jueves, 4 de diciembre de 2008

Navidad, triste Navidad



Navidad,
triste Navidad

Imagino un día,
en el que puedas regresar.
Imagino un día,
en que podamos volver a conocerte.

Por ahora,
permaneces escondida detrás de las cosas,
Existes como existen las leyendas olvidadas:
de las cuales,
tan sólo percibimos sus sombras
con la débil memoria del olvido,
o con la gruesa ceguera de lo que ignoramos.

Te has convertido en un pretexto.
Tu nombre -que significa nacimiento-
ha perdido su real significado.

Hoy, es uno de las palabras
con las que se nombra el intercambio de las cosas;
el arte de la compra,
una forma, dicen,
de decir a los demás… que los queremos.

Un poeta dijo una vez,
que entre nosotros y las cosas existe un cristal,
una barrera transparente.
Por eso jamás esas cosas,
nos pueden llenar el corazón,
aunque nos parezca que por su proximidad, las poseemos.

Tan sólo hay un lugar donde tú existes.
Un lugar secreto,
un lugar pequeño,
un lugar inadvertido por el mundo:

La tenue esperanza de algún niño descalzo;
su oculta soledad tras los cartones con los que hacen su cama;
su callada mirada, con que la que observa a los que pasan;
y la sencilla alegría, con la que juega con sus dedos.

Porque se parece a Aquél,
que también nació sin casa,
sin cuna;
en tierra extraña;
en medio de la noche
entre las vacas y los bueyes;
indiferente al mundo…

Imagino un día, en que puedas ser,
eso que hoy necesitamos.



Jorge Castellón

Diciembre del 2008





lunes, 17 de noviembre de 2008

El laberinto perdido

El Laberinto perdido.

Hace unos treinta años ya, en lo que recuerdo era ese parque llamado Los Planes de Renderos, existía una estructura ovalada o circular formada por arbustos de mediana estatura, que dispuestos como estaban, le daban vida a lo que conocemos legendariamente como un laberinto. Sus paredes entonces, eran de ramas y hojas profusas, tanto, que era imposible ver a través de esas paredes verdes. Sus pasadizos en espiral, eran tan intricados para un niño menor de 10 años que era yo entonces, que no pocas veces, entrando en él, sentí la verdadera angustia de estar perdido, y la impotencia de no encontrar nunca la salida. La altura de las paredes era tal, que hubiera necesitado el doble de mi estatura para poder ver del otro lado de una de éllas. Así lo recuerdo ahora: amplio, complicado, fatigoso. Entraba corriendo con el deseo de extraviarme. Porque lo emocionante era perderse, aunque causara inquietud y a veces miedo. Era una aventura, un reto de poder encontrar la solución, la salida, dentro de esos intrincados caminos. Tal vez, en sí, no fuese tan complicado, y tras repetidas incursiones, la memoria ya me habría ayudado a una fácil escapatoria de esos círculos. Pero después de tantos años, aun sigo creyendo que cada vez que me internaba en ese laberinto, me perdía, como si fuera la primera vez, siempre. Que al pararme en su entrada, me sentía dispuesto a otra lucha, a otro juego nuevo. Al internarme en este Dédalo, nunca se me ocurrió una estratagema que no fuera la búsqueda de correr incansable por los círculos y alcanzar una salida. Estaba descartado el intento de hacer un hueco y cortar caminos, de perpetrar alguna trampa: lo tenía que enfrentar con mi duda, mis intentos fallidos y mi frustración y nunca me gustó regresar por el camino andado. Quizás porque hace tres décadas, uno jugaba siguiendo reglas inquebrantables; o quizás, porque ese juego, ese símbolo, esa alegoría, lo que fuese- para mí sólo era lo primero y éstas son ya categorías adultas-, imponía sus secretas condiciones que aquel niño aceptaba espontánea y lúdicamente. Ese laberinto lo olvidé. El recuerdo de toda esta experiencia se había escondido en mi memoria, hasta que por una casualidad hace algunos días, alguien se refirió al tema de un laberinto en otra parte, y yo pude evocar, en ese momento el mío, mi propio laberinto, ése dentro del cual yo había estado. Lejanísimas estaban en aquel tiempo, las cosas que yo había de escuchar o leer sobre ese juego o prueba o realidad: la literatura griega con su Icaro; los cuentos de Borges con sus sueños llenos de cosas sin fin, de escaleras que no van a ningún lado, de monstruosos laberintos formados de entradas que dan a la misma puerta; de Octavio Paz y su Laberinto de la Soledad. Lejos, del propio laberinto de mi vida, de las mismas confusiones; de las mismas decisiones inciertas, de las mismas angustias. Lo vi desaparecer con el tiempo. Primero le vi deteriorado: cortadas las ramas, secas las raíces de sus paredes: arrancado a pedazos. Daba la idea que alguien, que lleva el nombre tiempo, lo deshacía a pausas y se complacía en dejarlo mutilado, para continuar más tarde destruyéndolo. Cuando pasaba distraído cerca de su lugar, de su espacio, lo vi perderse en el paisaje, en la memoria, en la distancia que después yo interpuse a su recuerdo… Y me interne por otros pasadizos de paredes invisibles, que abarcaban ya kilómetros; y me perdí por otros pedazos de caminos polvorientos, arenosos, fangosos o nevados. Y ya el andar ya no fue plano: la ruta a veces se quebraba: ora caí, ora subía, hasta no llegar a ningún lado, hasta abrazar quizás al mundo. A veces, he encontrado gentes en mi camino. Me han alcanzado, los he alcanzado o los he visto pasar de regreso sollozando. Algunos, los he visto muertos a la vera del camino. Nos hemos reconocido. Llevamos la misma marca: venimos de un mismo lugar, pero no sabemos adonde vamos. Somos los encantados del laberinto de Los Planes, estamos lejos, lo sabemos y hemos perdido el laberinto, el lugar donde estuvo, el parque donde estuvo ese lugar; la ciudad donde estuvo ese parque; el país donde estuvo esa ciudad…

Jorge Castellón Houston, Texas. Enero de 2008

Publicado en:

Diario Co-latino, El Salvador.
http://www.diariocolatino.com/es/20080216/tresmil/52232/?tpl=69

Revista Resonancias, Francia
http://www.resonancias.org/article/read/599/el-laberinto-perdido-por-jorge-castellon/

Revista Hontanar, Australia
http://cervantespublishing.com/Hontanar/2008/Hontanar_noviembre_08.pdf

martes, 11 de noviembre de 2008

Carta a un hermano lejano...que aveces está triste

Carta a un hermano lejano …que a veces está triste.

Hermano,
yo te entiendo,
pues para nosotros que estábamos ya aquí
cuando llegó el 68,
supimos luego que allí,
el siglo se partió en dos mitades;

para nosotros que estábamos ya por estos lados,
cuando con mentiras nos dijeron
que la luna ya era nuestra…

para los que,
dicho de otra forma pues,
estamos cerca ya de completar
los cuarenta años,

mucho ha pasado ya por nuestros días:

Nos despedimos del siglo veinte
ya llenos de nostalgia…añoramos cosas
que hoy, sólo nosotros recordamos.

Nosotros,
los de entonces,
aprendimos de Serrat que si bien no
nacimos en el Mediterraneo,
si nacimos Para la Libertad,
para La fiesta,
y que De vez en cuando la vida,
debe tomar con nosotros café.

Y fuimos a sembrar nuestro árbol
con Alberto Cortez;
y hoy ni las raíces han quedado.

Luego Silvio y Pablo nos dijeron
que el sueño y el amor era posible;
y Sabina nos hizo iconoclastas.

¿Cómo no voy a entenderte?

Si juntos tarareamos en inglés
a Carol King
y a John Denver,
y aún recordamos a John Lennon
caminando de la mano de Yoko,
en Central Park,
cantando “Woman”.


Sí, te comprendo que estés triste…
pues nos volvimos obsoletos con el paso de los años,
y más de las veces hacemos el ridículo con
nuestra indumentaria,
nuestra forma de pensar y
nuestros hábitos.


Ya no comprendimos que la era iba cambiando,
y dejamos de distinguir ya los conceptos:
la palabra cambio, nos fue extraña;
revolución, lejana;
moderno, nos dio risa;
arte, nos dio nostalgia;
futuro… nos dio tristeza.


Aprendimos a soñar, pues:
nos dieron utopías
y creímos que el mundo cambiaría.

Salimos a las calles,
a los montes.

Bebimos de las fuentes más nutricias.

Leímos de los libros,
los más sabios.

Tomamos de los vinos
de odres nuevos.

Sí, tienes razón, se por qué estas triste.

Para los que nacimos cuando Macondo fue inaugurado,
(eso fue el 67)
descubrimos otra voz que iba a ser nuestra,
soñamos un lenguaje indestructible.


Y llamamos a nuestros poetas
como si fueran del barrio: Gabo, Roque, Alfonsina;
tratando a los más viejos siempre con respeto:
El señor Fuentes, Don Vargas Llosa, Neruda, Paz.


Enamoramos nuestra primera novia invocando a Benedetti:
“ compañera usted sabe que puede contar conmigo,
no hasta diez, ni hasta cinco,
si no,
contar conmigo”

Y alegramos a más de una suegra,
gastando nuestros ahorros en el día de las madres.

Llevábamos serenatas al pie de la ventana,
¿te recuerdas?
(aunque al final, toda la vecindad la disfrutaba, no nuestra voz, por supuesto,
pero más de un amigo solidario hizo un debut exitoso).

Los hombres (los muchachos de entonces,
mejor dicho),
nos dejábamos crecer los bellos del mentón,
deseando barba;
y las mujeres (las muchachas de entonces,
también, mejor dicho),
conocieron a Simeone de Beauvoir,
la teoría de género,
y adoptaron un color por estandarte… y
se enamoraron menos,
haciéndonos así más desafortunados.

Pasamos de un siglo a otro siglo
siendo ya más que adultos.
Por eso extrañamos viejas cosas:
los niños que fuimos jugando por las calles sin peligro.

¿Te recuerdas que inauguramos los documentales de Cousteu
y fuimos en su Kalipso viendo el mar en blanco y negro?

Nos quedó el espíritu un poco triste.
Que no nos culpen: seguimos en el luto
de los sueños que se han ido.



Es que un domingo 23 de marzo del año 80,
a las 8 de la mañana,
escuchamos una voz que nos hizo llorar de esperanza;
y un lunes 24 de marzo a las 6 de la tarde,
vimos caer a San Romero ahogado en su sangre,
y tú y yo éramos niños, por poner un ejemplo.

Es que no volvimos a ser los jóvenes de antes;
Es que nada nos pareció ya real,
serio o valioso.

Y luego vino la distancia, la nostalgia de un
lugar y de la gente. La ausencia del abrazo fraterno
en los portales: de bienvenida o despedida.
La falta de las cosas fugaces, menudas y sencillas…voces,
cielos, sabores…el olor de la tierra.

Y fuimos aún más extraños, extraños en el siglo
y en tierra extraña.

Pero sabes que…

No estés triste,
La vida es bella.
La vida es bella.

Y nosotros fuimos aprendiendo a sopesar
el valor de la amistad en las buenas
y en las malas.

Ya son más de veinte años que tú y yo nos conocemos.
¿Dime si eso no es hermoso y si no somos realmente afortunados?

Nos ha crecido la paciencia,
el valor por lo real,
y auque lo neguemos,
el corazón no olvida nunca sus buenas costumbres.
Aparte, que el crisol del dolor nos iba haciendo más fuertes.

Hemos aprendido a sentirnos a
gusto en cualquier sitio: allí
donde haya gente que nos quiera.

Nos quedó la maña también,
de ser gregarios,
de hablar en plural,
de echarle más agua a la sopa de frijoles,
por si alguien llega… y se queda.

Aprendimos un poco más a distinguir las esencias de las formas;
y ha desprendernos del pasado…
para poder caminar.

Así que… déjate de cosas, Jorge,
¡desempolva los sueños,
sacude los libros,
saca a asolear las utopías,
canta mientras caminas por la calle…!
-aunque digan que estás loco-
.
Aprende otra vez el nombre de las flores;
vigila de nuevo las constelaciones:

Pon el corazón en el lugar que antes tenía.

