sábado, 19 de abril de 2008

Los versos misteriosos de Rubén Darío

Al inicio de la década del setenta, vivía yo en una inmensa casa blanca que hacia esquina en la intersección de la diecinueve avenida sur y la calle Arce de San Salvador. La casa era ocupada por clínicas privadas de renombrados médicos de esa época, de entre los que recuerdo ahora los nombres de Carranza Amaya,- que me regalaba dulces llenos de su inmensa sonrisa-; Flores Hidalgo- eminente pediatra que me salvó de la muerte segura a la que me llevaba la fiebre tifoidea-, Ernesto Núñez,- quien le encargó al doctor Flores Hidalgo el cuido post-natal de mi madre biológica y me obsequió la cuna usada por sus hijos para que yo durmiera-. Al resto de médicos que tenían sus clínicas allí, no los logro recordar, quizás, porque no tuvieron un trato tan cercano como estos últimos hacia con mi familia y conmigo mismo.

Mi madre de crianza, había trabajado desde hace muchos años como hacedora de oficios domésticos en la residencia personal del doctor Ernesto Núñez, quien rentaba esa inmensa casa donde yo nací. Mi madre fue después la encargada de la limpieza de los consultorios y de toda la "casona" -como le nombrabamos nosotros-. Esta mansión, propiamente dicha, pertenecía a la familia Meza Ayau, y había sido dada de alquiler a ese grupo de notables galenos para la ubicación de sus clínicas privadas.

Por esos días la calle Arce aún gozaba del reconocimiento de zona privilegiada, contando a lo largo de las cuadras que van desde la Basílica del Sagrado Corazón hasta el Hospital Rosales, de suntuosas mansiones pertenecientes a las familias más adineradas del país. Era en la parte trasera de esta mi primera casa, donde estaba ubicado el cine que lleva el nombre del ilustre poeta nicaragüense, cine cuyas puertas principales formaban la esquina en el cruce de la calle del mismo nombre –Rubén Darío- y la diecinueve avenida sur. Es a este lugar al que tanto debo de algunos de mis más gratos recuerdos de la infancia, pero en particular, al nacimiento, quizás, de cierta sensibilidad o gusto por el arte, que alguna vez, con el paso del tiempo, se convirtió en fuente perenne de alegría, hasta este momento de mi vida.

Ignoro quien tuvo ese nombre primero, si la calle o el cine. Y siendo un niño, escuchaba y repetía ese nombre desconocido para mí, sin saber a ciencia cierta a quién realmente pertenecía. Mi madre de crianza me cuenta que fue en las calles aledañas a este cine o teatro, que mi tío más querido inició el negocio de “cuido de carros” para los concurrentes a las funciones nocturnas. Por su ubicación, es de imaginarse, el lugar gozaba entonces de cierto prestigio como centro de cultura y entretenimiento. Por lo tanto, de alguna forma quizás, mi relación con este lugar empezó desde antes que yo naciera.

Saliendo por la puerta lateral del cine, que da a la diecinueve avenida sur, uno llegaba a la puerta principal de “mi casa”, con tan sólo unos veinte pasos. Fue en este cine entonces, donde derramé mis lágrimas de cuatro años por el triste destino de Dumbo y de su madre. Fue aquí, donde me nació, estoy seguro, ese deleite que siento por la música flamenca y el sonido alegre o melancólico de la guitarra. Y este nacimiento lo recuerdo nítidamente. Yo tendría ocho años, y en una ocasión, otro de mis tíos cercanos me llevó a un concierto donde escuché por vez primera, esa música que yo no conocía. Me absorbió ese baile lleno de pasión, ese sonido de guitarra y castañuelas, esa entrega de los cantos, esa vestimenta y quizás, ese gusto de contemplar el rostro orgulloso de una bailarina española. Me maravilló el sonido del tacón en la madera…

La casa de mi primera infancia fue vendida por sus dueños, y destruida totalmente meses después. Nos mudamos de ella, no sin un profundo dolor, y nos marchamos a vivir a un mesón enorme ubicado muy lejos de allí, en la cincuenta y cinco avenida sur y la calle Roosevelt. No obstante, siempre volví a este cine, a veces traído por mi abuela que gustaba de ver las películas de Cantinflas muy de moda en ese tiempo. Recuerdo con claridad la vez que vimos juntos El agente 007. Estábamos en la parte superior del cine, en las butacas más caras, - ya todos mis tíos trabajaban y podíamos gozar de esos recursos- y desde allí pude observar con más claridad las paredes del cine, mientras la gente entraba a la sala y las luces todavía estaban encendidas. Observé unas palabras, escritas a ambos lados de la sala, sobre aquellas paredes altas.

Cuando visitaba la sala siendo un niño de cuatro años, no reparaba en esas palabras, quizás las observé, pero no me interesaron. Luego, comencé a querer descífralas. Estaban escritas en letra de carta y me era difícil descifrar todo su sentido. Pregunté a más de un acompañante, quien talvez, me explicara lo que significaba y por qué estaban allí, pero no lo recuerdo. Lo único que recuerdo, es que hasta que no supe leerlas por mí mismo, no las comprendí, no fui conciente de qué eran, por qué estaban allí, o a quién pertenecían.

