miércoles, 26 de marzo de 2008

Los Iconos de la historia de la verdad en El Salvador

A los iconos de la historia de la verdad en El salvador.

(En este mes de marzo, que les vio marcharse…)


Tan fugaz y tan eterno es nuestro paso por la vida. Fugaz, si nos comparamos con las estrellas, con la vida de un volcán, o con uno de los tantos mares de la tierra. Eterno es nuestro paso como seres humanos, cuando más que medirse con el tiempo objetivo de las cosas, la vida se mide por la huella que las acciones, aquéllas, las más excelsas, dejan en la humanidad entera, en la memoria a veces cruel de los hombres y mujeres.

Aparentemente, la verdad de las cosas humanas desaparece, como si con el correr del tiempo la realidad del mundo fuese sepultada -después de ser secuestrada y luego asesinada- por las manos de la maldad, que siempre dan la impresión de ser eternas y vencedoras.

Pero la verdad siempre busca una rendija, un intersticio, por donde se escapa ya sea siendo voz, luz, espacio, canto, imagen, palabra o grito. Pues la verdad no deja de latir bajo el suelo lleno de guijarros, sangre seca y osamentas, donde son sepultadas sus cenizas. La verdad, es ese corazón delator, que como en un cuento de Poe, no deja tranquila las conciencias, y las envuelve en un insomnio eterno, delirante y violento que su tenaz golpeteo produce desde el fondo de la tierra, y que únicamente es escuchado por sus sepultureros, por sus verdugos, por sus secuestradores.

Porque no hay un momento del mundo en que no brille, pese a todo, la luz de lo que realmente sucede o acontece; de lo que fue sentido o de lo vivido; de lo sufrido o de aquello que se redimió. Y la verdad existe, a despecho de las intenciones pestilentes que pululan en la oscura conciencia del mal. Y la verdad existe, en ese relevo maravilloso y valiente de mujeres y hombres que abonan con su vida, su sangre, su voz o sus letras, el Arbol de la Vida, aquél, bajo cuya sombra descansamos y soñamos. Ese arquetipo del universo, donde podemos ser semilla, raíz, tronco, hoja o flor; o bien parásito, hierba maligna o ser destructor.

Dos semillas hacen germinar siempre esperanza y verdad en la historia moderna salvadoreña: las vidas de Monseñor Oscar Arnulfo Romero y de Rufina Amaya. Con ellas, la escoria verbal más putrefacta de los poderosos, con su lenguaje de mentiras cínicas, queda tirado en el lugar que sólo a ellos corresponde: el oprobio público, el ridículo y la condena inexorable de la historia. Con ellos, Oscar y Rufina, con la luz de sus vidas, el poder ciego y deshumanizador, llega a ser la representación del bochorno, de la irracionalidad y de la nulidad humana..

En nuestra historia de pobreza, injusticia e impunidad; en esa ya secular y permanente institucionalización de la mentira, de polarización del pensamiento y deshumanización que hemos vivido los salvadoreños, Romero, como contrapuesto de Roberto D’abuison, y Rufina, como antípoda de Domingo Monterrosa, sólo son símbolos de esas constantes históricas del humanismo verdadero, del valor y del amor por la vida.

Es en esos momentos culminantes, decisivos, donde las fuerzas del bien y del mal se enfrentan; donde la soberbia y la humildad chocan; donde el poder ciego y destructor y el ejemplo humanizador se encuentran frente a frente; donde la mentira y la verdad en la historia universal se cruzan una y otra vez…es ahí, donde el mundo teje y atesora una nueva lección:

Pese a que la verdad siempre pierde en lo inmediato, su brillo surge siempre de los escombros… cuando hombres y mujeres que la han visto derrumbarse y morir, la buscan y la restituyen con palabras, con silencios, con cantos, con gritos, con sus propias vidas que son poemas a la esperanza de toda la humanidad..

Lejos de cualquier mitificación o apología y en medio de la más clara verdad y de la más profunda noción de justicia, se yerguen en el horizonte cercano de la esperanza de nuestro pueblo, -allí, en ese amanecer tibio y azul de los días que soñamos-, dos luceros, dos antorchas, dos soles, como ojos claros nacidos de allá, de allá de donde los jocotes derraman sus aromas y el huidizo torogoz se esconde todavía, todavía, silencioso en las montañas del Chalatenango. De donde el Arbol de Fuego y el Maquilishuat nos pintan la mirada y nos regalan la caricia rosada o nacarada que ha dado color a nuestra frente. De donde el Izalco, nos invade de respeto y temor humano, y nos recuerda que existe una fuerza en nuestro pecho que es inextinguible aún con los siglos que han pasado. De donde las voces emergen de montañas escondidas, susurrantes, sigilosas, valientes e intrépidas, en las que se han escondido a descansar las almas de nuestros héroes y nuestros niños perseguidos.. De donde los hijos del jaguar buscaron su guarida, su valle, su naciente. De allá, de donde, pese a todo, en medio de todo, más de una piscucha se eleva por los cielos una mañana cualquiera de un domingo, queriendo alcanzar el infinito amarrada a la mirada feliz de algún cipote.


Tal parece que si nuestro destino está lleno de sufrir, también nuestro batallar está lleno de amor por la verdad, y que ello siempre ha implicado, la más valiente valentía, la más terca contumacia, la más fuerte fortaleza en la búsqueda de la más esperanzadora esperanza. Y que en esa opción por los pobres y por la verdad misma, esas dos figuras que deslumbran en el fondo de nuestra historia moderna, son de las más ejemplarizantes, de las más eternas.