Y piensa que algún resplandor nos queda,
algún destello,
que en algo
le ha de servir al mundo.


Y no olvides, que sigo siendo siempre tu mejor amigo.


Jorge Castellón
Septiembre del 2006



Publicado en Revista Contrapunto, El Salvador
http://contrapunto.com.sv/index.php?option=com_content&task=view&id=1176&Itemid=124

domingo, 19 de octubre de 2008

El terremoto del diez de octubre


Hoy he evocado la imagen espantosa de una calamidad, de una catástrofe. Viene del pasado. Había estado siempre ahí, como una visión triste, como una fotografía de un momento de desgracia, pero ahora, con el correr del tiempo, se ha hecho de alguna forma, más profunda, más llena de significados, de sentidos: se ha convertido en un símbolo. Estaba como lo que era: una imagen dormida, una imagen triste, que esperaba su turno de emerger en la memoria caprichosa que se forma con la vida, pero sobre todo, esperando adquirir una nueva calidad, hasta llegar a ser una alegoría..

Sucedió hace mas de veinte años, en ese día que se ha repetido tanto en nuestra historia. La tierra estremeció sus profundidades, para sacudir lo que sobre ella misma estuviese plantado. Cayeron las casas, las paredes, los postes, los árboles, los edificios, como antaño, han caído los templos, las estelas, los muros. Recuerdo que fue al mediodía, que la tierra se movió como se mueve el mar: sentimos las ondulaciones de las piedras, el correr de la tierra como formando olas. Fue breve. Pero a su brevedad la acompañó su violencia, ese estertor que nada puede detener ni sosegar, la fuerza ciega de la naturaleza. Es curioso, en ese momento uno entiende ese miedo milenario del ser humano frente a los elementos. Ese miedo que nos ha hecho pintar, cantar, orar, adorar. Es un miedo ante algo imposible de vencer. Es un miedo ante la muerte misma. De repente nos devela nuestro tamaño, nuestra mortalidad, nuestro lugar en el universo como seres de la tierra.


Tres o cuatro horas más tarde del terremoto de ese diez de octubre, tuve que atravesar caminando el centro de San Salvador para saber de mi familia. Aún la gente corría confusa, a la espera de noticias de seres queridos: de hijos o hijas en las escuelas, de esposos o esposas en sus trabajos; de madres, de abuelas solas. Bajé por la Calle Arce y de pronto llegué cerca de la esquina que esta calle hace con el parque Hula Hula, al voltear a la derecha, quedé de súbito aterrado con lo que estaba frente a mí:. Una pirámide de escombros, de pedazos de algo que antes estuvo allí. Lo que fue el edificio Rubén Darío. Creo haber visto un cúmulo de unos 30 metros de alto, tendido sobre la calle, formado de ladrillos, columnas rotas, trozos de cemento, vidrios triturados. Todo lo que puede formar los escombros de lo que era un edificio. Pero eso no era todo. Incontables gentes se habían trepado sobre el lomo de aquella estructura demolida. Por todos lados la invadían, la rodeaban. Los gritos se enredaban, la confusión era evidente, la urgencia era primaria. Por tonto que parezca, la impresión fue tal, que me costó entender lo que buscaban: algún sobreviviente debajo de los escombros. Algo vivo debajo de ese derrumbe de cosas. Esta era la imagen de una pirámide de la muerte, a la que se le quería arrancar la vida que se tragaba.

Decenas de personas, gentes que pasaban, se incorporaban a esa anónima brigada- espontánea -de rescate. Con sus torsos desnudos y en filas ordenadas, sacaban escombros de encima de algún indicio de presencia humana (un grito, un gemido, un pujido) buscando vida. El esfuerzo era sorprendente. Estas personas estaban enérgicamente concentradas en su meta, fijamente dedicadas a lo más importante de esos segundos: hacer de la posibilidad un milagro. Alrededor, otros observábamos sintiéndonos inútiles, innecesarios en esa escena de absoluta solidaridad humana. No importaba quien era el que yacía sepultado; no importaba quien gemía, si era conocido o desconocido, vecino o extraño, hombre o mujer, de derecha o de izquierda, religioso o ateo, bueno o malo, no importaba. Tan solo importaba el hecho de salvarlo. Tampoco importaba quien era miembro de ese grupo que ayudaba: la membresía era el deseo de rescatar una vida y la cuota de esfuerzo ilimitado para levantar columnas de concreto; para sumergirse en los recovecos en medio de los escombros y alcanzar un brazo, una pierna, lo que fuera.

Ha sido ésta la escena humana, colectiva, que más me ha impresionado. Cualquier salvadoreño o salvadoreña puede contar un hecho heroico que ha presenciado, eso no nos falta. Así como podemos referir cada uno, o cada una, un hecho cruel, injusto o inhumano del que hemos sufrido. Yo refiero esta escena como esa donde pude observar, parte de lo mejor que tenemos. En cada tragedia nuestra ha habido heroísmo. Lo hubo en cada terremoto. Lo hubo en cada epidemia. Lo hubo en nuestra guerra civil. Y la seguiremos viendo, por fortuna, pese a la malignidad cotidiana que la esconde. Pese a lo superfluo de nuestro paisaje urbano. Pese al falso humanismo, a la retórica; pese al olvido de esa misma capacidad de la que estamos hechos.

No me importa parecer ingenuo o ridículo al decir lo que digo. Más ingenuo o más ridículo es ignorar aquello que hemos construido a fuerza de calamidades desde el inicio de nuestras leyendas mismas, eso que no se modifica con el tiempo: el histórico carácter de un pueblo. La mitad del territorio la sepultó el Ilopango, pero la embellecimos en doscientos años: aprovechamos las cenizas para cosechar pueblos nuevos. La injusticia, la pobreza y la deshumanización nos han destruido. Sé, que nos reconstruiremos con el tiempo. Sé que un día, no existirá más la maligna fuerza que nos lanza pueblo contra pueblo y nos hace poner los muertos. Que seremos pueblo con pueblo, como cuando no importa quienes somos, cuando lo que importa, es darnos vida y rescatarnos.


Jorge Castellón

Octubre de 2008
Houston, Tejas.


Publicado en Revista Contrapunto, El Salvador


miércoles, 1 de octubre de 2008

Carta a Manyula


Querida amiga,

Hoy me acorde de ti. Quizás porque me atrapó la nostalgia, tal vez la soledad, quizás la tristeza de sentirme lejos. Los años han pasado, muchos, y el recuerdo de ti es tan claro que a veces presiento que en lugar de ser recuerdo, formas parte de lo que me rodea, como sombra, como viento, es decir, algo tenue, pero que acontece en el presente. Mejor, concluyo que los recuerdos son presencias trasparentes que caminan con nosotros. Así, lo que cambia, es que pierden la corporeidad que tuvieron, y adquieren la traslucidad hoy visten.

Vienes desde mi infancia, desde esos domingos de alegría en los que me encontraba contigo, y me veías. Me veías con tus ojos nobles, con tus ojos tiernos, llenos de espera, de paciencia, de tiempo Siempre estabas ahí, en tu humilde morada marcada por tus pasos, tus ansias, tus arrebatos, tu eterna soledad. De regreso de verte, me marchaba con ese sentimiento de dejarte, de abandonarte, mas creo que, era yo el que me sentía abandonado de tu fortaleza, de lo que con tu presencia me enseñabas: la esperanza.

Lo digo, porque te observaba viendo hacia tu puerta, a veces nerviosa, expectante. Quizás esperabas a alguien querido que te prometió regresar y demoraba. Y siempre esperabas. ¡Ah mi Penélope triste, Penélope de mi corazón! Por eso entendías y entiendes bien nuestras nostalgias, porque las compartes. Creo más bien, que anhelabas el retorno de amigos que nunca regresaron. Se fueron para siempre, lejos, y ya no te recuerdan. O talvez soy injusto, muchos de ellos, han muerto, y todavía te recuerdan.

Espero que ahora, estés menos triste que cuando te vi la última vez. ¿Te acuerdas? Te visité con mis hijos, que juguetearon contigo. Supe que estabas triste por nosotros. Nos fuimos a despedir. Otra vez se repetía lo de tantas veces. Tu corazón ya albergaba demasiadas despedidas y mil y un recuerdos de medio siglo de lluvias, de sequías; de medio siglo de inundaciones, terremotos, de encuentros de metrallas, de helicópteros, de promesas; de niños y niñas con abuelos, que emigraron... Toda una historia se escondía en tus hombros, tu inclinada cabeza, tu silencio…

La verdad, es que te hermanaste con nosotros en el sufrimiento, y con nosotros, has compartido ya tanta pobreza, incluso el luto. Has visto morir a tus vecinos uno a uno, como nosotros a los nuestros. Tres generaciones de salvadoreños están en tu memoria. Pero no nos pongamos tristes, cuéntame de tus nuevos amigos, porque has de tenerlos. La vida siempre nos depara amistad y a veces al amor. ¿Te gusta siempre la lluvia? ¿Te gusta siempre la sandia, la lechuga y las bananas? ¿Guardas siempre esa alegría de niña al jugar a la pelota? ¿Siempre sigues despertando con la aurora? ¿Aún cantas? Cuéntame.

Espero verte pronto, y que veas, que compruebes, que de niño a cuarentón, te sigo guardando el mismo cariño de siempre, y te pienso, te pienso cuando reflexiono en lo poco que nos queda ya, de lo que nos hizo felices en el pasado, a nosotros, que hoy vagamos por el mundo y que de pronto, a la vuelta de la esquina, en el invierno, en el otoño, en el trabajo, al despertar, nos arroja la nostalgia a tu regazo.


Hasta pronto, amiga. Manyula de mis recuerdos.


Jorge Castellón

Publicado en Revista Contrapunto, El Salvador

viernes, 19 de septiembre de 2008

El hilo de la poesia.

Ahora,
ahora,
el hilo,
el hilo
que se ira haciendo ropa
para los que no tienen
sino harapos.

Oda al hilo ( Pablo Neruda)




El hilo de la poesía continúa,
se sigue desenrrollando, avanza.

Hoy me nace un hijo,
y es como si el canto prosigue su existencia,
su alcance, su largura.

Es el hilo de la posía que crece con la vida,
como si el nacimiento de este hijo,
fuese un poema nuevo de los dias,
de la vida,
del tiempo presente y el futuro.

Lo nuevo pasa al frente,
la alegria toma por asalto al gobierno de los días,
la noche se ilumina como luna y el sol se pinta sus propios arcoiris.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Origenes perdidos


Con suma tristeza me entero del absoluto desinterés con el que han sido considerados, por parte de las empresas privadas de construcción, los hallazgos arquelógicos en la finca El Espino. Los restos prehispánicos descubiertos y destruidos por los tractores que preparan el terreno para la autopista Diego de Olguin, y el acto despreciable de no detener los trabajos de construcción una vez detectados los primeros hallazgos, son una prueba más, entre muchas otras, de la falta de interés, por la verdad histórica de El Salvador.


Pero más aún, esta voluntaria negligencia, es un síntoma claro de la cultura autodestructiva que prevalece en el pais. Destruir el propio pasado, ocultar la propia verdad, enterrar la propia historia en favor de la recompensa inmediata, del enriquecimiento, de la voracidad, del apropiamiento, tan sólo puede adjudicarse a una ya muerta y putrefacta conciencia del respeto a la cultura nacional. Nunca como en El Salvador, la palabra nacionalismo ha dado más de sí en su tergiversación y desfiguración. Creo, que nunca en la historia centroamericana moderna, se ha presentado, por delimitar un espacio y un tiempo, tanta falta de responsabilidad por el patrimonio cultural vernáculo, en favor de los ya prefijados proyectos de seudo desarrollo urbano, que persiguen tan sólo, intereses de enriquecimiento con base a licitaciones endemicas y seculares compadrazgos.


Pero más todavia, todo ello obedeciendo a una politica de un tal desarrollo social-urbano, que pasa por encima de consideraciones ecológicas, culturales, jurídicas y humanas, y que busca favorecer la desmedida y deshumanizada politica economica mercantilista de vertiente salvaje-liberal dentro de la cuál, estos los planes urbanos son diseñados.


