertos con una capa hecha con la clara del huevo y jugos de tomate. El relleno de ejotes, con queso adentro; de pacayas, rellenas también de queso; de chile verde, rellenas de carne; de papa o de huisquil, rellenos de queso; de tomate, rellenas de carne de cerdo. Los volcanes de arroz blanco o amarillo sobre las cacerolas; el pollo asado o guisado. La carne deshilada, salcochada o azada. El picadillo o salpicón, la lengua entomatada; el hígado encebollado, los chorizos. Se dejaba ese pabellón, convencido, que nada se desperdiciaba, que todo en la cocina se podía transformar de crudo, de amargo, de extraño, a suculento, oloroso, atractivo y exquisito.

Las cocinas se ubicaban en el extremo sur -poniente del mercado, misma dirección en que se ubicaba, pero en las afueras del edificio, un enorme recipiente que recordaba a un Zeppelín caído, donde se almacenaba el gas que iba a dar a las cocinas. Este era un punto de referencia importante. Mi abuela me decía, si un día te perdés, me esperás en el tambo. “El tambo”, así le llamaba la gente a ese recipiente descomunal de gas propano. Nunca me perdí. No tuve necesidad de arrimarme a ese extraño objeto que en el descuido o la mala intención de algún fumador malvado, pensaba, me podía hacer volar por los aires, en dirección al cementerio, ese de allí enfrente, lugar que de suyo, es digno de otra historia.



Jorge Castellón

Houston Texas.
Junio de 2008

lunes, 9 de junio de 2008

Carta a Salarrué

Desde el corazón, sin fecha


Señor Salarrué,


Le escribo esta carta porque hay cosas que deben quedar claras. Le escribo, por que hay cosas que tengo que decirle diunaves. Es que precisamente es ésa la causa de esta carta, hablarte – no se molesta si le hablo de vos, es que no puedo de otra forma- , decía, hablarte de lo que nos dejaste, lo que te faltó por dejarnos, lo que te debemos.

Quiero decirte, auque ya Roque Dalton y Ricardo Lindo te lo han dicho mejor, que nos legaste un tesoro que no tiene ya precio en estos tiempos, y que es- como todo lo que es bueno- cada vez más valioso con el correr del tiempo: tus cuentos, tu obra toda, ahí donde logramos encontrar eso que fue lo que nosotros fuimos; que nos puede definir en lo que somos, y lo único que nos puede ayudar a encontrar lo que perdimos. Precisamente hoy, que no sabemos lo que somos. Primero, porque acordarnos nos da tristeza, siempre lo verdadero nos lo asesinaron; segundo, porque no lo conocemos, ya cuando venimos, o regresamos, todo estaba enterrado.

Dice Ricardo Lindo de tu obra, que cuando los salvadoreños estamos tristes o queremos saber quienes somos, bebemos de esas aguas. Y es lo más justo que se ha dicho sobre ti, pues ahí donde se nos cala la nostalgia más terca o la tristeza más punzante, abrimos un cuento tuyo y se nos revela la risa, o la nostalgia o la realidad de todo lo que somos. Pues somos como aquel hombre noble y tierno, violento y piadoso de la Cacha del puñal. Pues somos tan bellos, ingenuos, astutos e inocentes como la cipota Cocolina y su amiga que hablaban de las cosas que quieren y no quieren. Y somos como aquellos niños traviesos de Los diablos costaludos; y somos al final de cuentas, trágicamente, dolorosamente, el Goyo y su cipote que van por las selvas buscando un destino… y terminan muriendo en los picos de los zopilotes.

El año en que tú naciste -ese extraño 1899, a un pasito del siglo veinte- una estrella fugaz color de luciérnaga, atravesó el mundo. Naciste tú, nació Claudia Lars, nació Jorge Luis Borges. Los cabalistas nos dijeran que la fecha abrió un prodigio y se hizo el golem etéreo con la sustancia de un lenguaje imperecedero que debería envolver un continente. Cierto amor, quizá, te unió a Claudia, y una distancia casi inexistente y muda, como lo que une una estrella a otra en el firmamento, te unió a aquel cuentista que no te conoció. Pasaron los años, y el mundo jamás tampoco conoció la magia que irradiaste por el mundo con tus cuentos: antes del “Llano en llamas”, ya existían tus “Cuentos de Barro” y Juan Rulfo los recitaba de memoria, hasta llamarte maestro… y ponerse escribir. Pero el mundo no lo sabe. Oye si ladran los perros, bebió de Cuentos de Barro.