Jorge Castellón

Houston, Texas
Marzo de 2008

martes, 4 de marzo de 2008

Escritores y escritoras

Comentario sobre Jorge Luis Borges.

Por Jorge Castellón.


Hablamos de Borges una noche con un hermano y amigo de aventuras literarias. Nos preguntamos cómo pudo Borges, en la vida que le tocó vivir, cometer tantas insensatas acciones políticas: apoyar una dictadura, aceptar recibir una condecoración de Pinochet! Usualmente ésa es la clase de referencia que en algunos círculos de él se hace. Me quedé con la inquietud de decir algo, de reivindicar quizás, un escritor, no una persona.

Cuando pienso en Borges, me convenzo que era un hombre que sólo vivió para la literatura. Fuera de ella, podía decir o hacer, en el ámbito político claro, cualquier insensatez, cualquier cosa sin sentido. A Borges hay que verlo, por lo que fue: un hombre que únicamente leyó y un hombre que escribió de una forma perfecta. Continuar una tradición, desarrollar un lenguaje, disfrutar el momento estético en Borges, requiere ceder, no conceder, ceder a su legado, tal y como él lo concibió.

Existen miles de artículos y decenas de biografías que los expertos han hecho de su vida y de su obra. Yo me atendré a su doctrina: ir a la obra, no leer la crítica. Borges jamás leyó la crítica de un libro. El disfrutó la obra. Eso le permitió navegar en todas las tradiciones, dominar diversos campos, ahondar múltiples pensamientos. Dijo, que no nos debemos a ninguna tradición, si no, a todas. Fue fiel así mismo siempre literariamente. Conocedor del idioma inglés y el francés; lector asiduo del italiano y el alemán, Borges no tuvo fronteras en las tradiciones. Hizo de la teología y de la historia incluso, un tema literario. Recordemos el cuento “Tres versiones de Judas”.

Su vida personal, su subjetividad más íntima está en su obra. Allí siguió siendo fiel: su terror a las máscaras, a los espejos y a los laberintos. El yo lo aterraba, la confusión sin fin en el espacio y el tiempo fue su tema; la casualidad, las causas, la mortalidad, el olvido, Dios y… el amor. De niño pasaba horas observando los tigres en el zoológico de Buenos Aires: de ahí vendrá un cuento hermoso que el llamó: La escritura de Dios

En esa contradicción que nos planteó de él mismo, nos enseñó que uno puede querer o no al escritor, pero su obra ya no le pertenece y la podemos hacer nuestra. Borges fue conciente de ello. Decía que existe una memoria eterna en la literatura y el escritor la prosigue, la recrea. Al afirmar que “el escritor crea sus predecesores”, hacía referencia a ese proceso de creación-recreación -inconsciente la más de las veces- en que la memoria renace sin que el escritor lo sepa, y luego, el escritor descubre que lo que dijo, ya antes había sido dicho…de otra forma. De esa manera resulta que la memoria, como el tiempo, es circular. Es un eterno retorno. Aquí está otro tema borgeano: la circularidad.

El mexicano Carlos Fuentes -quien no quiso nunca ver a Borges en persona, pese a que siendo adolescente vivió en Argentina y no le faltó ocasión para ello-, menciona que haberlo visto, entrevistarse con él, hubiese sido como ver un dios. Al verlo, perdería su misterio. El Veracruzano, pienso, hereda de alguna forma esas ideas borgeanas del tiempo y del espacio y hace suya esa idea de la tradición. Al sentarse a escribir, dice Fuentes, el escritor debe cargar con toda la tradición en la espalda. Dato particular, a su obra completa Fuentes le nombra “Los círculos del Tiempo.”

El único autor latinoamericano en la biblioteca de Borges es Alfonso Reyes. El regiomontano se gana el privilegio de ser literariamente su huésped, siendo que para Borges, Reyes es el mejor prosista en lengua castellana de todos los tiempos. Leyendo a Reyes, uno atisba la comunicación entre ambos. Recuérdese “La caída” y “La cena”, cuentos ambos en que Reyes adelanta al gran maestro. Pero también Borges no guarda ninguno de sus propios libros en su casa, lo considera una falta de respeto.

Amó la Divina Comedia y Las mil y una noches con un amor particular, y disfrutó y enriqueció con sus elogios toda la literatura escrita en inglés

Borges, parece nunca haber reconocido de lleno el talento de Cortazar, pese a que fue Borges quien le publica su primer cuento. “Recuerdo un hombre exageradamente alto”, es lo único que dice Borges del también escritor argentino, y nunca participa de los encuentros con los nuevos escritores latinoamericanos. Con Sábato diferían, pero incluso llegaron a hacer famosos sus profundos debates. Pero su gran amigo literario fue Adolfo Bioy Cáceres. “Adolfito”, como le llamaba, fue su co-autor en varios artículos y libros. Victoria Ocampo también es amiga cercana del escritor. Contradicción tras contradicción, Borges crea sus admiradores y detractores.