Dentro de veinticinco años, existirá en El Salvador, un paisaje gris y negro de calles y autopistas, por donde se veran transitar largos camiones de carga en ruta de norte a sur, que dejaran a su paso, gruesas capas de humo negro, sobre los techos de lata de las maquilas. En circulos estrechos, sobre algunos inclinaciones, quiza de antiguos volcanes, se apiñaran las residencias blancas de los ejecutivos temporales de las empresas internacionales de abastecimientos. Veremos tan sólo el verde de los árboles que adornan los Courts Food de los centros comerciales y uno que otro negro rio de amarillas espumas.


A lo lejos, amontonadas sobre montículos de tierra erosionada, las grandes colonias, más grises aun, de los maquileros y maquileras, que cada mañana, como hacia un destino inexorable, se dirigen a su jornada de doce horas, bajo la sombra de los sueños imposibles.


Jorge Castellón






domingo, 10 de agosto de 2008

Orígenes III


Los artesanos del quetzal
Colocadas dentro de jaulas grandes como casas, las aves de largas colas se veían trepadas en sus ramas, a veces en parejas, a veces solas, confundiendo sus colores con el verde de alguna hoja todavía viva, de esas ramas puestas allí, como pretendiendo ser un árbol, una enramada, de esas donde en las montañas, las aves permanecen observando el mundo desde la majestad de sus plumajes. Quietas, adentro de el orgullo de un ser privilegiado y cautivo, su verde intenso se veía rezumar el mismo verde que tienen las hojas de las plantas del maíz, allá a lo lejos, como si fueran criaturas de una misma especie, como si fueran pintadas con la misma mano, con el mismo tinte que tiene la tierra cuando llueve.

Sus colas, más largas que el brazo de algún hombre, caían en cascada ondulada sobre el aire, profusas, gruesas, amplias, como sólo puede serlo un abanico hecho por los dioses para refrescar la misma tierra. En las montañas, cuando aparecen después de alguna lluvia recia, se diría que son otras ramas, otros brazos, que son parte de la misma criatura vegetal que las sostiene. Ave, árbol y montaña tan solo son notas que crecen en la música visual de la naturaleza, es decir, de lo que esta debajo de los cielos. Aquí, en sus jaulas de madera, parecen ajenos tesoros esperando ser canjeadas, trasmutadas, trasformadas en artesanía sagrada, en arte ritual, en signo humano.

Un hombre y una mujer se acercan a la puerta de una de las jaulas. Mueven el sencillo mecanismo que divide los cielos, del espacio estrecho de estas celdas, y pronunciando la secreta onomatopeya con que la gente habla con las aves, entran a la jaula. La mujer cubre sus manos con una especie de guante de tela de algodón, blanco, con la que sujeta el lomo de uno esos seres, tímidos, dóciles ahora a la presencia de los visitantes. Como si los sonidos pronunciados fuesen los mismos que se dicen para tranquilizar a los niños cuando lloran. Algunas aves se alejan practicando una gimnasia diminuta sobre la superficie de las ramas, mientras la mujer inicia su delicada labor de cuidadora. Mientras sujeta el ave y busca la mejor de sus plumas, el hombre corta con un afilado pedernal la raíz de aquella cascada brillante que parece, con la luz y el movimiento, abarcar todos los verdes.

Se les ve soltar el ave, y adentrarse más en esa cueva de tenues sombras, y ondulantes brazos. Se oye nuevamente aquel canturreo extraño que se entiende es un llamado, un arrullo, una petición de los que llegan. Otra criatura, mas hermosa aun que la anterior cede su quietud y se entrega para ser examinada. Un mancha roja corona las puntas del penacho, que de vez en vez se yergue sobre su apacible perfil de diosa coronada. Extiende sus alas y su envergadura es tan amplia, que la mujer y el hombre desaparecen de la vista ante esa ola de ese mar de jade. La pluma es arrancada, sin dolor, sin apuro, como si se acicalara la deidad misma de la tierra. Luego el hombre trae agua, frutas y ramas con hojas y flores para esa pirámide imperial enmarañada.

La puerta se cierra, mientras desde adentro, ojos laterales observan, al tiempo que se inclinan sobre un recipiente repleto de esferas amarillas. Mordisquean y miran, miran y mordisquean desde su rutina de huéspedes majestuosos o cautivos reyes.

A lo largo de una mesa se ven ordenadas -colocadas sobre una tela llena de cintas de colores-, un racimo de aquellas hojas que vuelan, y que viniendo de la más grande a la más chica, van formando la corona de algún Señor o algún monarca, que recibirá del cielo la apoteosis de sus glorias.


Jorge Castellón
De La Tierra de los Tesoros (Libro Inédito)

sábado, 2 de agosto de 2008

Orígenes II


Canto al maiz.






Gracias por darnos las cosas
las flores
las frutas
la tierra

el agua

Por esta cosa del tamaño de mi mano
donde las gotas de lluvia se vuelven amarillas
donde las gotas de lluvia se vuelven alimento
donde el sol y el agua hacen sus milagros.


Eso, de lo que estamos hechos
eso, que ha formado nuestro cuerpo.

Nosotros, ¡oh Señor de las lluvias!
nosotros cuidamos de tus hijos.
Nosotros, ¡ Señor Tlaloc!
cuidamos de tu fruto
y él, cuida de nosotros.

Hace crecer nuestros hijos,
nos da fuerzas para el trabajo,
nos llena del calor del sol
nos da el sudor mientras trabajamos,
y nos da las lágrimas
sin las cuales, no podemos vivir el dolor.

Por eso lo celebramos juntos a la misma ahora
en cada casa
en cada pueblo


Une a mi mujer y mis hijos y mis padres
cuando el sol sale y se mete
para darnos la luz
o la sombra


y asi, los dias de la vida.




Jorge Castellón

De: Orígenes

viernes, 1 de agosto de 2008

El Salvador antiguo I



Origen y memoria.



















¿De dónde venimos?
¿De dónde procede nuestra sangre?

¿Venimos de la oscuridad o de la luz,
del mar o de los cielos?

Somos los descendientes de dioses de la selva,
O somos, obras hechas de maíz,
De barro,
De madera.

Un poco de todo somos.
De todo un poco somos:
Lágrima, sangre, sudor, carne, hueso.
Ansia, rabia, dolor, delirio, risa.



De: Origenes.
Jorge Castellón.




Textos de estudio













Pedro Geoffroy Rivas (1908-1979)


“De todos los pueblos que en los albores de nuestra era se desbordaron sobre el trópico exuberante, ninguno quizá tan lleno de mágico sentimiento como aquel pueblo nahua que en sucesivas oleadas, a lo largo de ocho siglos, se estableció en la basta cornucopia geográfica que forman México y la América Central. Ninguno tan imbuido de mágico destino. Ninguno tan seguro de su divino origen. Ninguno tan decidido al éxito y al triunfo.

Pueblos extraordinarios, de un empuje vital no superado hasta ahora por ningún otro pueblo de la tierra. Pueblos imagineros, de alto pensamiento mágico, que recorrieron la mitad de nuestra América.”


“Habituados a los cambios súbitos en el paisaje, incorporados a la violencia del ambiente, viviendo entre huracanas, tormentas, erupciones, terremotos y destrucciones, nuestros antepasados indígenas estuvieron siempre predispuestos a la zozobra y la inestabilidad. Así, su manera de concebir la historia estuvo necesariamente influida por este sentimiento de cambio, destrucción y renacimiento.”



Fragmentos del discurso pronunciado en la Academia Salvadoreña de la Lengua, el 25 de marzo de 1966. Tomado de La mágica raíz. Antología de ensayos. Pedro Geoffroy Rivas. Dirección de publicaciones e impresos. San Salvador 1998.

lunes, 21 de julio de 2008

Un regalo... sin motivo.





Hoy quiero darme un regalo, así, sin motivo,
que contenga todos los dones que este mundo me ha ofrecido:
La belleza, la bondad y la verdad de aquellas cosas
que hasta hoy he ido encontrado en mi camino.

Pondré primero en este cesto de fibras de maguey,
el mecer acompasado del arrullo de mi infancia,
el reencuentro cotidiano con mi madre
al regreso de la escuela,
y,
la lluvia que cae sobre las tejas en la noche.

Agregaré,
las Odas más Elementales de Chile;
o quizá,
las tardes,
la noche,
las gentes
y esa lluvia a cantaradas de los Cuentos de Barro del viejo Salarrué.

…Y la melancólica mirada de aquellas golondrinas que miraba Adolfo Bécquer.

Talvez incluiré, el sentimiento que nos deja
el observar aquellas Manos de Dios que esculpió Rodin,
o la tristeza poética de Rilke.

Me regalaré esa pasión enardecida de Las Flores del Mal de Boudelaire;
y también,
la ternura de esos cuentos que escribió un hombre
cuyo apellido era Wilde.

Me regalaré sin olvidar,
los ojos de Gala, pintados con tanto amor por Dalí.
Y aquellos amarillos y azules de Van Gogh y su cielo de La noche Estrellada.
También su locura y su amor desmedido.

Quizá,
las tardes floreadas de Monet
y esas bailarinas gráciles de Degas.

Me regalaré a mi mismo,
el amor que sienten los que sufren en
El llano en llamas,
y las pasiones de los Buendía,
allá en Macondo.

Qué tal los deseos valerosos del viejo pescador Santiago,
en medio de aquel mar y aquella noche.
Y el final de aquella lucha de las Uvas de la Ira.


También,
el amor de Cuasimodo
y su fin junto a la tumba de su amada.
Y haré mías las pasiones de Shivago,
Karenina y
Bovary.

Me voy a regalar en mi memoria diletante,
el Opus nueve numero dos de los Nocturnos de Chopin.
Agregaré a Ravel y su Bolero y
el Branderburgo dos del viejo Bach,
quien me regaló de niño una melodía inolvidable:
Dios, gozo del deseo de los hombres.

Incluiré la Sinfonía Coral con su Oda a la Alegría,
y las notas iniciales de Para Elisa,
que compuso aquel sordo que escuchaba las estrellas.

No debo olvidar el Cannon de Pachabel y la Primavera de Vivaldi;
La danza húngara de Lizt,
y lo más alegre de aquel niño genio.

Pondré a su vez, en este cesto,
la voz de Maria Callas,
la eterna tristeza de Chaplin,
y la soledad, el valor y la esperanza,
de un hombre llamado Oscar Romero…
cuya sangre lloramos todavía los pobres de mi tierra.

Me regalaré el coraje de mi pueblo y la amistad del tuyo.
La historia del Popo y el Itza,
porque es de amor y no de guerra.

La esperanza que queda en alguna parte del mundo que camino,
Y la gracia,
de aquéllos que nos hacen felices con su sola existencia.

Un rostro que vi,
y que fue de un ángel;
y la mejor carta de amor
que esté escondida.


Recordaré, el olvido de la Madre Teresa de Calcuta.

Incluiré la afición al baile que tenia Pancho Villa y
que podía durar hasta tres noches sin descanso.

También,
el camino que va de Cuzco a Machu Pichu, y
la quena y la zampoña que son la voz de aquellos vientos.

Me regalo los mejores manjares del caribe:
el coco, el mango y las anonas;
el olor de la guayaba y del zapote.

Me regalo los sagrados alimentos de la mesa:
el maíz, los frijoles, la patatas y la yuca,
que nos han dado el color de nuestra piel y sus lunares.

El deseo insatisfecho de no poder nunca aprender Maya, Nahua o Quéchua,
Y el sabor de las palabras que en otros idiomas siempre amo:

Home,
Saudade,
Shalom,


Me regalo el recuerdo de lo mejor que un día tuve,
y las cosas por venir que desconozco…

para empezar a llenar, lo que me llevo.



Jorge Castellón


Septiembre 2006.
















.

jueves, 17 de julio de 2008

Agradecimiento



Parafrasenado a Yourcenar diré que... estaba seguro que este [blog] tendría pocos lectores, pero buenos...