Las palabras del lado derecho de la sala decían:

“ La princesa está triste, que tendrá la princesa,
los suspiros escapan de su boca de fresa”


Las palabras del lado izquierdo decían:


“Ya viene el cortejo, ya viene el cortejo
ya se oyen los claros clarines…”


Sin lugar a dudas, fueron los primeros versos que mis ojos miraron; los primeros versos que alcancé a descifrar. Los primeros sonidos de palabras musicales que yo repetí.

Los vi frente a mí primero, sin reconocerlos, luego, los empecé a deletrear, hasta que pude leer todo su sentido. Al apagarse las luces, desaparecían a mi vista. ¿Quedarían prendidos de mi memoria o mi conciencia? ¿Quedarían como símbolos de eso, que con el tiempo, yo iba a vivir como poesía? ¿Qué producía ese efecto de la luz y la sombra sobre esos versos, en la sensibilidad de un niño?

Me alegra saber, después de treinta y tantos años, que esos versos que quedaban inconclusos, que iniciaban una melodía sin terminarla, que comenzaban un canto sin acabarlo, pero que empezaban con esa magia, con ese encanto, con ese misterio de lo que empieza a nacer pero que no está culminado, con esa fuerza musical que se atisba como las primeras luces de un amanecer, me alegra saber digo, que de alguna forma me iban a arrastrar,- como las notas de aquella guitarra en medio de la noche, y de esa voz apasionada del canto flamenco que mis oídos escucharon- hacia un destino en el que iba a quedar maravillosamente encantado con la música misma de las palabras.

El cine fue perdiendo su prestigio. Con los años, el cine Rubén Darío fue menos que una sala de cine barato, hasta llegar tan sólo, a ser un lugar conocido por la proyección de cintas pornográficas. Hoy sus puertas han cerrado. ¿Estarán todavía en sus paredes aquellos versos? No lo sé, pero para mi, ha quedado esa magia que su existencia derramó sobre la infancia de un niño pobre, que fue siempre, muy, muy afortunado.



Jorge Castellón

Houston, Texas.
Marzo de 2008

sábado, 12 de abril de 2008

"Llegó con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida"

"Con tres heridas yo,
La del amor
La de la muerte
La de la vida."


Miguel Hernández




Compromiso

Quiero luchar esta batalla.
Quiero dar todo de mí en esta lucha
que ahora empiezo.
Quiero intentar alcanzar la estrella que más brilla.
Quiero llegar tan lejos como pueda siguiendo este horizonte.
¡Quiero alcanzar tu corazón a toda costa!

Quiero ver el fin de este camino.

No sé,
si he de llegar a lo que espero.
Es posible que quede en medio de la lucha,
tirado en el campo de una gesta imposible.

Quizás alguna lanza de olvido,
alguna flecha de
desdén,
algún dardo de hielo
llegue hasta mi pecho…
y la batalla termine para mí.
Y todo quede en el intento.

Pero esta es la lucha que yo quiero.
Pero esta es mi batalla,
Pero esta es la batalla,
que hoy, yo, he escogido,

Quiero dar todo en el intento,
Auque me quede en medio del camino.



Melancolía

Es de noche, casi media noche.
Mi mano me pide que la avance,
mi corazón me pide que lo siga.

Es de noche, casi media noche.
Tu fantasma anda por ahí,
ya,
dando vueltas.
Tu recuerdo se prende ya de mis palabras.

Me pongo a escribirte, sin que lo sepas.
Me pongo a regar estas palabras.
Tejo mi manta de la espera,
mido el tiempo con el tiempo.

Repaso tus palabras.
Rescato instantes, segundos que
para ti son inexistentes.

Me dejo llevar
por lo que siempre se ha llamado…melancolía.



Gracias por existir.


Gracias por estar ahí,
En ese espacio del mundo y del tiempo
Que es tu vida.

Gracias,
Por que sin saberlo,
Con tus horas,
Mis horas se llenan a su vez de tiempo alegre.

Gracias simplemente te doy por existir.
Por llenarme los días de tu ausencia o tu presencia,
Pero que al final,
Ambas son porque tú existes:
Existes y te veo,
O existes y estás lejos de mis ojos.

Gracias por simplemente,
Ser tal y como tú eres… para ti.
De esa forma, también sin saberlo tú,
Eres como realmente me gusta que seas: siendo tú.

Gracias le doy a la vida porque no sé cómo,
Yo crucé por donde tú ya estabas.
Yo estoy a donde tú –lejos de mí, atendiendo a lo que eres-
Decidiste quedarte.

De otra manera quiero decir,
Que sin saberlo tú,
Tu existir me hace feliz,
Sin tu permiso.

Tomo de ti felicidad,
Sin quitarte nada.
Bebo de ti sabia vital,
Sin que tu pierdas nada;
Me lleno de alegría o de tristeza,
Simplemente,
Porque decides –ajena a lo que siento- pasar cerca de mí…
O pasar lejos.

Gracias por sonreír,
Por caminar allí,
Donde yo sé que has caminado.