Inventaste, por obra de la desgracia de tu pueblo, y con toda la valentía que esos años y otros tantos requerían, lo que era el cuento triste, pero no por ello, menos bello, o menos eterno, o menos verdadero, pues era tan real como nuestra propia historia. Porque esos cuentos hechos de barro, nacieron cuando morían sus protagonistas: sin ser un dios, ni tan siquiera, has hecho que los muertos del 32 nunca mueran, y que volvamos siempre a ellos, cuando buscamos reconocernos en nuestra verdad de injusticia, de nobleza y de esperanza.

Nos enseñaron esos herederos del criollismo, la negación y el menosprecio al campesino, y a todo aquello que se le pareciera. Pero tú les diste voz, para que hablara quien sufre, e hiciste así, como dice nuestro exegeta literario, Lara-Martinez, que nuestra literatura y nuestro arte, ya no fuese un hablar sobre otros, si no, nosotros mismos contando lo que nos pasa con nuestra propia voz, la verdadera. Pusiste boca abajo, de culumbrón pues, el sentido de la literatura en El Salvador y en el continente pobre de Latinoamérica.

El cuento no es una novela en pequeño. Tampoco es una poesía decantada en la prosa; pero esos amaneceres, tus noches, la lluvia a cantaradas o tus cielos estrellados, quedaron encerrados en enormes historias de todo un país lleno de miles de gentes, con las cosas necesarias para llamarse cuentos. Con lo que contaste, comprendimos no una vida si no, una época entera y todo un pueblo; una forma de ser y …una forma de hablar que nadie más que tu jamás, se atrevió a convocar en los libros. Hoy, si algún hombre o mujer salvadoreño, quiere escribir algo bello y veradero, voltea su mirada hacia ti, y busca tu lenguaje. Y algunos de tus mejores alumnos, Dalton y Argueta, por ejemplo, han sabido cultivar tus perlas, y seguir cosechando la palabra que evoque lo que somos por lo que decimos, cuando hacemos las cosas: el amor, la guerra o cuando simplemente jugamos: con tu cuento nutriste el poetizar de unos y el novelar de otros.

Dice Borges que el lenguaje es un hecho estético, tenía razón; pero también, es un hecho político y un hecho cultural y la literatura unifica, amalgama las verdades: la estética, la política, la cultural, la ideológica, la religiosa, la personal.. Ya Roque lo dijo una vez, perdóname poesía por haber creído que tan solo estabas hecha de palabras. Así, tus personajes, nosotros, hablamos, reclamando un lugar político, cultural, geográfico y humano que nos quitaron y que todavía no hemos recuperado. En tus cuentos, se encuentran nuestro dolor y nuestras ansias: Semos malos y somos como ese ladrón que derrama las lagrimas al oír los acordes de guitarra en medio del Chamalecón. Somos el ladrón y los viajantes, los eternos indocumentados…los tristes más tristes del mundo.

Quiero contarte también, que los cipotes que oíste allá por el parque del barrio San Jacinto, ya no existen. Todos han muerto. Que la única manera en que los recordamos y sabemos como eran, es riéndonos de tus Cuentos de cipotes, y que de repente, nos damos cuenta que somos nosotros mismos los que corren, inventan y ríen; y así nos demuestras que Platón tiene razón una vez más: tan sólo recordamos, aquello que queremos conocer: tus cuentos nos llevan otra vez, a lo que siempre olvidamos. Y así vas haciéndonos a nosotros que creímos ya estar hechos. Y es que también fuiste mago: tú inauguraste el cuento mágico antes que cualquiera. Inventaste un reino, un rey, y un mar de figuras ya fantásticas. Pero más que eso, pintaste lo que ibas escribiendo: pintor poeta, poeta pintor de mis cipotadas.