Gracias a los que se detienen y leen estas, aveces, tristes notas. Disculpas si más de alguna vez han sentido que han perdido el tiempo. Pero si, en algún momento de osio o de casualidad, han llegado aquí, y se han sentido "en casa" por un rato, me siento complacido por ese regalo de las circunstancias.


Este es un lugar de nostalgia, si, pero crean si digo, que es un lugar de esperanza...



Jorge

lunes, 14 de julio de 2008

El Reloj de flores o la persistencia de la memoria.




No recuerdo haberlo visto funcionar. Tal vez cuando lo vi, ya sus agujas de metal blanco estaban detenidas, apuntando a cualquier parte de su circunferencia de tierra y grama. El tiempo, es lo más seguro, ya se había detenido adentro de esa redondez que miraba a la intemperie. Su círculo, de cara hacia el oriente, parecía estar reclinado sobre un montículo de tierra que tenia una altura probable de un metro y medio. Era un reloj posado sobre el suelo, como puesto, pues, sobre un puñado de tierra, como una cosa dejada allí, en medio de la calle, para ser vista, para ser olvidada en el ir y venir de la rutina de todos los transeúntes, y de los aconteceres de toda una ciudad.

Al parecer, comenzó a funcionar al inicio de la década de los setenta, para en breves años, detenerse. Creo recordar que a mis ocho años, ya el reloj -que entonces tendría cuatro o cinco años de haber sido inaugurado-, había muerto. Así lo veo, así lo recuerdo, como un reloj muerto, escondido entre las cosas, como uno más de esos relojes de aquella pintura de Dalí, en que parecen derretirse, colgar, secarse como cáscaras arrojadas al suelo, hablándonos en su lenguaje de un tiempo detenido.

No sé si sus números eran romanos o latinos, pero sé, que estaban construidos de flores pequeñas, si, de flores, formando líneas, curvas o ángulos. Por eso le llamaban El Reloj de Flores. Intentando recordar, creo que su diámetro era tal vez de unos dos metros de largo, o lo suficiente para poder ser visto sin dificultad desde unos cien metros de distancia. Tenia a su alrededor una pequeña cerca de metal, blanca, que lo intentaba proteger del paso de la gente, rodeándolo. Esta cerca abarcaba un pequeño jardín, el cual iba desde los bordes del montículo sobre el que el reloj descansaba hasta la parte posterior del mismo, donde el jardín se prolongaba por unos cuatro metros, quizá. Proliferaba allí, dicen, la flor del mediodía que le daba al reloj su alegre colorido de todas las mañanas.

Pasábamos a su lado una que otra vez al año. Desde el autobús, quería repentinamente descifrar su tiempo, pero era un intento infructuoso: ya lo había perdido de vista cuando comenzaba a leer su aguja minutera, de suerte que, me quedaba siempre con una hora incierta… Tal vez, más de algún travieso intentaba darle vida a su maquinaria, empujando las astas con la mano, pues meses más tarde, me parecía que marcaba un tiempo distinto al que yo había supuesto. El reloj jugaba conmigo o con nosotros: sin que avanzase él, el tiempo transcurría y me hice adulto, y mi ciudad, se transformó conmigo. Mas su inmovilidad ciertamente fue, esa persistencia de la memoria, que me hace hoy, escribir lo que recuerdo.


A su alrededor giraba el mundo, alrededor de su tiempo detenido, alrededor de su quietud silenciosa. Los hombres, las mujeres y los niños, median con sus pasos quizás sus ritmos olvidados; los ancianos, con su memoria confusa, tal vez figuraban sus rutas circulares ya del todo abandonadas, dejadas al recuerdo. Dentro de esa masa de esfuerzos humanos de todos los días, aquel reloj, se relegaba, retrocedía, cedía su intención como en un absurdo intento de detener lo que veía, o lo que se avecinaba…

A ambos costados de la calle, a uno y otro lado del reloj, se veían pasar -montadas como en un carrusel sinuoso-, una línea interminable de botellas llenas de un líquido rojo, morado o amarillo. Los que caminaban a ese lado de la acera, miraban a través de un cristal ese desfile interminable de botellas de refrescos que iban a ir a parar algún día, inevitablemente, a la mesa de la casa más lejana de ese territorio, que durante toda mi infancia y adolescencia, escuché que albergaba ya, cuatro millones y medio de habitantes.

En el lado opuesto de la calle, hacia el sur, extrañas estructuras, tubos largos, techos altísimos, muros y portones, componían ese lugar que todos conocíamos era donde se hacia la cerveza, ésa cuyo nombre uno veía pegado a la pared de alguna tienda en cualquier barrio, calle o callejón de todos los puntos cardinales del país. La Cervecería La Constancia y la otrora Embotelladora Tropical, formaban el cuadro de ese reloj que allí, entonces, se exhibía en medio de aquel ruidoso punto, donde el tráfico comenzaba a aglutinarse, y que décadas más tarde, se iba a convertir en un tramo casi imposible de lograr atravesar. La avenida Independencia- pues ése es el nombre de la calle- multiplicó sus visitantes, y la entrada a la capital desde el oriente, hundió a aquel Reloj de Flores en el fondo del humo de motores, en medio de la abigarrada multitud y en el profundo abandono en que se quedan las cosas que nos parecen inútiles, convirtiéndolo en aquéllo que desde entonces se nombra sólo por costumbre, como un punto de referencia, no ya por lo que su nombre prefigura, pues ya no era reloj, ni tenia flores. Más correspondía haberlo nombrado, lo que era un reloj que un día tuvo flores.

A sus espaldas, lo largo de aquella avenida, se siguieron multiplicando los lugares donde las trabajadoras del sexo ejercen sus labores, y donde tristemente la oferta casi siempre supera a la demanda. Siguieron juntándose los clientes por las esquinas aledañas, atisbando desde las cantinas, tal vez la oportunidad de una regalía sorpresiva. Continuaron aumentando los niños y las niñas, que al detenerse los autobuses frente a él, subían a ofrecer sus ventas a todos los viajantes: naranjas, plátanos, bolsas con agua. Se sumaron a sus alrededores los mendigos. Se acrecentó a sus costados aquel flujo de personas, que desde los suburbios del oriente de la capital asoman por la mañana – viniendo, por ejemplo, de Ilopango, Soyapango, Lamatepeq, San Bartolo o San Martín- de camino a sus labores, y que el reloj, con su ojo silencioso, los fue viendo regresar todas las tardes, cansados, apiñados en los colectivos rumbo a ese lugar donde sólo se pernocta, residencia momentánea, que es su casa.

Cerca de allí, al alcance de la vista de ese mudo ojo que sólo tiene dos pestañas, creció también con el tiempo, ese lugar donde se juega a la lotería, y desde donde se escucha el grito a veces ininteligible que junta y desjunta, a los cada vez más numerosos desempleados y a los que viven de la suerte, de la propia y de la ajena: ¡El catrín! ¡El tambor! ¡El diablo! ¡La chalupa! Vio, aquel ojo, aglutinarse y expandirse, ese asentamiento de casas eternamente provisionales de la Colonia Iberia, tierra ajena a todas las instituciones, donde nadie desea internarse o detenerse…

Todo creció, se multiplicó, se desbordó: la pobreza, la marginalidad, la producción cervecera, la prostitución. Y el tiempo se midió de otra manera. Aquellas agujas detenidas, cedieron su función a la sumatoria de las cosas, a su índice de hechos, de desechos, de tragedias, de miserias o de rentabilidades sobre unidades de tiempos ajenos a aquella circunferencia de flores diminutas: los muertos, por unidad de día; los niños, por unidad de venta; los desempleados, por unidad de cuadra.

Como premonición o como signo, el Reloj de Flores se detuvo, se echó andar luego, para otra vez volver a detenerse, como un intento absurdo de evitar lo inevitable; como queriendo soslayar que todo prosiguiera. Fue imposible. Tu acinesia bondadosa, amigo, sigue siendo impotente al paso de los días. Tan sólo eres parte de este cuadro surrealista donde se junta tu inmovilidad, con la sucesión triste de las lunas y los soles, de las vidas y las muertes, de la desilusión y la esperanza.


Jorge Castellón

Julio de 2008


miércoles, 9 de julio de 2008

A México, por un segundo.


Corría el año mil novecientos ochenta y cuatro, yo tenía diecisiete de edad, y el mundo, era todo lo que estaba por conocer. Recuerdo que partimos a las cinco de la mañana del Estadio Olímpico de El Salvador, rumbo al Centro Deportivo Olímpico Mexicano, que por aquel entonces se ubicaba cerca del Hipódromo en el Distrito Federal. Íbamos llenos de la alegría infinita que un adolescente experimenta en la aventura de ir lejos, de descubrir, de descifrar distancias, de hacer amigos. Y en nuestro caso, con los sueños puestos en romper nuestras marcas, ya sea un minuto, quince centímetros, o tan sólo, dos segundos.


Por aquel entonces yo era el único marchista juvenil de mi país, y con la gloria y la desgracia que eso significaba, me encaminaba a medir fuerzas, o más bien, resistencias, con los mejores del mundo en esos años. Ir a México a competir en la caminata o marcha olímpica, era como ir a competir a un torneo de ajedrez a la URSS, donde Karpov o Kasparov estuvieran entre los rivales; o como si uno se dirigiera a un torneo de tenis de mesa a China Popular: no ibas a estar entre los primeros lugares a menos que, todos tus rivales les diera sarampión una noche antes, o se diera una glaciación en la ciudad.


Recuerdo que para poder asistir a esta competición anual en la ciudad de México, en la prueba de los diez mil metros (diez kilómetros) de la caminata, se establecía un tiempo menor a los cincuenta y cinco minutos como requisito. La noche en que caminé la distancia buscando una oportunidad de asistir a tierra azteca, competí con el rival más difícil: yo mismo. No existía otro competidor en tan inusual prueba del atletismo salvadoreño. La pista estaba a oscuras, pues las luces del estadio se encendían únicamente para los juegos de fútbol. A quién le importaba que los sueños de un muchacho pobre, se fueran a intentar hacer realidad en esa oscuridad y en una pista llena de agujeros.

Con el entusiasmo y el coraje de esos sueños, el cronómetro se detuvo en cincuenta y cuatro minutos y cincuenta y nueve segundos, cuando crucé la línea final: Iba a México por un segundo. Pero lo más irónico, iba a emprender ese viaje “ilegal”,- sin padre y sin madre real y legal, hubo que falsificar mi documentación de viaje-.

Cruzamos la frontera de Guatemala, y a las ocho horas nos vimos perdidos en la selva norte con la dificultad de no hablar quiché, que nos permitiera entender las palabras que unas amables personas nos dirigían en el intento de ayudarnos para volver al camino principal. Llegamos a Tecum Uman muy entrada la noche. Allí, un delegado del gobierno mexicano nos condujo a un inmenso autobús camino a la capital que está construida sobre un lago.

Con la mirada fija en la ventanilla, mis ojos descubrían maravillados la inmensidad de aquellas tierras nuevas. Pasamos a un lado de Puebla, y en mi ansiedad recuerdo haber preguntado en cuánto tiempo más estaríamos en nuestro destino: Dos horas, fue el tiempo interminable que nos restaba por recorrer. Quedé maravillado ante el Popo y el Cihuantepeque, como quedé impresionado y triste, al cruzar, ya cerca, el basurero del Distrito Federal, como una inmensa ciudad de casas de cartón y montañas de desechos…Como siempre, todo encuentro nuevo tiene un doble significado, un sentir contradictorio. Algo te sorprende y algo te decepciona. Pero en nada te quita del alma la vivencia de lo nuevo.

Si alguien no ha experimentado la carencia, el hambre y todo aquello que se define como pobreza, no podrá imaginar qué fue para mí, el entrar, la tarde de nuestra llegada, al comedor del Centro Deportivo. He de recordar que allí se alojaban y entrenaban los mejores atletas del mundo: la selección cubana de pesas, equipos de ciclismo italianos, por mencionar algunos. De esta forma, el menú a parte de ser nutritivo era variadísimo. Me vi impotente de decidir qué comer, quería de todo. No obstante, fui frugal: competía al siguiente día, y ganó la disciplina de tres años en el deporte, sobre las ansias de devorarlo todo.