Gracias por llenar los espacios,
Con presencias tuyas que se han ido,
y que luego,
Son ausencias tuyas que me cercan.

Gracias por tu voz,
Que aunque diga nada que tenga que ver conmigo,
Sigue siendo esa voz que para mí,
Es el sonido de las cosas que yo me regalo,
Cuando siento el mundo como si cantara.



Tu nombre


Me gusta pronunciar tu nombre,
porque me trae la alegría
de saber,
que auque mi corazón esté despedazado,
sus restos aún laten,
sus trozos tirados por doquier,
aún se unen,
se atan,
bailan al unísono
con la
breve alegría de ver tu rostro.

Tú no sabes el milagro
que provocas en mi corazón.

Simplemente te diré,
que tu risa es capaz de
darme vida,
de resucitarme,
de hacer que el dolor
se trueque en brisa fresca
de los campos
donde tu nombre crece.



Yo sé que tu nombre fue primero que las flores


Yo sé que tu nombre fue primero que las flores y
que tus siete letras aluden con encanto el horizonte.

Yo sé que tu nombre significa los colores, los aromas
y las formas de todo lo que ahora yo puedo llamar bello.

Yo sé que tu nombre fue primero que las flores
y sé que tu sonrisa en cada mañana que te encuentro,
me hace entrar a un jardín que me ha crecido en el pecho.

Yo sé que tu nombre fue primero que las flores
y que tu voz, que pronuncia dos palabras,
lleva consigo aquella música que a través de las horas
se queda en mí, a llenarme con su encanto.

Yo sé que tu nombre fue primero que las flores y
que tu cabello,
cuando
cae
en
tu
frente,
o lo dejas suelto,
se hermana con el viento tenue de los amaneceres
que no es más que la ternura de la naturaleza.

Así,
tu nombre hoy me evoca todo
lo que a mi corazón le es más querido:
la paz,
la gracia,
la belleza
y el amor por esta vida.



He dejado de buscar.



He dejado de buscar,
Ya no levanto los escombros,
Ya no aparto lo que se quebró,
lo destruido.

He dejado de buscar.
Ya no grito lo que persigo.
Ya no pretendo encontrar
nada,
nada.

Todo se ha ido:
Las cosas queridas se alejaron,
No queda donde depositar los frutos
del corazón.

El vació es mi casa.
La nada mi lugar.
Un día supe lo que
el amor era,
Un día supe yo de
compañía.
Un día supe que era
ser amante.

Todo se ha ido...
He dejado de buscar…
lo que tenía.

Hoy tomo lo poco que me queda:
Mis ilusiones, mis afectos,
mis argumentos
y mi único sueño ya maltrecho.

Me marcho de mí,
Me voy lejos de lo que un día conociste.



Donación.


Hoy quiero regalarlo todo.
Hoy quiero darme yo mismo al universo.

Hoy quiero donar mi sangre, mis ojos y mis manos
a aquellos seres exangües, ciegos
o que no pueden acariciar un rostro humano.

Hoy quiero regalarme,
Hoy quiero que el viento con su paso,
me haga polvo la piel,
y se la lleve a cubrir de antigüedad alguna estatua,
algún portal,
alguna iglesia.

Hoy quiero que mi pasado, mi presente y mi futuro
no sea más que un sueño
de alguien que olvida lo soñado
en el instante que despierta.

Hoy quiero que las horas no me midan mi tiempo:
Que lo haga el paso silencioso de lo que fue y lo que ha sido,
un tiempo sin tiempo
que es casi un no existir para las cosas humanas.

Hoy quiero que lo sentido,
sea olvido;
Lo amado,
sea un vació donde quepa cualquier cosa
que ese mismo olvido quiera.

Que las palabras dichas o escritas,
sean arena,
arena que se pierda en cualquier playa,
confundidas con los granos que el viento y la ola desgrana
con las horas,
y se lleva a cualquier parte.


Hoy quiero que se desvanezca, cual ceniza
en los rumbos del aire,
el amor más grande que mi alma
un día albergó como su propio ser,
como sustancia.

Hoy quiero ser silencio,
transparencia,
olvido,
piedra,
hoja seca,
gota de lluvia,
un ser que no haya sido,
un ser que no se
reconozca
en las cosas de este mundo.


Imposibles


Busco una manera de apagar un fuego
y no tengo más, que mis manos que se queman.

Busco una manera de encerrar un océano de tiempo,
dentro del estrecho espacio
que forman mis brazos y me pecho.

Busco una forma de arrancarme el corazón de un golpe,
y vuelve a crecer de la nada llenando otra vez mi pecho muerto.

No hay dolor más grande que el dolor de la muerte,
y sólo se parece a este dolor que deja
el desamor frente al amor que grita ¡no me dejes!

Hay un abismo ya, entre el ayer y el presente.
Un abismo hecho por un grito más aterrador
que el grito mismo de todos los terrores.
Más amargo que la agonía más mortal de todas las muertes juntas.

El ayer fue nunca,
El hoy no existe
Y el futuro es un jamás sin esperanza.


Jorge E. Castellón

Verano del 2006