¿Qué cuentos escribirías hoy? Hoy que más los necesitamos para seguir esperando; hoy, que estamos vacíos de historias que hablen de nosotros como lo que somos. Hoy que los cipotes no inventan cuentos, sólo cuentan lo que ven en las pantallas, y que son cosas que otros han inventado para enseñarnos a matar, odiar, despreciar o simplemente no imaginar…o no pensar. Hoy, que abunda el barro aún, de los años de guerra que se fueron; hoy, que tantos estamos tan lejos, y no nos reconocemos; hoy, que necesitamos que alguien cuente los cuentos de tanto cipote huérfano, migrante o prostituido, para transmutar todo un dolor, dolor de patria, en alegria. ¿Cómo serian tus cuentos?


¿Qué nos quedaste debiendo? La oportunidad de decirte en vida, gracias, gracias por habernos devuelto en dos libros…la semilla de todo lo que íbamos nosotros a escribir en el futuro.


Un abrazo muy fuerte, viejo chelón querido.



Jorge Castellón

viernes, 6 de junio de 2008

Carta a un amigo lejano, que aveces, está triste.

Hermano,

yo te entiendo,
pues para nosotros que estábamos ya aquí
cuando llegó el 68,
supimos luego que allí,
el siglo se partió en dos mitades;

para nosotros que estábamos ya por estos lados,
cuando con mentiras nos dijeron
que la luna ya era nuestra…

para los que,
dicho de otra forma pues,
estamos cerca ya de completar
los cuarenta años,

mucho ha pasado ya por nuestros días:

Nos despedimos del siglo veinte
ya llenos de nostalgia…añoramos cosas
que hoy, sólo nosotros recordamos.

Nosotros,
los de entonces,
aprendimos de Serrat que si bien no
nacimos en el Mediterraneo,
si nacimos Para la Libertad,
para La fiesta,
y que De vez en cuando la vida,
debe tomar con nosotros café.

Y fuimos a sembrar nuestro árbol
con Alberto Cortez;
y hoy ni las raíces han quedado.

Luego Silvio y Pablo nos dijeron
que el sueño y el amor era posible;
y Sabina nos hizo iconoclastas.

¿Cómo no voy a entenderte?

Si juntos tarareamos en inglés
a Carol King
y a John Denver,
y aún recordamos a John Lennon
caminando de la mano de Yoko,
en Central Park,
cantando “Woman”.


Sí, te comprendo que estés triste…
pues nos volvimos obsoletos con el paso de los años,
y más de las veces hacemos el ridículo con
nuestra indumentaria,
nuestra forma de pensar y
nuestros hábitos.


Ya no comprendimos que la era iba cambiando,
y dejamos de distinguir ya los conceptos:
la palabra cambio, nos fue extraña;
revolución, lejana;
moderno, nos dio risa;
arte, nos dio nostalgia;
futuro… nos dio tristeza.


Aprendimos a soñar, pues:
nos dieron utopías
y creímos que el mundo cambiaría.

Salimos a las calles,
a los montes.

Bebimos de las fuentes más nutricias.

Leímos de los libros,
los más sabios.

Tomamos de los vinos
de odres nuevos.

Sí, tienes razón, se por qué estas triste.

Para los que nacimos cuando Macondo fue inaugurado,
(eso fue el 67)
descubrimos otra voz que iba a ser nuestra,
soñamos un lenguaje indestructible.


Y llamamos a nuestros poetas
como si fueran del barrio: Gabo, Roque, Alfonsina;
tratando a los más viejos siempre con respeto:
El señor Fuentes, Don Vargas Llosa, Neruda, Paz.


Enamoramos nuestra primera novia invocando a Benedetti:
“ compañera usted sabe que puede contar conmigo,
no hasta diez, ni hasta cinco,
si no,
contar conmigo”

Y alegramos a más de una suegra,
gastando nuestros ahorros en el día de las madres.