Amaneció, tomé jugo y comí fruta, luego, fui llevado en un inmenso autobús con rumbo a la Escuela de Educación Física del Estado de México. Era en la pista de ese lugar en que hubo de tocarme el reto deportivo más grande de mi vida. Se escuchó el disparo de salida y de inmediato quedé relegado al último lugar por el pelotón velocísimo de marchistas, entre los que se encontraba Carlos Mercenario, quien iba a ganar la competencia de los veinte kilómetros en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, en mil novecientos ochenta y seis. Vi pasar a Mercenario diez veces frente a mí, tan sólo me apartaba al extremo del primer carril para darle paso. Vi rebasarme, a una decena de competidores durante esa interminable competencia. La última vuelta, la hice completamente solo… Evoco ahora las palabras de apoyo de mis compañeros desde las gradas del pequeño estadio.
Al terminar las veinticinco vueltas, el cronómetro marcó cincuenta y tres minutos y cincuenta segundos. ¡Me había vencido un minuto! ¡Me había ganado a mi mismo! Esa es la vivencia que te hace feliz en el deporte… toda derrota digna, tiene su victoria personal, anónima, intima. Otros centroamericanos, en años anteriores, solían abandonar las competencia, sangrando de su nariz, víctimas de los dos mil metros de altura sobre el nivel del mar en la Cuidad de México.

Feliz, regresé al comedor por la tarde. Comí todo lo que cupo en mi estomago y todavía escondí -motivado por la gula- manzanas y cajas de cereal entre mis ropas. Al día siguiente, descubrí en el desayuno lo que era el omelet, y en el almuerzo, lo que era el filete de pescado.

Mi país estaba en plena guerra civil por esos años, y así, con la ayuda de amigos mexicanos que hice en esos días, supimos descifrar la dirección- que yo llevaba escrita en un papel- de un tío muy querido que había huido a México, y al que no veía en muchos años. Con su compañía, fuimos a visitar las obras de Siqueiros, sus pinturas y murales. Conocí las creaciones de Diego Rivera y me perdí maravillado en el Museo de Antropología: aprecié, para no olvidar jamás, el Reloj Azteca. Contemplé, para recordar siempre, las cabezas Olmecas… Y México, quedó en mí, para el resto de mi vida.

No me interesa si gané o no, una medalla; si subí a lo más alto del podium de los triunfadores, o estuve al final de los perdedores. Había ganado una batalla conmigo mismo, y regresaba a lo humilde de mi casa con las riquezas de una historia milenaria y las joyas de un arte verdadero, en el que aún ahora, abrevo más de un sueño, y evoco más de una alegría.


Jorge Castellón.

Abril del 2008.

lunes, 23 de junio de 2008

El Parque Cuzcatlán.


Los que hemos vivido desde niños en ese pequeño y apretujado lugar llamado San Salvador, capital de otro no menos pequeño y pobladísimo país llamado El Salvador, hemos de recordar por múltiples razones,- como referencia para alguna dirección, como punto para abordar un autobús, como lugar de encuentro para ir a otro rumbo, o como lugar de reunión, de juego, de alegría, o de romance- ese lugar inevitable, que es El Parque Cuzcatlán.

El parque adquiere su nombre, de esa remota ciudad nahua –pipil que un día fue San Salvador y cuyo significado se traduce del nahuatl, como Tierra de tesoros. Hermoso nombre para un lugar. Nos remite a un sitio donde pudieran existir cosas de un valor ajeno a lo común, donde hay objetos o seres apreciables, donde se guardan cosas que cuidar, que resguardar, o donde existe un patrimonio, natural, social o cultural, de gran valía.
El parque se ubica en el centro mismo de la capital, en un lugar que parece haber sido prolifero en árboles hermosos. De los que ahora sobreviven, uno está al final del parque, al occidente, es un roble centenario que regala una sombra amplísima donde más de una vez, al pasar, envidié a aquellos que bajo esa sombra retozaban, jugaban con sus hijos, o dormían.
Del otro lado de la calle, al lado norte, donde aun se ubica el Hospital Rosales, y como separado a fuerza de sus hermanos vegetales por un río congelado de negro asfalto, está otro árbol, no menos majestuoso que el primero, quizá más ancho, más viejo, y que pudiese contener en sus círculos ocultos, contadas, las miles de esperanzas olvidadas de los que a su sombra, se han levantado de sus camas de hospital, para descansar la mirada con el verde cambiante de las copas de otros árboles más jóvenes, que parecen formar el suelo mismo de aquel parque. Es que sus terrenos, a una altura inferior a la del nivel del suelo por ese lado del hospital, dejan ver únicamente copas, ramajes. Hay que cruzar la calle, acercarse a la orilla y ver hacia abajo para ver el interior, el césped, las bancas, las veredas.
De niño, mis primeras visitas al parque se produjeron cuando era llevado por mis maestras de aquel jardín de infantes llamado Ángel Aceituno de Gutiérrez.,- que aún hoy se ubica en la esquina opuesta a la Iglesia del Perpetuo Socorro-. Desde allí, en fila caminábamos las cinco o seis cuadras hasta el parque, en donde corríamos por sus calles de polvo, entre los árboles, para terminar deslizándonos en sus toboganes de cemento que bajaban de pequeñas colinas cubiertas de césped. Solía también ir con mi familia, con mi abuela y mis primos, a mecernos incesantes en sus columpios de metal, y en tiempos de bonanza, a disfrutar del carrusel de caballitos de madera, y de esa –para mi entonces inmensa- rueda que nos hacia subir y bajar por los aires, sentados en sillas de colores.
Muchas personas aún recuerdan quizá, que por cinco centavos, uno podía jugar en su mente a los vaqueros, a ser caballero vencedor, o, a ser quijote, montado en el lomo de algún potrillo de alquiler. Orgullosos y felices, íbamos montados en lomos negros, grises o canelas, llevados a paso lento por los cuidanderos que jalaban de las riendas mientras caminaban al costado. …Las tardes caían, y uno regresaba feliz de sus proezas de jinete a paso de tortuga.

Pasaban los años, y uno crecía, se olvidaba de jugar y apresurados, camino de la escuela, del trabajo, o acongojados por la enfermedad de algún ser querido, mirábamos y recordábamos el parque de reojo, desde sus aceras, o desde el otro lado de la calle donde está el hospital con su historia de tristezas. O mirábamos el parque con nostalgia, de paso, sentados en algún autobús, en esa encrucijada de la Calle Roosevelt y la siempre transitada veinticinco calle, que allí, se hace para acá sur, para allá norte. Viniéramos de donde viniéramos, el parque estaba allí, y allí estuvo mientras los años pasaron y el tiempo, y la gente, y la ciudad y el país, a veces lo olvidaba.

El parque tuvo sus leyendas. Uno de ellas cuenta que como lugar de reunión de furtivos enamorados - a los que las miradas curiosas de los trashumantes buscaban de lejos sobre el césped, debajo de algún árbol-, en una de esas tardes de lluvias tormentosas del San Salvador de antes, en que el cielo se volvía profundamente negro desde el mediodía, y las aguas caía incesantes hasta que llegaba la noche, un rayo cayó en el parque sobre uno de sus árboles, precisamente aquel debajo del cual, se habían refugiado dos amantes, que en su cita clandestina se encontraron de repente en medio de la lluvia de un invierno. Murieron muertos por el rayo. Juntos. Nunca supe sus nombres. Han pasado cuatro décadas ya de ese suceso, pero me conmovió siempre esa historia trágica de dos enamorados que en la búsqueda de verse, y de abrazarse, encontraron la muerte más extraña en medio de los elementos.

Porque el parque tiene sus leyendas…

Crecí, inevitablemente. Tuve hijos. También los llevé a jugar a ese parque, ya con menos árboles, más sucio, a veces peligroso. De muchacho, muchas veces tuve un sueño: hacer una fiesta para niños, y entre otras cosas, hacerles escuchar la Sinfonía Coral, la novena de Bethoveen, con esa Oda a la Alegria que escribió Schiller, al tiempo que se elevasen por los cielos globos variopintos en millares. Quería devolverle al parque y a sus pequeños visitantes, un poco de la alegría que siempre supo darme. Pero todo quedó en sueño…

Ahora, cuando ya ha pasado mucho tiempo, a mitad de la nostalgia y del recuerdo, el parque me regala otra alegría, porque precisamente en él, que guarda mis memorias personales, también mi país guarda la suya: se ha construido un monumento a los muertos de la guerra civil que un día sufrimos. Allí, en su costado norponiente -hacia donde uno dirige la mirada y encuentra al travieso volcán que nos vigila-, hay un muro. En ese muro se han escrito miles de nombres de niños, de niñas, de hombres, de mujeres, de ancianos y de ancianas, que han venido del Sumpul, desde El Mozote, de Tenancingo, desde Apopa; de Aguilares, de Guarjila; desde Perquin, de Tecoluca, de Guazapa, de Aguilares, desde todas partes, desde todos los lugares, caseríos, cantones, pueblos, cerros, montañas, desde donde una vez fueron más que un nombre. Y ahora, esos nombres, son más que éllos y éllas mismas, pues cada nombre es una persona, una historia, una leyenda viva, una odisea, una gesta, una utopía.

Aquí aprendemos que el nombre propio, es nombre histórico. Los Maria, Luis, José o Carmen, van más allá de ser palabras, hasta llegar a ser símbolos de símbolos, que al pronunciarlos, al mismo tiempo decimos hubo una vez alguien, decimos, vivía allá o por acá, decimos, era alegre, le gustaban las guayabas, tenia los ojos negros, decimos, murió joven, o decimos- entre lagrimas-, este es mi hermano, esta es mi hermana o este es mi hijo… Hablamos en presente, no en pasado. Ni tampoco decimos, este es el nombre de mi hijo, porque ese nombre es el hijo, el tío, el hermano. Aquí los nombres no son letras, fonemas, abstractos significados, son símbolos de esencias más profundas que tienen que ver con nosotros, como nuestra propia vida tiene que ver sólo con nosotros mismos. De alguna forma, también nos simbolizan, nos contienen, nos incluyen desde su silente y sólida escritura. Son nosotros.

Así, el parque hoy, es más un símbolo de símbolos de una historia personal, colectiva, nacional, que continúa, porque sus pequeños muros amarillos se han abierto como diques para la memoria universal de la humanidad entera. El parque ya es eterno. El parque ya es de todos y de todas. El parque es la memoria, el presente e inevitablemente, los significados con que estamos haciendo los futuros. El parque guarda, en suma, lo más valioso que hemos un día tenido. Nos guarda, si, nos guarda a todos. El parque Cuzcatlán, tiene un nombre, que en su milenario sentido, venido de un idioma ya perdido con el que un día nos hablamos, misteriosamente nos re-encuentra, nos re-une, nos re-liga en su más profundo de todos sus significados, dentro un tiempo circular en el que imaginamos el pasado y recordamos el futuro de esta tierra de tesoros.


En la noche, se oyen pasos en el parque. Son dos enamorados montando al lomo de un más que negro y apacible potro. Las riendas caen flojas, sus jinetes, como furtivos de la noche, dejan que el animal los lleve. Parecen figuras eternas, que en la plateada luz de alguna luna, regresan, ya sin prisa, a repetir los mismos besos.




Jorge Castellón
Junio de 2008
Publicado en Revista Contrapunto, El Salvador.

sábado, 14 de junio de 2008

El Mercado Central

La otra casa de mis días de infancia, a parte de esa gran casona ya desaparecida de la calle Arce, era la casa de mi verdadera abuela materna, ubicada en lo que aún hoy es la Colonia Ferrocarril, a un costado del Cementerio Nacional, y a un par de cuadras del Mercado Central de San Salvador. Allí pasaba -ya empezando la primaria-, al menos dos fines de semana al mes. Y esa estadía resultaba más que interesante por dos razones, primero, porque en ella vivían dos tíos, adultos ambos, que me hacían participar de sus para mi novedosos intereses, y que con el correr del tiempo, veo cuanto hubieron de influir en mi formación personal y mi visión de la vida, de esa vida que comenzaba a desarrollarse ante mis ojos, a mitad de la década de los años setenta.