En su otra vertiente, no existe escritor nacido en Latinoamérica, que haya profundizado más en el idioma inglés como Borges. Fue capaz de ahondar en los orígenes de ese idioma nórdico, y en colectivo – cosa rara-, realiza un estudio del escandinavo y sus leyendas. En colaboración, crea a su vez, una obra imaginariamente insólita: El libro de los seres imaginarios. Aquí recorre la mitología occidental y oriental –exceptuando la mesoamericana, por supuesto-, y lega un libro donde la erudición y la literatura se hermanan creativamente. A la vez, Borges, trae al español la tradición judía. Sus cuentos están llenos de referencias y conceptos de esta tradición. Poemas como El Golem son el resultado de esta incursión maravillosa.

Existen dos obras poco conocidas del autor: Siete Noches y The Craft of Vers. Al parecer la última sólo se ha publicado en inglés. En ambas, cuyo contenido son conferencias en Argentina -la primera-, y en la Universidad de Harvard -la segunda-, Borges desarrolla una teoría estética del verso, sin teoría. Únicamente describiendo sus encuentros personales con la poesía, la vivencia estética de un lector. No me jacto de lo que he escrito, me jacto de lo que he leído, repite siempre en diversas formas.

Personalmente creo, que hay dos cuentos de Borges donde su imaginación literaria alcanza su cenit: El inmortal y El milagro secreto. En el primero, nos introduce en una pesadilla, de la que difícilmente salimos ilesos. Nos enfrentamos a un lugar insólito donde el tiempo esta quieto, donde viven los que siempre existen. Laberintos sin fin, escaleras que no van a ningún lado. Creo que el sueño era importante en la creación de Borges. El sueño o la pesadilla. Borges de alguna forma era un Dalí de las letras. Recuérdese su vertiente surrealista. El segundo cuento que refiero, es una creación increíble de un hombre que le pide a Dios la oportunidad de terminar un libro inconcluso antes de ser fusilado. Dios le concede el regalo. Y el hombre escribe en ese ¿tiempo? que media entre, el disparo de la bala y el momento en que penetra en su cuerpo. “No trabajó para la posteridad, ni aun para Dios” dice el cuento. Hay aquí, la obsesión y la mística de un escritor como cualquier otro que batalla con su necesidad de crear.

Pero Borges también hizo poesía. Cristalina, pura, depurada, perfecta. Y es en la poesía donde los temas se abrevan en su nítida sustancia de musicalidad y profundidad. Temas como El reloj de Arena, Límites, La moneda, van entre poesía y prosa; entre tratado filosófico y anecdótica doctrina. Nunca dejó de ser el cuentista, e hizo de la poesía casi un cuento y del cuento una poesía.


Borges el hombre, no tuvo hijos, sí varios matrimonios “arreglados”, su condición de ciego le hacia necesario una persona que le cuidara pues su madre envejecía. Se enamoró ya cerca de sus ochenta años en una controversial relación con una estudiante suya: Maria Kodoma. Juntos viajaron por todo el mundo, hasta llegar a Ginebra, donde Borges muere en 1985. Se le considera siempre un escritor para escritores.


Septiembre 2006


Publicado en:
Periódico electrónico El Faro. El Salvador.

http://www.elfaro.net/secciones/el_agora/20061002/ElAgora9_20061002.asp

lunes, 3 de marzo de 2008

Carta a Monseñor Romero

Viernes 24 de marzo de 2006

Querido Monseñor,


Visité tu tumba,
estabas solo bajo el peso de la vieja iglesia.
Al entrar en tu morada, que está bajo la tierra,
sentí que el silencio se llenaba de voces,
eran miles,
millones de presencias…
Fantasmas del pasado,
almas siempre vivas de una historia que no acaba.
Murmuraban, vivían, recordaban.
Porque en derredor de tu muerte hoy solo hay vida,
la misma que quedó cuando te fuiste.

Esta no es una tumba, me dije, es un santuario.

Afuera, el bullicio de las diez de la mañana
crecía con el color matinal del aquel paisaje,
que tus ojos ya no ven con los ojos humanos:
el vendedor de lotería que se sienta en el atrio de la iglesia,
el muchacho que lleva el negocio del parqueo,
la señora de la ropa enfrente del Teatro Nacional, con su hijo prendido de su pecho;
el viejo que vende los casetes y dividis falsificados,
la muchacha que vocea las pelotas de plástico de a un dólar…

Son tu pueblo, el que siempre te recuerda, te dije…

Adentro, los mismos rostros de antaño se refugian en tu iglesia:
el que duerme en las bancas con su borrachera de la víspera,
los que antes del trabajo,
van y elevan sus plegarias para la
lucha de ese día;
los enfermos,
los pobres…
los que de patrimonio solo tienen un canasto de mangos, de pan francés o de cigarros;
los venidos de lejos, con sus cámaras curiosas,
los turistas sociales,
los asiduos de los templos…

¿Sabes que el pueblo que dejaste sigue siendo el mismo… pero ya sin esperanza?
Que aún la justicia no entra a nuestra casa,
que la represión que denunciaste,
usa traje y tiene guantes …
y está en las maquilas,
en los campos,
en las fronteras…
desde Tecum Uman a Matamoros.
Que hay más niños en la calle…
que los jóvenes han perdido sus afanes.

Pero lo más triste,
es que ya no tenemos una voz sincera que implore por nosotros…
Voces hay, que hablan desde la comodidad de sus despachos, escaños u oficinas…
con sus cuentas bancarias de nueve dígitos,
con sus títulos e insignias,
con sus rangos…
son de izquierda, de derecha, del centro: delanteros, defensas y volantes y porteros
en un juego donde ellos nunca pierden
y otros ponen a sus muertos…
pero éstos ya no van a juntarse con los dioses,
como antaño.