Llevábamos serenatas al pie de la ventana,
¿te recuerdas?
(aunque al final, toda la vecindad la disfrutaba, no nuestra voz, por supuesto,
pero más de un amigo solidario hizo un debut exitoso).

Los hombres (los muchachos de entonces,
mejor dicho),
nos dejábamos crecer los bellos del mentón,
deseando barba;
y las mujeres (las muchachas de entonces,
también, mejor dicho),
conocieron a Simeone de Beauvoir,
la teoría de género,
y adoptaron un color por estandarte… y
se enamoraron menos,
haciéndonos así más desafortunados.

Pasamos de un siglo a otro siglo
siendo ya más que adultos.
Por eso extrañamos viejas cosas:
los niños que fuimos jugando por las calles sin peligro.

¿Te recuerdas que inauguramos los documentales de Cousteu
y fuimos en su Kalipso viendo el mar en blanco y negro?

Nos quedó el espíritu un poco triste.
Que no nos culpen: seguimos en el luto
de los sueños que se han ido.



Es que un domingo 23 de marzo del año 80,
a las 8 de la mañana,
escuchamos una voz que nos hizo llorar de esperanza;
y un lunes 24 de marzo a las 6 de la tarde,
vimos caer a San Romero ahogado en su sangre,
y tú y yo éramos niños, por poner un ejemplo.

Es que no volvimos a ser los jóvenes de antes;
Es que nada nos pareció ya real,
serio o valioso.

Y luego vino la distancia, la nostalgia de un
lugar y de la gente. La ausencia del abrazo fraterno
en los portales: de bienvenida o despedida.
La falta de las cosas fugaces, menudas y sencillas…voces,
cielos, sabores…el olor de la tierra.

Y fuimos aún más extraños, extraños en el siglo
y en tierra extraña.

Pero sabes que…

No estés triste,
La vida es bella.
La vida es bella.

Y nosotros fuimos aprendiendo a sopesar
el valor de la amistad en las buenas
y en las malas.

Ya son más de veinte años que tú y yo nos conocemos.
¿Dime si eso no es hermoso y si no somos realmente afortunados?

Nos ha crecido la paciencia,
el valor por lo real,
y auque lo neguemos,
el corazón no olvida nunca sus buenas costumbres.
Aparte, que el crisol del dolor nos iba haciendo más fuertes.

Hemos aprendido a sentirnos a
gusto en cualquier sitio: allí
donde haya gente que nos quiera.

Nos quedó la maña también,
de ser gregarios,
de hablar en plural,
de echarle más agua a la sopa de frijoles,
por si alguien llega… y se queda.

Aprendimos un poco más a distinguir las esencias de las formas;
y ha desprendernos del pasado…
para poder caminar.

Así que… déjate de cosas, Jorge,
¡desempolva los sueños,
sacude los libros,
saca a asolear las utopías,
canta mientras caminas por la calle…!
-aunque digan que estás loco-
.
Aprende otra vez el nombre de las flores;
vigila de nuevo las constelaciones:

Pon el corazón en el lugar que antes tenía.

Y piensa que algún resplandor nos queda,
algún destello,
que en algo
le ha de servir al mundo.


Y no olvides, que sigo siendo siempre tu mejor amigo.


Jorge Castellón
Septiembre del 2006

martes, 3 de junio de 2008

La Casona

La Casona.


El recuerdo de aquella casa donde viví mis primeros cinco años, es una fuente de memorias que siempre me serán agradables, porque ese recuerdo trae consigo no sólo personas e imágenes, sino también, me devuelve a aquellas vivencias que son tan significativas para todo niño, pues son las que al final construirán en mucho, los sentimientos de ese adulto en el que ese niño se convierte al final. Para mí, el recuerdo de ese lugar es un retorno dulce a todo aquello que de forma invisible construyó un mundo interior, que aun me dura, y que seguirá en mí hasta la muerte, con sus misterios, con sus preguntas, con su luz sobre lo que a veces se torna oscuro en el camino de la vida, pero sobre todo, por la felicidad que me regresa.