Recuerdo haber escuchado en esa casa, por primera vez, la palabra Mozart, al tiempo que evoco frente a mí a uno de mis tíos con un disco grande en la mano -un LP como se le llamaba entonces-, en cuya carátula, una mujer estaba sentada frente a un piano. Por muchos años creí que esa señora era la que llevaba ese nombre. También, y esto ha sido imborrable y simbólico a lo largo de mi vida, había colgado en la pared, arriba de una de las camas, un especie de fotografía, con algo escrito en la parte inferior. Pronto tuve la detallada explicación de quién era esa persona y qué es lo que estaba ahí escrito, en letras pequeñas que yo no alcanzaba a distinguir (porque también, fue en esta casa que descubrieron que aparte de curioso, yo era miope). Bueno, la foto en la pared era de Roque Dalton, que se encontraba sentado frente a un micrófono, de esos grandes, antiguos, que se veían en la televisión en las películas en blanco y negro. El poeta, vestía una camisa a cuadros y se había puesto una sonrisa, que hoy puedo definir como… sarcástica. Lo que había escrito abajo, era el Poema de Amor. Y ya con ello digo todo sobre el ambiente y las cosas que se platicaban entre mis tíos y mi abuela, en esa mi segunda casa de la infancia.

La segunda razón que hacia interesante la estadía en esa casa, era que después de escuchar a mi abuela decir, vamos a ir al mercado, yo sabia que empezaba una extraña aventura en la que iba a poner en juego todos mis sentidos, y algo más, la imposible capacidad infantil de la paciencia. Pero quizá, ese tramo insoportable a veces, iba a ser compensado por el descubrir de un sabor nuevo, o por la imagen visual de un ser desconocido, o por la textura de alguna superficie ignorada, en fin, por algo que siendo nuevo, seria para mi, no sólo interesante, sino, inolvidable.

Cuando hablo de la paciencia en mis visitas al Mercado Central, me refiero a que muchas veces, llegados a mitad de la aventura, con las bolsas ya llenas de comparados, mi abuela me dejaba parado en una de las puertas esperándola, mientras ella, incursionaba una vez más por las cosas que faltaban. Y esa espera, era interminable, inaguantable a veces. Primero, por que temía perderme. Pensaba que en esa multitud ella podía confundirse de puerta, y no encontrarme, o no verme -yo tendría ocho o nueve años, y el paso de tanta gente enfrente de mí, podía ocultarme a su mirada-. Así que yo esperaba en el portón convenido, lleno de pavor, pues de no encontrarme, no sabría yo mismo como salir de ese laberinto de cosas y personas, de olores, de bullicio.

Mi abuela era una experta cocinera, por lo tanto, su habilidad para las compras era irrefutable. Cuarenta años de trabajo como cocinera principal en las casas de las familias Dueñas, Regalado o Dutriz -algunas de las más acaudaladas del país-, le habían dado esa habilidad, que ahora ella regalaba a hijos, nietos, amigas y vecinos. Pero quiero hablar de esa aventura, de esas visitas a un lugar tan particular e inolvidable que es un mercado, y especialmente, las sensaciones que ese lugar me fue prodigando en mi más que abierta inquietud de niño.

Recuerdo especialmente las cosas que veía en cada pabellón. Porque el mercado, aún ahora se “ordena” en pabellones, y cada uno contiene una serie particular de cosas: las carnes, las flores, la comida, las verduras, etc. En el pabellón que visitábamos primero se hallaban las verduras. Allí, en el suelo, o en mesas de cemento muy largas, se apilaban los tomates, enormes, del tamaño de una pelota de béisbol algunos, con un olor penetrante, que se intensificaba todavía más en la cocina, al partir el cuchillo eso que Neruda llama su carne "sin coraza, y sin espinas”. Creo que no he visto otra vez tomates tan grandes como los de mi infancia, y tan limpios, lustrosos, tan sanos -¿no será que los niños que fuimos nos dejan la memoria intensificada de las cosas? Luego, venían las cebollas, con sus tallos verde-oscuro, tallos gruesos con su ácido olor, que siempre en su abundancia, resulta insoportable. Estaban allí además, las zanahorias con sus grandes hojas estiradas; los pepinos, las lechugas gigantes, los rábanos -que en manojos apiñados, se agrupaban como esa misma multitud que me rodeaba, sobre el estrecho espacio de un canasto, como un gentío de cabezas rojos y vestidos color verde-. Por allá, se encontraba las remolachas, cocinadas ya, colocadas en recipientes de aluminio anchísimo, que yo veía rebalsar de un jugo intensamente rojo, color de la sangre de la misma remolacha. Había pacayas, largas, extrañas, exóticas, colocadas con delicadeza sobre mantos verdes hechos de la hoja del árbol del plátano. Estaban los chiles, el verde, el rojo; el chile seco, el chile ciruela. Los aguacates, pesados, redondos, de carnes exquisitas y suaves, que uno siempre disfruta con unos granos de sal y una recién hecha tortilla que exhume aún, el olor del maíz nuevo sobre la losa caliente.

Entre las verduras, estaban las plantas comestibles, o simplemente los montes, como se acostumbra llamarles, aditivo imprescindible de cualquier cocina que recuerdo: el chipilin, para la sopa; la mora, de igual uso; el perejil, la hierbabuena, la verdolaga, la albahaca, el epasote. De vez en cuando, descubría el loroco, con su olor inconfundible, destinado para el uso casi mundialmente exclusivo de las pupusas de queso. El izote, que se come frita con huevo. El motate, que nunca probé. El brócoli, que siempre me pareció un arbolito enano.

Las frutas, eran vecinas de las hortalizas. ¡Ah, que exquisitez esa de las anonas, las blancas y las rosadas! Sobre los canastos, abierta su cáscara gris a fuerza de maduras, cáscara triste que esconde esa pulpa suave, olorosa, dulce, que se evapora en la boca, tan sutil, como una azúcar hecha más de aroma que de sustancia, más de suavidad que de textura, más de exquisitez que de materia.

Se encontraban aquí, sin evitar, las papayas, con sus dientes negros en hileras; los mangos, de todas las tonalidades, ora rojos, ora amarillos, ora anaranjados, ora casi tocando el morado, con múltiples formas sin perder la propia, para no dejar de ser reconocidos: el indio, el ciruela, el mechudo, el liso. Los jocotes, pequeña guarida roja a veces, de esa carne vegetal tan escurridiza que está hecha de jugo. Los había de castilla o de corona, el llamado tronador o indio; los verdes, más ácidos aún que dos limones. Se amontonaban los bananos o "guineos" en sus diferentes especies: majonchos, enanos, de ceda, manzano -tampoco faltaban los llamados tambien indios-, delicadamente recostados uno sobre otro sobre sus propios racimos. El inolvidable zapote, áspero en su superficie, cafe-anaranjado en su carne, con su sabor liso, ¡oh gelatina emanada de la tierra!.. La sandia, la fruta más grande de todas, que si bien cargarla hasta la casa era un martirio, comerla era el paraíso para un adulto o para un niño, hasta quedar repleto de sus jugos de agua rosada y carne casi transparente, que se confunde con el color de las mejillas, como un tinte exclusivo del glotón que la devora. La imprescindible naranja, para el paseo, la escuela o la cena; sin semilla o “semilluda”, pequeña o enorme, fresca y deliciosa. Los nísperos, las piñas, el melón, -imposible de ocultar por su olor que se escabulle-, las guanabas, quizá primas de la anona, con su textura indescriptible. Y las frutas aquellas que tienen aquel nombre que a mí me daba risa y al mismo tiempo pena: las manzanas pedorras. Y esa otra , tan extraña, que se llama paterna, de semillas verdes arropadas que se comen con limón, que al abrir esa larga vaina enorme que las esconde, se presentan como novias de vestido blanco, listas a ser desnudadas por el paladar. Y los pequeños soles olorosos que son los nances, y ese como caviar frutal que encierra la granadilla.

Pasar por entre este mar de vegetales y de frutas, era una travesía de locura cuando el calor de la fatiga empezaba a reclamar un poco de aquellas mieles que se ofrecían en silenciosa cornucopia de sabores, colores y aromas.

Llegábamos al área de las carnes, la menos atractiva. Jirones colgantes de sustancias llenas de sanguazas y tintes amarillos de grasa penetrante. Hígados, corazón, sesos, testículos, riñones, lenguas exangües, tripas de olor desagradable, -pero que adobadas y aderezadas con especies, se vuelven un caldo exquisito confundidas en la yuca, el repollo, el elote, la zanahoria, la pimienta, la sal, el plátano verde, hasta formar eso que se le llama Sopa de Mondongo-. Los cuchillos de todas formas y tamaños, tirados sobre las mesas o las tablas de cortar, te recordaban que el regateo, el enfado o el desaire, podía tener sus riesgos en el trato con las vendedoras, a las que yo veia siempre iguales: de brazos regordetes, de pechos abundantes, de mejillas amplias, y me confundía, lo amable que eran cuando uno se acercaba, y lo toscas que se volvían cuando uno se alejaba sin comprarles. En esta parte se encontraban los pollos, enteros o descuartizados. Omitiré los detalles. Uno salía como asustado de esa área, casi decidido a no probar nunca más la carne.

El área dedicada a los quesos me resultaba más atractivo. A uno le regalaban pedacitos de queso como prueba de la calida de los productos. Allí comprobé la magia del lenguaje descriptivo. Es que uno conocía el queso que era duro y blandito, al mismo tiempo, el de capita, el de mantequilla, el duro, pero también el duro viejo. Y allí estaba el enredo, el queso fresco, corriente o especial, o sea, muy salado o comestible; la crema, por igual, corriente o especial. Pero acá, ambas exquisitas. Mi estatura me ocultaba la figura de la vendedora. Las marquetas amarillas de los quesos se apilaban desde el suelo hasta más allá de mi medida. Pero mi mano siempre conseguía un pedazo de la prueba que ya era convenida.

Algunas veces bajábamos al sótano, oscuro, interminable, con su asfixiante olor a plumas de gallina, que encerradas en cajas de madera inundaban de cacareos ese ambiente de catacumba avícola. Allí se vendían los huevos. Los corrientes, blancos y cafés, y con paciencia, se encontraban los de amor, aquellos nacidos en los patios traseros de alguna pequeña casa, y cuyos vendedores eran tan sólo ocasionales. En el sótano, se vendían de igual forma las iguanas, y no era extraño encontrar un armadillo, entero, o ya cortado en pedazos. Y allí también se hacia los chorizos, en una maquinita como molinillo, en la que por uno de sus lados, se metían las sobras de las carnes, y del otro lado – lado que parecía un tubo-, se adhería una tripa ya vacía, que se rellenaba de la carne, que por allí, salía ya molida.

Ya cansados, mi abuela se detenía donde yo más quería: el puesto de los refrescos naturales. Siempre el mismo, el más abarrotado por la gente, el de más demanda. Acá, uno hacia uso de su mejor albedrío, de una ambivalente capacidad de decidir, para luego arrepentirse y volver a elegir lo que se dijo primero. Es que era una ardua tarea decidirse entre el fresco de ensalada, de cebada, de horchata, de agua dulce, de guanaba, de piña, de coco, de jocote, de carao, de carao con leche, de horchata con leche, de marañon, de mamey, de chan, de leche con café, de naranja, de tamarindo, y qué se yo de que otra delicia que aplacara la fatiga de aquella interminable caminata.

Por doquier uno se topaba con niños y niñas correlones, que en canastos más pequeños pregonaban ambulantes los productos que sus padres ofrecían. Uno veía pasar las melcochas, ese dulce provenido de la melaza de la caña; el alboroto, hecho de maíz reventado y azucares; mangos verdes ya cortados, con chile liquido y eso que llamamos Aihuashte, que son las semillas de calabazas ya molidas. También deambulaban señoras que vendían café caliente con pan dulce (semitas, milhojas, peperechas, abuelitas, mariasluisas, cachitos, pastelitos, o la siempre demandada quesadillas, o salpores que se venden siempre junto al marquezote). O se ofrecian los atoles, de elote, el atole shuco, y si tenias suerte, el de piñuela.