Si supieras,
que ya somos mercenarios de renombre,
y la mitad de nosotros ya no vive en nuestra tierra.
Que la guerra terminó,
pero los diez muertos diarios no nos faltan.

Tu pueblo, que tanto amaste,
Es sinónimo de diáspora, de duelo, de distancia.
Vivimos la ilusión de ser felices.

Al irte, se fue nuestra única esperanza, eso es lo que quiero yo decirte.
Que hoy estamos solos…
que en este valle que siempre es de lágrimas…
detrás del Metro Centro y La Gran Villa,
(como en tiempos antiguos)
hay un pueblo que construye los palacios…
pero que no los inaugura…
que los paga,
pero que no le pertenecen:
son el mármol para el paseo del descalzo.


¡Vieras que bonitas las luces que hay entre el Quezaltepeque y San Jacinto!
¡El valle ha florecido!

Pero el recibo de la luz se paga en dólares,
y equivale a una semana de trabajo,
aunque en una casa encienda sólo un foco.

Pero, para qué te cuento más,
Yo solo estoy de visita, mientras tú,
naciste, viviste y moriste por acá,
y quizás cuando regreses,
quizás con otro rostro,
porque has de regresar…
Estarás dispuesto otra vez a ser la voz,
la carne,
la sustancia
y el futuro
de éstos,
nosotros,
que siempre te esperamos.



Jorge Castellón
Houston, Texas

Publicado en:

Diario Co-latino. El Salvador
http://www.diariocolatino.com/3000/891.pdf

Revista Hontanar. Australia
http://www.cervantespublishing.com/Hontanar/2008/Hontanar_marzo_08.pdf

sábado, 1 de marzo de 2008

El Mozote. El testimonio de la verdad.







Parte del Mural del Convento: El Mozote, Morazán, El Salvador.





Lunes 11 de Diciembre de 2006

Nunca será tarde.

Recordar la masacre de El Mozote y revivir el deseo y derecho de que se haga justicia… nunca será tarde, aun después de 25 años. Cuando pienso en El Salvador, mi país, en su historia, llegan a mi mente hechos muy trascendentes que nos han constituido en lo que somos: un pueblo herido, burlado y un pueblo, que pese a todo, no pierde la esperanza de hallar esperanza… escondida en alguna parte. Esa cualidad y esa desgracia de ser un pueblo dolido y al mismo tiempo un pueblo esperanzador, no es casual, nos hemos ido forjando por medio de la desgracia, la injusticia, la mentira, la masacre y la pobreza. Y nos hemos ido defendiendo, desde la trinchera cotidiana de nuestra casa, con la idea lejana de que mañana quizás será mejor: habrá algo que comer, habrá… paz; no temblará; dejará de llover; o simplemente, o trágicamente, estaremos vivos. Los salvadoreños y salvadoreñas siempre hemos vivido en la incertidumbre del mañana.

Nuestra historia, nuestra historia verdadera es una historia de extremos, de altas exigencias a todas las resistencias humanas. La última guerra civil nos volvió a probar de qué sustancia extraña fuimos hechos en la noche de los tiempos: no de madera, no de maíz, no de piedra… sino de una sustancia aun mas fuerte que se amalgama de todas las esencias vegetales y animales: de agua, pues hemos llorado y sudado tanto; de maíz, pues nos hemos quedado alimentándonos de nosotros mismos en el más profundo dolor o abandono; de piedra, pues somos tan fuertes para las heridas, las espinas y las balas; de aire, somos tan puestos a la risa, a lo sutil, cuando somos tiernos; de fuego, somos tan guerreros, tan amantes, tan heroicos, tan épicos.

La lava ha pasado sobre nuestros seres queridos desde tiempos milenarios. Pero dejamos condolidos que se enfriara, se hiciera cenizas para luego ir a sembrar los campos abonados de dolor, con nuevas milpas, con nuevas siembras. Ese proceder histórico y moral nos ha hecho lo que somos. Nada nos puede destruir, sólo nosotros mismos.

El Mozote, es un símbolo más. Es un hecho enclavado como tantos otros en la conciencia colectiva de muchos hombres y mujeres, o escondido, en la mentira institucionalizada de la que se alimentan otros tantos. El Mozote, transformó nuestra noción de justicia, de violencia, de humanismo o de conmiseración. Nos legó una vez más la lección que ante la irracionalidad, tristemente, las fuerzas del bien y de la fe, sucumben, son derrotadas en un choque frontal. Que lo bueno del mundo siempre necesita tiempo para manifestarse; que la maldad, el fanatismo ideológico y el poder ciego, no tiene reparos, escrúpulos o moral. Y que el débil, siempre pierde la partida …en lo inmediato.

Una noche, hace 25 años, al norte de un pequeño y paupérrimo país llamado El Salvador, la ideología fanatiza, se alzó de las profundidades y tomó cuerpo de hombres. Eran hombres ciegos, locos y hambrientos. Ciegos de sí mismos, locos de ira absurda, hambrientos de carne humana. Cincuenta hombres - que hasta el día de hoy, no se miden así mismos si no como seres que cumplieron su deber, deber venido no sabrán de donde; deber llegado no sabrán nunca de que voz; deber de sangre, deber de muerte- entraron en la noche de un 9 de diciembre a una aldea llamada El Mozote. Cumplieron su misión un día 11: dar muerte a más de 730 personas, de entro ellos, cerca de 500 niños. Estos últimos fueron puestos boca abajo contra el suelo, en filas, para ser acribillados. Las mujeres fueron de igual manera apartadas. Sus restos quedaron triturados y calcinados tras el incendio premeditado del lugar donde fueron asesinadas. Los hombres fueron acribillados en cualquier parte. Como holocausto que fue, muchas victimas recibieron su muerte orando o en alabanzas religiosas. Otra vez las preguntas de Job, se oyeron en la desgracia.