Por su inmenso tamaño, este lugar fue siendo bautizado por mi familia como La casona, y con ese nombre que le dimos me referiré a ella en adelante. No puedo darle otro nombre, ése es precisamente el nombre que nos liga a ella en el recuerdo, en el sentimiento, en la historia de toda una familia, de varias familias y en la historia de lo que yo fui conociendo desde niño como eso que llaman mundo, es decir, personas, es decir, atardeceres, es decir cielos, árboles, amigos, es decir, juegos, y sobre todo, amor.

La casona, estaba ubicada en la esquina que forma la diecinueve avenida sur y esa otra calle, -otrora muy hermosa, sembrada de almendros en su centro-, que aun ahora, totalmente afeada con los años, lleva el mismo nombre de Calle Arce, en honor a un líder independentista salvadoreño. Durante las décadas del sesenta y setenta, residían en esa ancha calle, familias adineradas que con sus suntuosas mansiones hacían de esa zona de seis cuadras, uno de los lugares más exclusivos del viejo San Salvador. Esas cuadras iban desde donde se ubica la segunda catedral metropolitana, la Iglesia del Sagrado Corazón, y llegaban hasta lo que aún ahora es el principal hospital público de la capital, El Hospital Rosales, donde la calle Arce muere.

La Casona, era una mansión, propiamente dicha, con su enorme portón frontal, anchísimo, con escalinatas blancas de mármol que arribaban a la puerta principal, cuyo color no recuerdo, ¡pero cómo he de olvidar que toda esa casa fue un día una construcción totalmente blanca!, blanca y alta, con un jardín de ladrillos blancos y negros, como un tablero de ajedrez, con pinos a un lado, altos como el cielo mismo, que yo gozaba verlos mecerse con el viento en el fondo celestísimo de ese cielo, de un cielo amarrado a la silueta eterna oscura- verdosa, de aquel volcán que desde ese jardín, se erguía en el norponiente, y que aún ahora, después de treinta y seis años, en cualquier lugar del mundo en que me encuentre, lo busco, o creo verlo, en su hermoso silencio planetario, vegetal, ígneo, y pétreo. Quizá, porque donde yo nací, una vez sólo hubo mar, y de pronto, surgieron de ese mar los volcanes que formaron Centroamérica, y por eso, un volcán para nosotros, es como un ombligo que nos ata a la tierra misteriosamente, quizá…

Ahora que trato de buscar entre mis recuerdos, para encontrar cuál es el lugar que me pertenece, cuál es el lugar imaginario ya, donde el mundo me maravilló por vez primera, donde deseaba estar solo para al mismo tiempo estar con todo, descubro que era ese jardín, esa grada a la entrada del jardín, donde un día, descubrí el color del cielo, las manos suaves de los vientos meciendo aquellos pinos, y la música eterna de las nubes al pasar. Y esa alegría, ese jolgorio, esa algarabiílla de las cinco de la tarde cuando, de repente, a través de ese cielo que era el mió, las bandadas de pericos cruzaban del oriente al occidente en busca de sus nidos más allá del horizonte, lugar de residencia que siempre, siempre, quise conocer.

Pero vuelvo a mi Casona, con sus rejas negras, que doblaban la esquina, con su atalaya, desde donde yo vigilaba el regreso de mi madre de crianza al venir del mercado, en una espera interminable donde me anegaba la soledad de su tardanza. El inmenso patio interior, donde metidos en cajas de cartón, jugábamos a los espantos en la noche. El larguísimo lavadero donde me bañaba desnudo, el gallinero aledaño a nuestro dormitorio, al final de la casa…Porque he de aclarar que la casa no era nuestra. Yo era el hijo de crianza de la persona encargada de limpiar la enorme casa; casa que abandonada por sus dueños originales, -cuyo capital sostiene ya por cien años el monopolio de la cerveza en El Salvador- fue dada en alquiler a un grupo de eminentes médicos para hacer de ella un prestigioso consultorio en cuyo último cuarto del patio trasero, vivíamos nosotros. Esa era la Casona que yo conocí, un consultorio privado. Y yo seguía a la que ahora llamo mi madre, por las interminables escaleras, por los largos pasillos y adentro de las enormes clínicas donde estatuillas de Beethoven se mezclaban con réplicas de esqueletos y diplomas. Me dormía sobre los pisos que el trapeador, movido por aquellos brazos que amo, iban dejando lustrosos y fragantes a limón.