Pocas veces, después, visitábamos el lugar de las cocinas, pues allí se vendían las tortillas. Pero al hacerlo, ya como ultima etapa del viaje, el menú era irresistible con los puestos de sopas, ya sea de pollo, de res, de mondongo, de fríjol con pellejo de cerdo, de arroz con hueso de tunco (marrano), o cuche, o cochino, o chancho, como se le quiera llamar. Luego recuerdo los rellenos, que en su interior tenían carne o queso, cubiertos con una capa hecha con la clara del huevo y jugos de tomate. El relleno de ejotes, con queso adentro; de pacayas, rellenas también de queso; de chile verde, rellenas de carne; de papa o de huisquil, rellenos de queso; de tomate, rellenas de carne de cerdo. Los volcanes de arroz blanco o amarillo sobre las cacerolas; el pollo asado o guisado. La carne deshilada, salcochada o azada. El picadillo o salpicón, la lengua entomatada; el hígado encebollado, los chorizos. Se dejaba ese pabellón, convencido, que nada se desperdiciaba, que todo en la cocina se podía transformar de crudo, de amargo, de extraño, a suculento, oloroso, atractivo y exquisito.

Las cocinas se ubicaban en el extremo sur -poniente del mercado, misma dirección en que se ubicaba, pero en las afueras del edificio, un enorme recipiente que recordaba a un Zeppelín caído, donde se almacenaba el gas que iba a dar a las cocinas. Este era un punto de referencia importante. Mi abuela me decía, si un día te perdés, me esperás en el tambo. “El tambo”, así le llamaba la gente a ese recipiente descomunal de gas propano. Nunca me perdí. No tuve necesidad de arrimarme a ese extraño objeto que en el descuido o la mala intención de algún fumador malvado, pensaba, me podía hacer volar por los aires, en dirección al cementerio, ese de allí enfrente, lugar que de suyo, es digno de otra historia.



Jorge Castellón

Houston Texas.
Junio de 2008

lunes, 9 de junio de 2008

Carta a Salarrué

Desde el corazón, sin fecha


Señor Salarrué,


Le escribo esta carta porque hay cosas que deben quedar claras. Le escribo, por que hay cosas que tengo que decirle diunaves. Es que precisamente es ésa la causa de esta carta, hablarte – no se molesta si le hablo de vos, es que no puedo de otra forma- , decía, hablarte de lo que nos dejaste, lo que te faltó por dejarnos, lo que te debemos.

Quiero decirte, auque ya Roque Dalton y Ricardo Lindo te lo han dicho mejor, que nos legaste un tesoro que no tiene ya precio en estos tiempos, y que es- como todo lo que es bueno- cada vez más valioso con el correr del tiempo: tus cuentos, tu obra toda, ahí donde logramos encontrar eso que fue lo que nosotros fuimos; que nos puede definir en lo que somos, y lo único que nos puede ayudar a encontrar lo que perdimos. Precisamente hoy, que no sabemos lo que somos. Primero, porque acordarnos nos da tristeza, siempre lo verdadero nos lo asesinaron; segundo, porque no lo conocemos, ya cuando venimos, o regresamos, todo estaba enterrado.

Dice Ricardo Lindo de tu obra, que cuando los salvadoreños estamos tristes o queremos saber quienes somos, bebemos de esas aguas. Y es lo más justo que se ha dicho sobre ti, pues ahí donde se nos cala la nostalgia más terca o la tristeza más punzante, abrimos un cuento tuyo y se nos revela la risa, o la nostalgia o la realidad de todo lo que somos. Pues somos como aquel hombre noble y tierno, violento y piadoso de la Cacha del puñal. Pues somos tan bellos, ingenuos, astutos e inocentes como la cipota Cocolina y su amiga que hablaban de las cosas que quieren y no quieren. Y somos como aquellos niños traviesos de Los diablos costaludos; y somos al final de cuentas, trágicamente, dolorosamente, el Goyo y su cipote que van por las selvas buscando un destino… y terminan muriendo en los picos de los zopilotes.

El año en que tú naciste -ese extraño 1899, a un pasito del siglo veinte- una estrella fugaz color de luciérnaga, atravesó el mundo. Naciste tú, nació Claudia Lars, nació Jorge Luis Borges. Los cabalistas nos dijeran que la fecha abrió un prodigio y se hizo el golem etéreo con la sustancia de un lenguaje imperecedero que debería envolver un continente. Cierto amor, quizá, te unió a Claudia, y una distancia casi inexistente y muda, como lo que une una estrella a otra en el firmamento, te unió a aquel cuentista que no te conoció. Pasaron los años, y el mundo jamás tampoco conoció la magia que irradiaste por el mundo con tus cuentos: antes del “Llano en llamas”, ya existían tus “Cuentos de Barro” y Juan Rulfo los recitaba de memoria, hasta llamarte maestro… y ponerse escribir. Pero el mundo no lo sabe. Oye si ladran los perros, bebió de Cuentos de Barro.

Inventaste, por obra de la desgracia de tu pueblo, y con toda la valentía que esos años y otros tantos requerían, lo que era el cuento triste, pero no por ello, menos bello, o menos eterno, o menos verdadero, pues era tan real como nuestra propia historia. Porque esos cuentos hechos de barro, nacieron cuando morían sus protagonistas: sin ser un dios, ni tan siquiera, has hecho que los muertos del 32 nunca mueran, y que volvamos siempre a ellos, cuando buscamos reconocernos en nuestra verdad de injusticia, de nobleza y de esperanza.

Nos enseñaron esos herederos del criollismo, la negación y el menosprecio al campesino, y a todo aquello que se le pareciera. Pero tú les diste voz, para que hablara quien sufre, e hiciste así, como dice nuestro exegeta literario, Lara-Martinez, que nuestra literatura y nuestro arte, ya no fuese un hablar sobre otros, si no, nosotros mismos contando lo que nos pasa con nuestra propia voz, la verdadera. Pusiste boca abajo, de culumbrón pues, el sentido de la literatura en El Salvador y en el continente pobre de Latinoamérica.

El cuento no es una novela en pequeño. Tampoco es una poesía decantada en la prosa; pero esos amaneceres, tus noches, la lluvia a cantaradas o tus cielos estrellados, quedaron encerrados en enormes historias de todo un país lleno de miles de gentes, con las cosas necesarias para llamarse cuentos. Con lo que contaste, comprendimos no una vida si no, una época entera y todo un pueblo; una forma de ser y …una forma de hablar que nadie más que tu jamás, se atrevió a convocar en los libros. Hoy, si algún hombre o mujer salvadoreño, quiere escribir algo bello y veradero, voltea su mirada hacia ti, y busca tu lenguaje. Y algunos de tus mejores alumnos, Dalton y Argueta, por ejemplo, han sabido cultivar tus perlas, y seguir cosechando la palabra que evoque lo que somos por lo que decimos, cuando hacemos las cosas: el amor, la guerra o cuando simplemente jugamos: con tu cuento nutriste el poetizar de unos y el novelar de otros.

Dice Borges que el lenguaje es un hecho estético, tenía razón; pero también, es un hecho político y un hecho cultural y la literatura unifica, amalgama las verdades: la estética, la política, la cultural, la ideológica, la religiosa, la personal.. Ya Roque lo dijo una vez, perdóname poesía por haber creído que tan solo estabas hecha de palabras. Así, tus personajes, nosotros, hablamos, reclamando un lugar político, cultural, geográfico y humano que nos quitaron y que todavía no hemos recuperado. En tus cuentos, se encuentran nuestro dolor y nuestras ansias: Semos malos y somos como ese ladrón que derrama las lagrimas al oír los acordes de guitarra en medio del Chamalecón. Somos el ladrón y los viajantes, los eternos indocumentados…los tristes más tristes del mundo.

Quiero contarte también, que los cipotes que oíste allá por el parque del barrio San Jacinto, ya no existen. Todos han muerto. Que la única manera en que los recordamos y sabemos como eran, es riéndonos de tus Cuentos de cipotes, y que de repente, nos damos cuenta que somos nosotros mismos los que corren, inventan y ríen; y así nos demuestras que Platón tiene razón una vez más: tan sólo recordamos, aquello que queremos conocer: tus cuentos nos llevan otra vez, a lo que siempre olvidamos. Y así vas haciéndonos a nosotros que creímos ya estar hechos. Y es que también fuiste mago: tú inauguraste el cuento mágico antes que cualquiera. Inventaste un reino, un rey, y un mar de figuras ya fantásticas. Pero más que eso, pintaste lo que ibas escribiendo: pintor poeta, poeta pintor de mis cipotadas.

¿Qué cuentos escribirías hoy? Hoy que más los necesitamos para seguir esperando; hoy, que estamos vacíos de historias que hablen de nosotros como lo que somos. Hoy que los cipotes no inventan cuentos, sólo cuentan lo que ven en las pantallas, y que son cosas que otros han inventado para enseñarnos a matar, odiar, despreciar o simplemente no imaginar…o no pensar. Hoy, que abunda el barro aún, de los años de guerra que se fueron; hoy, que tantos estamos tan lejos, y no nos reconocemos; hoy, que necesitamos que alguien cuente los cuentos de tanto cipote huérfano, migrante o prostituido, para transmutar todo un dolor, dolor de patria, en alegria. ¿Cómo serian tus cuentos?


¿Qué nos quedaste debiendo? La oportunidad de decirte en vida, gracias, gracias por habernos devuelto en dos libros…la semilla de todo lo que íbamos nosotros a escribir en el futuro.


Un abrazo muy fuerte, viejo chelón querido.



Jorge Castellón

viernes, 6 de junio de 2008

Carta a un amigo lejano, que aveces, está triste.

Hermano,

yo te entiendo,
pues para nosotros que estábamos ya aquí
cuando llegó el 68,
supimos luego que allí,
el siglo se partió en dos mitades;

para nosotros que estábamos ya por estos lados,
cuando con mentiras nos dijeron
que la luna ya era nuestra…

para los que,
dicho de otra forma pues,
estamos cerca ya de completar
los cuarenta años,

mucho ha pasado ya por nuestros días:

Nos despedimos del siglo veinte
ya llenos de nostalgia…añoramos cosas
que hoy, sólo nosotros recordamos.

Nosotros,
los de entonces,
aprendimos de Serrat que si bien no
nacimos en el Mediterraneo,
si nacimos Para la Libertad,
para La fiesta,
y que De vez en cuando la vida,
debe tomar con nosotros café.

Y fuimos a sembrar nuestro árbol
con Alberto Cortez;
y hoy ni las raíces han quedado.

Luego Silvio y Pablo nos dijeron
que el sueño y el amor era posible;
y Sabina nos hizo iconoclastas.

¿Cómo no voy a entenderte?

Si juntos tarareamos en inglés
a Carol King
y a John Denver,
y aún recordamos a John Lennon
caminando de la mano de Yoko,
en Central Park,
cantando “Woman”.


Sí, te comprendo que estés triste…
pues nos volvimos obsoletos con el paso de los años,
y más de las veces hacemos el ridículo con
nuestra indumentaria,
nuestra forma de pensar y
nuestros hábitos.


Ya no comprendimos que la era iba cambiando,
y dejamos de distinguir ya los conceptos:
la palabra cambio, nos fue extraña;
revolución, lejana;
moderno, nos dio risa;
arte, nos dio nostalgia;
futuro… nos dio tristeza.


Aprendimos a soñar, pues:
nos dieron utopías
y creímos que el mundo cambiaría.

Salimos a las calles,
a los montes.

Bebimos de las fuentes más nutricias.

Leímos de los libros,
los más sabios.

Tomamos de los vinos
de odres nuevos.

Sí, tienes razón, se por qué estas triste.

Para los que nacimos cuando Macondo fue inaugurado,
(eso fue el 67)
descubrimos otra voz que iba a ser nuestra,
soñamos un lenguaje indestructible.


Y llamamos a nuestros poetas
como si fueran del barrio: Gabo, Roque, Alfonsina;
tratando a los más viejos siempre con respeto:
El señor Fuentes, Don Vargas Llosa, Neruda, Paz.