Entre el infierno, una mujer se escapa entro los matorrales y se esconde bajo un manzano. Repta entre las piedras y espinas. Escarba un agujero para poder gritar y sollozar y finalmente se esconde en cuevas y lugares abandonados. Es encontrada una semana después ajena a la conciencia después de un estado de total locura y dolor. Su nombre nos enorgullece: Rufina Amaya. Escuchó los lamentos postreros de sus cuatro hijos. Decidió quedarse a contarle al mundo de lo que el odio es capaz de hacer entre nosotros los humanos.

El mundo acalló el hecho. Los periódicos más importantes de occidente, The New York Times y el Washington Post, borraron su primera plana del día enero 22; y sus corresponsales Boonner y Guillermoprieto, respectivamente, fueron relegados a otras funciones. Ellos fueron los primeros testigos extranjeros de la masacre dos semanas después de que ocurriese. A Booner se le acusó de ingenuo: un profesional del periodismo que había sido piloto en Vietnam. De enero de 1982 a Octubre de 1992, la historia quedó enterrada. El eminente periodista de Berkeley, Mark Danner, la recapitula en su ya clásico libro, The Massacre at El Mozote, en 1994; dos años después que la Comisión de la Verdad en El Salvador de la ONU, con la colaboración de un equipo de antropólogos argentinos, encontrase los hallazgos de los cuerpos asesinados.

Nunca, ni el gobierno de Estados Unidos, ni el gobierno salvadoreño, aceptaron el hecho. Las balas asesinas venían de Arkansas; el pago de los ejecutores de los contribuyentes norteamericanos. Hasta el día de hoy, 11 de diciembre de 2006, El Mozote no ha tenido audiencia en los tribunales, a nivel nacional o internacional. Pese a conocerse sus detalles y consecuencias.

El Mozote, se suma a Ruanda, Aushwitch, Hiroshima, y nos deja una mancha más en el rostro de eso que llamamos humanidad. El Mozote, como El Sumpul, nos recuerda aquello de lo que nadie quiere acordarse, y que sin embargo, nos constituye. Quizás acá, debemos aprender de otros que cuidan de su historia, auque sea doloroso; porque en ello, se construye un orgullo genuino de nacionalidad y un deseo verdadero por ir hacia algo mejor en el horizonte del futuro de un país como el nuestro y de la humanidad entera.

Jorge Castellón


Publicado en:

Revista Hontanar, Australia











Recuerdo, distancia y perspectiva: Artículos y ensayos.

Querer comunicarse, compartir e intentar re-descubrir , es el 0bjetivo de este espacio.
Compartir los sentimientos que genera el paso del tiempo, y que construye y enriquece un recuerdo que se llena de complejos sentimientos.
Compartir la distancia que media entre el pasado y el presente y nos conduce a veces a la exaltación, a veces a la apatia, o a la profunda tristeza.
Comparitr, la perspectiva que se crea desde esta distancia junto a aquel recuerdo: compleja maraña de cosas, que nos ahogan si nos quedamos en silencio, sin hablarlas; que nos arrastra si no logramos que alguien nos escuche...porque si alguien nos escucha, despertamos, no sólo a la cordura, tambien a la certidumbre que otro aún nos reconoce... por algo que con él o élla compartimos: una historia, un nacionalidad, un idioma, o lo que es más necesario aún: una utopia.


Los versos misteriosos de Rubén Darío.



Al inicio de la década del setenta, vivía yo en una inmensa casa blanca que hacia esquina en la intersección de la diecinueve avenida sur y la calle Arce de San Salvador. La casa era ocupada por clínicas privadas de renombrados médicos de esa época, de entre los que recuerdo ahora los nombres de Carranza Amaya,- que me regalaba malvaviscos llenos de su inmensa sonrisa-; Flores Hidalgo- eminente pediatra que me salvó de la muerte segura a la que me llevaba la fiebre tifoidea-, Ernesto Núñez,- quien le encargó al doctor Flores Hidalgo el cuido post-natal de mi madre biológica y me obsequió la cuna usada por sus hijos para que yo durmiera-. Al resto de médicos que tenían sus clínicas allí, no los logro recordar, quizás, porque no tuvieron un trato tan cercano como estos últimos hacia con mi familia y conmigo mismo.

Mi madre de crianza, había trabajado desde hace muchos años como hacedora de oficios domésticos en la casa del doctor Ernesto Núñez, quien rentaba esa inmensa casa donde yo nací. Mi madre fue después la encargada de la limpieza de los consultorios y de la casa en general. Esta mansión, propiamente dicha, pertenecía a la familia Meza Ayau, y había sido dada de alquiler a ese grupo de notables galenos para la ubicación de sus clínicas privadas.