Pero la Casona, no sólo era para nosotros, era también para albergar a los de afuera, a todos los que se acercaban a sus rejas en su lucha por ganarse la vida. La Casona era de la niña Hortensia -a la que yo llamaba Tencha-, una persona que junto con su hija un poco mayor que yo, Margarita, vendía mangos verdes en su canasto junto a la reja de la casa, en la banqueta de la calle. Con los años pasaron a formar parte de nuestra familia. En la Casona dejaban el banco y el canasto, su patrimonio, para seguir su trabajo al siguiente día. Margarita, fue compañera de mis juegos, me cuidaba, y la mujer, su madre, fue fiel amiga de nosotros por toda su vida.

Del otro lado de la calle, un viejo carretón en la esquina nos invitaba a devorar con deleite una “minuta”, un raspado de fresa o de tamarindo. Era el pequeño negocio de Tío Pancho, nombrado así por cariño. La Casona también era de él. Por la tarde, de igual forma que el canasto de la niña Tencha, el carretón de Tío Pancho, pernoctaba adentro del enrejado de la Casona, como un refugio del trabajo de los que laboraban a su sombra. La amistad de Tío Pancho también nos acompañó toda la vida, hasta aun después que tuvimos un día que abandonar la Casona, tristes, e irnos lejos.

Por las tardes también, mi madre invitaba a la mesa a dos muchachas. Las recuerdo bebiendo el café hasta que ya era oscuro, y salían. Ya entrada la noche, en algunas veces que íbamos a caminar con mi madre alrededor de la cuadra, las encontrábamos paradas en la misma esquina, en la misma esquina. No entendí entonces a qué se dedicaban. Sólo recuerdo su visita, su agradable compañía y sus figuras en la noche. Una de ellas se llamaba Esperanza, pero no pudiendo aun pronunciar bien su nombre, yo le decía Pelancha. Hoy, sí entiendo por qué algunas veces, esas muchachas tocaban el timbre de la Casona con desesperación y corrían hacia adentro hablando de la policía, buscando un escondite. Una noche, ya de madrugada, sonó el timbre con ímpetu, nos despertamos, y la luz roja del fuego nos hizo correr y escapar de la muerte. La Pelancha y su amiga nos habían salvado de morir carbonizados. Desde su esquina, vieron las llamas que se acercaban hacia donde nosotros dormíamos y corrieron a prenderse del timbre para que nos despertáramos. Así de simple era la vida, favor por favor, cariño por cariño, amor por amor.

A veces, sentada en la entrada de la casa, descansaba una señora, ajena al mundo. Quizás la bondad que emanaba de adentro la atraía. Era conocida como La Loca Amparo, deambulaba por San Salvador perdido el rumbo, y dicen que también la razón. Allí, reposaba a la sombra de aquellos almendros que entraban a la Casona. ¿Cuál habrá sido su historia? Nunca lo sabré, pero… ¿Será que la gente buena, los locos y los niños, se parecen? ¿Perciben acaso el canto de lo bondadoso que otros jamás escucharán? …


Aunque la Casona ya no existe, hablar de ella es hablar de la vida, de la fraternidad, de la amistad, de amor humano, de esfuerzos cotidianos, del tiempo. De cómo con los años se puede forjar, sí, una amistad indestructible con la gente. Que la bondad existe, que el pueblo tiene nombre, que donde quiera que uno esté, puede prodigar cariño aún en la pobreza, y que ese árbol del cariño, como el árbol de la vida, tiene largas y frondosas ramas, bajo cuya sombra cabe el mundo, y de cuyos frutos, podemos comer todos.



Jorge Castellón


Derechos Reservados. 27 de Mayo de 2008