Enamoramos nuestra primera novia invocando a Benedetti:
“ compañera usted sabe que puede contar conmigo,
no hasta diez, ni hasta cinco,
si no,
contar conmigo”

Y alegramos a más de una suegra,
gastando nuestros ahorros en el día de las madres.

Llevábamos serenatas al pie de la ventana,
¿te recuerdas?
(aunque al final, toda la vecindad la disfrutaba, no nuestra voz, por supuesto,
pero más de un amigo solidario hizo un debut exitoso).

Los hombres (los muchachos de entonces,
mejor dicho),
nos dejábamos crecer los bellos del mentón,
deseando barba;
y las mujeres (las muchachas de entonces,
también, mejor dicho),
conocieron a Simeone de Beauvoir,
la teoría de género,
y adoptaron un color por estandarte… y
se enamoraron menos,
haciéndonos así más desafortunados.

Pasamos de un siglo a otro siglo
siendo ya más que adultos.
Por eso extrañamos viejas cosas:
los niños que fuimos jugando por las calles sin peligro.

¿Te recuerdas que inauguramos los documentales de Cousteu
y fuimos en su Kalipso viendo el mar en blanco y negro?

Nos quedó el espíritu un poco triste.
Que no nos culpen: seguimos en el luto
de los sueños que se han ido.



Es que un domingo 23 de marzo del año 80,
a las 8 de la mañana,
escuchamos una voz que nos hizo llorar de esperanza;
y un lunes 24 de marzo a las 6 de la tarde,
vimos caer a San Romero ahogado en su sangre,
y tú y yo éramos niños, por poner un ejemplo.

Es que no volvimos a ser los jóvenes de antes;
Es que nada nos pareció ya real,
serio o valioso.

Y luego vino la distancia, la nostalgia de un
lugar y de la gente. La ausencia del abrazo fraterno
en los portales: de bienvenida o despedida.
La falta de las cosas fugaces, menudas y sencillas…voces,
cielos, sabores…el olor de la tierra.

Y fuimos aún más extraños, extraños en el siglo
y en tierra extraña.

Pero sabes que…

No estés triste,
La vida es bella.
La vida es bella.

Y nosotros fuimos aprendiendo a sopesar
el valor de la amistad en las buenas
y en las malas.

Ya son más de veinte años que tú y yo nos conocemos.
¿Dime si eso no es hermoso y si no somos realmente afortunados?

Nos ha crecido la paciencia,
el valor por lo real,
y auque lo neguemos,
el corazón no olvida nunca sus buenas costumbres.
Aparte, que el crisol del dolor nos iba haciendo más fuertes.

Hemos aprendido a sentirnos a
gusto en cualquier sitio: allí
donde haya gente que nos quiera.

Nos quedó la maña también,
de ser gregarios,
de hablar en plural,
de echarle más agua a la sopa de frijoles,
por si alguien llega… y se queda.

Aprendimos un poco más a distinguir las esencias de las formas;
y ha desprendernos del pasado…
para poder caminar.

Así que… déjate de cosas, Jorge,
¡desempolva los sueños,
sacude los libros,
saca a asolear las utopías,
canta mientras caminas por la calle…!
-aunque digan que estás loco-
.
Aprende otra vez el nombre de las flores;
vigila de nuevo las constelaciones:

Pon el corazón en el lugar que antes tenía.

Y piensa que algún resplandor nos queda,
algún destello,
que en algo
le ha de servir al mundo.


Y no olvides, que sigo siendo siempre tu mejor amigo.


Jorge Castellón
Septiembre del 2006

martes, 3 de junio de 2008

La Casona

La Casona.


El recuerdo de aquella casa donde viví mis primeros cinco años, es una fuente de memorias que siempre me serán agradables, porque ese recuerdo trae consigo no sólo personas e imágenes, sino también, me devuelve a aquellas vivencias que son tan significativas para todo niño, pues son las que al final construirán en mucho, los sentimientos de ese adulto en el que ese niño se convierte al final. Para mí, el recuerdo de ese lugar es un retorno dulce a todo aquello que de forma invisible construyó un mundo interior, que aun me dura, y que seguirá en mí hasta la muerte, con sus misterios, con sus preguntas, con su luz sobre lo que a veces se torna oscuro en el camino de la vida, pero sobre todo, por la felicidad que me regresa.

Por su inmenso tamaño, este lugar fue siendo bautizado por mi familia como La casona, y con ese nombre que le dimos me referiré a ella en adelante. No puedo darle otro nombre, ése es precisamente el nombre que nos liga a ella en el recuerdo, en el sentimiento, en la historia de toda una familia, de varias familias y en la historia de lo que yo fui conociendo desde niño como eso que llaman mundo, es decir, personas, es decir, atardeceres, es decir cielos, árboles, amigos, es decir, juegos, y sobre todo, amor.

La casona, estaba ubicada en la esquina que forma la diecinueve avenida sur y esa otra calle, -otrora muy hermosa, sembrada de almendros en su centro-, que aun ahora, totalmente afeada con los años, lleva el mismo nombre de Calle Arce, en honor a un líder independentista salvadoreño. Durante las décadas del sesenta y setenta, residían en esa ancha calle, familias adineradas que con sus suntuosas mansiones hacían de esa zona de seis cuadras, uno de los lugares más exclusivos del viejo San Salvador. Esas cuadras iban desde donde se ubica la segunda catedral metropolitana, la Iglesia del Sagrado Corazón, y llegaban hasta lo que aún ahora es el principal hospital público de la capital, El Hospital Rosales, donde la calle Arce muere.

La Casona, era una mansión, propiamente dicha, con su enorme portón frontal, anchísimo, con escalinatas blancas de mármol que arribaban a la puerta principal, cuyo color no recuerdo, ¡pero cómo he de olvidar que toda esa casa fue un día una construcción totalmente blanca!, blanca y alta, con un jardín de ladrillos blancos y negros, como un tablero de ajedrez, con pinos a un lado, altos como el cielo mismo, que yo gozaba verlos mecerse con el viento en el fondo celestísimo de ese cielo, de un cielo amarrado a la silueta eterna oscura- verdosa, de aquel volcán que desde ese jardín, se erguía en el norponiente, y que aún ahora, después de treinta y seis años, en cualquier lugar del mundo en que me encuentre, lo busco, o creo verlo, en su hermoso silencio planetario, vegetal, ígneo, y pétreo. Quizá, porque donde yo nací, una vez sólo hubo mar, y de pronto, surgieron de ese mar los volcanes que formaron Centroamérica, y por eso, un volcán para nosotros, es como un ombligo que nos ata a la tierra misteriosamente, quizá…

Ahora que trato de buscar entre mis recuerdos, para encontrar cuál es el lugar que me pertenece, cuál es el lugar imaginario ya, donde el mundo me maravilló por vez primera, donde deseaba estar solo para al mismo tiempo estar con todo, descubro que era ese jardín, esa grada a la entrada del jardín, donde un día, descubrí el color del cielo, las manos suaves de los vientos meciendo aquellos pinos, y la música eterna de las nubes al pasar. Y esa alegría, ese jolgorio, esa algarabiílla de las cinco de la tarde cuando, de repente, a través de ese cielo que era el mió, las bandadas de pericos cruzaban del oriente al occidente en busca de sus nidos más allá del horizonte, lugar de residencia que siempre, siempre, quise conocer.

Pero vuelvo a mi Casona, con sus rejas negras, que doblaban la esquina, con su atalaya, desde donde yo vigilaba el regreso de mi madre de crianza al venir del mercado, en una espera interminable donde me anegaba la soledad de su tardanza. El inmenso patio interior, donde metidos en cajas de cartón, jugábamos a los espantos en la noche. El larguísimo lavadero donde me bañaba desnudo, el gallinero aledaño a nuestro dormitorio, al final de la casa…Porque he de aclarar que la casa no era nuestra. Yo era el hijo de crianza de la persona encargada de limpiar la enorme casa; casa que abandonada por sus dueños originales, -cuyo capital sostiene ya por cien años el monopolio de la cerveza en El Salvador- fue dada en alquiler a un grupo de eminentes médicos para hacer de ella un prestigioso consultorio en cuyo último cuarto del patio trasero, vivíamos nosotros. Esa era la Casona que yo conocí, un consultorio privado. Y yo seguía a la que ahora llamo mi madre, por las interminables escaleras, por los largos pasillos y adentro de las enormes clínicas donde estatuillas de Beethoven se mezclaban con réplicas de esqueletos y diplomas. Me dormía sobre los pisos que el trapeador, movido por aquellos brazos que amo, iban dejando lustrosos y fragantes a limón.

Pero la Casona, no sólo era para nosotros, era también para albergar a los de afuera, a todos los que se acercaban a sus rejas en su lucha por ganarse la vida. La Casona era de la niña Hortensia -a la que yo llamaba Tencha-, una persona que junto con su hija un poco mayor que yo, Margarita, vendía mangos verdes en su canasto junto a la reja de la casa, en la banqueta de la calle. Con los años pasaron a formar parte de nuestra familia. En la Casona dejaban el banco y el canasto, su patrimonio, para seguir su trabajo al siguiente día. Margarita, fue compañera de mis juegos, me cuidaba, y la mujer, su madre, fue fiel amiga de nosotros por toda su vida.

Del otro lado de la calle, un viejo carretón en la esquina nos invitaba a devorar con deleite una “minuta”, un raspado de fresa o de tamarindo. Era el pequeño negocio de Tío Pancho, nombrado así por cariño. La Casona también era de él. Por la tarde, de igual forma que el canasto de la niña Tencha, el carretón de Tío Pancho, pernoctaba adentro del enrejado de la Casona, como un refugio del trabajo de los que laboraban a su sombra. La amistad de Tío Pancho también nos acompañó toda la vida, hasta aun después que tuvimos un día que abandonar la Casona, tristes, e irnos lejos.

Por las tardes también, mi madre invitaba a la mesa a dos muchachas. Las recuerdo bebiendo el café hasta que ya era oscuro, y salían. Ya entrada la noche, en algunas veces que íbamos a caminar con mi madre alrededor de la cuadra, las encontrábamos paradas en la misma esquina, en la misma esquina. No entendí entonces a qué se dedicaban. Sólo recuerdo su visita, su agradable compañía y sus figuras en la noche. Una de ellas se llamaba Esperanza, pero no pudiendo aun pronunciar bien su nombre, yo le decía Pelancha. Hoy, sí entiendo por qué algunas veces, esas muchachas tocaban el timbre de la Casona con desesperación y corrían hacia adentro hablando de la policía, buscando un escondite. Una noche, ya de madrugada, sonó el timbre con ímpetu, nos despertamos, y la luz roja del fuego nos hizo correr y escapar de la muerte. La Pelancha y su amiga nos habían salvado de morir carbonizados. Desde su esquina, vieron las llamas que se acercaban hacia donde nosotros dormíamos y corrieron a prenderse del timbre para que nos despertáramos. Así de simple era la vida, favor por favor, cariño por cariño, amor por amor.

A veces, sentada en la entrada de la casa, descansaba una señora, ajena al mundo. Quizás la bondad que emanaba de adentro la atraía. Era conocida como La Loca Amparo, deambulaba por San Salvador perdido el rumbo, y dicen que también la razón. Allí, reposaba a la sombra de aquellos almendros que entraban a la Casona. ¿Cuál habrá sido su historia? Nunca lo sabré, pero… ¿Será que la gente buena, los locos y los niños, se parecen? ¿Perciben acaso el canto de lo bondadoso que otros jamás escucharán? …


Aunque la Casona ya no existe, hablar de ella es hablar de la vida, de la fraternidad, de la amistad, de amor humano, de esfuerzos cotidianos, del tiempo. De cómo con los años se puede forjar, sí, una amistad indestructible con la gente. Que la bondad existe, que el pueblo tiene nombre, que donde quiera que uno esté, puede prodigar cariño aún en la pobreza, y que ese árbol del cariño, como el árbol de la vida, tiene largas y frondosas ramas, bajo cuya sombra cabe el mundo, y de cuyos frutos, podemos comer todos.



Jorge Castellón


Derechos Reservados. 27 de Mayo de 2008