Por esos días la calle Arce aún gozaba del reconocimiento de zona privilegiada, contando a lo largo de las cuadras que van desde la Basílica del Sagrado Corazón hasta el Hospital Rosales, de suntuosas mansiones pertenecientes a las familias más adineradas del país. Era en la parte trasera de esta mi primera casa, donde estaba ubicado el cine que lleva el nombre del ilustre poeta nicaragüense, cine cuyas puertas principales formaban la esquina en el cruce de la calle del mismo nombre –Rubén Darío- y la diecinueve avenida sur. Es a este lugar al que tanto debo de algunos de mis más gratos recuerdos de la infancia, pero en particular, al nacimiento, quizás, de cierta sensibilidad o gusto por el arte, que alguna vez, con el paso del tiempo, se convirtió en fuente perenne de alegría, hasta este momento de mi vida.

Ignoro quien tuvo ese nombre primero, si la calle o el cine. Y siendo un niño, escuchaba y repetía ese nombre desconocido para mí, sin saber a ciencia cierta a quién realmente pertenecía. Mi madre de crianza me cuenta que fue en las calles aledañas a este cine o teatro, que mi tío más querido inició el negocio de “cuido de carros” para los concurrentes a las funciones nocturnas. Por su ubicación, es de imaginarse, el lugar gozaba entonces de cierto prestigio como centro de cultura y entretenimiento. Por lo tanto, de alguna forma quizás, mi relación con este lugar empezó desde antes que yo naciera.

Saliendo por la puerta lateral del cine, que da a la diecinueve avenida sur, uno llegaba a la puerta principal de “mi casa”, con tan sólo unos veinte pasos. Fue en este cine entonces, donde derramé mis lágrimas de cuatro años por el triste destino de Dumbo y de su madre. Fue aquí, donde me nació, estoy seguro, ese deleite que siento por la música flamenca y el sonido alegre o melancólico de la guitarra. Y este nacimiento lo recuerdo nítidamente. Yo tendría ocho años, y en una ocasión, otro de mis tíos cercanos me llevó a un concierto donde escuché por vez primera, esa música que yo no conocía. Me absorbió ese baile lleno de pasión, ese sonido de guitarra y castañuelas, esa entrega de los cantos, esa vestimenta y quizás, ese gusto de contemplar el rostro orgulloso de una bailarina española. Me maravilló el sonido del tacón en la madera…

La casa de mi primera infancia fue vendida por sus dueños, y destruida totalmente meses después. Nos mudamos de ella, no sin un profundo dolor, y nos marchamos a vivir a un mesón enorme ubicado muy lejos de allí, en la cincuenta y cinco avenida sur y la calle Roossvelt. No obstante, siempre volví a este cine, a veces traído por mi abuela que gustaba de ver las películas de Cantinflas muy de moda en ese tiempo. Recuerdo con claridad la vez que vimos juntos El agente 007. Estábamos en la parte superior del cine, en las butacas más caras, - ya todos mis tíos trabajaban y podíamos gozar de esos recursos- y desde allí pude observar con más claridad las paredes del cine, mientras la gente entraba a la sala y las luces todavía estaban encendidas. Observé unas palabras, escritas a ambos lados de la sala, sobre aquellas paredes altas.

Cuando visitaba la sala siendo un niño de cuatro años, no reparaba en esas palabras, quizás las observé, pero no me interesaron. Luego, comencé a querer descífralas. Estaban escritas en letra de carta y me era difícil descifrar todo su sentido. Pregunté a más de un acompañante, quien talvez, me explicara lo que significaba y por qué estaban allí, pero no lo recuerdo. Lo único que recuerdo, es que hasta que no supe leerlas por mí mismo, no las comprendí, no fui conciente de qué eran, por qué estaban allí, o a quién pertenecían.

Las palabras del lado derecho de la sala decían:

“ La princesa está triste, que tendrá la princesa,
los suspiros escapan de su boca de fresa”


Las palabras del lado izquierdo decían:


“Ya viene el cortejo, ya viene el cortejo
ya se oyen los claros clarines…”


Sin lugar a dudas, fueron los primeros versos que mis ojos miraron; los primeros versos que alcancé a descifrar. Los primeros sonidos de palabras musicales que yo repetí.

Los vi frente a mí primero, sin reconocerlos, luego, los empecé a deletrear, hasta que pude leer todo su sentido. Al apagarse las luces, desaparecían a mi vista. ¿Quedarían prendidos de mi memoria o mi conciencia? ¿Quedarían como símbolos de eso, que con el tiempo, yo iba a vivir como poesía? ¿Qué producía ese efecto de la luz y la sombra sobre esos versos, en la sensibilidad de un niño?

Me alegra saber, después de treinta y tantos años, que esos versos que quedaban inconclusos, que iniciaban una melodía sin terminarla, que comenzaban un canto sin acabarlo, pero que empezaban con esa magia, con ese encanto, con ese misterio de lo que empieza a nacer pero que no está culminado, con esa fuerza musical que se atisba como las primeras luces de un amanecer, me alegra saber digo, que de alguna forma me iban a arrastrar,- como las notas de aquella guitarra en medio de la noche, y de esa voz apasionada del canto flamenco que mis oídos escucharon- hacia un destino en el que iba a quedar maravillosamente encantado con la música misma de las palabras.

El cine fue perdiendo su prestigio. Con los años, el cine Rubén Darío fue menos que una sala de cine barato, hasta llegar tan sólo, a ser un lugar conocido por la proyección de cintas pornográficas. Hoy sus puertas han cerrado. ¿Estarán todavía en sus paredes aquellos versos? No lo sé, pero para mi, ha quedado esa magia que su existencia derramó sobre la infancia de un niño pobre, que fue siempre, muy, muy afortunado.


Jorge Castellón

Houston, Texas.
Marzo de 2008




El Laberinto perdido.

Hace unos treinta años ya, en lo que recuerdo era ese parque llamado Los Planes de Renderos, existía una estructura ovalada o circular formada por arbustos de mediana estatura, que dispuestos como estaban, le daban vida a lo que conocemos legendariamente como un laberinto. Sus paredes entonces, eran de ramas y hojas profusas, tanto, que era imposible ver a través de esas paredes verdes. Sus pasadizos en espiral, eran tan intricados para un niño menor de 10 años que era yo entonces, que no pocas veces, entrando en él, sentí la verdadera angustia de estar perdido, y la impotencia de no encontrar nunca la salida. La altura de las paredes era tal, que hubiera necesitado el doble de mi estatura para poder ver del otro lado de una de éllas. Así lo recuerdo ahora: amplio, complicado, fatigoso.

Entraba corriendo con el deseo de extraviarme. Porque lo emocionante era perderse, aunque causara inquietud y a veces miedo. Era una aventura, un reto de poder encontrar la solución, la salida, dentro de esos intrincados caminos. Tal vez, en sí, no fuese tan complicado, y tras repetidas incursiones, la memoria ya me habría ayudado a una fácil escapatoria de esos círculos. Pero después de tantos años, aun sigo creyendo que cada vez que me internaba en ese laberinto, me perdía, como si fuera la primera vez, siempre. Que al pararme en su entrada, me sentía dispuesto a otra lucha, a otro juego nuevo.


Al internarme en este Dédalo, nunca se me ocurrió una estratagema que no fuera la búsqueda de correr incansable por los círculos y alcanzar una salida. Estaba descartado el intento de hacer un hueco y cortar caminos, de perpetrar alguna trampa: lo tenía que enfrentar con mi duda, mis intentos fallidos y mi frustración y nunca me gustó regresar por el camino andado. Quizás porque hace tres décadas, uno jugaba siguiendo reglas inquebrantables; o quizás, porque ese juego, ese símbolo, esa alegoría, lo que fuese- para mí sólo era lo primero y éstas son ya categorías adultas-, imponía sus secretas condiciones que aquel niño aceptaba espontánea y lúdicamente.

Ese laberinto lo olvidé. El recuerdo de toda esta experiencia se había escondido en mi memoria, hasta que por una casualidad hace algunos días, alguien se refirió al tema de un laberinto en otra parte, y yo pude evocar, en ese momento el mío, mi propio laberinto, ése dentro del cual yo había estado. Lejanísimas estaban en aquel tiempo, las cosas que yo había de escuchar o leer sobre ese juego o prueba o realidad: la literatura griega con su Icaro; los cuentos de Borges con sus sueños llenos de cosas sin fin, de escaleras que no van a ningún lado, de monstruosos laberintos formados de entradas que dan a la misma puerta; de Octavio Paz y su Laberinto de la Soledad. Lejos, del propio laberinto de mi vida, de las mismas confusiones; de las mismas decisiones inciertas, de las mismas angustias.

Lo vi desaparecer con el tiempo. Primero le vi deteriorado: cortadas las ramas, secas las raíces de sus paredes: arrancado a pedazos. Daba la idea que alguien, que lleva el nombre tiempo, lo deshacía a pausas y se complacía en dejarlo mutilado, para continuar más tarde destruyéndolo. Cuando pasaba distraído cerca de su lugar, de su espacio, lo vi perderse en el paisaje, en la memoria, en la distancia que después yo interpuse a su recuerdo… Y me interne por otros pasadizos de paredes invisibles, que abarcaban ya kilómetros; y me perdí por otros pedazos de caminos polvorientos, arenosos, fangosos o nevados. Y ya el andar ya no fue plano: la ruta a veces se quebraba: ora caí, ora subía, hasta no llegar a ningún lado, hasta abrazar quizás al mundo.

A veces, he encontrado gentes en mi camino. Me han alcanzado, los he alcanzado o los he visto pasar de regreso sollozando. Algunos, los he visto muertos a la vera del camino. Nos hemos reconocido. Llevamos la misma marca: venimos de un mismo lugar, pero no sabemos adonde vamos. Somos los encantados del laberinto de Los Planes, estamos lejos, lo sabemos y hemos perdido el laberinto, el lugar donde estuvo, el parque donde estuvo ese lugar; la ciudad donde estuvo ese parque; el país donde estuvo esa ciudad…


Jorge Castellón

Houston, Texas. Enero de 2008


Publicado en:

Diario Co-latino, El Salvador.
http://www.diariocolatino.com/es/20080216/tresmil/52232/?tpl=69





A mi hermano lejano, después del huracán que nunca fue.


Hermano, ¡qué no pasa sobre nosotros! Todas las catástrofes y desgracias, endémicas y epidémicas nos han perseguido. No se si tú lo notas, sé que sí, pero todos/as nosotros/as hemos sido educados/as para vivir en la incertidumbre, en lo que puede y no puede ser. De lo que alcanzamos a conocer de nuestro pasado, siempre somos y no somos; queremos y no podemos o podemos y no queremos. Ni mayas ni nahuas, ni en el norte ni en el sur; a la orilla de todo. Hasta sobre una falla teutónica vivimos.Estamos así en la frontera de dos continentes; lo que nos hace únicos, pero indefinidos. Éramos multiétnicos sobre un espacio de tierra tan pequeño: del Lempa al río Paz; del Lempa al Sumpul, del Lempa al Golfo; del Torola a las montañas. Una ciudad tan pequeñita como Quelepa quiso ser la más multicultural; en otras palabras, fuimos un montón de gente diferente en un trozo de tierra. Bastaba estirar el brazo para tocar al vecino: fuimos diversos sin llegar a serlo nunca; fuimos y no fuimos. Cuando quisimos ser grandes y centrales, siendo pequeños y periféricos, vino el Ilopango, y sepultó la mitad de nosotros. Chalchuapa dejó de ser lo que iba a ser, y comenzamos a emigrar…. Por un momento más fuimos nómadas; y esperamos con paciencia volver a cultivar lo que quedó. Por que eso sí tenemos, terquedad. Por que nunca llegamos adonde queremos, y estamos haciendo y deshaciendo, y por ello somos tercos, y pasamos de ser pertinaces a ser contumaces.Las milpas estaban sembradas, o listas para la cosecha, y siempre hubo un volcán que nos dejó con hambre: Chaparrastique, Quetzaltepeque, Caldera. Y nuestro valle fue fértil, a fuerza de sepultar las cosechas lo volcanes: nos nutríamos de la desgracia ancestral de nosotros mismos. Comimos de nuestras cenizas pasadas. Eso fue Zapotitán. Siempre fuimos dejando de ser. Hicimos la guerra, agotamos las fuerzas y morimos, y nunca se hizo la justicia; y dimos nuestros hijos a cambio de tierra erosionada y sin semillas. Y hoy buscamos la esperanza en el pasado, somos los únicos que no vemos la esperanza en el futuro. Y recordamos y lloramos mientras buscamos otra parte, otra tierra. Y cultivamos milpas a la orilla de los freeways; y comemos garrobo enlatado, importado a cualquier precio. Y lloramos la desgracia de dejar la desgracia que dejamos y que nunca cambiará, pero que de alguna forma queremos: nunca dejamos de ser lo que siempre fuimos queriendo ser algo distinto. Y maldecimos la palabra diabólica "revolución", y añoramos los tiempos de conciliación y el "con duarte aunque no me harte" Y compramos camisas del Ché mientras escuchamos "Las casas de cartón" -con lágrimas en los ojos-, elegiendo al nuevo presidente "otra vez". Y mientras tanto, somos lo que no quisimos ser, pero sin poder ser otra cosa.Y cantamos el himno que no es nuestro, y en un papel amarillento en medio de un libro olvidado en un estante polvoriento, "Semos malos" se destiñe en el olvido junto al "Poema de amor" del que nunca fue de la patria orgulloso. Y seguimos llamando patria a algo que no es nuestro, que se nos fue robando poco a poco hasta ya no ser nuestra. Y maldecimos el pasado y sus conceptos sin darnos cuenta de que lo único que tenemos es la prole y por lo tanto, seguimos siendo proletarios en el más antropológico y económico sentido del término.Pero hay algo que siempre es, que tiene nombre, unos cuantos hombres y mujeres que siempre son lo que han sido y que serán: los imprescindibles -a lo Bretch-, los invisibles, los increíbles. Los que nunca escuchan la mentira pues están atareados en llevar la cena, ya que no hubo almuerzo. Su patria es el canasto de tomates; la cuma vieja que corta el zacate más crecido del jardín de alguna casa. Su patria es el futuro por el que siempre lucharon; los hijos que murieron o que nunca regresaron. Su patria no es el lugar donde viven, ni esa tierra; su patria es la espera de algo que no verán, y por ello… ellos y ellas son lo que siempre han sido: son un puñito de gente cuya patria es la esperanza. Por su sangre corre un canto, un deseo feroz, un mito. Porque el mito también es nuestra patria.
Cuando ellos o ellas mueran, que ocurrirá pronto, y como no hay descendencia ni herencia, sí estaremos solos. A menos que, a menos que... -el "quizás" y el "al menos" son palabras que también nos gustan- yo esté equivocado y ojalá -también el "ojalá" nos gusta- todo esto haya sido mentira y yo, tan sólo sea un individuo inconforme con su tiempo, sin partido, desagradecido e irrespetuoso, un paria. Alguien que no quiera reconocer que esa estatua y aquel monumento es para mí, el día que regrese. Que lo que añoro, no sea lo que es, si no, lo que me imagino.Bueno, el huracán se fue, -la única palabra maya que conoce el mundo- y eso me hace decir que sólo parte de lo que fuimos sabe reconocer los peligros y los nombra,... Pero en lo que estaba , sí, el huracán se fue, ya nos acostumbraremos, que más da, después de Pedro de Alvarado y todos sus secuaces en el tiempo, que fueron aprendieron bien sus mañas; después de la leyenda asesinada de Aquino, de los muertos sin número del año treinta y dos: el recuerdo del general Martínez. Después de la amnistía general pese al Sumpul y al Mozote. Después de los mil quinientos temblores en quince días, despidiendo un terremoto; de los cien mil muertos en una década; del cólera, y las tres elecciones; de los nuevos líderes que nunca pasan ni envejecen; de la selecta que nunca gana pero casi... pero quizás… un día, sí podemos -si nos dejan-, puede que... por fin, seamos lo que nunca fuimos.Con cariño, tu hermano -de eso estoy seguro- aunque seamos de diferente tata.

Houston, Texas

Junio del 2005. ( Revisado febrero del 2008)

Publicado en:

Diario Co-latino. El Salvador

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